CAPÍTULO 7
Madeline
No volvió a casa en nuestra noche de bodas.
Una parte de mí se sintió completamente rechazada, puesto que le había dicho que no quería esperar.
En parte porque quería quitarme de encima esa primera vez.
En parte porque un pequeño rincón de mí seguía soñando con la familia tradicional que nunca había tenido. Un marido, mi hijo…
Recorrí con la mirada el cálido salón. Fuera, el invierno hacía temblar el cristal de la ventana.
Me llevé la taza de café a los labios y lo saboreeé.
Resultaba reconfortante tener un lugar seguro.
Gianni no estaba allí para mí, pero al menos había preparado el apartamento con todo lo que necesitaba.
La despensa estaba llena de comida. Había calefacción. Una cama caliente. Una televisión con cable. Un ordenador en un rincón con acceso a internet. Desde luego, había pensado en todo.
Y poco se podía hacer si habían surgido problemas en el trabajo. Trabajaba con números, y los errores pasaban. Gianni también tenía que encargarse de los impuestos, y el gobierno era muy exigente con las cifras exactas.
Aun así, esperé a que volviera todo lo que pude. Se me cerraban los ojos, el cuerpo me dolía de agotamiento. Al final me quedé dormida prácticamente sentada en la cama, con las mantas sobre el regazo. Cuando me desperté, algo dolorida por la postura incómoda, él seguía sin volver.
Y el sol ya iluminaba un nuevo día.
Me levanté de la cama y la hice. Empecé a recorrer mi nuevo hogar y me fijé en los detalles a la luz del día. Noah seguía dormido cuando fui a la cocina a prepararle el desayuno.
Todo lo de mi boda había ido un poco demasiado rápido.
Apenas había tenido tiempo de venir a Saint-Janvier y mirar colegios, pero Gianni me había hecho una lista y hoy empezaría a elegir.
También quería dar una vuelta y buscar trabajo.
Sabía que Gianni no ganaba mucho, y no era justo cargarle con el peso de dos personas.
Una vez más, me pregunté por qué se había casado conmigo. No entendía por qué yo le importaba. ¿Qué podía ver un hombre como él en alguien como yo? Era una persona corriente, sin nada especial que mirar. Y tenía un hijo de padre desconocido. ¿Por qué un hombre tan guapo como él se casaría conmigo?
Mientras recorría el apartamento, la palabra soledad afloró en mi mente.
Eso era. Estaba solo.
Terminé el café y lavé la taza. Había pan en un armario, mantequilla y queso en la nevera. Busqué el jamón. Busqué también fruta, para prepararle a mi hijo el mejor desayuno posible. Justo entonces, un ruido en la puerta de entrada me llamó la atención.
Lo dejé todo sobre la mesa y prácticamente corrí hacia allí. Cuando llegué al recibidor, vi a mi nuevo marido, que se quitaba el pesado abrigo; sus ojos delataban que no había dormido y llevaba el agotamiento dibujado en la cara.
—Buenos días —dije con una sonrisa.
Volvió los ojos hacia mí. El corazón me dio un vuelco inesperado. Me asombró la reacción que se apoderó de mí. Nunca había sentido algo así en más de tres años de conocerlo. Era como si las palabras del oficiante hubieran cambiado algo dentro de mí.
Marido y mujer. Esposa.
—Ni siquiera sé qué decir, Madeline —dijo. Tenía la culpa escrita en el rostro—. No pude volver.
—No pasa nada. ¿Estás muy cansado? ¿Quieres un café? Puedo hacerte una tortilla francesa…
—No, yo… Voy a darme una ducha. Hablamos luego —dijo antes de marcharse.
Volví a la cocina. Cuando cogí la bolsa del pan, me di cuenta de que me temblaban las manos. Imágenes inapropiadas me inundaron la mente: Gianni en el baño, quitándose la ropa.
¿Qué aspecto tendría? Siempre iba bien vestido, con demasiadas capas para que yo pudiera hacerme una idea de cómo era su cuerpo debajo. Me había casado con él, pero nunca lo había tocado, y él nunca me había tocado a mí.
No lo conocía, no de esa manera. Pero sabía lo que importaba.
Era bueno conmigo y con Noah. Me había ayudado tantas veces.
Había estado a mi lado cuando di a luz. Gianni era el único amigo que había tenido en todos estos años de mi vida.
Sabía que podía confiarle cualquier cosa.
No me fallaría. Quería que este matrimonio fuera real.
Quería ser una buena esposa, porque él lo merecía.
Por gratitud.
Y por… por lo que fuera eso que me hacía latir el corazón tan fuerte… que me llenaba de esta extraña esperanza.
Volvió unos veinte minutos más tarde. Sonreía en la cocina, al comprobar que de verdad le había hecho una tortilla. Se sentó a la mesa y preguntó:
—¿Dónde está Noah?
—Todavía dormido. Es muy temprano y ayer tuvo un día muy movido. Y se quedó despierto hasta tarde viendo dibujos animados.
Asintió.
—Tengo un regalo para ti —dijo, y volvió un momento al recibidor.
Lo seguí. Fue hasta su abrigo y sacó una cajita de uno de los bolsillos. Me la tendió.
—¿Qué es?
—Un teléfono —se rio—. Necesito poder hablar contigo cuando esté trabajando —se encogió de hombros—. O que tú puedas localizarme. Ayer no pude ni avisarte de que no iba a poder volver.
Nunca había tenido un teléfono nuevo. Tenía uno muy viejo, sin internet, que solo usaba para que el dueño de la cafetería o mis clientas de la limpieza pudieran llamarme.
Nunca pensé que tendría algo tan bonito, y menos de regalo.
Le di las gracias mientras abría la caja, con la mirada fija en la pantalla negra y brillante.
—¿No ha sido demasiado caro?
—No te preocupes por eso. Me hicieron descuento —dijo, con la voz más grave que antes, más ronca.
—Gracias, Gianni.
Di un paso hacia él. Lo abracé para darle las gracias y supe que lo había sorprendido, porque pareció contener la respiración un segundo.
—No me des las gracias antes de oír que tengo que irme de viaje de negocios.
Lo solté de inmediato y di un paso atrás.
—¿Ahora? Tienes que decirle a tu jefe que te acabas de casar y que no te vendrían mal unos días libres.
Me resultaba extraño pedírselo. Casi me daba vergüenza, pero deseaba con todas mis fuerzas que aquella relación fuera sólida, que funcionara. Y no podía empezar con mi marido fuera de casa el día después de nuestra boda.
—Lo siento muchísimo, Made. Las cosas están complicadas en la oficina. A veces tendré que viajar. Pero te prometo que serán solo unos días, que volveré pronto, y te juro que haré todo lo que esté en mi mano para darte una vida mejor.
Tragué saliva con fuerza.
—¿Te avergüenza decirle que te has casado conmigo?
No era mi intención preguntarlo. Pero una vocecita en el fondo de mi cabeza no dejaba de susurrarme que quizá se avergonzara de mí. Su rostro se inundó de algo que no supe descifrar.
—Claro que no, Madeline…
Esta vez fue él quien se acercó. Me puso la mano derecha en la cara, ahuecada sobre la mejilla, mientras estudiaba mi expresión.
—Eres lo mejor de mi vida, Made… Antes contaba las horas que faltaban para que llegara la noche y poder ir a verte.
No esperaba esa confesión. Y no sabía si sabría devolvérsela como merecía. Pero sus palabras me apretaron algo dentro del pecho de la manera más dulce y extraña.
Me acerqué más, asustada e insegura, pero decidida. Despacio, me puse de puntillas y posé los labios en los suyos. Despacio. Con miedo a que me apartara. Con miedo a que lo considerara un atrevimiento.
Solo quería comprobar si todo lo que había dicho era verdad.
Por un instante pareció demasiado sorprendido para moverse. Como si no pudiera creer que lo hubiera hecho. Y entonces, antes de que me diera cuenta, me respondió al beso.
Su mano bajó de la mejilla a la nuca y me atrajo hacia él. Inclinó la cabeza y su lengua se adentró en mi boca.
Nunca me habían besado. ¿Tendría algún día el valor de contárselo? ¿Cómo explicarle que los hombres me habían arrebatado tanto, que incluso era madre y que, aun así, nadie me había tocado de verdad?
Nos recorrió una descarga cuando nuestros dientes chocaron. Un gemido se me escapó de los labios y su cuerpo se quedó inmóvil un instante, como si solo estuviera saboreando el sonido.
—Made… —murmuró.
Notaba que estaba duro. Notaba que quería llevarme al dormitorio en ese mismo momento y hacer que todo aquello fuera real. Pero entonces me soltó. Dolorosamente.
—No puedo hacer esto. Mi vuelo sale a mediodía —explicó—. Cuando vuelva, ¿vale?
Debería haberme enfadado, pero no lo estaba.
Gianni era responsable y lo bastante honorable para no llevarme a la cama y dejarme tirada al minuto siguiente.
Además, me había pedido que me casara con él casi por impulso, sin darse tiempo a planear nada.
Entendía que tenía obligaciones y lo respetaba.