CAPÍTULO 6
Gianni
El frío me calaba hasta los huesos mientras esperaba a las puertas del juzgado.
El día anterior había sido largo. Me había recorrido las tiendas de alquiler de Montreal en busca del traje más anodino que pudiera encontrar.
También había tenido que hacerme con un vestuario entero nuevo, con pantalones y camisas de saldo.
Una vida falsa, todo para poder conservar lo único real que me importaba.
Me soplé las manos para calentármelas y alcé la vista al cielo gris. Hacía días que no salía el sol en Montreal. Nevaría pronto. Estaba seguro. El invierno sería brutal. Gracias a Dios, esta vez Madeline estaría a salvo.
Sabía lo que había pasado en los inviernos anteriores. La había oído mencionar los problemas de la calefacción en su antiguo apartamento. También sabía que llevaba tiempo buscando ropa de segunda mano más abrigada para Noah, porque el niño estaba creciendo y ya no le valía nada.
Por aquel entonces, le había llevado algunos abrigos y pantalones.
Era su padrino, así que siempre tenía una excusa para ayudar.
Ropa que se le había quedado pequeña al hijo de un amigo, le había dicho, y omití convenientemente el detalle de que Noah llevaba prendas que valían más de lo que Madeline ganaba en todo un año.
La verdad es que yo no sabía vivir con poco.
Había nacido en una familia de la mafia, vistiendo la mejor ropa y con cualquier lujo que se me antojara.
Pero había llegado el momento de renunciar a eso y vivir sin llamar la atención.
Al menos delante de Madeline. No tendría manera de explicar la ropa de diseño ni el apartamento de lujo sin revelar que era miembro de los Lupi Sanguinari.
De pronto, un Uber se detuvo frente al juzgado.
Sonreí a la novia que bajó de él llevando al niño de la mano.
Madeline me devolvió la sonrisa mientras se arrebujaba en su grueso abrigo de lana.
Llevaba un vestido sencillo de terciopelo color crema y un toque de maquillaje que le sonrosaba las mejillas.
Pero, sinceramente, no necesitaba nada de eso.
Madeline era la mujer más hermosa que había visto en mi vida. Y se me calentaba el pecho solo con mirarla.
—¿Estás bien? —dije, cogiéndole las manos—. Todavía hay tiempo de echarse atrás, si quieres…
Ella se rio bajito.
No se echaría atrás. No porque me amara; en eso no me engañaba. Sino porque yo era su mejor oportunidad de tener un mínimo de estabilidad. Un hombre decente, bueno, un amigo… No iba a encontrar nada mejor en ninguna parte.
Tampoco es que hubiera estado buscando. Nunca la había visto coquetear con nadie. Ni siquiera conmigo.
—Mamá… —llamó Noah, y ella apartó la mirada de mí—. Pastel.
Señaló al otro lado de la calle, donde la puerta abierta de una pastelería exhalaba el delicioso aroma del horneado reciente.
—Iremos después, Noah —le dijo ella, pasándole los dedos por el pelo—. Y habrá que ver si tienen algo sin azúcar, ¿verdad, campeón? —añadió, para recordarle que no podía comer todo lo que veía.
Él asintió.
Entramos juntos. Sin música, sin decoración, sin público. Solo nosotros dos y el niño. Pasamos directamente dentro, donde esperaban los testigos. Había pagado a una pareja que encontré en la calle para que lo hicieran. No nos conocían, pero estaban encantados con el dinero extra.
Había pagado a suficiente gente para asegurarme de que el papeleo se resolviera rápido y nadie hiciera preguntas. Y había pagado un extra al oficiante para que no leyera mi nombre completo en voz alta. En esta ciudad todos estaban corrompidos hasta la médula, así que el hombre ni pestañeó.
Nos colocamos ante el oficiante, que recitó los votos de siempre y nos pidió que confirmáramos nuestro consentimiento. Nuestras voces firmes llenaron la sala pequeña e impersonal.
—Sí, quiero.
Y eso fue todo. Hecho. Unas cuantas firmas y estábamos casados. Madeline estaba demasiado nerviosa para fijarse en el apellido Carbone en los documentos. Contaba con ello. Y ahora era mía.
A ojos de los hombres. No de Dios. Porque a Dios era al único que no podía sobornar.
Pero quizá algún día… Quizá algún día le contara la verdad, y quizá entonces hubiera una iglesia, un vestido blanco, una fiesta por todo lo alto, con la familia a nuestro alrededor.
—Los declaro marido y mujer.
Nunca había estado en una boda civil. No sabía si tocaba besar a la novia en ese momento. Miré a Madeline y me di cuenta de que estaba esperando que la besara. Nunca nos habíamos besado, y ahora tenía que hacerlo sin más, delante de unos desconocidos a los que no había visto en mi vida.
Me incliné y le apoyé los labios en la frente.
Con respeto. El niño estaba justo detrás de su madre y me daba apuro besarla en la boca delante de él, aunque sabía que habría ocasiones en las que lo haría.
Así que hice lo que me pareció correcto.
Capté un destello de decepción en los ojos de Madeline.
Cuando salimos, un copo de nieve solitario se posó en la manga de mi traje. Por fin, la nieve. Noah se rio encantado, con la cara iluminada de interés por lo que había al otro lado de la calle.
—¿Invitamos a tus amigos a comer con nosotros? —preguntó Madeline, señalando con la cabeza a la pareja, que ya se alejaba a toda prisa con los bolsillos llenos.
—Están ocupados —dije—. ¡Vamos!
Noah salió disparado hacia la calzada y todos mis instintos se pusieron en alerta máxima. Antes de que pudiera dar un solo paso entre el tráfico, ya lo tenía en brazos. Madeline me miró sorprendida.
—¿Cómo has sido tan rápido?
—Ah… no… no lo sé —dije, sabiendo perfectamente por qué. Mentirle sería el cimiento de esta relación—. Noah, no vuelvas a cruzar la calle sin darle la mano a tu madre, ¿vale? —le dije al niño, medio regándolo, medio temblando por lo que podría haber pasado.
—Vale, padrino —dijo él.
Sonreí. Me llamaba Gianni o padrino. Gianni cuando quería contarme algo, padrino cuando intentaba ablandarme. Era un niño listo, de eso no había duda.
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Me senté a la cabecera de la mesa, con Madeline y Noah frente a mí. Examiné el local con atención, para asegurarme de que nadie me seguía, de que ningún enemigo estuviera al acecho. Desde que había descubierto que Filippo había hecho que me siguieran, había redoblado las precauciones.
—Quiero ese pastel…
—Ese no, cariño… Este sí puedes —dijo ella, y señaló algo en la carta—. Lo pido yo, ¿vale?
El niño asintió. Una camarera se acercó y tomó nota del pedido.
Mientras tanto, yo observaba a Made con detenimiento.
A pesar de su ropa sencilla, era la mujer más impresionante que había visto nunca.
Y no era solo su belleza. Tenía un encanto natural, algo que cautivaba sin esfuerzo y a lo que yo no podía resistirme.
—¿Y ya está? —preguntó ella con una sonrisa—. Casados.
Mis pensamientos se detuvieron por fin en esa verdad.
Casado. Con la mujer que amaba. ¿Y ahora qué?
Llevarla a casa y tomarla entre mis brazos.
Pero no lo haría a menos que ella también lo quisiera.
Entonces, ¿dormía en el sofá? ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
La verdad es que no había planeado nada de esto.
El subir y bajar de su pecho me llamó la atención. Estaba nerviosa, esperando mi respuesta.
—No tienes de qué preocuparte —dije.
—Es solo que… Hemos sido amigos durante tantos años que nunca me había planteado las cosas así.
Me atraía. Apenas podía apartar los ojos de ella.
Pero jamás la forzaría.
—Ya te lo dije. Esperaré.
—Yo… en realidad no quiero que esperes.
Fue tan inesperado que no pude disimular mi asombro. Abrí mucho los ojos y tuve que agarrarme a la silla para no llevármela a rastras, en ese mismo instante, al apartamento que llamaba mi casa y hacerla mi mujer en el sentido bíblico.
Pero, por supuesto, no lo hice. Teníamos a un niño delante. No entendía nada, obviamente, pero ahí estaba.
De pronto me sonó el teléfono. Lo cogí y miré la pantalla.
Mierda. Filippo. El cabrón no me dejaba en paz nunca.
Urgente, decía su mensaje.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
—Yo… eh… —No sabía qué decir—. No es importante… Siempre hay alguna hoja de cálculo en la que los números no cuadran. Mi jefe es un plasta.
—¿No le dijiste que te casabas?
—No. No quiero que sepa nada de mi vida personal —dije con franqueza—. Sé que suena raro, pero en la oficina solo tenemos una relación profesional. Nunca hablo de mí.
Esperaba que lo aceptara con dulzura, pero en sus ojos había cierta desconfianza. ¿Qué estaría pensando? ¿Que me avergonzaba de ella? No era verdad. Si acaso, el que me avergonzaba delante de aquella mujer era yo mismo.
Mejor no darle más vueltas, así que dejé el teléfono boca abajo y me concentré en su cara.
—Quiero una vida tranquila, sin que se meta en ella gente que no pinta nada.
Tú me conoces como nadie, Made… Eres la única amiga que tengo.
Soy un hombre reservado. Prefiero los libros a las fiestas.
Pero que sepas que cuidaré de ti y que seré el mejor marido que pueda ser.
Y la mejor figura paterna para Noah. Puedes confiar en mí.
Madeline alargó la mano por encima de la mesa y me cogió los dedos. Nos habíamos tocado tan pocas veces que hasta ese roce leve y suave removió algo dentro de mí. Pero contuve mis instintos y las ganas de llegar más lejos.
—De acuerdo, Peletier —dijo ella, usando mi apellido falso—. Confío en ti.
Era un error. Para ella. Pero al menos conmigo estaría a salvo.
¡Problemas! ¡Joder, Gianni, cabrón, coge el puto teléfono! La pantalla volvió a iluminarse.
Desde donde estaba sentada, Made había leído el mensaje; me di cuenta. Me negó con la cabeza.
—Contéstale.
Asentí. En ese momento llegó la camarera con los pedidos. Vi a Noah mirando con avidez su pastel de avena y le sonreí al niño mientras sostenía el teléfono.
—Filippo, estoy ocupado —dije en cuanto contestó.
—¿Dónde estás? ¡Ha habido un desastre!
—Estoy ocupado —repetí.
—Pues deja lo que coño estés haciendo y ven a la mansión Romagna. ¡Ya!
Algo en su tono hizo que se me encendiera una alarma.
Colgué con el gesto ensombrecido. La mujer que tenía enfrente sonrió, un poco triste.
—Ve, Gianni. El trabajo es el trabajo.
—Estamos celebrando nuestra boda.
—Lo sé. Pero si hay un problema, ve a solucionarlo. O no tendrás paz en todo el día. Noah y yo comeremos y luego nos iremos a casa —sonrió—. Mis maletas ya están en tu apartamento. Aprovecharé para deshacerlas.
Era raro y estaba mal. La peor manera posible de empezar un matrimonio. Pero era lo más razonable.
—Lo siento de verdad, Madeline.
—No pasa nada.
Así que dejé unos cuantos billetes grandes sobre la mesa para pagar la comida y el Uber de los dos. Luego me marché. La culpa me pesaba, pero no podía olvidar lo que era: un arma forjada por la mafia. Y un arma debía estar siempre cargada, lista para disparar.