CAPÍTULO 5
Madeline
Sabía que era un sitio tranquilo, con ese encanto propio de las comunidades pequeñas, pero al mismo tiempo bien conectado con las ciudades cercanas.
—¿Qué te parece? —La voz de Gianni a mi espalda me hizo volverme hacia él.
—Es precioso, Gianni —respondí, y dejé a Noah en el suelo para que explorara el lugar donde íbamos a vivir a partir de ahora.
Gianni sonrió y se adentró en el pequeño apartamento de dos dormitorios de Charles Street. Miré con más atención a mi alrededor y tuve la impresión de que allí no vivía nadie. Todo era impersonal, demasiado limpio, como el decorado de una película.
—No hay plantas —murmuré—. Ni cuadros, ni adornos... ni fotos de familia... —Lo miré—. ¿De verdad vives aquí?
Me sonrió, mostrándome todos los dientes.
—Soy un hombre práctico. No sé hacer de una casa un hogar. Pero Noah va a tener una habitación llena de juguetes. Ven, quiero enseñártela.
Cruzamos el pasillo estrecho y nos detuvimos ante una puerta.
Cerca había dos ventanas abiertas y el aire, mitad campo, mitad pueblo, nos llegaba en oleadas.
Hacía frío. Aquel año el invierno venía con fuerza, pero de pronto caí en la cuenta de que iba a tener un hogar de verdad, mío, que me diera calor.
Se acabó angustiarme por cómo pagar el arreglo de la calefacción. Se acabó preguntarme si tendría dinero suficiente para dar de comer a Noah... Por primera vez en años, me sentí a salvo.
Aunque eso significara casarme sin amor.
Al menos había amistad.
Me detuve delante de la puerta. Noah estaba callado, con sus manitas entre las mías. Cuando Gianni la abrió, me desbordó la emoción.
La habitación era una preciosidad. Pensada de verdad para un niño pequeño. Había un montón de juguetes alrededor de una cama con forma de coche de carreras. Las paredes eran azules. Una pequeña caja de música sonaba suavemente de fondo.
—Es maravillosa —murmuré.
Y se me llenaron los ojos de lágrimas, porque sabía que yo nunca habría podido darle esto a mi hijo.
—¡Mira, mamá! —dijo Noah—. ¡Es el Hombre de Acero!
Cogió un muñeco del suelo y me lo enseñó.
—Sí, cariño. Te lo ha regalado Gianni... Dale las gracias.
Noah corrió hacia su padrino y se lanzó a sus brazos. Una parte de mí pensó que Gianni no estaba acostumbrado a los abrazos, porque pareció sorprendido por el simple cariño de un niño. Pero luego sonrió y mostró aquellos dientes blancos y bonitos.
Era un hombre tan guapo... No entendía por qué me quería a mí... Quizá... le daba lástima...
Pero no podía ser solo compasión. Estaba renunciando a tener hijos propios para estar conmigo. Tenía que haber algo especial en su corazón. ¿No?
Pero nunca le había caído bien a nadie. Y me refiero a caer bien, simplemente. De querer, ya ni hablemos... ni mi propia madre me quiso. Me costaba entender por qué este hombre me hacía un sitio en su vida cuando podía tener a alguien mucho mejor.
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Nos sentamos a la mesa de la cocina. Al poco, Gianni sacó una fuente del horno. El olor inundó la estancia, pero antes de servirle a Noah le pregunté qué había preparado.
—No te preocupes. He mirado los hidratos para que puedas calcular su insulina. Es una quiche de verduras, con brócoli, maíz y zanahoria.
Lo había pensado todo... Una vez más me pregunté cómo era posible que la suerte me hubiera sonreído así. Gente tan buena no existía...
—Los inviernos aquí son duros, como en casi todo Quebec, pero el apartamento está muy bien aislado. Estamos cerca de un bosque, así que también podremos salir a hacer senderismo. Creo que a Noah le gustaría —dijo.
—¡Sí! —asintió mi hijo.
—En verano podremos hacer muchos pícnics. Estoy seguro de que te encantará vivir aquí, Made. En conjunto, es un pueblo con una calidad de vida excelente. Tranquilo, seguro...
No tanto.
—¿Te has enterado de que han encontrado un cadáver cerca de la carretera 333? —le conté lo que había leído esa mañana en la web de noticias locales.
—¿En serio?
—Vi la foto. Se parecía al hombre que entró en el restaurante aquella noche... Dicen que era un tipo del este que debía mucho dinero a unos traficantes. La policía cree que lo mataron porque estaba metido en el negocio de la droga.
—Vaya. Pobre hombre —dijo—. Pero lo importante es que a ti no te hizo nada esa noche, ¿verdad? La policía vino a por él, ¿no?
—Sí —contesté.
Me repetía una y otra vez que Gianni no me había dejado sola con aquel hombre.
Simplemente había tenido que marcharse y había llamado a la policía para que me ayudara.
Tenía que dejar de creer que algún día aparecería un príncipe azul para salvarme.
El hombre con el que iba a casarme era un contable que no ganaba mucho y que no era especialmente valiente.
Pero se me estaba entregando por completo.
—¿Te gusta el sitio? —preguntó entre bocado y bocado—. Puedes decorarlo como quieras.
—Sí. Me gusta —dije con una sonrisa—. Es mucho más grande que mi apartamento. Yo comparto la cama con Noah. No tengo salón ni cocina. El fogón está prácticamente al lado de la cama.
—Espero que seas muy feliz aquí… Made.
—Sí. —Respiré hondo—. En cuanto nos casemos, buscaré trabajo.
Le expliqué por qué no iba a renunciar a eso. No haría dos turnos como hasta entonces, solo un empleo a media jornada, para cubrir algunos gastos y tener ingresos propios.
—Claro que puedes, pero que sepas que yo os mantendré a los dos. No tienes que preocuparte por nada.
Nunca pondría mi vida, ni la de Noah, al cien por cien en manos de nadie.
—¿Trabajas cerca de aquí?
—Mi oficina se trasladó a Montreal… Pero el trayecto no es para tanto. Estaré en casa todas las tardes.
Sonreí, aunque no sabría decir si lo que sentía era ilusión.
Me preocupaban otros aspectos de nuestra relación.
Estaba claro que ninguno de los dos sentía pasión, pero entendía que Gianni estaba solo, como yo, y quería una compañera con quien compartir los días.
La soledad es algo terrible, y a mí también me gustaba la idea de tenerlo como compañero.
Éramos amigos desde hacía muchos años. Pero no sabía si podía imaginarme compartiendo la cama con él. Porque no era solo meterme en la cama con un hombre guapo. Era toda una cadena de horrores que me había rodeado desde siempre.
—¿Hay televisión? —le preguntó Noah en cuanto rebañó el plato.
—Primero dale las gracias a Gianni por prepararte la cena —le dije, sin dejar que se levantara de la mesa.
Mi hijo le dio las gracias. La sonrisa que Gianni le dedicó me aceleró el corazón. Rara vez sonreía, pero hoy parecía realmente feliz.
—En el salón —respondió él, señalando la puerta, y ya no pude retener a Noah ni un segundo más.
Cuando salió corriendo, tuve que disculparme.
—Los niños… Tengo un sobrino más o menos de su edad —dijo Gianni.
No sabía prácticamente nada de él.
—¿En serio?
—Sí…, pero no tenemos mucha relación. Vivimos demasiado lejos.
¿Sería que no le gustaban los niños y solo estaba actuando para mí? ¿O era únicamente porque su familia vivía en Estados Unidos?
—¿Cuándo estarás lista para la boda? —preguntó.
—Ya he avisado en el restaurante de que lo dejo. Después de la semana que viene, no tendré que volver.
—Entonces… ¿podríamos casarnos la semana que viene?
—Sí. Puedo pedirle prestado un vestido a una de las señoras cuyas casas limpio.
—Puedes comprarte un vestido. —Rebuscó en los bolsillos y me tendió una tarjeta—. Toma… Con esta tarjeta puedes comprarte un vestido. Y peinarte…, hacerte las uñas…, lo que quieras…
—No puedo aceptar eso.
—Si no puedo pagarle un simple vestido a mi novia, no debería casarme —replicó—. Insisto. —Carraspeó y cambió de tema—. No habrá invitados. Mi familia no podrá venir…
—Lo entiendo… La mía tampoco.
—Bueno, una ceremonia civil necesita testigos… Yo podría… —Se rascó la cabeza—. Ya encontraré a alguien…
Asentí.
—¿No te parece un poco frío e impersonal? —pregunté.
Me miró como si me viera por primera vez.
—Pero no lo es. Me importas de verdad, Madeline.
—¿Qué esperas de mí? —pregunté. Necesitaba saberlo—. ¿Esperarás que vivamos como un matrimonio de verdad?
Me miró como si estudiara cada detalle de mi cara.
—Eso quiero. —Habló en voz baja, más grave de lo habitual—. Pero no voy a presionarte. Podemos ir despacio.
No tenía ni idea de qué significaba ir despacio.
—Sé que te casas conmigo porque lo necesitas, Made… Pero también sé que somos amigos desde hace mucho tiempo y que podemos construir algo. Lo creo de verdad. Si no, no te habría pedido que te casaras conmigo.
Construir algo…
Sí, eso era posible.
Mi futuro marido tenía muy buena planta. Demasiado guapo para mí, incluso. Y tenía una personalidad firme como una roca, algo que siempre me había atraído de él.
Me sentí culpable por pensar en eso ahora. Mi objetivo principal era darle estabilidad a Noah. Pero también había… el anhelo de una feminidad a la que nunca habían dejado florecer. Una parte de mí quería ser mujer, amada y deseada, aunque solo fuera una vez.
—Yo tampoco sé mucho de ti, Madeline. Una vez me contaste que creciste en un centro de acogida.
—Una temporada.
—¿Y tus padres?
—No sé quién es mi padre. Mi madre se marchó. No volví a verla nunca más.
—¿Y el padre de Noah?
Una descarga eléctrica me atravesó el pecho. Un dolor insoportable, al borde de una imagen que había borrado.
—No será un problema. Ni siquiera sabe que Noah existe.
—¿Acabasteis mal?
No pude contestar.
—Seré un padre para Noah. Tienes mi palabra —dijo—. Ya quiero a ese niño. A los ojos de Dios ya soy su padre. Lo apadriné en el bautizo. Conmigo tendrá todo lo que necesite. Pero debes saber una cosa… tendré mis reglas. Y una de ellas es que el padre de Noah no entre jamás en su vida.
Esa vena posesiva no solo lo hacía sexi: de pronto también parecía sólido, fuerte… y eso me atraía todavía más.
La verdad era que Gianni podía atraerme de mil maneras, si se lo permitía. Un italoamericano de pelo abundante y ojos negros, profundos. Hipnóticos.
Y me sorprendí a mí misma pensando qué sentiría si me besaba. La reacción de mi cuerpo fue tan inesperada que me ruboricé. Una oleada de calor me recorrió entera, se me endurecieron los pezones y noté una punzada muy abajo, en el vientre. Era inapropiado, vergonzoso.
Vergonzoso…
«Eres una puta. Siempre lo has sido». Incluso ahora, la voz que respondía era la de mi madre.
—Te lo juro. Ese hombre nunca sabrá nada de Noah.
La sonrisa de Gianni acabó de prender el fuego que ya me recorría por dentro.