CAPÍTULO 4
Gianni
Si había algo que todo el mundo sabía de mí, era que no soportaba perder el tiempo.
Sinceramente, cada segundo de mi vida estaba planeado y medido.
Siempre tenía que ir un paso por delante de los matones de Vicenzo, y eso no era tarea fácil.
Así que cualquier alteración de mi rutina podía costarme la vida.
La única excepción era Madeline. Durante tres años la había visitado cada noche con una devoción casi religiosa. Todo el mundo merece un momento para respirar.
Pero eso no significaba que fuera a hacerle hueco a nadie más. Ni a ninguna otra forma de perder el tiempo.
Le lancé una mirada asesina a Filippo. Era un insulto personal que me hubiera arrastrado a aquel club de estriptis. Ver tetas rebotando mientras los hombres jadeaban y les tiraban dinero a mujeres desesperadas era una porquería sin sentido.
Era un hombre criado entre sangre y violencia. Pero tenía mis principios. A diferencia de mis hermanos, yo no era un mujeriego.
—Relájate, Gianni —refunfuñó—. Te conozco desde hace muchos años. ¿No eres mi amigo? ¿No soy yo el tuyo?
—No somos adolescentes —dije con los dientes apretados—. ¿Qué viene ahora? ¿Pulseras de la amistad a juego?
—No te pases —dijo encogiéndose de hombros—. Sabía que nunca vendrías por voluntad propia. Así que tuve que mentir. A veces me pregunto si eres cura o gay…
—Solo un hombre con dignidad —repliqué.
Una bailarina se acercó a actuar delante de nosotros. Filippo aplaudió, entusiasmado, mientras le metía billetes en el tanga. Yo aparté la mirada, porque ver Sodoma y Gomorra en acción no me hacía ninguna gracia.
Jamás había imaginado que tendría a alguien. Pero la había encontrado. Aunque no habíamos compartido ni un solo beso, mi corazón y toda mi mente pertenecían a Madeline.
No era como Dominus, que estaba comprometido pero mantenía a una amante en casa hasta poder casarse con la mujer que quería.
No era como Ben, que tenía cinco amantes en México.
Ni como Nico, que siempre andaba detrás de alguna falda.
Rocco todavía era demasiado joven para esos instintos, pero yo, desde luego, era otra clase de hombre.
Asexual no. Pero jamás me acostaría con alguien a quien no amara.
Lo había hecho unas cuantas veces en mi vida y me había arrepentido.
Después me sentía vacío, como si hubiera cometido un error enorme e irreparable.
Desde entonces había guardado celibato, soñando con el día en que Madeline fuera mía al fin.
Y eso ya no tardaría mucho.
—¿Has hablado con tu hermano sobre Chiara?
—Todavía no. He estado ocupado.
—¿Con qué?
—No es asunto tuyo.
Filippo podría haberse ofendido por mi tono, pero solo se rio, porque me conocía demasiado bien. Me debía la vida. Le había salvado el pellejo más veces de las que podía contar, así que sabía perfectamente cómo tratarme.
Le sonó el teléfono. Contestó con brevedad, irritado porque alguien le interrumpía la diversión con las mujeres. Su expresión, sin embargo, pasó enseguida del fastidio a la cautela, y colgó antes de decirme:
—Uno de los hombres de Vicenzo está en la zona.
—¿Crees que nos sigue? —pregunté, alerta al instante.
—No. No está aquí. Está hablando con uno de los matones de Liam Roy en un bar de la calle de al lado.
Nos levantamos a toda prisa. Una de las bailarinas se acercó a Filippo, pero él solo le dio un beso de despedida. Cuando otra intentó hacer lo mismo conmigo, la rechacé.
—Eres gay de cojones —dijo Filippo con intención de insultarme, o al menos intentándolo. Pero ser gay no era ningún insulto para mí.
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Cerré el puño y eché el brazo atrás, listo para estrellárselo en la mandíbula. La otra mano ya le rodeaba el cuello a Jackson. Podría habérselo partido si hubiera querido, pero primero quería que el hombre de Liam Roy hablara.
—¿Qué hacías reuniéndote con Toni Rinaldi?
Ese cabrón de Toni era uno de los pocos hombres de entre todas las familias a los que temía.
Era el hijo bastardo de un Sottocapo, criado en un régimen tan cruel como el mío.
El principal ejecutor de Vicenzo Carbone, la mano derecha de nuestro mayor enemigo.
Lo que hacía en Canadá, en Montreal, era un misterio.
—Que te quede clara una cosa, Jackson. Vas a morir. Eso no se discute. Pero puedo hacerlo rápido y sin dolor, o puedo hacerte sufrir durante días. Tú eliges.
Filippo se quedó callado detrás de mí. Sacó un cigarrillo y lo encendió mientras esperaba a que yo hiciera el trabajo. Tenía a diez hombres apostados a nuestro alrededor, pero todos ellos sabían que era más seguro dejarlo todo en mis manos.
—Solo negocios, señor —dijo el hombre, escupiendo sangre—. Solo negocios.
—¿Qué clase de negocios?
—Solo intentamos recuperar nuestro territorio.
—Este territorio siempre ha sido mío —refunfuñó Romagna, mintiendo—. Mátalo —me ordenó.
—¿Me tomas por idiota? —Volví a golpearlo—. ¿Crees que Toni Rinaldi se plantaría en Canadá por una sola ciudad?
El hombre se echó a llorar. Odiaba a la gente débil. Las lágrimas no tenían cabida alguna en mi vida. Mi padre me habría matado a golpes si alguna vez me hubiera visto flaquear.
Solté al hombre y le di la espalda un momento. Saqué un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendí uno mientras decidía qué hacer.
—Una sesión larga de tortura y hablará —le dije a Filippo, a la espera de órdenes.
No era un Romagna, pero trabajaba para él.
—Vale. ¿Lo vas a hacer tú?
—No soy torturador. Cualquier idiota puede romperle los dedos, arrancarle las uñas o hacerle cosas peores a este cabrón —murmuré—. Cuando llegue el momento de terminar el trabajo, lo haré yo mismo. Hasta entonces, se lo dejo a tus hombres.
Eché a andar hacia la salida de aquel almacén cerca de Val-Royal. Filippo me siguió tras indicar a sus hombres que se ocuparan del prisionero.
—¿Adónde vas?
—Tengo una cita al amanecer —le dije.
—¿Vas a Saint-Janvier?
Me giré y lo miré con las cejas arqueadas.
—¿Cómo sabes eso?
—Llevas tres años desapareciendo todas las noches. ¿Te crees que soy tan idiota como para no preguntarme adónde vas?
—No tienes derecho. No eres mi Capo.
—Entonces le contaré a Dominus Carbone que su hermano se va todas las noches al borde de una autopista a tomar café y comer magdalenas en una cafetería de mala muerte de Saint-Jérôme. ¿Qué cojones haces? ¿Y por qué?
—No es asunto tuyo —le espeté.
—Al principio pensé que te reúnes con alguien.
Sospeché una traición. Pero no hablas con nadie salvo con la camarera.
Si la chica fuera algo especial, sospecharía que te habías colado por ella, pero es madre soltera…
Un hombre como tú nunca se interesaría por una mujer así.
Si quisieras tirártela, ya lo habrías hecho y te habrías largado. ¿Qué buscas ahí?
Me ardía el estómago de rabia. ¿Cómo se atrevía a echarme encima a sus matones? ¿Y cómo no me había dado cuenta?
—Si tuvieras las manos tan manchadas de sangre como las mías, sabrías que un hombre necesita un momento de paz para despejar la cabeza, Romagna.
Filippo respiró hondo.
—Me parece justo.
—No vuelvas a echarme encima a ninguno de tus hombres, a menos que quieras que me vuelva contra ti —lo amenacé.
—Me parece justo —repitió—. Somos amigos, Gianni. Necesitaba saber que estabas bien.
Intenté calmarme. Llevábamos años siendo socios. Habría respondido por él con mi vida, aunque una parte de mí temía llegar a arrepentirme.
—¿Por qué empezaste a ir allí, Gianni?
Pensé en no contestar, pero cuando aquel cabrón le hincaba el diente a algo, no lo soltaba jamás.
—Hace años andaba cazando a unos hombres de Liam Roy. Los pillé en el pueblo y, antes de marcharme, paré en esa cafetería. Solo quería lavarme las manos, pero acabé quedándome, y me gustaron las magdalenas y el café.
—Eres un bicho raro, Gianni… —gruñó—. ¿Y por qué cojones tienes una cita con un agente inmobiliario en Saint-Janvier?
Maldita sea. ¡Lo sabía todo!
—Voy a comprar un piso allí.
—Eso ya lo sé. Lo que me pregunto es por qué andas mirando pisos cutres en un pueblucho de mierda cuando tienes un apartamento de lujo en Montreal.
—Quieres saber demasiado, Filippo. ¿Qué te importa lo que haga en mi tiempo libre?
—Soy tu amigo.
—Me lo estoy replanteando —le espeté—. Los amigos no mandan a nadie a seguirte.
—Hice lo que tenía que hacer. Maldito seas, Gianni Carbone. Eres más seco que el puto desierto y más frío que un invierno en Alaska. Nunca puedo bajar la guardia contigo.
No iba a quedarme allí discutiendo con él. Así que simplemente me fui.
Al menos no sabía lo que de verdad importaba. Madeline seguía fuera del radar y, después de lo que le había dicho a Filippo, estaba convencido de que no volvería a mandar a nadie detrás de mí. Mientras la historia no llegara a oídos de Dom, estaba a salvo.