CAPÍTULO 3
Gianni
Dijo que sí.
Y yo estaba jodido.
¿Dónde estás? El mensaje de Filippo Romagna brillaba en la pantalla del móvil. Coge el puto teléfono.
Había intentado llamarme cuatro veces. No le había cogido ninguna.
Llevaba unos cinco años viviendo en Canadá.
Era un limpiador. Limpiaba los marrones que mi familia dejaba por todo el mundo.
A diferencia de mis hermanos, que ocupaban puestos de Capos o Sottocapos, yo era un asesino adiestrado, encargado de asegurar el territorio conquistado para los Lupi Sanguinari.
No siempre para mi familia. A veces para los aliados. Filippo era uno de ellos.
Aun así, no era mi jefe. No tenía ningún derecho a darme órdenes. ¿Solo porque el cabrón había nacido en una posición de poder se creía que todos tenían que obedecerle? Yo no respetaba leyes ni reglas, así que podía irse a la mierda.
Encendí un cigarrillo mientras esperaba.
La comisaría estaba al final de la manzana.
Esperaba a que soltaran al imbécil camorrista.
Me moría de ganas de ponerle las manos encima.
Normalmente, a un gilipollas así solo le habría dado un susto.
Pero se había atrevido a darle una palmada en el culo a Madeline y, encima, la había llamado zorra.
Iba a lamentar amargamente esas palabras.
Me cruzó la mente la imagen de su cara asustada.
Dios, de verdad había dicho que sí…
Iba a casarme con ella…
Estaba jodido.
Dominus me mataría cuando se enterara, pero ¿qué otra cosa podía hacer sino engañar a todos para conseguir lo que quería?
Con lo decente que era, Madeline nunca se liaría con un criminal.
Y mi hermano, con lo controlador que era, nunca me dejaría casarme con una camarera de carretera. Una madre soltera.
El teléfono volvió a sonar. Dejé que saltara el buzón de voz. Le di otra calada al cigarrillo.
Mi padre aún estaba vivo cuando decidió que la mejor manera de meter droga en Groenlandia era cruzando el mar del Labrador.
Así que me envió a hacer el trabajo sucio y a quitar de en medio a Liam Roy, que controlaba el territorio por entonces.
Para eso uní fuerzas con la familia Romagna: primero con el padre, que murió poco después, y luego me hice amigo de su hijo, Filippo.
Juntos echamos a Liam de Quebec. Ahora estaba confinado en Ontario.
Quebec ya pertenecía a los Romagna y a los Lupi Sanguinari.
Pronto lo empujaríamos aún más lejos, hacia Manitoba.
Éramos como una plaga: íbamos tomando un territorio tras otro. Ya casi había acabado con Quebec. En los últimos meses había matado a tantos cabrones de los que mandaba Liam que tenía las manos chorreando sangre.
No era el momento adecuado para casarme.
Pero amaba a Madeline. Era lo único que me importaba en ese momento.
Estaba cansado de que me usaran como a un perro, de que me soltaran contra nuestros enemigos a la primera de cambio. Entendía para qué servía, entendía lo mucho que significaba para los Lupi Sanguinari… Pero yo también quería ser feliz, como cualquier otro ser humano.
A veces pensaba que Dominus olvidaba que yo solo era un hombre.
Otro mensaje. Cogí el teléfono.
Liam Roy está organizando una reunión con Vicenzo Carbone. Tienes que contestar.
El nombre de Vicenzo me daba ganas de vomitar. Mi primo se estaba metiendo a la fuerza en Canadá. Sabía que los Roy eran enemigos de los Romagna, ¿y aun así pensaba en una alianza? Era un idiota si creía que yo lo iba a permitir.
Ese cabrón llevaba años siendo una espina que tenía clavada.
Y algún día lo iba a matar. Puede que no hoy, puede que no mañana, pero ocurriría.
El cabrón… el hombre que arruinó nuestras vidas…
No me gustaba pensar en él, porque solo me enfurecía más cuando surgía otra imagen: mi hermana, desafiante, diciendo que no se desharía del niño fruto de la violación que había sufrido bajo la protección de Vicenzo.
Dios, la rabia… La única mujer de la familia, violada, y dando a luz a un bastardo cuyo padre ninguno de nosotros conocía.
Vicenzo decía que habían matado al hombre, pero a mí no me bastaba. Vicenzo también tenía que morir. Me robó a mi hermana y me la devolvió con la barriga hinchada. Se me revolvían las tripas. Ultraje y deshonra. Acepto muchas cosas en esta vida, pero eso no.
Ni siquiera podía mirarle la cara a mi sobrino… Sabía que el niño no tenía ninguna culpa, pero hasta el día de hoy no había conseguido aceptar su nacimiento ni la vergüenza que había caído sobre nosotros. Sobre todos nosotros.
El hecho de que Liam Roy estuviera negociando con Vicenzo solo demostraba que ya nadie nos respetaba.
Las cosas se habían complicado desde que mi padre cayó enfermo y quedó postrado en la cama.
A sus espaldas, la gente decía que sus mujeres lo habían traicionado.
Que ni yo ni mis hermanos éramos realmente sus hijos.
No sabía cuánto de eso era verdad, pero dolía y humillaba de una forma que me volvía loco.
Y desde que Dominus se convirtió en Capo, no habíamos parado de combatir traiciones y sospechas a cada paso.
Nuestra vida era un problema detrás de otro.
Ahora estoy ocupado, le contesté a Romagna por mensaje.
Entendía lo que quería Filippo. Necesitaba asegurar la relación entre los Romagna y los Carbone. Y la mejor manera de hacerlo era un matrimonio. Una unión de sangre. Así que pensaba entregarle su hermana a Dominus.
El problema era que Dom tenía esa extraña idea de casarse con su novia del instituto.
Ninguno de nosotros había conocido nunca a esa mujer, pero sabíamos que se la había comprado a su padre años atrás.
En cualquier caso, Filippo y yo teníamos que volar a Alaska cuanto antes, para que yo pudiera convencer a mi hermano de que casarse con Chiara Romagna era la solución a nuestros problemas, al menos en Canadá.
Y no era una mala elección. Chiara era de buena cuna, educada, buena persona. Apenas había hablado con ella, pero sabía que era una auténtica dama de la mafia, preparada para ser una esposa excelente y un apoyo para cualquier hombre con poder.
Eran las tres de la madrugada cuando el tipo del restaurante salió de la comisaría. Iba con un abogado, y los dos se dieron un breve apretón de manos antes de marcharse en direcciones opuestas.
Este país era un puto chiste. Todos creían que Canadá era tan ordenado, tan perfecto. Pero era un paraíso progresista donde cualquier abogado de tres al cuarto podía sacar a la calle a un criminal antes de que se secara la tinta del informe de detención.
Y donde no hay ley, estamos nosotros.
Cuando el tipo llegó a la esquina, arranqué el motor. Faros apagados, todo despacio para que no se diera cuenta. Había un tramo de bosque que llevaba a un barrio apartado. Por la forma en que caminaba —recto, con las manos en los bolsillos, sin un instante de duda—, supuse que vivía por allí.
Fue entonces cuando me vio. Miró hacia atrás, sin saber si de verdad lo seguía. Después echó a correr, y eso me hizo soltar una carcajada. Esta vez subí de marcha y fui directo a por él.
Intentó escapar. Bien sabe Dios que lo intentó. Corrió todo lo que le aguantaron las piernas y, cuando llegó a los árboles que bordeaban la ruta 918, creyó que se había librado. Pero pisé el acelerador a fondo y lancé el coche directo contra él.
Salió volando por encima del guardarraíl, hacia los árboles que, incluso en la oscuridad, no habían perdido el aire funerario de su dorado otoñal.
Bajé del coche y salté la barrera. Caí de pie dos metros más abajo y vi que el chaval se había hecho daño en la caída. Saqué la pistola y le apunté a la cabeza.
—Por favor… yo no he hecho nada… pagaré el dinero… lo pagaré —juró, seguramente creyendo que me enviaba algún usurero.
Un coche pasó por la carretera, a nuestra espalda. Era muy tarde y no se oía ningún otro vehículo cerca. Miré hacia atrás y calculé de cuánto tiempo disponía. Seguramente era alguien que iba de paso, alguien que ni se acordaría de haber visto un coche aparcado en el arcén.
Aun así, siempre existía la posibilidad de que el cabrón recordara un coche (¡mi coche!) parado a un lado de la carretera, justo donde encontrarían el cuerpo del imbécil.
Así que el cuerpo no podían encontrarlo ahí. Eso estaba claro. Así, un coche parado en el arcén solo significaba que alguien había tenido una avería o que necesitaba echar una meada.
Me acerqué a él en silencio y lo agarré por el cuello de la camisa. Lo levanté del suelo y lo subí a rastras por el pequeño terraplén. No dije nada mientras lo metía a la fuerza en el maletero.
—Por favor… por favor… —suplicaba.
Siempre suplican.
Tiene gracia lo valientes que son con mujeres indefensas, pero en cuanto se topan con un hombre armado les cambia la actitud por completo.
Volví a ponerme al volante. Arranqué algo falto de aliento, con el corazón desbocado. Siempre era un subidón; la adrenalina me corría por las venas.
Fue mi padre quien me enseñó a matar. Un Carbone no tiene derecho a elegir, así que me criaron como a un soldado.
Reglas y más reglas era todo lo que tenía.
No era tan listo como Beniamino, ni tenía la madera de líder de Dom, ni el encanto de Nico.
Mi padre incluso intentó darme algo de educación, pero con la lectura y la escritura era más tonto que una piedra.
Así que no le quedó otra que usarme como lo que era: un arma.
Y en eso soy bueno.
Mil pensamientos me cruzaban la cabeza. Estaba loco de rabia con aquel tipo y pensé en torturarlo de todas las maneras posibles, pero no tenía tiempo. Así que pisé a fondo hasta el bosque espeso que hay junto a la ruta 333.
La mitad del número de la bestia para medio hombre.
Me cabreé al llegar allí y abrir el maletero. El tipo se había meado por toda mi tapicería limpia. Aquello me enfureció aún más. Volví a sacarlo de un tirón y lo arrastré por el camino de tierra que salía de la carretera. Al final había un edificio abandonado. Empujé al cabrón hacia allí.
—¿Cómo te llamas? —le pregunté.
—¿Por qué? —preguntó, al darse cuenta de pronto de que quizá me había equivocado y él no era el hombre que buscaba—. Me llamo Kayden. No soy nadie importante… solo estoy de paso… te juro que vuelvo a Montreal y devuelvo la pasta… te lo juro.
—No me ha enviado nadie. No sé nada de ningún dinero —le expliqué mientras lo empujaba al suelo—. Quiero tu nombre porque siempre mando decir una misa por el alma de los pobres desgraciados que se cruzan en mi camino. Y sí, vas a morir por haberle puesto las manos encima a mi chica.
Abrió mucho los ojos, probablemente intentando recordar con qué mujer se había acostado la última vez.
—La camarera del restaurante —aclaré—. La llamaste puta.
—No sabía que tenía novio —intentó justificarse.
—¿Y si no lo tuviera? ¿Entonces sí habrías tenido derecho a llamarla puta?
—No vas a matarme por una tontería así, ¿verdad?
Suspiré.
—Es exactamente lo que voy a hacer.
Y entonces apunté y le disparé en la cabeza.