CAPÍTULO 2
Madeline
Nunca había visto a Gianni como un hombre. No en ese sentido. Al principio, claro, le había tenido miedo igual que a cualquier otro ser masculino, pero, a medida que lo conocí, pasé a verlo simplemente como un amigo.
Ahora me lo estaba replanteando.
Y lo veía con unos ojos con los que nunca antes lo había mirado.
Era imponente. Grande, fuerte, sólido. Hombros anchos, brazos poderosos… Había algo en él que me hacía sentir esa seguridad que tanto había anhelado. Al mismo tiempo, siempre estaba serio. Con el ceño fruncido. Irritado. Casi nunca sonreía. Pero era un buen hombre.
Y podía darme seguridad. Protección…
Amor…
No, amor no. No creía que eso existiera para alguien como yo. Pero al menos tendría con quién compartir el peso. Y era bueno con Noah. Siempre ayudaba en lo que podía, siempre traía regalos, siempre dispuesto a cogerlo en brazos…
No le había dejado implicarse en la vida de su ahijado tanto como quizá él habría querido. Yo seguía con mis muros en pie. Pero, aun así, Gianni era la persona más cercana que mi hijo y yo teníamos en el mundo.
Y tenía un trabajo estable. Una vida estable.
Empecé a freír la carne. Estaba preparando la cena de un cliente. Aquella noche el local estaba vacío, como de costumbre. Gianni no había aparecido a su hora de siempre a oír mi respuesta. Me alivió no verlo todavía, porque no sabía qué decirle.
Después de Jean, ningún otro hombre me había tocado. Después de toda una vida de abusos, eso me aliviaba. Y ahora me preguntaba si alguna vez podría dejar que un hombre me tocara de nuevo.
Gianni tenía unos ojos oscuros e intensos, profundos, como si guardaran secretos que nadie llegaría a desentrañar jamás.
Pero cuando me miraba, sentía que podía ver más allá de todo eso.
Como si, fuera lo que fuese lo que llevaba dentro, siguiera siendo solo mi amigo, el que me había tendido la mano en mis peores momentos.
Acabé de hacer la carne y la serví con pan. Añadí la ensalada al lado y cogí una cerveza de la nevera. Llevé la bandeja a la mesa y sonreí, como siempre, al poner la cena delante del cliente.
Luego volví y cogí el trapo del mostrador para limpiarlo.
Si le decía que sí, ¿cómo sería todo? Él había dicho que nos cuidaría a Noah y a mí, que ya no tendría que trabajar.
Pero los contables no ganan tanto, ¿no? Aunque, por otro lado, poco sabía yo de la vida de Gianni.
Aquella vez que me trajo dinero dijo que era una herencia.
Quizá tenía justo esa clase de ahorros guardados y los usaría para nosotros.
Podría cuidar yo misma de Noah. Prepararle la comida y la cena. Ayudarlo en todo lo que necesitara. Tendría tiempo de verdad con él, y una vida de ama de casa. Nunca había soñado siquiera con tener algo así.
Una familia…
El pensamiento me atravesó. Una familia… Nunca había imaginado que eso pudiera existir para mí. Pero tendría que contarle a Gianni la verdad sobre mi pasado… Y dudaba que alguna vez tuviera el valor.
Si lo supiera… le daría asco. Dios sabía que a mí misma me lo daba.
—Eh, Line —llamó uno de los clientes—. Otra cerveza.
Le hice un gesto con la mano.
—¡Aquí tiene! —dije al acercarme con una botella bien fría. Usé el abridor que llevaba colgado de un cordón en la cintura.
—¿Dónde está tu novio? —preguntó el señor Luke.
—¿Mi novio?
—El joven que viene todas las noches. Ese al que atiendes con especial atención.
Me sorprendió que pensara que Gianni era mi novio. Nunca habíamos mostrado nada parecido.
—Somos amigos —le expliqué.
—¿Sí? Haríais buena pareja.
Sonreí, incómoda.
—¿Te has enterado del asesinato de hoy en Scott Street, cerca de la bolera? —dijo, cambiando de tema.
Abrí mucho los ojos. Quedaba muy cerca del local.
—¿Qué ha pasado?
—Había una casa en esa calle. Trapicheaban desde allí. Se rumorea que la familia Romagna se ha quedado con el territorio.
—¿En serio?
Había oído hablar de ellos. Por supuesto. La gente no paraba de comentar el poder de la familia de Filippo Romagna, un italocanadiense que gobernaba todo el este de Canadá con puño de hierro.
—Conozco a un tío que conoce a otro que jura que la hermana de Filippo se va a casar con el Capo de los Lupi Sanguinari.
—¿Los Lupi… qué?
—Sanguinari. Los italianos que controlan el oeste de Estados Unidos.
Una disputa familiar les ha destrozado la organización.
El Capo necesita casarse con alguien de buen apellido, y la chica de los Romagna es la elegida.
Así que acabarán mandando en todo por aquí.
Y están limpiando el territorio de enemigos.
El mundo es un lugar salvaje, violento y peligroso. Y yo solo era una mujer sola, intentando sobrevivir mientras criaba a un niño pequeño.
En ese momento entró alguien más en el local. Sonreí a un chico joven cubierto de tatuajes, con una mirada amenazante.
—¡Hola! ¿Quiere una mesa? —pregunté, dispuesta a atenderlo.
—Tráeme una cerveza, zorra —me insultó mientras se repantigaba junto a una ventana.
Un silencio sepulcral cayó sobre el local. Todos los hombres me miraron, pero ninguno movió un dedo para protegerme ni defenderme. Por supuesto. Sabían que era un matón y temían por sus vidas.
Las lágrimas me quemaron los ojos. Bajé la cabeza y fui a por su cerveza.
Esa palabra, zorra, siempre me devolvía a mi madre, a las veces que me la había escupido, y al infierno que viví a su lado.
Me dolía la garganta, pero me tragué el dolor y volví hacia él.
Le serví la cerveza en silencio. Cuando me di la vuelta para marcharme, me dio una palmada en el culo.
Y fue justo en ese momento cuando Gianni entró en el restaurante.
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—¿Todo bien por aquí? —preguntó mientras le llevaba el café que se tomaba todas las noches—. ¿Clientes nuevos esta noche?
Asentí.
—Todo está bien —dije; no quería meterlo en líos—. Por Saint-Jérôme pasa mucha gente nueva.
—Es un pueblo que está justo al paso de la autopista 15 —explicó—. Entra mucha gente y sale mucha gente. Trabajar de noche se está volviendo peligroso, Madeline. Quizá sea hora de dejar de luchar.
Asentí, como si todavía estuviera procesando lo que ocurría.
—Lo sé.
—¿Ya tienes una respuesta para mí?
—No puedo darte hijos —solté, porque tenía derecho a saberlo—. Perdí el útero al dar a luz. Si te casas conmigo, nunca tendrás un hijo propio.
Me pilló desprevenida la mirada cortante que me lanzó.
—Lo sé. Yo estaba allí, en el hospital, ¿recuerdas? —Gianni pareció estudiarme un instante—. ¿Es una excusa? ¿No quieres? No te sientas presionada. ¡Si no quieres, no quieres! No tienes que forzarte.
—No es eso… es solo que…
«Estoy tan sucia…». Él no tenía ni idea…
—Siempre te he visto como un amigo…
—Lo sé. Yo nunca te vi solo como una amiga.
Se me abrieron los ojos de par en par. Despegué los labios para contestar, pero a mi espalda estalló una voz muy alta.
—¡Eh, zorra! ¡Otra cerveza!
Vi la cara de Gianni volverse despacio hacia el origen del grito. Por un momento pensé que iría a por aquel hombre, pero pareció contenerse. En ese breve pulso me di cuenta de que el matón buscaba bronca, a punto de levantarse y venir hacia mí, así que me adelanté y fui a por su cerveza.
Cuando volví junto a Gianni, me miraba fijamente con un toque de ferocidad que nunca le había visto.
—¿Quién es ese? —preguntó él.
—No lo sé. Es nuevo.
Estaba tan nerviosa que me zumbaban los oídos. Me temblaban las manos.
—No sé nada de ti, Gianni. Ni siquiera sé dónde vives. Nunca he conocido a tu familia. ¿Y si ya estás casado y me estás mintiendo? —pregunté, y él casi se ríe.
—No lo estoy. Te enseñaré mi apartamento. ¿Qué tal?
Asentí.
—Si es así, puedo decir que sí.
Gianni sonrió. Era la primera vez esa noche.
—Tengo que irme. Llámame. Tienes mi número.
No quería que se fuera todavía. No me sentía segura y él era un ancla importante para mí.
—¿No puedes quedarte?
Negó con la cabeza.
—Tengo mucho trabajo esta noche. Pero tú no te preocupes. Cuando me vaya, llamaré a la policía para que se pasen por el restaurante y les diré que hay problemas. Vendrán y pondrán a ese tipo de patitas en la calle.
No era exactamente lo que esperaba de un hombre que acababa de pedirme matrimonio: dejarme sola de aquella manera. Pero nunca había tenido una relación, así que no sabía qué pensar.
—Vale… —dije.
Y fue exactamente lo que hizo. Unos diez minutos después entraron dos policías y fueron derechos a la mesa del tipo insoportable. Hablaron un momento, le pidieron la documentación y lo hicieron marcharse. Sin explicaciones, sin nada… se fue y punto.
Gianni no se había quedado a defenderme, pero al menos había mandado refuerzos.