La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Bostecé, agotada después de otro día que se me había hecho eterno. Miré el reloj: las diez menos diez. Solo quedaba Gianni, comiendo. Esa noche me dolía la tripa y tenía unos pinchazos en el bajo vientre que me estaban matando, pero todavía tenía que limpiar el baño antes de poder irme.

Como confiaba en él, como todos esos meses de conversación habían creado un vínculo entre nosotros, lo dejé allí solo sin más y me fui al baño con el cubo y la fregona.

Pero apenas había llegado cuando noté algo húmedo que me bajaba por las piernas. Me levanté un poco la falda y vi la sangre. Mi primera reacción fue gritar, aunque sabía que tenía que mantener la calma y volver al mostrador a llamar a una ambulancia.

Pero todo se nubló demasiado rápido. Las fuerzas me abandonaron y caí como había caído una vez en el suelo de aquella fábrica.

—¿Made? —oí la voz de Gianni en la puerta del baño.

Era el baño de mujeres. No sabía si podía entrar, así que se quedó ahí, en el umbral, buscándome.

—Ayúdame —dije.

Nunca le había pedido eso a nadie, y mucho menos a un hombre. Cuando entró en el baño, mi mente nublada me recordó que era un hombre y que yo estaba sola con él en un lugar donde le bastaría con tomar lo que quisiera.

Pero Gianni solo se arrodilló a mi lado, la mano en mi hombro, los ojos muy abiertos.

—Tranquila —dijo—. Voy a buscar ayuda.

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Noah nació tres horas después. Hubo que inducir el parto y surgieron complicaciones: una hemorragia grave en el útero y un pequeño tumor en la pared uterina. Para salvarme la vida, los médicos me hicieron una histerectomía de urgencia. Pero mi hijo estaba bien.

—Lo siento mucho —me dijo el médico—. Tuvimos que actuar o podría haber muerto. Por desgracia, no podrá tener más hijos.

No me importó. A diferencia de otras chicas que había conocido, yo nunca había soñado con enamorarme y tener hijos con un hombre maravilloso. Me limitaba a ir tirando, día a día, intentando sobrevivir.

Pusieron a Noah en mis brazos. Era perfecto, increíblemente perfecto, ajeno a mis problemas de salud. Sonreí y, al instante, se me inundó el corazón de amor.

—Ya no estoy sola —le dije al médico.

Por primera vez en la vida, recuerdo haber llorado de pura felicidad. Ahora tenía a alguien. Un bebé… un amigo… un compañero con quien compartir la vida. Ya no estaba sola. Ya no estaba sin nadie que me importara, sin nadie a quien yo le importara.

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Cuando desperté un rato después, mi bebé estaba en brazos del hombre que me había ayudado en el restaurante.

—Gracias, Gianni… —dije—. No sé qué habría pasado sin ti…

Me sonrió. Era la primera vez en meses. Siempre ceñudo, nunca amable, pero me sonrió.

—Toma —dijo, y me tendió un sobre—. Para que tengas algo guardado, que vas a tener que faltar al restaurante un tiempo, hasta que te recuperes.

Gianni Peletier era un contable que ganaba poco y se dejaba la piel trabajando en Saint-Janvier. No estaba bien, de ninguna manera, aceptarle ese dinero.

—No puedo.

—Por favor. Insisto.

—No. Te lo agradezco, Gianni, pero no voy a aceptar tus ahorros. Sé que solo ganas lo justo para ti.

—No lo voy a echar en falta. Es parte de una pequeña herencia. Y lo vas a necesitar. No seas orgullosa —insistió.

Sí, lo necesitaba. El tiempo sin trabajar… Mi jefe lo entendía, pero aquello iba a arruinarme. Así que alargué la mano y cogí el sobre.

—Gracias, Gianni… Yo… te lo devolveré cuando pueda.

—No hace falta. Es un regalo para Noah —dijo con una sonrisa—. La enfermera me dijo que elegiste ese nombre… ¿Significa algo?

Asentí.

—Descanso después de una larga vida —murmuré—. Lo leí en alguna parte.

—Tu vida no ha sido tan larga, ¿no? —bromeó Gianni.

No tenía ni idea.

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Volví al trabajo unos dos meses más tarde. Noah era un ángel: se quedaba tumbadito en su sillita mientras yo atendía las mesas y charlaba con los clientes.

Me contaron que Gianni había desaparecido durante ese tiempo. Varios clientes habituales lo conocían de vista. Pensé que quizá no volvería a verlo, y eso me dio tristeza. Pero, como era de esperar, una noche volvió.

Entró con el ceño fruncido, como siempre, se sentó en su mesa y esperó a que le llevara el café y los muffins.

—Voy a bautizar a mi bebé —le dije—. ¿Querrías ser su padrino?

Me miró fijamente, sorprendido.

—¿Eres católica?

—De adolescente viví en un centro de acogida católico. Así que recibí los sacramentos.

—Yo también soy católico —dijo, y esbozó una sonrisa enorme—. Mi tío es obispo en Boston.

—¡Qué bien!

Me unían tantas cosas a ese hombre y, sin embargo, apenas sabía nada de su vida, aparte de su nombre y su trabajo.

—¿Tienes una familia grande?

—Somos seis. En realidad, dos son medio hermanos. Los dos más pequeños son de mi padre y mi madrastra.

Ni siquiera me imaginaba lo que sería tener a tanta gente mía.

—¿Y cómo son?

—Difíciles —dijo, aunque sonreía al decirlo—. Una familia... peculiar.

Me senté frente a él.

—Entonces, ¿serás el padrino?

—Por supuesto. Es un honor.

Lo observé un momento. Se le fue la mirada al bebé que dormía en el carrito, junto al mostrador. Sonrió.

—Es un niño dulce.

—¿Tu familia vive por aquí? No tengo...

«Amigos... Nadie más que él...»

—No tengo a nadie más a quien invitar... —murmuré, completando la idea—. Para que lo vea, ¿sabes? La ceremonia... ¿Crees que podrían venir?

—No.

Seco y tajante.

—¿No te llevas bien con tu madrastra?

Fue lo primero que pensé al ver su reacción.

—Francesca es una de las mejores personas que he conocido en mi vida. Pero viven muy lejos —explicó—. Tres de mis hermanos viven en Alaska. Uno en México y otro en Colombia. Están muy ocupados.

—¿Son todos contables?

Negó con la cabeza.

—En cierto modo, todos se dedican a los negocios.

Alguien me llamó desde el otro lado del local.

—Tengo que irme. He hecho el bizcocho en taza que más te gusta —dije—. Que aproveche.

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El restaurante, por sí solo, ya no me daba para pagar las facturas.

Cuando Noah cumplió tres años, empezó a perder mucho peso.

Tenía hambre, pero era como si su cuerpo fuera un agujero incapaz de absorber nada.

Los ojos se le veían cansados, se irritaba por todo, le daban rabietas, hasta que las maestras de la guardería me llamaron.

—No está bien. Tienes que averiguar qué le pasa.

Sabía que algo iba mal. Pero iba desbordada entre las limpiezas de día y el restaurante por la noche, solo para sacarlo adelante. Así que me refugié en una niebla y fui ignorando los síntomas. Aquello no podía seguir ni un día más.

Dividida entre la culpa y la vergüenza, volví a la clínica. El mismo médico del que había huido años atrás atendió a Noah. Él no me reconoció, pero yo a él sí. Lo observé con atención mientras mandaba hacer las pruebas.

—¿Se va a poner bien? —pregunté.

—Esperemos los resultados.

Los tres días siguientes fueron los más duros de mi vida. Luego llegó el diagnóstico. Diabetes. Tipo 1. Su cuerpo ya no producía la insulina que necesitaba.

Después de eso me hundí en un desconcierto absoluto. El médico me aseguró que el gobierno me daría la ayuda que necesitaba. En la guardería dijeron que también me apoyarían. Todos fueron amables mientras yo aprendía a ponerle inyecciones de insulina a mi pequeño de tres años.

Pero pasaron los meses, los trámites de su cobertura se atascaban una y otra vez, el material que no cubría la ayuda costaba más de lo que yo ganaba en propinas, y en la guardería ya no se veían capaces de hacerse cargo de la dieta especial de Noah.

Estaba tan confundida y paranoica que aquella tarde hasta creí ver a Gianni en la calle donde limpiaba casas.

—Tienes que prestarle más atención al niño —me dijo la maestra, con lo que básicamente me estaba sugiriendo que dejara de trabajar.

¿Cómo iba a hacer eso? ¿Cómo iba a mantener a un niño solo con mi sueldo miserable y las propinas del restaurante?

Aquella noche esperé con ansiedad a que apareciera la cara de mi mejor amigo, porque de verdad necesitaba hablar con él.

Gianni aparecía siempre a eso de las nueve, religiosamente. Entró como de costumbre y fue directo a su sitio. Terminé de atender a un hombre que había pedido una cerveza y me acerqué a él.

—Hoy he pensado en ti —dije.

Arqueó las cejas, como hacía siempre que algo le interesaba.

—Vi a un hombre de pie cerca de mi otro trabajo. Era igual que tú, pero sé que te pasas el día en la oficina...

Quería decirle que creía que estaba perdiendo la cabeza, pero me interrumpió.

—Pareces cansada.

—Un poco.

Ya no pude contener las lágrimas. No era solo preocupación. Era agotamiento.

—¿Qué ha pasado?

—No debería hablar de esto, pero no tengo a ningún otro amigo...

—¿Qué ha pasado? —insistió.

—Noah...

—¿Qué le ocurre?

—Está enfermo, ¿sabes?... Y en la guardería ya no quieren aceptarlo.

Dicen que no pueden hacerse responsables.

La asistente social me dijo que tengo que cuidarlo y estar más presente, pero ¿cómo lo hago?

¡Tengo que trabajar! Tengo muchísimas facturas.

El alquiler, el agua, la luz, el teléfono...

el transporte... la guardería... la canguro de la noche... la comida... No llego a todo...

Pero tenía que llegar. Rendirme con mi hijo no era una opción. Él era todo para mí. Era, simplemente, lo único que me importaba.

—Cásate conmigo. Yo cuidaré de ti. De los dos.

Una parte de mí pensó que sus palabras formaban parte de las alucinaciones que había estado teniendo. Otra parte pensó que se echaría a reír y diría que era una broma.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—Pero…

—No tienes que responderme ahora. Solo quiero que sepas que os protegeré a ti y a Noah. Nunca más pasarás apuros, nunca más tendrás que levantarte antes del amanecer y acostarte pasada la medianoche. Lo único que necesito es que me digas que sí.

Y, dicho esto, se levantó y se marchó. Yo me quedé allí, atónita, intentando ordenar las ideas mientras su figura se desvanecía en la oscuridad de la noche.