CAPÍTULO 1
Madeline
Cuatro años antes
El polvo se levantaba del suelo mugriento de la pequeña fábrica de muebles. Me golpeé la cabeza contra el cemento y, con el crujido seco, todo se desdibujó. Las mesas bajo las sierras se difuminaron a mi alrededor en nubes sin forma.
Tenía diecinueve años y llevaba tres meses fuera del centro de acogida. Y Jean Smith, el hijo del dueño, acababa de tirarme al suelo de un puñetazo.
No grité. No me resistí. Ya no me quedaba nada dentro con lo que pelear.
Así que hice lo que había aprendido a hacer de niña: me marché. No mi cuerpo. El cuerpo se quedó allí, en el polvo. Pero el resto de mí se fue a un lugar donde él no podía seguirme, y allí me quedé hasta que terminó.
Cuando acabó, se levantó y se quedó de pie sobre mí, mirándome desde arriba mientras se arreglaba la ropa.
—Eres una mierda… ni siquiera te defiendes… lo querías, ¿no? —se burló.
No tenía ni idea. Nunca había sido una cuestión de desearlo. Simplemente no me quedaba nada con lo que pelear.
—Estás despedida —dijo, me dio la espalda y se alejó.
Me quedé allí un rato más. Con la vista puesta en el polvo que no había conseguido barrer del suelo y en la suciedad de mi propia alma.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
Recuerdo que una vez, en el colegio, estudiamos a los mayas, ese pueblo de Centroamérica que se hizo famoso cuando todos creyeron que el mundo se acabaría en 2012.
Recuerdo que la profesora nos hablaba de los sacrificios humanos, de personas tendidas sobre altares de piedra y ofrecidas a sus dioses.
Yo no era ninguna ofrenda. Mi inocencia me la habían arrebatado mucho antes.
Pero alguna vez la tuve.
Todavía era una niña cuando mi madre y yo vivíamos en un edificio miserable cerca de la salida de Bromont. Un día me mandó a casa del vecino de al lado, el señor Samuel, a pedirle una taza de harina. Era demasiado inocente para ver la trampa. Abrió la puerta y me dijo que pasara.
Volví a casa llorando, dolorida, aterrada. Mi madre me miró y solo dijo:
—¿A qué viene todo este drama? ¿Te crees que no sé que no ha sido el primero?
Sí que lo era. Era el primero.
Me ofreció en el altar de sus vicios, como los mayas, a los dioses de la cocaína. Pero mi muerte fue peor que las de ellos, porque lo que murió fue mi inocencia, y los sacrificios no se acabaron ahí. Después de aquel día, mi madre me vendió cada vez que le faltaba para el alquiler o para la droga.
Siguió así durante años, hasta que conoció a otro hombre y se marchó.
Recuerdo que me preguntaba, en mi ignorancia, qué sería de mí sin una madre. Nunca imaginé que el tiempo que pasé en un centro de acogida para chicas sería el mejor de mi vida.
Sin abusos, sin palizas, sin nadie que me gritara insultos… solo estudiaba. Iba retrasada en los estudios, porque con mi madre nunca conseguía quedarme mucho en el mismo colegio; nos mudábamos constantemente, siempre debiendo el alquiler. Y disfruté de una breve temporada de paz.
Pero toda paz se acaba. Cuando cumplí los dieciocho, supe que tenía que irme. La gente del centro fue amable conmigo; no me echaron a la calle de inmediato. Hasta que encontré trabajo, una de las profesoras me acogió y me dio una habitación en su casa.
Después me di prisa. No me quedaba mucho tiempo allí, sobre todo porque el marido había empezado a mirarme raro, así que acepté sin más cualquier trabajo que me diera un techo.
En aquella época hice un poco de todo. Limpiar casas, desatascar alcantarillas. Donde hubiera trabajo, allí iba yo. Luego se presentó la oportunidad de trabajar en la fábrica.
Estaba felicísima. Un trabajo fijo. No fabricaba muebles. Limpiaba el serrín y los restos que dejaban las máquinas de corte. Nunca trabajaba mientras los hombres estaban allí. Siempre después de su turno. Un trabajo solitario, pero pagaba un sueldo decente y me daba algo de estabilidad.
Hasta que el hijo del dueño empezó a dejarse ver por allí.
Jean Smith tenía esa misma mirada de depredador cuando me veía. La mirada que nunca cambia. Se relamía al verme y algunas noches, cuando ya se habían marchado todos, venía solo para verme trabajar.
Creía que nunca pasaría de mirar. Hasta esta noche.
No era nada nuevo, así que ya no debería dolerme, ¿no? Era solo uno más.
Pero dolía desesperadamente, porque casi había logrado enterrar aquellos recuerdos.
Y, una vez más, era un sacrificio sobre un altar.
El altar de la degradación.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
Si hay algo que he aprendido con los años es que no sirve de nada pedir ayuda. No fui a la policía. No se lo conté a nadie. Simplemente me marché. Hace mucho que perdí la fe en la gente y en la justicia. Así que me refugié en mi propia insignificancia y dejé el pequeño apartamento donde vivía.
Hice autostop y me recogió una camionera que me dejó al norte de Montreal, en un pueblo pequeño junto a la autopista 15. Fue una especie de casualidad que parara en un bar de carretera a tomar café y que hubiera un cartel en el cristal que decía que necesitaban camarera.
Hablé con el dueño. Un hombre de casi ochenta años que necesitaba apartarse del negocio por motivos de salud. Le pedí el trabajo y me lo dio. Tenía un pequeño apartamento amueblado en la esquina que podía alquilarme. Me lo descontaría del sueldo, dijo. Acepté.
Me quedé.
La vida podría haber seguido tranquila después de eso.
El lugar estaba muy aislado. Allí no venía nadie, salvo algún pobre diablo que necesitaba una cerveza o algún camionero que necesitaba café para aguantar despierto las horas de carretera.
Y nadie me miraba con ojos de depredador.
Los hombres entraban, saludaban rápido y se quedaban a lo suyo mientras esperaban la comida y las bebidas.
Pero nada es nunca fácil para mí. Poco después empezaron las náuseas.
Me faltó la regla. Supe lo que estaba pasando, así que decidí ir a la clínica a por la pastilla abortiva.
No sería la primera. Cuando todavía era una niña, mi madre me había hecho tragar esas pastillas, más de una vez.
Las conseguía ella misma; conocía a una enfermera que se las pasaba sin hacer preguntas.
Porque a nadie le importa que estés deshaciendo algo vivo. Es solo un feto, dijo mi madre cuando le pregunté si el bebé sufriría. Cuando le pregunté si me dolería a mí, se limitó a encogerse de hombros.
Sí. Dolió muchísimo.
Cuando llegué a la clínica y expliqué mi situación, un médico me preguntó si estaba segura. No lo estaba.
Porque las otras veces me habían obligado y no podía pensar por mí misma. Pero esta vez la decisión sería mía. Me puse la mano en el vientre mientras él iba hacia el armario de las medicinas.
Antes incluso de que volviera, yo ya no estaba allí.
Fue una decisión rápida; no había mucho que pensar. No iba a matar a un niño. A mi hijo.
A pesar de cómo había vivido hasta entonces, sabía lo que era correcto. Y lo correcto era luchar, como haría cualquier madre. Porque una madre es una madre. Yo nunca tuve una, pero en el momento en que supe que estaba embarazada descubrí también lo que significaba amar.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
Tenía la tripa enorme y sudaba a pesar de que la noche era fría. La puerta del restaurante se abrió cerca de la medianoche. Me puse una sonrisa cansada y cogí la bandeja para atender al cliente, pero él ni me miró. Fue derecho al baño.
«Seguro que está a punto de hacérselo encima», pensé.
Esperé. Volvió con pinta de haberse duchado: empapado, las mangas de la camisa arrugadas como si las hubiera escurrido, incluso el pelo mojado.
—Buenas noches, bienvenido al Nunavut. Siéntese, por favor, y le traigo un café.
Me miró de arriba abajo. Tenía una mirada glacial y un rostro muy serio. Luego recorrió la sala con los ojos, rápido, como si calculara desde qué ángulo le convenía más sentarse. Era algo raro en un hombre, pero yo trataba con hombres raros a diario.
Después asintió.
—Soy Madeline —le dije—. Le traigo el café. ¿Le apetecen unas magdalenas? Las he hecho yo misma.
Todavía estaban calientes cuando se las llevé. Dio un bocado y una sonrisa fugaz le cruzó los labios. Pero no dijo nada. Ni siquiera me dio las gracias. Unos minutos después se levantó sin más, dejó caer en el mostrador un billete con la propina y se marchoó.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
Se llamaba Gianni Peletier. Era contable. Me lo contó la séptima noche seguida que vino. Venía todas las noches, religiosamente, a las nueve. Me gustaba hablar con él, porque tenía casi mi edad y parecía buena persona, aunque no sonriera mucho.
—La vida no es fácil —dijo, y dio un sorbo al café—. Venir aquí es una manera de olvidarme de mis problemas —confesó.
Lo entendía. Sonreí mientras le rellenaba la taza con la jarra.
—Me alegro de que venga. Saint-Jérôme no es seguro últimamente. Leí en el periódico que están matando a mucha gente a lo largo de la autopista. La semana pasada aparecieron diez cadáveres.
Él negó con la cabeza.
—Lo leí.
Alguien me llamó y dije que iba enseguida.
—Tenga cuidado —le dije a Gianni—. Ese asesino en serie solo va a por hombres. No es seguro.
—No se preocupe, Madeline.
La cautela me la habían grabado a fuego.
Años y años de una vida espantosa; siempre tenía que ir un paso por delante.
Cuando encontraron un cuerpo cerca del Nunavut, decidí al instante que cerraría las puertas a las diez todas las noches y solo las abriría a los clientes habituales.
Mi turno duraba hasta medianoche, porque siempre tenía que limpiarlo todo después de las once.
Aun así, nunca dejaría de estar pendiente de todo lo que me rodeaba.
-------- ≪ ° ✾ ° ≫ --------
Los asesinatos no dieron tregua en los meses siguientes, y llegó un momento en que incluso pensé en marcharme de Saint-Jérôme.
No es que yo corriera ningún riesgo. Quienquiera que estuviese matando gente a lo largo de la autopista 15 solo iba a por hombres con antecedentes.
Traficantes, sobre todo. Aun así, sabía que a veces estas cosas acaban salpicando a inocentes.