La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3) PRÓLOGO
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La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3)

La familia secreta del sicario (Los hermanos Carbone nº 3)

Por Josiane Veiga

© inepub.com

PRÓLOGO

Gianni

Cerca de Montreal, Canadá

Miré a mi alrededor. Sonreí al verla al fondo del local, sirviendo las mesas.

Había encontrado aquel sitio por casualidad años atrás, una noche en que andaba cazando a uno de los matones de Vicenzo. Después de deshacerme del cabrón, me di cuenta de que tenía las manos manchadas de sangre, y un lugar en medio de la nada era perfecto para borrar las pruebas.

Fui directo al baño, me lavé las manos y limpié la camisa. Cuando salí, una joven me esperaba con una bandeja en las manos y una sonrisa tan dulce que apenas podía creer que existiera alguien tan encantador y sin pretensiones.

Pero no era inocente. Su vientre hinchado dejaba claro que otro hombre ya la había tenido. Puede que incluso estuviera casada. No pregunté.

Aquella noche me senté en una de las mesas y acepté el café y las magdalenas que me ofreció. Y volví las noches siguientes solo para verla moverse de un lado a otro del local, bandeja en mano, con esa sonrisa que ofrecía amistad a todos los clientes.

—Buenas noches, Gianni —dijo aquella figura tan bonita en cuanto me vio. Después de tantos años, ya me conocía bien—. Magdalenas y café, ¿verdad? —preguntó, porque era lo que pedía desde la primera vez.

Asentí.

Me senté cerca de la salida. Nunca venía nadie a un lugar tan alejado de todo, pero yo siempre vigilaba quién entraba y quién salía.

Al poco se acercó y me puso delante la magdalena y el café de siempre.

—¿Cómo va la asesoría? —preguntó.

Ella no sabía que yo era un criminal.

—Como siempre. Los números nunca cambian.

Se le balanceó el pelo al asentir. Pero solo lo hacía por amabilidad, porque no tenía ni idea de cómo era trabajar en una oficina.

Se llamaba Madeline. Un nombre sencillo, corriente. Los clientes habituales la llamaban Made. O Line. Dependía del día. Nunca corregía a nadie. Nunca levantaba la voz. Por lo que yo sabía, nunca lo había hecho.

Había investigado su vida. Su madre se marchó de Canadá cuando ella tenía quince años y la abandonó.

Pasó por centros de acogida hasta cumplir los dieciocho.

Luego se fue a probar suerte. Encadenó un trabajo tras otro, hasta que se quedó embarazada unos meses después de empezar en una fábrica.

La despidieron y entonces se puso a limpiar casas de día y a trabajar en el restaurante de noche.

Siempre estaba cansada, aunque siempre mantenía una sonrisa tímida.

No era nadie importante. Solo la chica que servía las mesas y limpiaba los baños al final de la noche.

De hecho, fue en uno de esos baños donde se puso de parto del pequeño Noah.

Aquella noche yo estaba allí y la oí gemir desde mi mesa.

La encontré en el suelo, con sangre entre las piernas, el líquido amniótico derramado por las baldosas y agarrada a un paño de microfibra como si pudiera salvarle la vida.

La llevé al hospital. Después le di dinero, que ella no quería aceptar porque sabía que los contables no ganaban mucho en aquella zona. Insistí, le dije que eran ahorros que no iba a echar de menos.

Solo entonces accedió. Y desapareció del restaurante el mes siguiente para cuidar del recién nacido.

Pero volvió, al segundo mes. El bebé dormía en un carrito de segunda mano, bonito pero gastado, mientras ella volvía a ganarse el pan para los dos. Podría haberle cambiado la vida entera, pero no tenía ninguna excusa para hacerlo.

Ninguna, salvo que la amaba en secreto…

Aun así, nunca podría tenerla. Los Lupi Sanguinari jamás aceptarían a una madre soltera como esposa del hermano del Capo.

La seguí con la mirada mientras se movía por el restaurante.

Noah, el bebé, ya iba a la guardería. Ella le había conseguido una plaza después de que yo sobornara a alguien.

Yo pagaba la mitad de la guardería sin que ella lo supiera.

Y por las tardes la observaba mientras recorría casa por casa, limpiando.

En esos tres años no había tenido un solo novio. Eso me aliviaba, pero también me hacía preguntarme si todavía amaba al padre del niño. Estaba celoso de un hombre al que nunca había visto.

—Hoy he pensado en ti —dijo, y yo levanté las cejas con el corazón acelerado—. Vi a un hombre de pie cerca de mi otro trabajo. Era igualito a ti, pero sé que tú estás en la oficina todo el día…

Sonreí y asentí. Había sido yo.

—Pareces cansada —señalé.

—Un poco —admitió Madeline.

Y entonces se le llenaron los ojos de lágrimas. El corazón me dio un vuelco.

—¿Qué ha pasado?

Ella miró alrededor. El restaurante estaba tranquilo. Alguien bebía cerveza en una mesa y otro hombre comía en otra.

—No debería hablar de esto, pero no tengo ningún otro amigo…

Amigo… me consideraba un amigo. Me alegró tanto que no me viera como un simple cliente que estuve a punto de deslizar la mano por la mesa y tomarle los dedos. Por suerte, frené el impulso a tiempo.

—¿Qué ha pasado?

—Noah…

—¿Qué le pasa?

—Está enfermo, ya sabes…

Sí, lo sabía desde hacía mucho. Noah tenía problemas de salud, pero el sistema público de salud de Canadá era muy bueno y él contaba con todo el apoyo que su madre necesitaba.

—Y en la guardería ya no lo quieren. Dicen que no pueden asumir la responsabilidad.

La trabajadora social me dijo que tengo que cuidarlo y estar más presente, pero ¿cómo voy a hacerlo?

¡Tengo que trabajar! Tengo muchísimas facturas.

El alquiler, el agua, la luz, el teléfono…

el transporte… la guardería… la comida… No puedo con todo…

Sabía que Madeline no se rendiría por nada del mundo; solo se estaba desahogando porque estaba agotada. Esta vez no me contuve. Alargué la mano por encima de la mesa y tomé la suya.

—Cásate conmigo —dije—. Yo cuidaré de ti. De los dos.

Abrió mucho los ojos y me pregunté qué demonios estaba haciendo. Dominus me mataría. No podía casarme con una mujer así, sin más, sin que mi hermano lo supiera y diera su permiso. Pero, joder… si me daba una oportunidad… una sola…

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

—Pero…

—No tienes que contestarme ahora. Pero que sepas que os protegeré a Noah y a ti. No volverás a pasar penurias, ni a levantarte antes del amanecer ni a acostarte pasada la medianoche. Lo único que necesito es que me digas que sí.

Bajó la cabeza. Le vi los pensamientos atropellándose en la cara. Lo cierto es que Madeline no sabía qué decirme. Así que le solté la mano, me puse en pie y lancé un billete de cincuenta sobre la mesa.

Salí del restaurante sin mirar atrás. Volvería la noche siguiente a escuchar su respuesta. Y aceptaría lo que me dijera, fuera lo que fuera.