La familia que el mafioso viudo rechazó (Cartel de los García n°2) Capítulo 65
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Capítulo 65

—Prometimos no torturarlo...

—¿Prometimos no torturar a un enemigo? —grita Afonso con rabia, interrumpiendo a Rene—. Es el puto enemigo, siempre lo ha sido...

—Y va a hablar sin necesidad de que lo torturemos —sube la voz Rene—. Ese fue el trato y sí, hicimos un acuerdo porque Perez está furioso, lo traicionaron y así tendremos respuestas sobre todo. —Miramos a Perez—. Puedes empezar.

Perez levanta la cabeza despacio. No veo ni un solo rastro de sumisión o miedo. Solo hay el odio más puro y primitivo.

Sigo la trayectoria de aquella mirada. Perez ignora por completo a Afonso, que está de pie delante de él, y fija los ojos en el rostro de Jorge.

Parece que Perez siente una sed de venganza cruda, visceral. Es la mirada de un hombre que ya ha aceptado su propia muerte y que ahora no tiene nada que perder, salvo el placer sádico de arrastrar al cabrón que lo traicionó al infierno junto con él.

Jorge aprieta la mandíbula, intentando sostener la amenaza muda que emana del prisionero, pero el pánico ya se ha instalado en su postura.

—Todo empezó hace unos cinco años —comienza Perez, con una voz completamente serena y sin mostrar ni una pizca de miedo—.

Como todos sabéis, intentamos establecer conexiones con el cartel, igual que la Veintitrés.

El cartel tiene ramificaciones, además de numerosas operaciones en otros países: América, Europa y algunos rincones de Asia.

Sois poderosísimos. Mientras que la Doce, incluso la Veintitrés, solo tiene un territorio, un país: Valdavia.

Nos despreciasteis, nos considerasteis un grupo de carniceros...

—Y lo sois —remarca mi padre.

—Sí, somos tan carniceros, locos y pobres desgraciados que vuestro hermano mayor vino a buscarnos usando el apellido Del Río. Así prefería que lo llamaran, no Jorge.

El apellido que utilizó con Safira y Jade...

El silencio que sigue es pesado.

Observo cómo el impacto devastador de la confesión golpea a los miembros del cartel.

La confusión en el rostro de Anthony se transforma casi al instante en un shock paralizante.

Mi padre parpadea, atónito. Afonso y sus hijos se quedan rígidos, con los ojos abiertos de par en par y los músculos tensos mientras procesan la traición impensable.

Es decir, Safira lo había sugerido, pero ellos no la creyeron.

Todas las miradas van directamente hacia Jorge. El subjefe del cartel, la mano derecha, el hermano mayor de Anthony.

—¡Eso es mentira! —La voz de Jorge explota, aguda, estridente y desprovista de cualquier autoridad—.

¡Es un montaje, joder! ¿Estáis ciegos? —Tiene el rostro rojo de furia y terror.

Señala con un dedo tembloroso en mi dirección, el odio escapando por su voz quebrada—.

¡Todo es un montaje orquestado por ellos, Júlio, Cassio, Marcelo, Pedro y Miguel!

¡Es un puto golpe! Quieren apartarme del poder, usurpar el control del cartel y han montado este maldito circo para incriminarme.

Jorge respira agitadamente. Se da cuenta de que la acusación no ha provocado el efecto deseado y se vuelve desesperado hacia mi padre, buscando cualquier chispa de salvación.

—Piensa, Anthony, ¡usa la cabeza! —Jorge intenta mantener la calma, hablando despacio—.

¡Rene los ayudó! ¡Es obvio que se trata de eso!

¿Cómo crees que Rene consiguió preparar una emboscada perfecta y atrapar a la mano derecha de la Calle Doce sin siquiera avisarnos?

¿Sin activar al puto cartel? Actuaron a nuestras espaldas para plantar a ese desgraciado aquí y destruirme.

Las excusas siguen saliendo de la boca de Jorge, una avalancha de mentiras débiles, sucias y desesperadas. Intenta echarnos la culpa, intenta utilizar el silencio de Rene como prueba de su inocencia, pero su lenguaje corporal grita lo contrario.

—¡Cierra la puta boca! —brama Anthony, los ojos le brillan con un odio que nunca había visto dirigido a su hermano.

Levanta una mano y hace una señal, sin la menor vacilación, a sus hombres de seguridad más leales—.

Encadenad a ese cabrón. Y apuntadle con un arma a la cabeza, exactamente igual que hicieron con Perez.

Los hombres de Anthony no pierden ni un segundo. Tres de ellos avanzan de inmediato y agarran los brazos de Jorge con una brutalidad que lo hace tropezar con sus propios pies.

—¡Joder, Anthony, esto es absurdo! —grita Jorge, desesperado. Se revuelve inútilmente contra la fuerza de los hombres—. ¡Es una trampa, Anthony! ¡Os están manipulando!

—Si todo es mentira, deja que Perez siga hablando. Después te defenderás. —Mi voz sale baja, bañada en el más puro desprecio. Inclino ligeramente la cabeza—. ¿No fue exactamente eso lo que hiciste con Safira? ¿Y no fue el apellido Del Río el que le diste a Jade?

La mención de su ex y del apellido falso golpea de lleno a Jorge. Abre los ojos de par en par y, en un último esfuerzo, intenta zafarse de los hombres que empiezan a pasar gruesas cadenas por sus muñecas y tobillos.

—¡Por eso estás haciendo toda esta mierda!

—grita Jorge, escupiéndome las palabras mientras el cañón de una pistola se presiona sin piedad contra su sien derecha—.

¡Solo por eso! ¡Estás montando todo este circo para salvar el pellejo de tu suegra!

Ella se lo contó todo a la Doce y ellos solo están repitiéndolo.

Antes de que pueda responder y poner de una vez por todas al hijo de puta en su sitio, otra persona habla por mí:

—Ya me preguntaron por Safira —dice Perez en voz alta—. Y no, nunca la utilizamos, nunca habíamos oído hablar de ella.

Jorge abre y cierra la boca, pero no consigue decir nada. Toda la lucha, toda la histeria y toda la resistencia abandonan su cuerpo en el mismo instante.

Los hombres terminan de cerrar los pesados candados y dan un paso atrás, manteniendo únicamente el arma montada pegada a su cabeza.

Jorge se queda allí, sentado en el suelo, encadenado como un animal a punto de ser sacrificado. Sus hombros se desploman y su mirada, antes llena de soberbia, se pierde en el vacío. Está completamente aturdido, perdido y engullido por el abismo de su propia destrucción.

—Puedes continuar, Perez —ordeno—. Estabas en la parte en la que Jorge fue a buscarte.

—Buscó contactar con la Doce diciendo que tendríamos una alianza; en realidad, una forma de demostrar nuestra utilidad y entrar por fin de lleno en los negocios.

Todo empezó poco a poco: nosotros suministrábamos drogas y él nos pagaba, pero la falta de reuniones, de comunicación con el verdadero jefe, Anthony, empezó a molestar a Nacho.

Nacho quería que lo trataran de igual a igual y no lo veía así; no bastaba con hablar con la mano derecha, tenía que ser con el jefe.

Eso duró aproximadamente un año y medio, hasta que Nacho no aguantó más y dio un ultimátum.

Entonces Jorge confesó que Anthony no sabía nada.

Sin embargo, el cartel conquistaba cada vez más territorios, lo que significaba que Jorge distribuía por fuera más de nuestras drogas y así nosotros ganábamos.

Eso calmó a Nacho, hasta que necesitó más, siempre necesitaba más.

Así fue como cruzamos la frontera. Jorge nos dio un lugar para distribuir, el que vosotros destruisteis hace casi dos años. Fue Jorge quien nos instaló allí.

—Lo cual tiene muchísimo sentido —dice Pedro—. Porque siempre sospechamos que alguien muy poderoso les permitió entrar.

—Ya que has hablado tú —continúa Perez—.

Fue Jorge quien nos dio la información sobre tu mujer, Mariana.

No fuimos nosotros quienes la encontramos, ni siquiera sabíamos que estaba allí con su familia.

Jorge, sabiendo el parentesco que tenía, lo hizo para demostrar que realmente estaba con nosotros.

Nos entregaría a Mariana y a su familia.

Si atrapamos a su madre fue gracias a él.

Veo los hombros de Pedro subir y bajar con su respiración fuerte. Su rostro se deforma en una furia tan asesina que sus rasgos parecen cambiar. Saber que la pesadilla que vivió Mariana fue meticulosamente orquestada por Jorge es la gota que colma el vaso.

—¡Hijo de puta desgraciado! —grita Pedro—. ¡Fuiste tú quien entregó a mi mujer!

—¡Todo esto es un montaje! —grita Jorge de vuelta. El sudor le resbala por la frente mientras niega frenéticamente con la cabeza—. ¡Decir todo eso ahora es muy fácil! Está encadenado, sabe que no tiene salida y está escupiendo cualquier mierda que queráis oír solo para hundirme con él.

Abro la boca, dispuesto a hacer callar al hijo de puta, pero no hace falta. Anthony se mueve antes que cualquiera de nosotros. La mirada que lanza a su hermano no contiene ni un solo rastro de misericordia fraternal.

—Si vuelves a abrir esa maldita boca para decir una sola palabra más, morirás aquí y ahora. Un sonido, una sola respiración más fuerte, y juro que morirás como la rata que eres, sin una sola oportunidad de defenderte.

Jorge traga saliva, todo el cuerpo le tiembla en espasmos de pánico. Y, en el instante en que la gravedad de la amenaza de mi padre penetra en su mente, deja de intentar hablar.

—Después de perder nuestro primer negocio en vuestro país —prosigue Perez—, Jorge prometió que había algo mucho más grande por delante, pero teníamos que esperar un poco más, porque en la frontera había más hombres del cartel que de vuestro lado.

Y así siguió durante un año y medio, hasta que nos buscó para demostrar su lealtad definitiva y decir que, por fin, había comenzado su ascenso al poder.

—Su mirada va hacia Cassio—. Fue Jorge quien secuestró a tu hija, Natasha.

Cassio cierra los puños. Jorge vuelve a intentar gritar que es mentira, pero recibe un puñetazo de Afonso, que le grita que cierre la puta boca.

—¿Dónde está mi hija? —pregunta Cassio.

—Primero hablaré de Jorge. —Perez ignora la pregunta—.

Esa Camila, su hija, participó en todo. —Los murmullos sorprendidos de Afonso y sus hijos llenan el lugar—.

Camila apareció en la casa donde vivía Natasha y la invitó a salir.

Ella no sospechó nada. Camila la llevó a una trampa y fue secuestrada.

Sus guardaespaldas eran del cartel; Jorge conocía sus vidas y los amenazó para que respondieran lo que él quería, para que nadie sospechara de la desaparición.

—Mi hija hacía videollamadas...

—Estaba en el cautiverio que Camila preparó al detalle para que pareciera su habitación.

Jorge siempre estaba cerca de vosotros, enviaba fotos, vídeos con amenazas, igual que hacía con los guardaespaldas.

Decía que si demostraban miedo, si intentaban mandar cualquier mensaje, él estaría lo bastante cerca como para matar a cualquiera de vosotros, quizá a todos.

Camila incluso participó en algunas reuniones familiares y decía que envenenaría a las mujeres, que eran más fáciles, y ponía a Natasha como ejemplo, porque cayó en la emboscada precisamente porque jamás sospecharían de ella.

Joder, ¡Safira tenía razón!

—Y sé todo esto porque Jorge nos mostró el plan completo, porque necesitó nuestra ayuda. Natasha estuvo con nosotros un tiempo, no demasiado, porque después la sacaron del cautiverio.

—¿Dónde está mi hija?

—Eso ya es cosa de Jorge. Un grupo extraño de mercenarios apareció enviado por él y se llevó a tu hija a otro cautiverio, mucho peor.

A Nacho no le gustó; no tocó a tu hija por orden de Jorge y después él simplemente se la quitó.

En ese mismo momento recibimos la llamada de El Verdugo; el teléfono se lo había dado una mujer que estaba en aquel grupo.

El plan era matar a una García importante, daba igual cuál.

—¿Por qué Helena? —pregunta su padre.

—No lo sé. —Perez se encoge de hombros—.

Nunca habíamos oído hablar de ella, solo de Camila.

Algunas veces Nacho llegó a comunicarse con ella, ella transmitía el mensaje a su padre.

Quizá Helena no sabía nada y él ya quería librarse de ella, así que aprovechó el momento.

O tal vez ella ya sospechaba algo y él se deshizo de ella de inmediato para no levantar sospechas.

Cuando nos enteramos preguntamos por los otros García que realmente son importantes y Jorge respondió que esa sería la segunda parte del plan: seguirían el rastro de El Verdugo y de su grupo y también atraparían a los tres que habían cruzado la frontera.

Ellos hablarían de la llamada con Nacho, vosotros la rastrearíais y, de una forma u otra, caeríais en la emboscada, pero no salió bien.

Menos mal que no seguimos la idea de rastrear la llamada.

—¿Safira? —pregunto.

—Nunca había oído hablar de ella.

—¿Nunca recibisteis ayuda de la exmujer de Jorge?

—No, solo de Camila.

—Todo esto es un montaje...

—¡El montaje es lo que tú hiciste con nosotros!

—grita Perez cuando Jorge intenta defenderse—.

¡Tú hiciste todo esto y al final permitiste que nos rastrearan!

Apuesto a que pagaste más para que esos hijos de puta cambiaran de bando, ¡seguro que prometiste el puesto de Nacho al hijo de puta de El Verdugo! Solo así podían encontrarnos.

—Os rastreamos —dice Anthony—. Vimos que era un lugar muy adecuado para que Nacho se escondiera y contamos con la Veintitrés para hacerlo.

—Claro, era mucho más fácil eliminar a quienes le sirvieron, a quienes sabían demasiado. Por eso sacó a Natasha de nuestras manos. Ahí ya sabía que era nuestro final, pero Nacho no escuchaba, estaba cegado creyendo en el poder.

—¿Y dónde está mi hija?

—Lo que diré es que parecían mercenarios enviados por Jorge. Sabiendo cómo escondió a Natasha utilizando a sicarios del cartel, podrían ser mercenarios de su propio negocio, quizá hombres de otros países, de distintos lugares...

—¡Quiero nombres!

—¡No! Mi objetivo aquí era delatar a ese hijo de puta traidor —grita Perez—.

No ayudaros. Natasha está en algún lugar sufriendo.

Ni siquiera yo sé la respuesta, y aunque la supiera no os ayudaría.

Seguimos siendo enemigos y sé que voy a morir.

Pero quiero morir sabiendo que ese hijo de puta sufrirá más que yo.