La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 37
97%

CAPÍTULO 37

El expediente policial dejó de formar parte de mis días antes de cerrarse de verdad.

Al principio me costó aceptar esa transición. Había pasado meses pendiente de novedades y, cuando dejaron de llamar cada semana, una parte de mí interpretó el silencio como falta de avance. Pregunté una vez a mi abogado si debía insistir.

—No —respondió—. Que no le informen de cada paso no significa que no existan pasos.

La frase podría haber pertenecido a Beltrán.

—Os enseñan a todos a hablar igual.

—Nos dan un manual al colegiarnos.

Dejé de preguntar. También empecé a notar qué partes de la historia seguían activas en mi vida cotidiana. Durante un tiempo miraba matrículas grises. Si alguien se detenía demasiado frente al portal, prestaba atención. Revisaba dos veces que las persianas estuvieran cerradas por la noche.

Una tarde me descubrí fotografiando desde la ventana un coche que llevaba veinte minutos aparcado. Lo borré.

No porque fuera imposible que hubiera un motivo para observarlo, sino porque no había ninguno concreto.

Me obligué a formular el hecho sin interpretación: un coche aparcado veinte minutos. Nada más.

Clara insistió en que hablara con una psicóloga y acabé haciéndole caso.

No encontré una explicación secreta que justificara lo ocurrido; sí una forma más incómoda de reconocer cuánto me tranquilizaba convertir la incertidumbre en tareas y respuestas.

Fui durante unos meses y dejé de esperar que una sola conversación ordenara lo que había pasado.

Durante meses recibí alguna llamada para confirmar datos, una citación breve o un correo del abogado que me asesoró después de mi declaración.

Supe que las actuaciones relacionadas con Iván, Beatriz y otras personas seguían caminos distintos.

También supe que algunas cosas que yo había dado por seguras resultaban más difíciles de probar de lo que parecían desde fuera.

Nunca se confirmó de manera concluyente quién colocó el localizador bajo el coche de Raquel.

Había indicios, pero no una prueba que me permitiera señalar a una persona como si yo hubiera visto su mano pegándolo.

La bolsa con la pulsera sí pudo vincularse a un conocido de Iván.

La cuenta falsa quedó asociada a Beatriz y a dispositivos que también había utilizado él.

El incumplimiento de las medidas y lo ocurrido junto al río formaban parte de procedimientos sobre los que aprendí a no pedir un resumen final cada dos semanas.

El misterio que me había importado al principio estaba resuelto. Nerea no había sido secuestrada por la familia de enfrente.

Yo había ayudado a localizarla a personas de las que estaba protegida. Lo demás pertenecía a juzgados, profesionales y, sobre todo, a una familia que tendría que convivir con consecuencias mucho después de que mi curiosidad dejara de ser relevante.

Beltrán me citó una última vez para devolverme una copia de los datos que había aportado y firmar un recibí. La investigación no estaba cerrada por completo, pero mi participación activa había terminado.

—¿Puedo hacer una pregunta que probablemente no vas a contestar? —dije.

—Puede intentarlo.

—¿Crees que Iván planeaba llevarse a Nerea aunque ella dijera que no?

Beltrán se tomó unos segundos.

—Creo que había preparado una salida para el caso de que ella aceptara. Lo que habría ocurrido si se negaba desde el principio pertenece a una hipótesis.

—La sujetó cuando se negó.

—Sí.

—Pero la soltó cuando llegó la Policía.

—También.

—Siempre hay dos datos.

—Suele haber más de dos.

Sonreí.

—Eso es lo que más odio de hablar contigo.

—Me pagan por ello.

Me entregó una copia impresa de mi declaración y una bolsa con varios folios originales que la Policía ya no necesitaba. Entre ellos estaba el primer cartel de Nerea, el que yo había fotografiado y después entregado.

NO SOY SU HIJA.

Lo sostuve unos segundos.

—¿Qué hago con esto?

—Es suyo. O de Nerea, si quiere devolvérselo.

Le escribí a Raquel. Nerea respondió desde su teléfono:

«Tíralo.»

«¿Seguro?»

«Sí.»

«Pensaba enmarcarlo.»

«Te bloqueo.»

Lo rompí en cuatro trozos y lo tiré al contenedor de papel. No sentí nada especial.

Me alegró. En casa revisé la configuración de mis redes una vez más y después dejé de hacerlo cada semana.

No cerré las cuentas. No borré todas mis fotos.

Ajusté quién podía ver ubicaciones, eliminé publicaciones antiguas con datos demasiado precisos y pedí a Clara que dejara de etiquetarme automáticamente en cualquier sitio.

—Ahora eres tú la paranoica —dijo.

—Aprendo de la experiencia.

—¿También vas a usar un nombre falso?

—Sí. A partir de ahora soy Marina.

Clara tardó un segundo en entenderlo y luego soltó una carcajada. La normalidad empezaba a permitir bromas que dos meses antes habrían resultado crueles.

También retomé cosas que había dejado de hacer. Volví a cenar los jueves con Laura y Celia, dos amigas de la universidad. La primera noche les expliqué solo que había tenido «un problema con unos vecinos». Celia me miró durante varios segundos.

—Eso suena a que tienes una historia enorme y no quieres contarla.

—Correcto.

—¿Algún día?

—Puede.

Aceptaron la respuesta. Me sorprendió lo agradable que era estar con gente que no necesitaba toda la información para seguir hablando conmigo.

En marzo, Óscar me ofreció coordinar un pequeño equipo. La propuesta llegó durante una videollamada en la que yo esperaba discutir un problema con un proveedor. Óscar cerró la hoja de cálculo y dijo que quería hablar de otra cosa.

—No me asustes.

—Eso depende de tu relación con la responsabilidad.

—Mala señal.

Me explicó que necesitaban a alguien para coordinar a cuatro personas entre Madrid y remoto, revisar incidencias complejas y organizar procedimientos. Era, en esencia, convertir en trabajo formal algo que yo ya hacía de manera informal desde hacía años.

—No quiero —respondí.

—Ni siquiera te he explicado las condiciones.

—Entonces explícamelas y volveré a decir que no.

—Eres una empleada muy motivadora.

Lo hizo. Más sueldo, dos días presenciales al mes y menos trabajo mecánico. También más reuniones, más decisiones y más gente preguntándome qué hacer.

La última parte me provocó una resistencia inesperada.

Durante meses había aprendido precisamente a no convertirme en la persona que daba respuestas a todo.

—No sé si quiero ser la que decide —dije.

Óscar me miró por la pantalla.

—Coordinar no es decidir la vida de nadie, Elena.

Me reí.

—No sabes lo que acabas de decir.

—No quiero saberlo.

Acepté una semana después. La primera reunión con el equipo fue desastrosa. Una compañera pensaba que yo iba a controlar cada hoja que enviara, otro dejó claro que llevaba más años que yo en la empresa y no necesitaba supervisión, y el más joven no habló durante cuarenta minutos.

Mi impulso fue preparar un documento de doce páginas con normas. Lo abrí. Escribí tres. Lo cerré.

Al día siguiente pregunté al equipo qué necesitaban de mí. Óscar me escribió en privado:

«¿Quién eres y qué has hecho con Elena?»

Respondí:

«Me he dado un golpe.»

No entendió el chiste. Me sirvió de todos modos.

Los días presenciales en Madrid también cambiaron algo.

Volví a recorrer calles que había compartido con Pablo, a comer con compañeros y a pasar horas en lugares donde nadie conocía la historia de Nerea.

Una tarde me crucé con Pablo cerca de Atocha. Nos tomamos un café de veinte minutos.

—Tienes mejor cara —dijo.

—Gracias por confirmar que antes la tenía horrible.

—Sabes lo que quiero decir.

Hablamos del trabajo, de su nueva pareja y de si yo seguía en terapia. No hubo nostalgia especial ni una revelación sentimental tardía. Solo la sensación agradable de que una relación podía terminar sin convertirse en un misterio pendiente. Al despedirnos, Pablo señaló mi móvil.

—¿Sigues resolviendo vidas ajenas?

—Solo hojas de cálculo.

—Mucho más seguro.

—No subestimes Excel.

Volví a Salamanca en el tren de las nueve. Cuando llegué, el piso de enfrente estaba iluminado y Candela hacía algo en la mesa del salón. No miré más.

Tenía correos pendientes y sueño. La vida podía ser así de poco narrativa y funcionar perfectamente. Clara se burló durante semanas.

—Mira tú, socializando con seres humanos que no viven enfrente.

—Puedo bloquearte.

—No lo harás. Soy tu único control de calidad.

Al regresar a Salamanca encontré muebles en el piso de enfrente. La nueva familia se había instalado.

Durante los primeros días me descubrí observándolos por costumbre.

Miriam salía temprano con ropa de trabajo y una mochila pequeña.

Lucas parecía quedarse algunos días en casa.

Candela regresaba del colegio alrededor de las cinco acompañada unas veces por uno y otras por otra mujer que podía ser una abuela, una tía o una cuidadora.

Mi cabeza generaba hipótesis automáticamente.

No podía impedirlo. Lo que sí podía hacer era no tratarlas como datos.

Una tarde vi a Lucas discutir con alguien por teléfono en el balcón. Hablaba con las manos, caminaba de un lado a otro y terminó entrando dando un portazo. Antes habría pensado: problemas de pareja, trabajo, dinero, quizá una relación oculta.

Esta vez pensé: un hombre está enfadado hablando por teléfono. La transformación no tenía nada de grandiosa; resultaba bastante aburrida, y me gustó.

Berta tardó exactamente seis días en traer información.

—Miriam es higienista dental. Lucas, arquitecto técnico. La mujer que recoge a la niña es su madre. Se llaman de apellido Robles.

—Enhorabuena.

—Te noto poco interesada.

—Estoy creciendo.

—Pues has elegido una edad rara para empezar.

Le ofrecí café. Berta miró hacia enfrente.

—Candela se queda sola alguna tarde veinte minutos hasta que llega el padre.

La miré.

—No necesito saberlo.

—No te lo digo por nada. Solo lo sé.

—Ese era exactamente mi problema.

Berta se quedó en silencio.

—¿Algún día me vas a contar qué pasó con la otra chica?

Pensé en la respuesta.

—Algún día quizá. Pero no era lo que yo creía.

—Eso pasa mucho.

—¿A ti también?

—A mí constantemente. La diferencia es que yo no me meto en Facebook.

Nos reímos. Berta había sido una especie de espejo secundario durante toda la historia. Cotilla, sí. Atenta a horarios, paquetes y vecinos. Pero ella había vivido décadas mirando desde ventanas sin convertir cada detalle en una misión.

—¿Cómo lo haces? —pregunté.

—¿El qué?

—Saber cosas y no hacer nada con ellas.

Berta me miró como si la pregunta fuera extraña.

—Porque no todo lo que sé me pertenece.

No añadió ninguna explicación. No la necesitaba.

Sonreí. La niña apareció esa tarde en la ventana con una planta entre las manos. Su madre le ayudó a colocarla donde antes Nerea apoyaba los folios. Después discutieron por algo y la niña se fue enfadada.

Durante un segundo mi cabeza hizo lo que siempre hacía: empezó a construir una explicación.

Quizá no quería vivir allí. Quizá había habido una mudanza difícil. Quizá la madre era demasiado estricta. Me detuve.

No porque estuviera prohibido imaginar. Simplemente no tenía información. Volví al correo que estaba escribiendo. Media hora después alguien golpeó el cristal de enfrente. Miré.

Candela sostenía un folio. Me quedé inmóvil. La niña lo levantó. Había dibujado una cara enorme con la lengua fuera.

Se echó a reír. Yo también. Cogí una hoja y dibujé una cara todavía peor. Su madre apareció detrás, miró a su hija, luego a mí y se llevó una mano a la frente con resignación.

No había ningún mensaje oculto. Solo una niña aburrida en una casa nueva.

Esta vez, al menos, esperé a que me dieran una razón antes de inventar otra.