CAPÍTULO 36
Conocí a la verdadera Silvia en febrero. Nerea había pedido verla desde que descubrió la suplantación y, cuando finalmente viajó a España, Raquel organizó una comida pequeña en un restaurante de Salamanca. Yo no esperaba estar invitada. Nerea insistió.
—Quiero ver tu cara cuando escuches su voz —me escribió.
—Gracias por convertir mi humillación en entretenimiento familiar.
—De nada.
Silvia se parecía muchísimo a las fotografías. Eso era lo desconcertante. Pelo rubio cortado por los hombros, ojos claros, una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. Si la hubiera visto cruzar la calle meses atrás habría jurado que era la mujer con la que había hablado. Al saludarme dijo:
—Hola, Elena.
Su voz seguía sin parecerse en nada. Nerea se rio.
—No tiene gracia —dije.
—Un poco sí.
Silvia me abrazó con una naturalidad que no esperaba.
—Siento muchísimo que utilizaran mis cosas para esto.
—Tú no hiciste nada.
—Dejé media vida pública en internet durante quince años.
—Yo también.
—Pues ya somos dos idiotas digitales.
Nos sentamos. Raquel estaba con Andrés; Ana no había ido. Nerea explicó que su madre y Silvia todavía tenían «problemas de primas», una categoría suficientemente amplia para que nadie preguntara.
La conversación con la verdadera Silvia terminó de desmontar algo que todavía conservaba dentro de mí: la idea de que, si una identidad había sido robada, la persona real tenía que ser casi el reverso perfecto del impostor. No era así.
Silvia estaba enfadada con Ana por asuntos familiares. Había considerado injustas algunas decisiones del proceso. Incluso admitió que, al principio, creyó que Ana exageraba parte de lo ocurrido con Iván.
—Me costó aceptar algunas cosas —dijo mientras Raquel pagaba la cuenta—. Yo veía a Iván en comidas y era encantador.
Nerea la miró.
—Lo sigue siendo a veces.
—Ya.
—No quiero que habléis de él como si fuera una persona falsa todo el tiempo.
Silvia asintió.
—Tienes razón.
La respuesta fue tan rápida que Nerea pareció desconcertada.
—¿Ya está?
—¿Qué quieres que haga?
—No sé. Que me expliques por qué no debería defenderlo.
—No voy a hacerlo.
Nerea se quedó callada. Silvia continuó:
—Yo tardé en creer a tu madre porque mi experiencia con Iván era buena. Eso no convierte mi experiencia en mentira. Tampoco convierte la de Ana en mentira.
Nerea bajó la vista.
—Odio esa respuesta.
—Yo también.
Fue la primera vez que vi a la chica no tener a quién combatir. Nadie intentaba obligarla a elegir una versión.
Durante la comida se habló sorprendentemente poco de Iván.
Silvia contó historias de Nerea pequeña, Raquel corrigió detalles y Andrés defendió que una anécdota sobre una piscina estaba completamente exagerada.
Vi a Nerea reírse con ellos y comprendí algo que debería haber sido evidente desde el principio: aquella familia no podía describirse con una sola palabra.
Raquel podía ser su cuidadora legal, su prima segunda o lo que estableciera exactamente el parentesco, una adulta pesada que revisaba horarios y una persona a la que Nerea quería. Todo podía coexistir.
Durante la comida, Silvia me contó cómo había descubierto que alguien utilizaba sus fotografías.
—Raquel me llamó y pensé que Nerea había desaparecido otra vez —dijo—. Cuando vi el perfil casi me dio un ataque.
—¿No habías notado nada?
—No uso apenas Facebook. Esa cuenta vieja sigue abierta porque hay fotos de mi madre que no quiero perder. Beatriz copió cosas de ahí y de perfiles de otros familiares.
—¿Conocías a Beatriz?
—De nombre. Nada más.
Nerea removía el hielo de su vaso.
—Papá le había enseñado fotos nuestras.
Silvia miró a la chica.
—Eso no era raro. Las fotos no eran secretas. Lo raro fue usarlas para hacerse pasar por mí.
—Ya lo sé.
El tono de Nerea se endureció un poco. Silvia no insistió. Aquella pequeña retirada me llamó la atención porque era distinta a las de la falsa cuenta. No parecía diseñada para conseguir nada. Simplemente aceptaba que Nerea no quería seguir.
Andrés cambió de tema y preguntó por Lyon.
Silvia empezó a contar que trabajaba en un hospital privado y que los turnos le habían hecho perder la noción de los fines de semana.
Raquel recordó una visita años atrás. Nerea intervino para corregir una historia sobre un viaje a Disneyland París que, según ella, todos contaban mal.
Durante una hora no hubo investigación. Fue probablemente la escena más importante para cerrar la historia de Silvia, precisamente porque la mujer real resultaba menos dramática que la identidad falsa.
No estaba dedicada a buscar a Nerea día y noche.
No vivía esperando una llamada. Tenía un trabajo, una pareja francesa a la que mencionó dos veces y una mala relación temporal con Ana por una discusión familiar que nadie quiso explicar.
Era una persona. El perfil falso la había convertido en una función: la tía que busca.
Yo había hecho lo mismo con casi todos.
Después del café Nerea me pidió salir a caminar. Raquel levantó una ceja.
—Una hora —dijo.
Nerea puso los ojos en blanco.
—Tengo dieciséis y medio.
—Qué cambio jurídico tan importante.
—Raquel.
—Una hora y media.
—Dos.
—Una y media.
—Vale.
Salimos hacia la Plaza Mayor. Hacía frío y el cielo amenazaba lluvia.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—Pregunta horrible.
—Ya.
—Depende del día.
—Respuesta razonable.
Nerea metió las manos en los bolsillos.
—He hablado con mi padre.
Me detuve.
—¿Cuándo?
—La semana pasada. Con una psicóloga, abogados y no sé cuánta gente pendiente.
—¿Cómo fue?
—Raro.
Seguimos andando.
—Me pidió perdón por lo del puente.
—¿Le creíste?
—Sí.
Esperé.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna.
—Te conozco.
—Eso es preocupante.
Nerea sonrió.
—Le creo que lo siente. No significa que quiera volver a verlo sola.
—Eso suena bastante claro.
—Me ha costado.
—Me imagino.
—Y sigo pensando que algunas cosas que dicen de él están exageradas.
No discutí.
—Puede ser.
—¿Ves? Antes habrías intentado convencerme.
—Antes pensaba que para ayudar tenía que llegar a una conclusión.
Nerea pateó una pequeña piedra.
—Yo también.
—¿A cuál querías llegar?
—A que mi padre tenía razón o mi madre tenía razón.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que eso es una pregunta bastante inútil.
La frase no sonó profunda en su boca. Sonó cansada. Llegamos a la plaza. Había poca gente en las terrazas por el frío.
—¿Te vas a quedar con Raquel? —pregunté.
—De momento.
—¿Y tu madre?
—La veo. Estamos mejor.
—Bien.
Nerea me miró de reojo.
—Puedes decirlo sin miedo. No voy a acusarte de aprobar mi vida.
—Estoy aprendiendo.
Nos sentamos en un banco.
—Quería decirte una cosa —dijo.
—Dime.
—Lo del cartel.
Esperé.
—Sí sabía que podías pensar que estaba secuestrada.
No era una revelación completa. Ya lo había admitido de otra manera.
—Vale.
—No era lo que quería exactamente. Pero sabía que si ponía «no me dejan hablar con mi padre» igual no hacías nada.
—Probablemente.
—Eso estuvo mal.
Me sorprendió escucharla decirlo.
—Sí.
Nerea soltó una risa seca.
—Podías decir «no pasa nada».
—Pero sí pasó.
—Ya.
—Yo también hice cosas mal.
—Muchas.
—Gracias.
—De nada.
Nos quedamos un rato viendo cruzar gente por la plaza.
—¿Estamos en paz? —preguntó.
—No creo que esto sea una deuda.
—Otra frase de adulta.
—Entonces sí. Estamos en paz.
Nerea apoyó el hombro contra el mío un segundo y volvió a separarse.
No fue un gran gesto de reconciliación. Me gustó más por eso.