La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

Beatriz me escribió una carta en diciembre.

No llegó directamente. Su abogado la entregó a Beltrán, y la inspectora me preguntó si quería recibirla. Después de pensarlo un día dije que sí.

A diferencia de la de Iván, estaba escrita a mano. Cuatro páginas con una letra pequeña y apretada que cambiaba de tamaño cuando se acercaba al margen. Empezaba pidiendo perdón por haberse hecho pasar por Silvia y terminaba asegurando que nunca quiso poner a Nerea en peligro.

Entre ambas cosas había una explicación que me resultó demasiado familiar.

Beatriz conoció a Iván cuando su relación con Ana ya había terminado.

Él le contó que llevaba meses separado de su hija por una denuncia exagerada y una familia que utilizaba los servicios de protección para castigarlo.

Le enseñó mensajes de Nerea diciendo que quería verlo.

Le mostró audios donde lloraba porque no podía hablar con él.

Beatriz creyó que ayudaba a reparar una injusticia.

«Sé que desde fuera parece imposible que no viera lo que estaba haciendo», escribió. «Pero cada paso parecía pequeño cuando lo dábamos.»

Tuve que dejar la carta sobre la mesa. Era prácticamente la descripción de mis propias semanas.

Beatriz contó que el perfil de Silvia fue idea de Iván.

Habían elegido a una persona real de la familia porque Nerea reconocería las fotografías y porque el nombre podía aparecer en búsquedas.

Al principio querían que alguien cercano a la adolescente se pusiera en contacto.

Publicaron mensajes en grupos y esperaron. Pasaron meses sin resultados.

Cuando yo escribí, Beatriz fue quien contestó.

«Iván estaba conmigo. Me decía qué preguntar, pero muchas cosas las escribí yo. Cuando te dije que entendía si querías apartarte, lo decía de verdad. Hubo momentos en los que pensé que debíamos parar.»

No pararon. Ese era el dato importante. También admitía la videollamada de seis segundos.

Había utilizado su propia voz durante nuestras conversaciones y una fotografía de Silvia abierta en otra pantalla para la llamada.

La mala conexión no fue casual. Grabaron un pequeño vídeo de pocos segundos en el que la imagen se congelaba; yo vi lo que esperaba ver y la voz que ya conocía hizo el resto.

La facilidad del engaño me produjo más vergüenza que su sofisticación. No habían necesitado tecnología extraordinaria. Solo suficiente preparación para que mi cerebro terminara el trabajo.

La carta no explicaba el localizador. Beatriz decía no saber quién lo puso. Tampoco hablaba de la bolsa con la pulsera ni de la fotografía de mi portal. Esas partes pertenecían a Iván o a otras personas de su entorno. Al final escribió:

«No te pido que me entiendas. Solo que sepas que yo también pensé que estaba ayudando a una chica a recuperar su voz.»

No respondí.

Durante varios días me pregunté si debía hacerlo, aunque solo fuera para decirle que comprender no equivalía a absolver.

Escribí respuestas en un documento que nunca envié. La primera empezaba demasiado enfadada.

«No me interesa que creyeras ayudar. Me interesa que mentiste.»

Era cierto, pero incompleto. A mí sí me interesaba que hubiera creído ayudar porque esa parte explicaba cómo podía ocurrir algo así sin una conspiración formada por personas que se describieran a sí mismas como malvadas. La segunda respuesta era demasiado comprensiva.

«Yo también me equivoqué intentando ayudar a Nerea.»

La borré porque parecía colocar nuestras decisiones en el mismo nivel. No lo estaban. Yo había entregado información de forma imprudente. Beatriz había construido una identidad falsa y mantenido el engaño durante semanas. Comprender un mecanismo común no significaba igualar responsabilidades.

La tercera versión no pasó de dos líneas.

«Te creo cuando dices que pensabas que ayudabas. Eso no convierte lo que hiciste en ayuda.»

La guardé durante una noche y al día siguiente también la borré. No necesitaba tener la última palabra.

Esa conclusión habría sido imposible para mí unos meses antes.

Pablo solía decir que yo era capaz de continuar una discusión por correo aunque la otra persona hubiera escrito «de acuerdo» tres mensajes atrás.

En aquel momento me parecía una exageración.

Ahora reconocía algo de verdad: cerrar una conversación bajo mis propios términos me daba una sensación de orden.

No responder a Beatriz dejaba la historia incompleta. Quizá por eso era mejor.

A finales de diciembre me crucé con Beltrán por casualidad cerca de la comisaría. Yo salía de una tienda y ella caminaba con una compañera. Nos saludamos. Durante unos segundos no supe si preguntarle por el caso. No lo hice. Ella tampoco ofreció información.

—Feliz Navidad —dijo.

—Igualmente.

Y seguimos cada una por su lado. La normalidad de aquel encuentro me sorprendió. Durante semanas Beltrán había sido la persona a la que llamaba cuando cualquier detalle podía significar peligro. De pronto era una mujer con abrigo azul que iba a algún sitio antes de Navidad.

Las personas regresaban a sus vidas cuando dejaban de ocupar una función dentro de la mía.

Aquella noche saqué la carta de Beatriz del cajón y la guardé en una carpeta cerrada junto con mi declaración y algunas copias de mensajes. No la destruí.

Tampoco la dejé a mano. Me parecía una distancia razonable. Después entendí que la carta no necesitaba una conversación conmigo. Formaba parte de su manera de ordenar lo que había hecho. Yo tenía la mía.

Una semana después de leer la carta de Beatriz, Beltrán me devolvió el teléfono negro.

Habían extraído lo necesario y ya no tenía utilidad para la investigación. La tarjeta seguía registrada a mi nombre. La inspectora la dejó sobre la mesa en una bolsa transparente.

—No pensé que volvería a verlo.

—Los objetos suelen ser menos interesantes después de analizarlos de lo que parecen antes.

Saqué el móvil. Tenía un arañazo en una esquina que no recordaba.

—¿Lo usó Nerea después de que lo cogiera Raquel?

—No.

—Entonces lo hice yo al meterlo en la bolsa.

Beltrán sonrió.

—Puede.

Encendí el aparato. Habían restablecido algunas configuraciones y ya no había acceso a las cuentas, pero seguían guardadas fotografías que no se habían sincronizado: el techo de la habitación de Nerea, una zapatilla, un dibujo, una captura borrosa de un mensaje.

La primera fotografía que Nerea había hecho con aquel móvil era de su propia mano sujetándolo frente a un espejo. No se veía la cara.

Pensé en guardarlo como una especie de recordatorio y me disgustó la idea.

—¿Qué hago con esto?

—Lo que quiera. Es suyo.

En casa retiré la tarjeta y la destruí. El teléfono lo guardé en un cajón durante un mes. Después se lo di a mi madre, que llevaba años utilizando uno con la pantalla rota.

—¿De dónde sale? —preguntó.

—Historia larga.

—¿Es robado?

—No.

—Pues me vale.

La facilidad con la que un objeto podía cambiar de significado me hizo gracia.

Para Nerea había sido una puerta clandestina.

Para la Policía, una fuente de datos. Para mí, la prueba material de una decisión imprudente.

Para mi madre terminó siendo el aparato con el que me mandaba fotografías desenfocadas del perro de una vecina.

Para dejar de llevarla encima. Volví al trabajo a tiempo completo.

Óscar dejó de preguntarme si estaba bien y empezó a enviarme problemas con el mismo entusiasmo irritante de siempre, lo que agradecí más de lo que le dije.

En enero viajé por primera vez a la oficina de Madrid desde hacía meses.

Comimos ocho personas alrededor de una mesa demasiado pequeña y uno de mis compañeros se quejó de que el teletrabajo estaba destruyendo la cultura empresarial.

Yo pensé en mis ventanas, pero no discutí.

Al volver a Salamanca cambié el escritorio de sitio. No lo hice por miedo. O no solo.

Lo coloqué contra una pared lateral, de manera que la ventana quedara a mi izquierda. Seguía teniendo luz y podía ver la calle si giraba la cabeza, pero ya no era el marco permanente detrás de cada factura, cada correo y cada momento de aburrimiento. Berta subió a verlo y lo consideró un error.

—Antes tenías mejores vistas.

—También trabajaba menos.

—Eso no era culpa de las vistas.

—No conoces mi capacidad de distraerme.

Berta señaló el edificio de enfrente.

—Van a alquilar el piso otra vez.

—Me parece bien.

—Dicen que una pareja con una niña.

Noté el impulso de preguntar edad, colegio, de dónde venían. No lo hice. Berta me miró con extrañeza.

—¿No quieres saber más?

—Sorpréndeme otro día.

—Te estás volviendo rara.

—Eso también lo dices desde hace años.

Cuando se fue, me acerqué a la ventana. El piso seguía vacío. Habían limpiado el cristal y ya no quedaba la marca del celo donde Nerea pegaba los folios.

Me pareció bien. No todo necesitaba conservar una huella visible para haber ocurrido.