CAPÍTULO 38
Los meses siguientes no trajeron un cierre limpio. Trajeron algo más útil: tiempo.
Nerea me contó poco sobre las conversaciones supervisadas con Iván y yo dejé de preguntar salvo que ella sacara el tema.
La primera fue corta y mala. Él estaba a la defensiva, Nerea enfadada y el profesional que supervisaba tuvo que intervenir dos veces porque ambos empezaban a hablar de Ana. La segunda duró más.
—No discutimos —me escribió.
«¿Eso es bueno?»
«No lo sé.»
«Respuesta oficial de esta historia.»
«Cállate.»
En la tercera hablaron de baloncesto. En la cuarta Iván le preguntó por sus diseños y le dijo que el bachillerato de artes le parecía «poco práctico». Nerea estuvo dos días furiosa por una opinión que, meses atrás, habría defendido como una prueba de que su padre se preocupaba por su futuro.
Nada se resolvía de una vez. Ana empezó a pasar más tiempo con ella. A veces Nerea se quedaba con su madre varios días. Otras regresaba con Raquel después de una discusión y escribía que las dos eran imposibles.
—¿Con quién quieres vivir cuando esto termine? —le pregunté una vez.
—No sé.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Llevas meses intentando que te dejen no saber algunas cosas.
Nerea tardó.
«Vale, esa te la concedo.»
Yo también fui dejando de saber. No pregunté en qué fase exacta estaban los procedimientos judiciales. No quise conocer la dirección de Ana. Cuando Raquel me dijo que probablemente cambiarían de vivienda por razones prácticas, no pregunté a qué barrio.
Esa renuncia a información no se sentía como ignorancia. Se sentía como un límite.
Para entonces nuestras conversaciones se habían espaciado. Pasábamos semanas sin escribir y luego Nerea aparecía con una fotografía de un dibujo, una queja sobre un examen o una captura de una canción que estaba escuchando. La ausencia de urgencia me parecía la mejor señal posible.
Yo también había dejado de preguntarle cada vez por Ana, Raquel o Iván.
Un martes me mandó una portada que había diseñado para un trabajo de clase. Era minimalista, con una puerta entreabierta y una sombra que no permitía saber si alguien entraba o salía.
«Demasiado inquietante», escribí.
«Te pega.»
«No quiero que todo lo que hago parezca sospechoso.»
«Tarde.»
Otro día me dijo que había sacado un siete en matemáticas.
«Milagro», añadió.
«Tu padre estará contento.»
Tardé en darme cuenta de que había escrito la frase sin pensar. Nerea respondió:
«Se lo conté.»
No pregunté cómo había reaccionado. Ella lo añadió de todos modos.
«Dijo que podía sacar más.»
«Muy padre.»
«Muchísimo.»
No había drama. Solo una relación reconstruyéndose bajo condiciones que ninguno había elegido del todo.
Unos días antes había recibido una llamada inesperada de Ana. Me pidió mi dirección postal, no la de mi casa sino una donde pudiera mandarme algo.
—¿Para qué?
—No seas tú ahora la paranoica.
Le di un apartado de correos que utilizaba la empresa para documentación ocasional. Nos reímos de la ironía.
Una semana después llegó un sobre con una fotografía impresa. Era la misma que Nerea me había mandado meses atrás de uno de sus diseños, la casa con todas las ventanas iluminadas menos una. En el reverso, Ana había escrito:
«Gracias por escucharla cuando nosotros ya no sabíamos cómo hacerlo. Y gracias por aprender después que escuchar tampoco era obedecer.»
Me quedé mirando la frase durante mucho rato. No me absolvían. No hacía falta. Guardé la fotografía en un libro.
Cuando Nerea escribió desde el Puente Romano, yo ya no esperaba un cierre. Quizá por eso el mensaje funcionó como uno.
«Mira.»
Debajo, la fotografía. La piedra clara, el río, la catedral al fondo. Nerea sonreía de lado y el viento le movía el pelo.
«He vuelto.»
No pregunté con quién.
«¿Y qué tal?»
«Hace menos frío que la otra vez.»
«Información esencial.»
Pasaron unos minutos.
«Mi madre está aquí.»
Miré la imagen otra vez y distinguí una sombra alargada sobre la piedra. Podía ser Ana. Podía ser otra persona. No amplié la foto.
Ese pequeño gesto me hizo sonreír. Meses antes habría buscado el reflejo en una ventana, una matrícula, cualquier detalle que confirmara dónde y con quién estaba. Ahora la fotografía podía ser solo una fotografía.
«Me alegro.»
Nerea escribió:
«Papá ha aceptado seguir hablando solo con supervisión de momento.»
Dejé las manos sobre el teclado.
«¿Cómo te sientes?»
«Pregunta horrible.»
«Retirada.»
«Bien y mal.»
«Respuesta válida.»
«Dice que quiere hacer las cosas bien.»
No supe si «dice» llevaba esperanza, desconfianza o las dos cosas.
«Ojalá.»
Nerea tardó.
«Antes habrías dicho algo más.»
«Estoy mejorando.»
«Un poco.»
Después llegó otro mensaje.
«¿Te acuerdas del primer papel?»
Miré hacia la ventana. Candela había dejado una planta nueva en el alféizar y un molinillo de colores giraba con el aire.
«Sí.»
«Sigo sin ser hija de Raquel.»
Me reí.
«Confirmado.»
«Pero ya no me parece tan importante decirlo.»
Aquello sí me hizo detenerme. No respondí inmediatamente. Nerea añadió:
«No porque ahora quiera vivir con ella para siempre. No sé qué voy a hacer. Solo que ya no necesito que todo el mundo entienda quién es quién antes de hablar conmigo.»
Escribí varias respuestas y las borré. Al final puse:
«Eso suena bien.»
«Frase de adulta número mil.»
«Te bloqueo.»
«No lo harás.»
Tenía razón.
Antes de guardar el móvil después del mensaje del puente, recibí una fotografía más. No era de Nerea.
Era del río, tomada hacia la catedral. La piedra del puente ocupaba la parte inferior y el cielo estaba limpio. No había ubicación ni caras.
«Mamá dice que deje el teléfono», escribió.
«Hazle caso.»
«Qué aburrida.»
«He cambiado.»
«Ya.»
Guardé el móvil. Un rato después llamé a Clara. No le conté detalles judiciales. Solo dije que Nerea estaba mejor.
—¿Y tú? —preguntó.
—También.
—¿Sigues mirando enfrente?
Miré por reflejo. Candela estaba haciendo deberes junto a la ventana. Miriam pasaba detrás con una cesta de ropa.
—A veces.
—¿Y has resuelto ya su árbol genealógico?
—No.
—Estoy orgullosa.
—Qué bajo estaba el listón.
—Bajísimo.
Hablamos de la comunión de un primo, de mi madre y de si yo iría a Madrid la semana siguiente. Ningún asunto parecía importante y eso me gustó.
Después de colgar, me acerqué al cristal. Candela levantó la vista y me vio. Hizo un gesto con la mano. Respondí.
Durante un segundo pensé en Nerea la primera tarde, quieta junto a la ventana, y en todo lo que había colocado sobre aquella imagen antes de saber siquiera su nombre.
A media tarde Candela llamó desde la ventana. Esta vez no llevaba un cartel. Movía los brazos intentando que mirara hacia abajo. Me acerqué.
En la acera había un gato naranja sentado junto a una papelera. La niña lo señalaba como si hubiera descubierto una especie nueva. Levanté el pulgar.
Ella respondió con los dos. Miriam apareció, dijo algo y Candela se apartó del cristal. Yo volví al escritorio.
Durante meses había pensado que una ventana servía para ver lo que ocurría al otro lado. En realidad solo ofrecía un rectángulo: unos minutos, un gesto, una discusión sin sonido, una chica sosteniendo tres palabras verdaderas que podían conducir a una conclusión completamente equivocada.
No dejé de mirar por la ventana después de aquello. Habría sido una lección demasiado fácil y, además, me gustaba la luz.
Seguí viendo a la gente llegar tarde, discutir por teléfono, cargar bolsas, besar a alguien en el portal o sentarse junto al cristal cuando creían que nadie los observaba. A veces imaginaba historias. Supongo que eso tampoco desaparece.
La diferencia era que ya no confundía la historia que podía imaginar con la vida completa de quien tenía delante.
Aquella tarde terminé el informe que llevaba horas posponiendo, cerré el ordenador y salí a comprar pan.
Al cruzar la calle vi mi propia ventana desde abajo.
Me detuve junto a la farmacia. El rótulo rojo que había permitido localizar aquella zona seguía encendido aunque todavía no había anochecido del todo.
Durante meses lo había pensado como una pista, casi como un objeto cargado de significado.
Desde la acera era solo un letrero viejo con una letra medio fundida.
Entré a comprar un paquete de pañuelos que no necesitaba.
El farmacéutico me conocía de vista. Comentó que el tiempo estaba cambiando y que aquel año las alergias habían sido horribles.
Salí dos minutos después. Nadie me había identificado como «la mujer de la historia de enfrente».
Para casi toda la ciudad, nada de aquello existía. Me gustó.
Miré hacia arriba. Mi ventana parecía más pequeña desde la calle. El escritorio ya no estaba pegado al cristal y, con la luz del salón encendida, apenas se distinguía el respaldo de la silla.
Pensé en cuántas veces Iván habría mirado aquel mismo edificio intentando saber si yo estaba en casa, si Nerea aparecía al otro lado, si una luz o una sombra confirmaban algo.
Pensé también en mí observando la vivienda de Raquel con una seguridad no tan distinta, aunque nuestros motivos y nuestras acciones fueran otros.
Una ventana facilita una ilusión muy concreta: creer que, porque puedes ver a alguien, tienes acceso a su vida. No era verdad.
Nunca lo había sido. Un autobús pasó detrás de mí y tuve que apartarme del bordillo. El momento solemne terminó con un conductor tocando el claxon a un coche mal aparcado. Me reí sola. Después seguí andando.
Tenía que comprar pan, mandar a Clara la fecha de una comida familiar y terminar al día siguiente un informe que Óscar llevaba una semana persiguiendo. Había cosas que sabía, cosas que seguiría sin saber y personas que ya no necesitaban ocupar mis pensamientos para seguir existiendo.
Por primera vez en mucho tiempo, esa idea no me dejó ninguna pregunta pendiente.
¿Qué secreto se esconde tras la siguiente puerta?
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