CAPÍTULO 32
Beltrán me llamó a las siete y cincuenta y tres.
—Está bien.
Tuve que sentarme.
—¿La tenéis?
—Está con nosotros.
—¿Y Iván?
—También está localizado. No puedo explicarte más ahora.
—¿Ha intentado llevársela?
—Hablamos mañana.
—Beltrán.
La inspectora guardó silencio.
—Nerea dijo que no quería irse y la situación cambió. Eso es todo lo que necesitas saber esta noche.
—¿Puedo hablar con ella?
—No ahora.
Colgó. Me quedé en el sofá con el móvil entre las manos. No sentí alivio inmediato. Durante demasiadas semanas, cada noticia había abierto otra pregunta y mi cuerpo parecía haberse acostumbrado a esperar la siguiente.
A las nueve llamó Raquel. Estaba llorando.
—Está conmigo.
—¿Está bien de verdad?
—Sí.
—¿Le ha hecho algo?
—No físicamente.
Cerré los ojos.
—¿Qué pasó?
Raquel respiró varias veces antes de hablar.
—Iván le dijo que tenía un coche a diez minutos. Que podían ir a Cáceres y desde allí cruzar a Portugal. Que una vez fuera de España buscarían abogados y contarían su versión desde un lugar donde no pudieran separarlos.
—¿Y ella?
—Le dijo que no.
—¿Y él aceptó?
Silencio.
—Al principio intentó convencerla. Luego se puso nervioso porque vio movimiento de Policía. Le dijo que era la última oportunidad. Que si se quedaba con nosotros acabaría perdiéndolo para siempre.
—¿La agarró?
—Del brazo. Nerea se soltó y gritó.
La escena junto al paso de peatones volvió a mí: Andrés cogiendo a Nerea del brazo mientras yo decidía su significado antes de saber nada.
—¿La Policía intervino entonces?
—Sí.
—¿Iván está detenido?
—Ahora sí.
No pregunté por qué delito exacto. Ya no necesitaba convertir cada hecho en una categoría jurídica para saber lo esencial.
—Raquel, dile que hizo bien.
—No necesita que le digamos eso ahora.
—Tienes razón.
—Está destrozada.
La palabra me sorprendió.
—¿Por él?
—Por todo. Elena, no ha ganado nada. Su padre no se ha convertido de golpe en alguien a quien pueda dejar de querer porque haya hecho esto.
—Lo sé.
—Dice que si no hubiera ido, habría pasado años pensando que quizá él solo quería verla.
No supe si eso hacía que el encuentro hubiera servido para algo o si era una forma de sobrevivir a lo ocurrido.
—¿Y Ana?
—Está hablando con ella.
—Bien.
Raquel se quedó callada.
—Gracias por no ir al puente.
Aquello me sorprendió.
—¿Cómo sabes que pensé hacerlo?
—Porque yo habría pensado hacerlo.
—Llegué hasta el portal.
—Pues gracias por volver a subir.
Colgamos.
A las diez y cuarto recibí un mensaje de Nerea desde el teléfono de Raquel. Solo decía:
«No me digas que me lo advertiste.»
Respondí:
«Ni se me ocurriría.»
Un minuto después:
«Sigo queriéndole.»
Miré la pantalla durante un rato.
«Ya.»
«¿Eso es todo?»
«¿Qué quieres que diga?»
La respuesta tardó.
«Nada.»
«Entonces sí. Eso es todo.»
Nerea envió un corazón gris. No sabía si significaba algo concreto. No pregunté.