La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

No supe hasta el día siguiente que la Policía había permanecido a suficiente distancia para permitir que Nerea hablara porque ella misma había pedido, antes de salir de la zona segura, que si alguna vez veía a su padre no se abalanzaran sobre él salvo que hubiera riesgo.

Aquello me enfadó y me tranquilizó a la vez.

—¿Sabíais que podía intentar ir? —pregunté a Beltrán.

—Sabíamos que existía esa posibilidad.

—¿Y la dejasteis escapar?

La inspectora frunció ligeramente el ceño.

—No «dejamos escapar» a una menor como parte de una operación. Se marchó aprovechando una salida que no debía utilizar. En cuanto se detectó, se activó la búsqueda. La carta nos permitía prever una zona.

—Pero no la cogisteis en cuanto llegó.

—Había equipos cerca. Intervenir de inmediato podía provocar que ella huyera con él o que la situación escalara. Nerea estaba en un espacio público y no mostraba peligro inmediato.

—Hasta que quiso irse.

—Hasta que él intentó cambiar las condiciones del encuentro y ella expresó que no quería.

Beltrán hablaba con una frialdad profesional que yo necesitaba para compensar la película que había construido durante la noche.

—¿La agarró fuerte?

—No voy a describirle lesiones porque no hay una lesión relevante. La sujetó del brazo cuando ella se alejaba. Nerea elevó la voz y el equipo intervino.

La similitud con Andrés volvió a golpearme.

—Yo vi a Andrés hacer eso el primer día.

—¿Y?

—Pensé que la estaba reteniendo.

—En aquel momento no tenía contexto.

—Ese es el problema de toda esta historia.

Beltrán cerró una carpeta.

—No. El problema no es no tener contexto. Nadie lo tiene todo. El problema es actuar como si ya lo tuviera.

La frase dolió.

—Gracias.

—No pretendía...

—Ya. Pero tienes razón.

Me explicó después que Iván había llevado documentación, dinero y una mochila con ropa para Nerea. No una maleta. Nada espectacular. Suficiente para un desplazamiento rápido. Beatriz no estaba en el punto de encuentro, aunque existían indicios de que debía reunirse con ellos después.

—¿Entonces sí había un plan para llevársela?

—Había un plan de salida si Nerea aceptaba. La discusión jurídica será otra cosa: consentimiento de una menor, medidas vigentes, intención, incumplimientos. No simplifique lo que corresponde valorar a otros.

—Empiezo a odiar esa frase.

—Eso es buena señal.

Cuando salí de comisaría me llamó mi madre. Clara le había contado solo que había pasado «un susto» y yo llevaba días esquivando preguntas.

—¿Estás metida en algo peligroso? —preguntó.

—Ya no.

—Eso no responde.

—Mamá, estoy bien.

—Tu hermana dice que una chica...

—Clara habla demasiado.

—La genética.

Sonreí.

—De verdad. Está controlado.

Mi madre tardó.

—Tu padre habría ido a sacar a esa chica él mismo.

—Probablemente.

—Y se habría equivocado.

La sinceridad me sorprendió.

—¿Por qué dices eso?

—Porque tu padre siempre creyó que ayudar era llegar primero.

Aquello me hizo pensar en mí.

—¿Tú no?

—Yo creo que depende.

—Qué respuesta tan útil.

—Tengo sesenta y ocho años. Ya no tengo obligación de tener una teoría para todo.

Me reí.

Aquella tarde no hice nada relacionado con el caso. Fui a caminar, compré comida, cambié las sábanas. A las nueve recibí el mensaje de Nerea: «No me digas que me lo advertiste.»

Después de responder, dejé el teléfono sobre la mesa. No intenté preguntarle qué había pasado.

Esperé a que fuera ella quien decidiera cuándo contarlo. La versión de Nerea sobre el encuentro llegó dos semanas después.

Hasta entonces yo había recibido fragmentos de terceros. Raquel me dijo que Iván intentó convencerla de marcharse. Beltrán confirmó que había preparado una salida. Ana, según Nerea, apenas hablaba del tema.

Yo sabía suficiente para construir una escena completa. Decidí no hacerlo.

Cuando Nerea estuvo preparada, empezó por algo que ninguno de los informes habría considerado importante.

Iván la esperaba cerca del río con la misma cazadora que llevaba el día de su cumpleaños. Nerea dijo que, al verlo, dejó de pensar durante unos minutos en órdenes, policías y versiones; solo vio a su padre.

—Olía igual —me explicó por teléfono.

—¿Igual que qué?

—Que siempre. A ese aftershave horrible que usa.

—Eso sí es una prueba de culpabilidad.

Se rio.

—Le abracé.

—Vale.

—Mucho rato.

—Vale.

—Pensé que me ibas a decir algo.

—¿Qué?

—No sé. Que era normal, que no era normal, una de tus frases.

—Estoy intentando jubilar algunas.

Después del abrazo hablaron. Iván preguntó si la trataban bien, si veía a su madre, si seguía queriendo estudiar diseño. Le llevó una chocolatina que Nerea comía de pequeña. Nada de eso era una trampa en sí mismo. Era un padre recordando cosas de su hija.

—Por eso me enfadé cuando vi a la Policía lejos —dijo Nerea—. Pensé que todo iba bien y que iban a fastidiarlo.

—¿Cuándo cambió?

—Cuando le dije que quería volver con Raquel.

Iván preguntó por qué tenía que volver. Nerea explicó que el encuentro era solo para hablar. Él dijo que no podía desperdiciar la oportunidad. Que habían preparado una ruta. Que Beatriz los esperaba fuera de la ciudad.

—¿Beatriz estaba allí?

—No. Eso dijo él.

—¿Y Portugal?

—Primero no lo mencionó. Dijo que iríamos a un sitio tranquilo. Cuando le dije que no, empezó a explicar el plan entero como si así fuera a convencerme.

—¿Te amenazó?

—No como en las películas.

La frase repetía algo que había dicho en nuestro primer encuentro.

—¿Qué hizo?

—Me dijo que si volvía con ellos me cambiarían otra vez de ciudad y no volvería a verlo. Que mi madre ganaría. Que Raquel ya me había llenado la cabeza.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que quería seguir viéndolo, pero no irme.

Nerea guardó silencio.

—Se enfadó.

—¿Mucho?

—Lo suficiente.

Iván no la golpeó. La sujetó del brazo cuando ella intentó alejarse y le dijo que esperara. Nerea gritó que la soltara. Varias personas miraron. La Policía, que se había mantenido a distancia para no convertir el encuentro en una intervención inmediata, se acercó.

—Él me soltó antes de que llegaran —dijo.

—Eso importa.

—Ya.

—También importa que te agarrara.

—Ya.

No insistí.

—Lo peor —añadió— es que cuando se lo llevaban me pidió perdón.

Esperé.

—Y le creí.

—Puede que lo sintiera.

—¿Ves? Eso es lo que me vuelve loca. Todo el mundo dice que manipula. Pero puede manipular y sentirlo de verdad al mismo tiempo.

—Sí.

—No ayuda.

—No.

Nerea respiró al otro lado.

—Antes pensaba que si conseguía verlo sabría qué hacer.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que verlo no arregla nada.

La conclusión no era feliz, sino más pequeña y, probablemente, más útil.

—¿Vas a volver a verlo?

—No sé.

—Vale.

—Pero si lo hago será con gente.

—Eso me parece...

Me detuve. Nerea se rio.

—Puedes decir «bien».

—Bien.