CAPÍTULO 31
—Elena.
Reconocí su voz por los audios. No sonaba agitado. Esa fue la primera cosa que me sorprendió.
—¿Dónde está Nerea?
—A mi lado.
—Quiero oírla.
Hubo un roce. Después la voz de Nerea.
—Estoy aquí.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Quieres seguir ahí?
Silencio. Iván habló lejos del teléfono.
—Contesta lo que quieras.
Nerea respiró.
—Quiero hablar un rato.
—Vale.
No dije nada más. Iván volvió a coger el móvil.
—Gracias.
La palabra me irritó.
—No me des las gracias.
—Fuiste la primera persona que la escuchó.
—Y después descubrí para qué utilizasteis eso.
—Beatriz se equivocó con la cuenta.
—Tú estabas debajo de su edificio a las tres de la mañana.
—Quería verla.
—Pusiste un localizador en un coche.
Hubo una pausa mínima.
—No sabes quién puso eso.
—Tú siempre tienes una frase preparada para que nada sea exactamente lo que parece.
Iván soltó aire.
—Y tú ya has decidido que todo lo que hago confirma lo que te han contado.
—No. He decidido que si quieres verla puedes hacerlo por la vía que te han ofrecido.
—¿Qué vía? ¿Meses de informes? ¿Una llamada de veinte minutos con una psicóloga sentada al lado tomando notas? Es mi hija.
—Precisamente.
Al otro lado escuché a Nerea decir algo que no entendí. Iván bajó la voz.
—No quiero discutir contigo.
—Pues no lo hagas.
—Solo quería que supieras que está bien.
—Entonces deja que se vaya cuando quiera.
Silencio.
—Claro.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Dame a Nerea.
—Está aquí.
—Quiero hablar con ella.
Otro roce.
—Elena —dijo Nerea.
—¿Quieres que cuelgue?
—Sí.
—Vale. Si necesitas algo, llámame.
—Vale.
Antes de terminar, escuché a Iván decir:
—Tenemos que movernos un poco. Hay demasiada gente.
La llamada se cortó. Llamé inmediatamente a Beltrán.
—Ha dicho que van a moverse.
—Los tenemos localizados.
—¿Dónde?
—No importa. Quédate en casa.
—Nerea ha dicho que quiere hablar con él.
—Lo sabemos.
—No intervengáis como si la estuviera atacando si no...
Me detuve al escucharme. Beltrán respondió con una calma que agradecí.
—Nuestro objetivo es que Nerea esté segura. No vamos a convertir un contacto en una escena si no hace falta.
—Vale.
—Confía en que esta parte no te toca a ti.
Esas palabras me habrían molestado un mes atrás. Ahora dije:
—Vale.
Caminé por el salón sin acercarme a la ventana. Intenté imaginar el puente y los jardines junto al río a aquella hora: turistas, estudiantes, gente paseando perros, corredores. Un lugar público. Exactamente lo que Iván había prometido.
A las siete y veintinueve Nerea me envió un mensaje.
«Quiere que vayamos a otro sitio.»
Respondí:
«¿Tú quieres?»
Tardó.
«No sé.»
«Puedes decir que no.»
«Ya.»
«¿Quieres que llame?»
«No.»
No llamé. Beltrán ya veía los mensajes porque yo los reenviaba al instante.
A las siete y treinta y cuatro:
«Dice que aquí nos están mirando.»
«¿Te pide subir a un coche?»
«No.»
«¿A dónde quiere ir?»
«A caminar.»
«¿Tú quieres?»
Esta vez respondió rápido.
«Sí.»
Me obligué a no añadir nada. Me obligué a escuchar la respiración de Nerea y no el ruido que mi cabeza intentaba convertir en información. Había voces lejanas, quizá gente paseando. El sonido del río no llegaba. Un coche pasó en algún lugar.
—¿Dónde estáis ahora? —pregunté.
—Caminando.
—¿Hacia dónde?
—Elena.
—Vale. No hace falta que me lo digas.
Iván dijo algo que no entendí.
—Mi padre quiere saber si eres tú quien ha llamado a la Policía.
No sabía qué respuesta había acordado Beltrán para esa pregunta. Opté por no mentir.
—La Policía sabe que estás con él.
Silencio. Después la voz de Iván, más cerca:
—Nerea, dame el teléfono un momento.
—No.
Fue la primera vez que escuché a la chica negarse directamente.
—Solo quiero hablar con ella.
—Ya está hablando conmigo.
—Vale.
Su tono seguía tranquilo.
—No pasa nada.
Nerea volvió a mí.
—¿Ves? —dijo muy bajo.
No supe si quería demostrar que su padre respetaba un no.
—Sí.
Continuaron andando. La llamada duró seis minutos. Nerea habló de cosas absurdas. Que el río olía raro. Que había gente haciendo fotos. Que había llevado unas zapatillas poco apropiadas para caminar. Comprendí que no quería colgar todavía. Yo tampoco.
—¿Te acuerdas de la portada que me mandaste? —pregunté.
—¿La de las ventanas?
—Sí.
—¿Qué pasa?
—Nada. Solo que era buena.
—Elena, qué conversación más ridícula.
—Estoy improvisando.
Nerea se rio. Iván intervino al fondo.
—¿Le estás contando lo de tus dibujos?
—Sí.
—Dile que dibuja muy bien.
La normalidad de la escena me produjo más miedo que un grito. Un padre orgulloso de los dibujos de su hija podía ser el mismo hombre que había utilizado una cuenta falsa para localizarla. No había cambio de máscara porque probablemente no eran máscaras separadas.
—Mi padre dice que dibujaba mejor antes —dijo Nerea.
—No he dicho eso —protestó él al fondo.
Por unos segundos sonaron como cualquier padre y cualquier hija. Después Nerea preguntó:
—¿Dónde está el coche?
La conversación cambió de temperatura.
—No está aquí —respondió Iván.
—Has dicho que Beatriz estaba fuera de la ciudad.
—Sí.
—¿Entonces cómo vamos?
—No he dicho que tengamos que irnos ahora.
—Antes has dicho que podíamos salir esta noche.
—He dicho que, si querías, teníamos opciones.
Nerea dejó de hablarme. Yo escuchaba fragmentos.
—No quiero irme.
—No te estoy obligando.
—Entonces no sigas explicándome rutas.
—Solo quiero que sepas que no estás atrapada.
—No estoy atrapada.
Silencio. La frase era importante. Nerea la había pronunciado sin que nadie se la pidiera. Iván habló más bajo.
—Hace un mes decías otra cosa.
—Decía que no quería estar con Raquel.
—Pues eso.
—No es lo mismo.
Me levanté del suelo del recibidor. No sabía qué hacer con el cuerpo.
—Nerea —dije.
—Estoy.
—¿Quieres que siga en línea?
—Sí.
Iván suspiró.
—Esto no es una conversación entre nosotros si está ella escuchando.
—Ella fue la que me ayudó.
—También fue la que llamó a la Policía.
—Porque tú os hicisteis pasar por Silvia.
Hubo un silencio distinto, más largo.
—Eso fue un error —dijo Iván.
—Ya.
—Beatriz quería ayudarte.
—Mintió.
—Sí.
El reconocimiento directo pareció sorprender a Nerea.
—¿Y tú?
—Yo permití que lo hiciera. Estuvo mal.
Durante unos segundos nadie habló. Pensé que quizá aquel era el momento que Nerea había buscado durante meses: su padre admitiendo algo sin una explicación detrás. Duró poco.
—Pero si no lo hubiéramos hecho —añadió—, seguirías sin poder hablar conmigo.
Nerea soltó aire.
—Siempre hay un «pero».
Eso fue casi un susurro. Yo la oí. También Iván.
—No quería decir...
—Sí querías.
La llamada se cortó unos segundos después. Fue entonces cuando escribí a Beltrán: «Nerea acaba de decirle que no está atrapada y que no quiere irse.» La inspectora respondió con una sola palabra:
«Recibido.»
Por primera vez, la voz de Nerea estaba quedando registrada sin que nadie necesitara interpretarla por ella.
A las siete y cuarenta y uno dejó de escribir. Beltrán no contestó mis llamadas.
A las siete y cuarenta y seis el teléfono sonó. Nerea.
—Elena.
Su voz había cambiado.
—¿Qué pasa?
—Mi padre dice que nos vayamos a Portugal esta noche.
Me quedé inmóvil.
—¿Tú quieres?
—No.
La respuesta fue inmediata.
—¿Se lo has dicho?
—Sí.
—¿Y?
Nerea empezó a llorar.
—Dice que si me quedo van a conseguir que lo odie.
—Nerea, escúchame. No tienes que demostrarle que le quieres yéndote con él.
Al otro lado escuché una respiración rota.
—Dice que no entiende por qué prefiero volver con gente que no es mi familia.
—Raquel sí es familia.
—Ya sabes a qué se refiere.
—Sí.
—Dice que si voy con él nadie podrá volver a decidir por mí.
—¿Y tú qué piensas?
Nerea tardó.
—Que quiero decidir yo.
—Entonces decide tú ahora.
—Es fácil decirlo.
—No he dicho que sea fácil.
Se oyó la voz de Iván más cerca.
—Nerea, no tienes que contarle todo.
—Quiero hacerlo.
—Vale.
Otra vez esa aparente aceptación inmediata.
—Elena —dijo Nerea—, si me quedo, mi padre dice que no sabe cuándo volverá a verme.
—Puede ser verdad.
—Y si voy, puedo estar con él.
—También puede ser verdad durante un tiempo.
—No me ayudas.
—No quiero empujarte a una respuesta para que después parezca mía.
Nerea lloró en silencio.
—Odio cuando hablas así.
—Yo también.
—Dime qué harías tú.
La pregunta me dejó quieta. Meses atrás habría respondido sin pensar. Habría construido una lista de riesgos, una decisión racional, una ruta.
—Yo no soy tú.
—Ya.
—Pero si una persona te dice que para demostrar que confías en ella tienes que irte ahora, sin avisar y saltándote a todo el mundo, yo desconfiaría de la urgencia.
Nerea no respondió. Iván habló al fondo:
—No le estoy pidiendo que demuestre nada.
Ella apartó el teléfono.
—Sí me lo estás pidiendo.
—Te estoy dando una opción.
—Una opción que caduca hoy.
Silencio.
—Porque mañana ya no estaremos aquí —dijo él.
La frase cambió algo.
—¿Quiénes? —preguntó Nerea.
—Beatriz y yo.
—¿Beatriz está cerca?
—Está esperando.
Nerea volvió al teléfono.
—No me habías dicho eso.
—Ahora lo sabes.
—Elena, tengo que colgar.
—No. Si no quieres ir, dilo en voz alta. Que te oiga la gente.
—No quiero montar una escena.
—No la estarías montando tú.
Iván dijo su nombre.
—Tengo que colgar.
—Nerea...
La comunicación se cortó. Me quedé mirando la pantalla. Lo siguiente que hice fue levantarme y coger las llaves. Llegué hasta el portal.
Allí me detuve. En el espejo del ascensor vi mi propia cara, el abrigo mal puesto y el móvil apretado en la mano. La imagen me recordó algo que Clara me había dicho semanas atrás: yo confundía estar disponible con tener que intervenir.
La Policía sabía dónde estaban. Raquel estaba informada. Nerea tenía un teléfono. Mi presencia no añadía seguridad.
Añadía otra persona imprevisible a una situación ya saturada. Volví a subir. No hubo nadie para felicitarme por aquella decisión. Fue precisamente por eso por lo que supe que, quizá, era la correcta.