La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

Los dos días anteriores a la desaparición Nerea apenas había escrito. Yo respeté su «ya no te voy a contar nada» más de lo que habría sido capaz un mes antes. No mandé mensajes para comprobar si seguía enfadada. No pregunté a Raquel cómo estaba cada pocas horas.

El martes por la noche, sin embargo, llegó uno.

«¿Te acuerdas de lo que te conté del chocolate en el puente?»

«Sí.»

«¿Dónde lo compraríamos?»

La pregunta me pareció extraña.

«Ni idea. Hay varios sitios por el centro.»

«Ya.»

«¿Por qué?»

«Me ha entrado antojo.»

En otra época habría investigado cafeterías abiertas cerca del Puente Romano y le habría mandado una lista.

Aquella noche escribí:

«Pregúntale a Raquel. Seguro que conoce.»

Nerea respondió con una cara enfadada. No pensé más en ello hasta el día siguiente.

A las once de la mañana me llamó Ana. No hablábamos con frecuencia; desde nuestra primera conversación solo habíamos intercambiado dos mensajes.

—¿Nerea te ha dicho algo raro? —preguntó.

La pregunta me puso alerta.

—¿Qué significa raro?

—Está demasiado tranquila.

—Eso no suele ser delito.

—Con mi hija sí es sospechoso.

Sonreí.

—Me preguntó por chocolate cerca del puente.

Ana guardó silencio.

—¿Cuándo?

—Anoche.

—¿Te dijo por qué?

—Antojo.

—Vale.

La palabra sonó preocupada.

—¿Ha pasado algo?

—No sé. Raquel dice que está mejor desde que se suspendió temporalmente cualquier intento de contacto. Yo tengo la sensación de que está esperando algo.

—¿Sabe algo de la carta?

Ana tardó.

—¿Qué carta?

Me di cuenta de que no debía haber asumido que todos manejaban la misma información.

—Nada. Habla con Raquel.

Colgamos. Llamé a Beltrán y le conté la pregunta del chocolate. La inspectora dijo que lo anotaría, pero no parecía suficiente para activar nada.

—No convierta cada comentario en una pista —me recordó.

—Lo sé.

A las dos recibí un correo de trabajo con un asunto equivocado y durante varios minutos pensé que era un mensaje de Iván. Mi cuerpo estaba otra vez anticipando conexiones. Me obligué a salir a comer.

Caminé hasta un restaurante pequeño donde servían menú del día. Dejé el móvil boca abajo y pedí sopa y merluza. A mitad del primer plato vi a una adolescente de espaldas con el pelo parecido al de Nerea y el corazón se me aceleró. No era ella. Me enfadé conmigo misma.

Después de comer regresé por la Plaza Mayor. Pensé en comprar chocolate para reírme de la conversación, pero me pareció absurdo.

A las cinco y veinte, Nerea escribió:

«¿Estás trabajando?»

«Sí.»

«Qué vida más emocionante.»

«Alguien tiene que sostener el sistema sanitario con hojas de cálculo.»

«Heroína.»

«Por fin lo entiendes.»

No había nada raro.

A las cinco y cuarenta y siete:

«¿Tú crees que una persona tiene derecho a despedirse aunque haya hecho cosas mal?»

Me quedé mirando la pregunta.

«Sí.»

Escribió antes de que pudiera añadir nada.

«Vale.»

«Nerea, ¿a qué viene eso?»

No respondió. Llamé. Rechazó la llamada. Escribí:

«Si esto tiene que ver con tu padre, díselo a Raquel.»

Nada.

A las seis menos cinco llamé a Raquel. No contestó.

A las seis y diez volví a llamar. Fue entonces cuando el teléfono sonó desde su número.

Nerea desapareció el miércoles a las seis y doce de la tarde. Raquel me llamó a las seis y veintisiete.

Yo estaba en el supermercado, comparando dos marcas de detergente con una concentración absurda para alguien que llevaba semanas sintiendo que cualquier elección podía tener consecuencias enormes.

—Se ha ido —dijo.

Dejé la botella en la estantería.

—¿Cómo?

—Estábamos en una cita. Ha pedido ir al baño. Hay una salida lateral.

La voz de Raquel estaba demasiado controlada.

—¿La carta era para hoy?

—Sí.

—¿Dónde?

Silencio.

—Raquel, si puedo ayudar necesito saberlo.

—Puente Romano. A las siete.

El recuerdo del viaje familiar de Nerea apareció inmediatamente: su padre comprando chocolate caliente, Ana enfadada por el frío, la catedral iluminada desde el otro lado del río. No era un lugar elegido al azar.

—Voy para allí.

—No.

—Estoy a quince minutos andando.

—La Policía ya va.

—Puedo reconocer a Iván.

—Elena, no conviertas otra vez esto en algo que tienes que resolver tú.

Aquello me detuvo.

—¿Qué hago?

—Si Nerea te llama, mantenla hablando y avisa a Beltrán. Nada más.

Colgó. Salí del supermercado sin comprar nada. No fui hacia el puente. Caminé hasta mi casa con el móvil en la mano, mirando la pantalla cada pocos segundos.

A las seis y treinta y seis llamé a Nerea. Apagado. Volví a llamar a las seis y cuarenta y dos. Apagado.

Me obligué a no hacerlo una tercera vez. Beltrán había dicho que demasiadas llamadas podían hacer que Nerea escondiera el teléfono o lo apagara del todo. Aun así, cada minuto sin noticias parecía una decisión equivocada que yo estaba tomando por omisión. Clara me llamó justo entonces.

—Raquel me ha escrito —dijo.

—¿Desde cuándo habláis vosotras?

—Desde que te recogí aquella noche. Me dio su número por si tú volvías a hacer una heroicidad.

—Maravilloso.

—¿Sabes algo?

—Nada.

—No vayas allí.

—No he dicho que vaya.

—Te conozco.

Miré las llaves sobre la mesa.

—Estoy en casa.

—Bien.

—No digas «bien» como si hubiera pasado una prueba.

Clara se quedó callada un segundo.

—Eso te lo ha enseñado Nerea, ¿no?

—Sí.

—Pues tiene razón.

La llamada me ayudó a permanecer quieta durante diez minutos más.

A las seis y cincuenta llegó el mensaje desde un número desconocido.

«No vengas.»

La forma de escribir era de Nerea. Sin saludo, sin puntuación, ordenando justo lo contrario de lo que sabía que yo podía hacer.

«¿Estás con él?»

No hubo respuesta. Llamé a Beltrán. La inspectora me pidió el número y que no escribiera preguntas sobre ubicación. Estaban intentando localizar la señal sin alertar a nadie.

—¿Sabíais que podía ser hoy? —pregunté.

—Teníamos una ventana temporal.

—¿Y no me lo habéis dicho?

—No tenía que saberlo.

Meses atrás aquella respuesta me habría enfurecido. En ese momento me pareció casi reconfortante.

—¿Raquel está con vosotros?

—Sí.

—¿Y Ana?

—Elena.

—Vale.

Colgué.

A las seis y cincuenta y cuatro llegó el segundo mensaje.

«Solo quiero hablar.»

Escribí «vale» y lo borré tres veces antes de enviarlo. No quería que pareciera que aprobaba el encuentro ni que intentaba frenarla. Solo necesitaba mantener abierto el canal.

«Estoy aquí si me necesitas.»

Nerea respondió:

«No se lo digas a Raquel.»

Me quedé mirando la frase. Ése era el mecanismo entero de la historia en una sola petición: si quería conservar la confianza de Nerea, tenía que ocultar información a quienes tenían responsabilidad sobre ella. Si quería protegerla, podía perder su confianza.

«No puedo prometerte eso.»

No volvió a escribir.

A las siete y dos me llamó. Contesté al primer tono.

—¿Nerea?

Escuché viento y tráfico lejano.

—Ha venido.

Su voz sonaba muy baja.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Estás sola con él?

—Hay gente. Estamos cerca del puente.

No pregunté exactamente dónde. Beltrán tenía el número y, según me había dicho, estaban intentando localizar la señal.

—¿Qué quieres que haga?

—Nada.

—Entonces me quedo aquí contigo.

—No hables como si fuera a pasarme algo.

—Vale.

Al fondo escuché una voz de hombre.

—¿Con quién hablas?

La línea se quedó en silencio. Después Nerea dijo:

—Con Elena.

Otro silencio. La voz de Iván llegó más cerca.

—¿Puedo hablar con ella?

Nerea no respondió.

—No tienes que pasarle el teléfono —dije.

—Ya lo sé.

La comunicación se cortó. Llamé a Beltrán.

—Están juntos.

—Lo sabemos.

—¿Los veis?

—Elena, no llame más salvo que ella contacte.

—¿Por qué?

—Porque estamos cerca y no quiero que él sospeche nada.

Me senté en el suelo del recibidor, todavía con el abrigo puesto.

Durante doce minutos no ocurrió nada.

A las siete y dieciocho el teléfono sonó otra vez. Esta vez era Iván.