La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 29
76%

CAPÍTULO 29

El segundo mensaje de Iván no llegó por internet. Llegó dentro de un libro.

Nerea asistía desde hacía semanas a un centro educativo con medidas de discreción que yo no conocía y no necesitaba conocer.

Una compañera recibió en la puerta un ejemplar de una novela juvenil que un hombre dijo que debía entregar a «Marina».

La chica pensó que era un familiar. El libro terminó en manos de Nerea antes de que nadie pudiera revisar nada. Dentro había una hoja doblada.

Supe de ella porque Nerea me escribió esa misma tarde.

«No se lo he dicho a nadie todavía.»

Mi primera reacción fue cerrar los ojos.

«Entonces no me cuentes el contenido si esperas que lo oculte.»

«Ya lo sé.»

«Nerea.»

«Solo quiero que me escuches cinco minutos.»

La llamé. Tardó dos tonos en contestar.

—No me pide que me vaya con él —dijo sin saludar—. Antes de que digas nada.

—¿Qué pide?

—Que lo vea.

—¿Dónde?

Silencio.

—Si me lo dices, voy a avisar.

—Por eso no quería decírtelo.

—Entonces ¿por qué me has escrito?

Nerea respiró de forma irregular.

—Porque no sé qué hacer.

Era la primera vez que admitía esa duda sin convertirla en enfado.

—Cuéntame qué dice sin darme el sitio.

—Que no va a volver a buscarme. Que no quiere que cambien otra vez mi vida por su culpa. Que estará una vez en un lugar público y que, si no voy, se irá y esperará a que un juez decida.

—¿Cuándo?

—No te lo voy a decir.

—¿Hoy?

No respondió.

—¿Mañana?

—Elena.

—Vale.

Me obligué a bajar el tono.

—¿Qué quieres tú?

Nerea tardó bastante.

—Quiero verlo sin que todo el mundo esté mirando.

—Eso lo entiendo.

—Pero me da miedo que no se vaya si le digo que no quiero irme con él.

Aquello cambió la conversación.

—¿Te lo ha pedido?

—No en la carta.

—¿Antes?

—A veces decía que cuando cumpliera dieciséis podría decidir con quién vivir.

—Eso no funciona así sin más.

—Ya lo sé.

—¿Y te preocupa que quiera llevarte?

—No sé.

Volvía a esa frase.

—Nerea, si una parte de ti tiene miedo de no poder terminar el encuentro cuando quieras, entonces no es un encuentro que debas tener sola.

—Si lo cuento no irá.

—Puede ser.

—Y quizá sea la última oportunidad.

—También puede ser que quiera que pienses eso.

Nerea empezó a llorar. No de forma ruidosa. Se quedó callada y su respiración cambió.

—Estoy harta de que todo tenga una segunda intención —dijo al cabo—. Estoy harta de pensar si mi padre me quiere o me usa, si mi madre me protege o me controla, si Raquel me escucha o hace lo que le dicen. No quiero analizar a nadie más.

No intenté tranquilizarla.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas.

—Ya.

—Quiero cinco minutos normales.

Comprendí que no podía dárselos.

—No puedo guardar la carta, Nerea.

Ella sollozó una vez y se quedó en silencio.

—Lo sabía.

—Entonces ¿por qué me has llamado?

—Porque esperaba que esta vez eligieras otra cosa.

La llamada terminó. Avisé a Raquel. Me odié mientras lo hacía. No porque creyera que fuera incorrecto, sino porque sabía exactamente cómo lo viviría Nerea: otra persona a la que había confiado algo y que inmediatamente entregaba la decisión a los adultos.

La carta del libro estaba escrita a mano, según me contó Raquel después. Iván utilizó un papel arrancado de una libreta y una letra que Nerea reconoció inmediatamente. No incluía reproches.

«No quiero que vuelvas a hacer nada por mí si no quieres.»

«No quiero que mientas.»

«No quiero que escapes.»

Las tres negaciones ocupaban el principio. Después:

«Solo voy a estar una vez en un sitio que conoces. Habrá gente. Si vienes, hablamos. Si no vienes, entenderé que has decidido esperar y no volveré a buscarte de esta forma.»

La promesa de parar era probablemente la parte más poderosa.

—¿Te la creíste? —pregunté a Nerea días más tarde.

—Quería creerla.

—No es lo mismo.

—Ya.

La carta incluía el lugar y la hora, pero también una frase que yo no conocí hasta después del encuentro:

«No se lo digas a Elena. Ella ya eligió de qué lado está.»

Me quedé callada al saberlo.

—¿Te enfadó? —preguntó Nerea.

—Sí.

—A mí también.

—Pero funcionó.

—Un poco.

Iván había entendido algo sobre nuestra relación. Si me convertía en «otra adulta del sistema», Nerea tendría menos razones para confiarme el plan. No necesitaba atacarme. Solo colocarme en un lado.

—¿Por eso me dijiste que no me contarías nada más?

—En parte.

—Y aun así me llamaste.

Nerea se encogió de hombros.

—Porque él decía que no te lo contara.

Aquello me hizo sonreír.

—Eso es bastante contradictorio.

—Soy adolescente. Tengo permiso.

El modo en que la carta llegó también importaba.

El hombre que entregó el libro a la compañera no sabía qué contenía.

Había cobrado por llevar un paquete desde una cafetería.

La protección no había fallado porque alguien infiltrara el centro; había bastado con utilizar a una persona que no sabía que participaba en nada.

Otra cadena de gente haciendo una parte pequeña. Era el mecanismo que se repetía en toda la historia.

La carta fue recuperada. No me dijeron el lugar ni la hora. Beltrán me confirmó que establecerían un dispositivo si consideraban creíble la cita.

Esa noche Nerea no respondió a mis mensajes.

A la mañana siguiente solo escribió:

«Ya no te voy a contar nada.»

No intenté convencerla.

«Lo entiendo.»

Fue lo único que dije.