CAPÍTULO 28
El martes recibí una llamada de Ana Montalbán. No esperaba hablar con ella. Ni siquiera sabía que conociera mi nombre más allá de lo que Raquel pudiera haberle contado. La voz sonaba más joven de lo que imaginaba y mucho más cansada.
—No quiero hablar del expediente —dijo después de presentarse—. Ni de Iván. Quería darte las gracias por una cosa.
Aquello me dejó desconcertada.
—No sé si soy la persona a la que deberías dar las gracias.
—No te las doy por encontrar a Nerea. Eso fue un desastre.
Sonreí pese a todo.
—Vale.
—Te las doy porque cuando ella te dijo que seguía queriendo a su padre no intentaste convencerla de lo contrario.
Me quedé callada.
—Raquel me lo contó.
—No creo que me correspondiera.
—A veces a la gente le cuesta más aceptar eso que cualquier otra cosa.
Ana hizo una pausa.
—A mí también me cuesta.
No supe qué decir.
—Cuando alguien te ha hecho daño —continuó— quieres que todos los que quieres vean lo mismo que tú. Nerea no lo ve igual. Y probablemente nunca lo vea igual porque con ella él fue otra persona muchas veces.
—¿Te molesta?
—Me destroza algunas veces.
La sinceridad me obligó a sentarme.
—Pero no puedo pedirle que me demuestre que me cree odiando a su padre.
Aquella frase se parecía tanto a algo que Raquel había dicho que comprendí de dónde venía.
—Ana, ¿por qué me llamas ahora?
Hubo un silencio.
—Porque Nerea está pensando que si su padre hizo lo del localizador fue porque nadie le deja otra opción. Y yo no puedo hablar con ella de esto sin que crea que intento ponerla contra él.
—¿Quieres que hable yo?
—No exactamente. Quiero que, si habla contigo, no minimices lo que está pasando por miedo a parecer que tomas partido.
La petición era más difícil que decirle que olvidara a Iván.
—Lo intentaré.
—Con eso me vale.
Antes de colgar le pregunté algo que llevaba semanas rondándome.
—¿Sabías lo del cartel?
—Después.
—¿Qué pensaste?
Ana tardó.
—Que era muy de Nerea.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es mi hija. No tengo obligación de ser objetiva.
Esas palabras me hicieron reír. Ana me contó algo que no había dicho a Nerea durante años.
—Yo también la puse en medio —admitió.
Habíamos pasado de hablar del localizador a una conversación mucho más personal sin que supiera exactamente cómo.
—Cuando me fui de casa, durante las primeras semanas le preguntaba qué decía su padre. Si estaba enfadado. Si hablaba de mí. Quería saberlo todo.
—Estabas asustada.
—Sí. Y eso no lo hacía justo para ella.
Se oyó una puerta al fondo.
—Una noche le pedí que mirara si Iván llevaba mi documentación en una carpeta. Nerea tenía catorce años. ¿Te das cuenta?
No respondí.
—Luego me pasé meses diciendo que él la utilizaba para obtener información sobre mí. Y era verdad. Pero yo también lo hice alguna vez porque tenía miedo.
Aquella confesión me sorprendió.
—¿Se lo has contado?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que ya lo sabía.
Sonreí.
—Muy de Nerea.
—Me dijo que los adultos somos unos hipócritas.
—También.
Ana se rio por primera vez.
—No te cuento esto para igualar nada. No hice lo que hizo Iván. Pero me ayuda recordar que no todo error necesita convertirse en una identidad permanente.
—¿Eso se lo aplicas a él?
Silencio.
—Todavía no sé.
La respuesta fue honesta.
—Quiero que Nerea pueda tener una relación con su padre si algún día es segura y si ella la quiere. Decirlo me cuesta. Mucho.
—¿Por qué?
—Porque una parte de mí siente que, si ella lo perdona, está diciendo que lo que me hizo no fue tan grave.
—¿Y sabes que no es así?
—Con la cabeza.
—La cabeza tiene fama excesiva.
Ana suspiró.
—Sí.
Aquella conversación cambió mi forma de ver a la madre de Nerea. Hasta entonces, incluso después del giro, la había colocado en la casilla de víctima protegida, casi sin voz propia. Ana también podía estar equivocada, resentida, contradictoria y seguir mereciendo protección.
No había una persona en aquella historia que cupiera completa en el papel que yo le había asignado.
Aquella tarde Nerea me escribió como si supiera que habíamos hablado, aunque no lo mencionó.
«El tracker podía ser de otra persona.»
«Sí.»
«No han demostrado que fuera mi padre.»
«Que pueda haber otra explicación no significa que todas tengan la misma probabilidad.»
«Frase de adulta insoportable número 2.»
«Voy haciendo colección.»
Pasaron unos minutos.
«Si fue él, entiendo por qué.»
Ahí estaba lo que Ana temía.
«Entender por qué alguien hace algo no obliga a aceptar que lo haga.»
«Tú enviaste mi dirección.»
La comparación me dolió porque no era completamente injusta.
«Sí. Y estuvo mal aunque yo creyera que te ayudaba.»
Nerea dejó de escribir. Media hora después llegó otro mensaje.
«Eso ha sido trampa.»
«¿Qué?»
«Usar tu error para que no pueda defender el suyo.»
Pensé antes de responder.
«No. Precisamente porque me equivoqué sé que una intención buena no vuelve buena una decisión.»
Esta vez no hubo respuesta.
Esa noche, al mirar hacia el piso vacío de enfrente, pensé en algo que nunca había considerado durante las primeras semanas: quizá el error más cómodo no era creer que alguien era malo. Era creer que, si conseguíamos explicar por qué hacía daño, el daño se volvía más pequeño.