La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El primer intento de encuentro llegó mediante una fotografía de tortitas. Nerea me la envió un domingo por la mañana. Era una captura de una cuenta nueva en una red social: una sartén, una pila de tortitas mal hechas y un texto debajo.

«Domingo. Como siempre.»

—¿Quién ha publicado esto? —pregunté cuando la llamé.

—No lo sé.

—Nerea.

—Una cuenta nueva.

—¿Y por qué piensas que es tu padre?

—Porque solo él sabe una cosa.

En la esquina de la fotografía había un bote de mermelada con la tapa azul. Nerea me explicó que Iván siempre compraba esa marca porque ella decía que la otra sabía «a medicina». El detalle no demostraba nada para cualquiera. Para ella era una firma.

La publicación llevaba además una ubicación: Puente Romano, Salamanca. Debajo, una hora. 18:00. Me quedé en silencio.

—No voy a ir —dijo Nerea.

—Bien.

—No digas «bien» como si hubiera pasado una prueba.

—Perdona.

—Quiero ir.

—Eso es diferente.

—Pero no voy a ir.

—¿Se lo has contado a Raquel?

—No.

—Tienes que hacerlo.

—Elena.

—No voy a guardar esto.

—Te lo he enviado a ti.

—Y yo ya te dije que no iba a ocultar contactos con tu padre.

Nerea colgó. Cinco minutos después llamé a Raquel. La reacción fue peor de lo que esperaba, no porque se enfadara conmigo, sino porque empezó a dar instrucciones a alguien antes de terminar de escuchar. Me pidió la captura, la hora exacta y el nombre de la cuenta. Después llamó a Beltrán.

Nerea no volvió a escribirme en todo el día.

A las seis yo estaba en casa, lejos del puente. La Policía había dejado claro que no debía acercarme. No sabía si Nerea seguía en Salamanca, si estaba con Raquel o si la habían movido otra vez. Tampoco sabía qué esperaban encontrar.

A las siete y cuarto Beltrán me llamó.

—No apareció.

—¿Iván?

—Nadie que podamos relacionar con él.

—¿Entonces era una broma?

—No necesariamente.

—¿Qué significa eso?

—Que puede haber querido comprobar qué ocurría si enviaba un mensaje.

Sentí un escalofrío.

—¿Comprobar si Nerea estaba vigilada?

—O si alguien reaccionaba. No saque conclusiones todavía.

Era difícil no hacerlo.

A las nueve Nerea me escribió.

«¿Contenta?»

«No.»

«No ha ido.»

«Eso me han dicho.»

«Porque llamasteis a la policía.»

«No sabemos por qué.»

«Yo sí.»

«Nerea, si tu padre quería verte y sabía que había medidas, podía pedir una visita segura.»

«Lleva meses pidiéndola.»

«Entonces esperar dos semanas más no debería valer más que arriesgarte.»

No contestó.

A las diez me llegó otro mensaje.

«Si hubiera ido yo sola, habría aparecido.»

Escribí una respuesta y la borré. Volví a escribir.

«Puede. Y precisamente por eso me preocupa.»

Esta vez tardó mucho.

«No entiendes.»

«Probablemente no.»

No intenté convencerla de nada más.

Al día siguiente Andrés encontró un localizador bajo el coche. Era un dispositivo pequeño, sujeto cerca del paso de rueda trasero. Raquel me llamó después de que la Policía se lo hubiera llevado.

—No sabemos cuándo lo pusieron —dijo—. Puede llevar días.

—¿Creéis que fue durante lo del puente?

—Puede ser antes. Puede no tener relación. Ya no sé nada.

La publicación de las tortitas no desapareció después de las seis. La cuenta siguió abierta, sin responder mensajes ni aceptar solicitudes. Beltrán me pidió que no entrara compulsivamente porque cada visita no iba a revelar información nueva, pero terminé mirándola varias veces.

A las seis y cinco apareció un comentario de un usuario sin fotografía: «Bonito sitio.» Nada más.

A las seis y doce otro perfil dio “me gusta”. Podía ser cualquiera.

Aquella era una de las trampas de investigar en internet sin herramientas reales: cada gesto mínimo parecía un código si ya estabas esperando uno. Llamé a Clara.

—Necesito que me distraigas.

—Por fin una misión para la que estoy cualificada.

Me hizo ayudarla por videollamada a elegir una estantería para la habitación de Julia. Durante veinte minutos discutimos si la madera clara iba a sobrevivir a los rotuladores. Fue sorprendentemente eficaz.

A las siete y cuarto, cuando Beltrán confirmó que nadie había aparecido, sentí primero alivio y luego una decepción que me avergonzó.

No porque quisiera que Iván llegara, sino porque una parte de mí esperaba que el dispositivo policial produjera una respuesta clara. Si aparecía, quedaba demostrado algo.

Si no, todo seguía abierto. Nerea me llamó a las nueve y media.

—¿Había policías? —preguntó.

—No lo sé.

—Mientes fatal.

—No estaba allí.

—Pero sabes cosas.

—Sé que no apareció.

—Porque alguien le avisó.

—Puede.

—Raquel.

—No sabemos.

—Siempre «no sabemos».

Su enfado tenía un objeto demasiado grande para caber en una sola persona y yo estaba disponible.

—¿Qué querías que hiciéramos? —pregunté—. ¿Dejarte ir sola sin decir nada?

—Sí.

—Eso no iba a pasar.

—Entonces no digas que quieres escuchar lo que quiero.

—Escucharte no significa hacer todo lo que pides.

—Esa es la frase favorita de Raquel.

—Empiezo a pensar que tiene material.

Nerea colgó. No la llamé de vuelta.

Al día siguiente, cuando Andrés encontró el localizador, la conversación cambió. Raquel me envió una foto del aparato antes de entregarlo a la Policía. Era más pequeño de lo que imaginaba: una pieza negra rectangular, con barro en un lateral.

—Podría llevar meses ahí —dije por teléfono.

—El coche lo revisaron en verano.

—Entonces semanas.

—Sí.

—¿Nerea lo sabe?

—Todavía no.

—¿Se lo vais a contar?

—Sí, pero quiero que haya alguien con ella.

La prudencia me pareció excesiva durante un segundo. Después recordé que para Nerea aquel objeto no era solo una prueba potencial. Era una acusación contra una persona a la que quería. Nerea me escribió por la tarde.

«Raquel dice que mi padre puso un GPS.»

«Ha aparecido uno.»

«No es lo mismo.»

«Tienes razón.»

«¿Ves? Todo el mundo lo da por hecho.»

«Yo no.»

«Pero lo piensas.»

Tardé antes de responder.

«Pienso que encaja con otras cosas. No sé quién lo puso.»

«Gracias.»

Después añadió:

«Si fue él, sería porque tenía miedo de perderme otra vez.»

Esas palabras me produjeron una reacción inmediata.

«Y si tú hubieras puesto uno en el coche de Raquel para saber dónde te llevaba, ¿ella tendría derecho a enfadarse aunque tú tuvieras miedo?»

Nerea tardó.

«No es lo mismo.»

«¿Por qué?»

«Porque yo soy menor.»

«Precisamente por eso me preocuparía más.»

No contestó. A los veinte minutos llamó.

—No me gusta que uses ejemplos para hacerme quedar mal.

—No intento hacerte quedar mal.

—Pues parece.

—Estoy intentando que mires la conducta sin decidir primero si la persona tiene razón.

—Tú no haces eso.

—Estoy aprendiendo porque hice exactamente lo contrario contigo.

Silencio.

—Odio cuando usas tu error —dijo—. Parece que ganas todas las discusiones.

—No gano ninguna.

—Ya.

Nos quedamos calladas.

—¿Sabes qué me da miedo? —preguntó Nerea al cabo.

—Dime.

—Que si resulta que puso el GPS, todo el mundo diga «¿ves?» y ya no importe nada más.

—¿Qué más?

—Que me quiere. Que yo quería verlo. Que también me han mentido desde el otro lado.

—Eso seguirá importando.

—¿Seguro?

—Para ti sí. Y con eso basta para que forme parte de la historia.

Nerea no respondió enseguida.

—Mi psicóloga dice cosas parecidas.

—Me preocupa estar desarrollando habilidades profesionales sin título.

—No te vengas arriba.

Por primera vez desde el intento del puente terminamos la llamada sin discutir. La escuché respirar.

—Raquel, ¿dónde está Nerea?

—Segura.

—Vale.

—Y furiosa conmigo.

—También conmigo.

—Por fin algo que compartimos.

Nos reímos sin ganas. El localizador cambió otra vez el equilibrio. Hasta entonces Iván podía seguir defendiendo que solo quería un contacto. Un dispositivo escondido bajo un coche no servía para pedir una visita supervisada.

Servía para seguir a alguien sin que lo supiera.

Cuando Nerea lo supo, no escribió durante dos días.