La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Nerea volvió a Salamanca a finales de octubre.

Durante los primeros días no la vi. Saber que estaba en la ciudad sin conocer el domicilio me producía una sensación nueva: inquietud, sí, pero también alivio. La información podía existir sin que yo tuviera acceso a ella. Raquel me escribió una tarde:

«Está bien. Empieza clases otra vez mañana.»

Nada más. Yo respondí:

«Gracias.»

No pregunté dónde. Me felicité mentalmente durante unos segundos y después me reí de mí misma. Había convertido no pedir una dirección en un logro personal.

La primera videollamada con Nerea fue rara. Apareció sentada contra una pared blanca que no reconocí, con el pelo recogido y una sudadera demasiado grande.

—No intentes deducir dónde estoy —dijo al saludar.

—Me ofende que tengas esa imagen de mí.

—Hay una lámpara detrás que seguro vas a buscar en Google.

—Muy graciosa.

Tapó la lámpara con una almohada.

—Ahora más difícil.

Nos reímos. Después hablamos de cosas normales durante diez minutos. Nerea me contó que había vuelto a clases presenciales y que odiaba incorporarse con el curso empezado porque todos preguntaban de dónde venía.

—¿Qué dices?

—Que de Madrid.

—Técnicamente cierto.

—Estoy aprendiendo de todos vosotros.

—Mala señal.

Me habló de una profesora de dibujo que le caía bien y de una compañera que no dejaba de preguntarle por qué había cambiado de centro. Agradecí no conocer el nombre del instituto. Había algo liberador en poder escuchar sin convertir cada dato en coordenadas.

—¿Y tú? —preguntó.

—¿Yo qué?

—Tu vida. Siempre hablamos de mí.

La observación me sorprendió. Le conté que trabajaba en una empresa de material sanitario, que mi hermana vivía en Zamora y que había vivido en Madrid con una pareja llamada Pablo.

—¿Por qué lo dejasteis?

—Qué directa.

—Tú preguntas cosas peores.

Tenía razón.

—Él quería hijos. Yo no sabía si quería. Después descubrimos que llevábamos demasiado tiempo esperando que el otro cambiara.

—¿Y ahora quieres hijos?

—Sigo sin saberlo.

Nerea sonrió.

—Mira, tú también tienes cosas que no sabes.

—Muchas más de las que parece.

—No parece.

El comentario me hizo pensar. Quizá una parte de mi manera de actuar consistía en proyectar seguridad.

En el trabajo me pagaban por encontrar errores y dar respuestas.

En mi familia era quien organizaba viajes, reservas y horarios.

Incluso durante mi ruptura con Pablo había sido yo quien preparó la lista de muebles y cuentas.

—Me gusta saber qué hacer —admití.

—Ya.

—No pongas esa cara.

—No estoy poniendo ninguna.

—Te conozco.

—Eso es preocupante.

Por primera vez, Nerea sabía algunas cosas de mi vida que no servían para resolver su problema. Aquello equilibró ligeramente nuestra relación.

Dejó de ser solo una historia que yo observaba. Y yo dejé de ser solo la ventana desde la que alguien podía pedir ayuda.

No regresó a la casa de enfrente. Raquel no me dijo dónde vivían y yo no pregunté. Lo supe porque la chica me escribió una tarde diciendo que acababa de ver las torres de la Clerecía desde un coche y que seguían pareciéndole «demasiado perfectas para ser de verdad».

«¿Te gusta Salamanca?» le pregunté.

«A ratos.»

«Gran entusiasmo turístico.»

«Tengo dieciséis años. Mi opinión sobre las ciudades depende de si me dejan salir.»

Nuestra relación había encontrado una forma extraña de continuar.

No éramos amigas; la diferencia de edad y lo ocurrido hacían absurda la palabra.

Tampoco era una adulta responsable de ella, y después de todo lo que había pasado me cuidaba mucho de no actuar como tal.

Hablábamos con permiso de Raquel y con la condición de que cualquier asunto relacionado con Iván no se gestionara a escondidas.

Eso no impedía que Nerea me preguntara por él.

—¿Crees que la gente puede cambiar? —me dijo una tarde por teléfono.

—Sí.

—Respuesta rápida.

—Porque la otra opción sería bastante deprimente.

—Entonces ¿por qué nadie cree que mi padre pueda cambiar?

Me apoyé en el respaldo del sofá.

—Cambiar no significa decir que has cambiado.

—Ya.

—Y tampoco borra lo que hiciste antes.

—Eso suena a Raquel.

—Últimamente me plagia.

Nerea se rio. Después me habló de un viaje que había hecho con sus padres cuando tenía once años. Habían pasado un fin de semana en Salamanca y su padre insistió en cruzar el Puente Romano de noche porque quería ver la catedral iluminada desde el otro lado del río.

—Mi madre estaba enfadadísima porque hacía un frío horrible —contó—. Él nos compró chocolate caliente en un sitio que ya ni sé dónde estaba.

—Eso es muy de padre empeñado en fabricar un recuerdo.

—Lo consiguió.

Se quedó callada.

—A veces pienso en esas cosas y luego me siento idiota.

—¿Por qué?

—Porque todo el mundo espera que cuando sabes cosas malas de alguien tus recuerdos buenos se vuelvan mentira.

—No funciona así.

—Raquel dice lo mismo.

—Voy a empezar a cobrarle derechos de autor.

Nerea guardó silencio unos segundos.

—¿Tú crees que debería verlo?

La pregunta era demasiado grande.

—Creo que deberías poder decir que quieres verlo sin que nadie te trate como si estuvieras traicionando a tu madre.

—Eso no es responder.

—También creo que verlo tiene que ocurrir de una manera en la que puedas levantarte y marcharte si algo no te gusta.

—Con policías detrás de una puerta.

—O con profesionales. No lo sé.

—Él no aceptaría.

—Eso también es información.

Nerea no respondió. Aquel mismo día, Beltrán me llamó para decirme que Iván había cambiado de abogado. El nuevo letrado había presentado una solicitud relacionada con el régimen de contacto, pero el procedimiento llevaría tiempo.

—¿Por qué me cuenta esto? —pregunté.

—Porque es probable que vuelva a intentar ponerse en contacto con usted si considera que la vía judicial es demasiado lenta.

—No lo ha hecho desde la carta.

—Mejor.

—¿Creen que sigue cerca?

—Creemos que se mueve entre varias ciudades.

—¿Y por qué no lo detienen?

Beltrán eligió las palabras con cuidado.

—Las medidas, incumplimientos y diligencias no funcionan como una orden general de detener a alguien cada vez que aparece. Hay actuaciones en curso que no puedo explicarle.

No insistí.

Después de colgar recordé algo que Nerea había dicho: él no aceptaría una visita con profesionales.

Aquello me inquietó más que cualquier amenaza directa. Si Iván solo quería verla, una forma segura de hacerlo debería acercarlo a su objetivo.

Si necesitaba controlar las condiciones, entonces el objetivo no era únicamente verla.