CAPÍTULO 25
Iván reapareció a través de una carta. No llegó a mi casa. La recibió Beltrán en comisaría, dirigida a mí y entregada por un abogado. La inspectora me preguntó si quería leerla. Dije que sí.
Eran dos páginas impresas y firmadas a mano.
No había amenazas. Tampoco disculpas. Iván empezaba diciendo que comprendía que yo hubiera acudido a la Policía al descubrir el engaño de la cuenta.
Después explicaba que Beatriz había creado el perfil porque «las vías legales estaban cerradas» y porque la familia de Ana había bloqueado cualquier información.
Admitía que aquello había sido un error, pero insistía en que el objetivo nunca fue hacer daño a Nerea, sino conocer dónde estaba para poder pedir una revisión judicial.
Aquello sonaba casi razonable hasta que recordabas la pulsera en el portal y la fotografía de mi casa. Más adelante escribió:
«Usted vio a mi hija antes de conocer ninguna versión. Vio que pedía ayuda. Le ruego que no permita que ahora la presión de quienes controlan la situación la obligue a negar lo que vio.»
Tuve que detenerme. La carta no intentaba convencerme de un hecho nuevo. Intentaba recuperar a la Elena de dos semanas atrás. Seguí leyendo.
«No le pido una dirección. No le pido que incumpla ninguna instrucción. Solo le pido que, cuando declare, diga que Nerea quería contactar conmigo voluntariamente.»
Eso era exactamente lo que yo pensaba decir. Y por eso la carta era eficaz.
—¿Qué espera que responda? —pregunté.
Beltrán negó con la cabeza.
—Nada.
—Entonces ¿por qué me la enseñáis?
—Porque iba dirigida a usted y no contiene material cuya entrega esté restringida. También porque prefiero que la vea aquí y no que alguien encuentre otra vía para hacérsela llegar.
Doblé las hojas.
—No puedo negar que Nerea quería hablar con él.
—Nadie se lo está pidiendo.
—Él sabe que eso me importa.
—Probablemente.
—Y tiene razón en esa parte.
Beltrán me sostuvo la mirada.
—Una persona puede tener razón en una parte y utilizarla para conseguir otra cosa.
Parecía que todos habían aprendido a hablarme mediante variaciones de la misma frase. Me permitieron conservar una copia.
No se la enseñé a Nerea. Ni siquiera sabía si ella conocía la carta. Raquel me había pedido que cualquier comunicación sobre Iván pasara por los profesionales responsables.
Leí la carta de Iván una segunda vez en casa. La primera había estado pendiente de las frases que querían convencerme. La segunda intenté leerla como si la hubiera escrito una persona que de verdad creía su propia versión.
Funcionaba. Iván podía pensar sinceramente que el sistema se había vuelto contra él.
Podía considerar que la violencia con Ana había sido una discusión mutua.
Podía creer que llevarse a Nerea del colegio durante unas horas no era una sustracción, sino un padre ejerciendo un derecho que le estaban quitando.
Podía ver el perfil falso como un recurso desesperado y no como una trampa.
Nada de eso hacía menos dañinas sus decisiones. Aquella diferencia empezó a importarme mucho.
Durante las primeras semanas yo había buscado una intención malvada que justificara desconfiar. Después busqué una intención buena que justificara ayudar. En ambos casos trataba la intención como si decidiera el valor de la conducta.
La carta me recordó que alguien podía causar daño convencido de estar corrigiendo una injusticia. Igual que Beatriz.
Igual que yo, en una escala distinta. No me gustaba la comparación porque parecía repartirse la responsabilidad hasta hacerla desaparecer.
No era eso. Las acciones no eran equivalentes.
Yo no había violado una orden ni seguido a nadie con un localizador.
Pero compartir una lógica no convertía los actos en iguales; ayudaba a entender por qué personas normales podían avanzar hacia decisiones cada vez peores sin un momento claro en el que se vieran a sí mismas cruzando una frontera. Llamé a Clara.
—Estoy teniendo una crisis filosófica.
—Qué pereza.
—¿Puedes fingir interés?
—Cinco minutos.
Le expliqué.
—Entonces tu conclusión es que la gente puede hacer cosas malas pensando que hace el bien —dijo.
—Dicho así parece una taza de Mr. Wonderful invertida.
—Porque llevas meses necesitando setenta páginas para llegar a una frase básica.
—Gracias.
—De nada.
Clara se puso seria.
—Entender por qué lo hiciste no significa que tengas que castigarte menos o más. Solo significa que puedes evitar repetirlo.
—¿Desde cuándo eres tan sensata?
—Desde que tú empezaste a mandar horarios de menores por Facebook.
—Te odio.
—Ya.
Colgué sonriendo. Guardé la carta de Iván en el mismo cajón donde estaban los folios. No respondí.
Tres días después, Nerea volvió a escribirme.
«He pedido que me dejen hablar con él con alguien delante.»
«¿Qué te han dicho?»
«Que lo están valorando.»
«¿Y tú?»
«Que siempre están valorando.»
Sonreí.
«A veces las cosas lentas también se mueven.»
«Eso suena a frase de adulta insoportable.»
«Me estoy haciendo mayor.»
«Tienes 34.»
«Precisamente.»
Pasaron unos minutos.
«Elena.»
«Dime.»
«Si mi padre vuelve a escribirte, quiero saberlo.»
Me quedé pensando.
«No puedo prometerte eso. Si la policía me pide que no te lo diga, no te lo diré.»
La respuesta tardó.
«Antes habrías dicho que sí.»
«Antes hice bastantes cosas mal.»
«Ya.»
No parecía satisfecha. Yo tampoco. Pero por primera vez nuestra relación no dependía de que yo aceptara todo lo que me pedía.