CAPÍTULO 24
Los mensajes antiguos de Iván aparecieron en una copia de seguridad de la cuenta de juego que Nerea había utilizado para hablar con él.
Beltrán me enseñó algunos porque afectaban directamente a mi declaración. No podía llevarme copias, pero pude leerlos en una pantalla de la comisaría. La mayoría eran decepcionantemente corrientes.
«¿Cómo te ha ido el examen?»
«El perro de la abuela sigue gordísimo.»
«Te quiero.»
«No te preocupes por mí.»
«No quiero que discutas con tu madre.»
Si alguien me hubiera mostrado solo esos fragmentos, habría pensado que la prohibición de contacto era cruel. Luego aparecían otros.
«Te están contando una historia donde yo soy el malo porque así todo es más fácil.»
«Cuando seas mayor entenderás por qué tu madre necesita que me odies.»
«Si te llevan con Raquel, no confundas que te trate bien con que tenga derecho a decidir por ti.»
Nerea respondía a veces con enfado, otras defendiendo a su madre y muchas simplemente con un corazón o un «vale».
El mensaje que más me interesaba estaba fechado tres días antes de que descubrieran la cuenta clandestina.
Iván: «Si de pronto te mueven y te quitan el móvil, busca a alguien de fuera. Un vecino, una profesora, quien sea.» Nerea: «¿Y qué le digo?»
Iván: «La verdad. Que no son tus padres y que quieres hablar conmigo.» Nerea: «Van a llamar a la policía.»
Iván: «No digas que te han secuestrado porque no es verdad. Solo consigue que alguien te escuche antes de que vuelvan a decidir por ti.» Me quedé mirando el texto.
—No le dijo que mintiera —dije.
—No —respondió Beltrán.
—De hecho le dijo que no dijera que estaba secuestrada.
—Sí.
—Entonces el cartel fue cosa de Nerea.
—Eso parece.
—Y yo entendí justo lo que él dijo que no afirmara.
Beltrán cerró la pantalla.
—La manipulación no siempre consiste en dictar una mentira. A veces consiste en organizar el contexto para que la otra persona elija la frase que necesitas.
—Raquel dijo algo parecido.
—Raquel lleva más tiempo tratando con él.
Había más mensajes.
Después de que Nerea llegara a Salamanca y antes de que le quitaran el acceso, Iván había conseguido mantener contacto durante casi un mes.
No sabía la dirección. Sí sabía que el piso estaba en una calle del centro y que desde una ventana se veía una farmacia con un rótulo rojo.
Nerea lo mencionó una noche sin intención aparente: «La luz de la farmacia de enfrente no me deja dormir si no bajamos la persiana». Sentí que se me helaban las manos.
—El reflejo de mi fotografía.
Beltrán asintió.
—Confirmó una pista que ya tenía.
—Por eso llegaron tan rápido.
—Sí.
Iván había buscado farmacias del centro de Salamanca, pero había demasiadas.
La publicación falsa de Silvia era una red lanzada meses antes.
Cuando yo escribí diciendo que había visto a Nerea, mi nombre condujo a un perfil donde aparecían fotografías tomadas cerca de mi casa.
La primera noche ya pudieron reducir la zona.
La imagen que les envié después confirmó la farmacia concreta.
La calle terminó de cerrar el círculo. No había sido una única revelación. Había sido una sucesión de migas.
—¿El hombre que vi la primera noche era Iván?
—Creemos que sí.
—¿Entonces ya había localizado el edificio antes de que le diera la calle?
—Había localizado una posibilidad. No tenía confirmación de piso ni de que Nerea siguiera allí.
—Hasta mí.
Beltrán no respondió. Me permitió leer más fragmentos de la cuenta de juego. No todos, porque algunos pertenecían a conversaciones privadas que no tenían relación con los hechos. Los seleccionados mostraban algo más difícil de señalar que una amenaza. Iván rara vez daba una orden directa.
Cuando Nerea escribía que estaba enfadada con su madre, él respondía: «No voy a hablar mal de ella.
Solo recuerda quién decidió separarnos.» Si la chica decía que Raquel era amable, contestaba: «Me alegro.
Que te trate bien no cambia por qué estás allí.
» Cuando Nerea dudaba de alguna versión, él no le decía «no la creas»; escribía: «Tú eres inteligente.
Saca tus propias conclusiones.» Leí esa frase tres veces.
Saca tus propias conclusiones. Era exactamente lo que yo había creído hacer. En otro intercambio, Nerea decía que Ana le había explicado la agresión final.
«Mamá dice que la agarraste y se cayó.»
Iván: «Tu madre tiene derecho a contar cómo lo vivió.» Nerea: «¿Es verdad?»
Iván: «Hubo una discusión y los dos hicimos cosas que lamentamos. No pienso ponerte en medio.»
Parecía una respuesta moderada. La siguiente línea era:
«Solo pregúntate por qué nadie te cuenta lo que hizo ella antes.»
No necesitaba proporcionar una versión alternativa. Bastaba con abrir un hueco.
—Esto es agotador —dije.
Beltrán asintió.
—Para un adulto también.
—Nerea tendría quince.
—Catorce al principio de algunas conversaciones.
Seguí leyendo. Había momentos en que Iván parecía sincero de una forma que complicaba todavía más la lectura. Le decía que estudiara, que no discutiera con Ana, que no intentara escapar. Una noche, Nerea escribió que pensaba ir a su casa andando. Él respondió:
«No hagas ninguna locura. No quiero que te pase nada. Espera.»
—Eso no encaja con alguien intentando llevársela —dije.
—En ese momento, quizá no quería que se fuera.
—¿Y luego?
—Las personas cambian de estrategia cuando cambia la situación.
Beltrán señaló la fecha. Meses después, tras la suspensión de contacto, el tono se modificaba. Iván seguía diciendo que no escapara, pero empezaba a hablar de «cuando puedas decidir» y «cuando seas libre para elegir». Nunca fijaba un plan. Construía un futuro.
«Cumplirás dieciséis. No van a poder tratarte como una niña siempre.»
«Si alguna vez necesitas que vaya a buscarte, no tienes que explicarlo. Solo dime dónde.»
Nerea nunca le dio una dirección. La última conversación antes de que Raquel descubriera la cuenta terminaba con el mensaje sobre buscar a un vecino.
—¿Crees que sabía que la iban a trasladar? —pregunté.
—Sabía que se estaba valorando un cambio. No sabemos exactamente quién le facilitó esa información.
—¿Un abogado?
—Puede.
—¿Alguien de la familia?
—También.
No todo tenía respuesta. Aquello me resultaba desesperante y, al mismo tiempo, empezaba a acostumbrarme. Beltrán abrió otra carpeta digital.
—Quiero que vea algo distinto.
Eran mis mensajes con la falsa Silvia, ordenados por fecha y sin fotografías. Leídos sin la interfaz de Facebook parecían más fríos.
«¿Está sola?»
«¿A qué hora salen?»
«¿Puedes ver el portal?»
«¿Ha cambiado algo en su rutina?»
Entre esas preguntas aparecían frases afectuosas, disculpas, recuerdos sobre Nerea y comentarios sobre lo mal que lo estaba pasando Iván.
—Beatriz no necesitaba mentir en todo —dijo Beltrán—. De hecho, cuanto más verdad haya alrededor de una petición, menos destaca la parte problemática.
—Nerea quería ver a su padre. Eso era verdad.
—Sí.
—Iván la quería.
La inspectora no respondió enseguida.
—No me corresponde valorar una emoción. Lo que sí puedo valorar son conductas.
—Pero si la quería...
Beltrán me interrumpió con suavidad.
—Querer a alguien no garantiza que actúes bien con esa persona.
La frase era obvia. Aun así, necesitaba escucharla. Pensé en Pablo, en mis padres, en Clara. Había hecho daño a personas a las que quería sin necesitar convertirme en una villana para explicarlo. Nada comparable a lo que investigaban con Iván, pero suficiente para entender el principio.
—Entonces ¿qué hago con la parte buena? —pregunté.
—¿La parte buena de qué?
—Los mensajes normales. Las tortitas. Que la llevaba a entrenar. Todo eso.
Beltrán pareció sorprendida por la pregunta.
—Nada. No tiene que hacer nada. Es parte de su relación.
—Nerea cree que si acepta que él hizo cosas malas está negando todo lo demás.
—Eso lo tendrá que trabajar ella con gente que sepa más que usted y que yo.
Sonreí.
—Gracias por devolverme a mi sitio.
—De nada.
Antes de cerrar la sesión vi un último mensaje. Nerea: «¿Y si mamá tiene razón?» Iván tardó once minutos en responder.
«Entonces algún día me lo dirás tú. No ellos.»
Aquella frase me acompañó a casa. Podía leerse como respeto. También como una forma de hacer que cualquier conclusión que Nerea alcanzara con ayuda de otros pareciera menos auténtica. Volví a casa caminando.
Por primera vez recorrí mi propia calle como si la viera desde el punto de vista de alguien que buscara una dirección.
El rótulo rojo de la farmacia. El balcón con las macetas de Berta.
La esquina de piedra. Una señal de tráfico visible en una foto que yo había publicado meses atrás.
Había pensado que mi perfil era privado porque nadie podía leer mis conversaciones.
Nunca había considerado cuánto podía saberse simplemente mirando el fondo de las fotografías.
Al llegar cerré varias publicaciones antiguas y eliminé datos públicos. Después me detuve.
No quería convertir mi vida entera en una reacción a Iván. Dejé una foto de Lisboa, otra de mis sobrinos donde no se veía su colegio y una imagen de la Plaza Mayor tomada en Navidad. Ajusté la privacidad con calma.
Era distinto esconderse por miedo que dejar de regalar información que nunca había decidido conscientemente hacer pública. Al menos eso me dije.