La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La falsa Silvia tenía nombre una semana después. Saber que se llamaba Beatriz Mena me produjo menos alivio del que esperaba. Durante semanas había necesitado poner un rostro real detrás de la cuenta. Cuando lo tuve, la historia no se volvió más limpia.

Beltrán me enseñó una fotografía reciente obtenida de redes abiertas. Beatriz tenía el pelo castaño claro, no rubio, y una sonrisa amplia. Estaba en una terraza junto a Iván. Parecían una pareja cualquiera.

—No se parece a Silvia —dije.

—No necesitaba parecerse si no iba a verla.

—La videollamada.

—Seis segundos, mala imagen y una fotografía en pantalla.

—Ya.

La inspectora me preguntó qué impresión me había dado su voz.

—Cansada. Prudente. A veces nerviosa.

—¿Le pareció que estaba mintiendo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no mentía todo el tiempo.

Beltrán asintió. Esa era la clave. Beatriz sabía cosas reales de Nerea.

Había escuchado a Iván hablar de la familia, había visto fotografías y conocía episodios del conflicto.

Cuando decía que Nerea quería a su padre, era verdad.

Cuando decía que Iván llevaba meses intentando contactarla, también.

Cuando afirmaba que existía una orden recurrida, probablemente también.

Las mentiras importantes estaban insertadas entre hechos verificables.

—¿Ella sabía lo del localizador? —pregunté.

—Dice que no.

—¿Le creéis?

—No hago valoraciones para usted.

—Algún día voy a conseguir que respondas una pregunta sencilla.

—Ese día me jubilo.

Beltrán me explicó solo lo que afectaba a mi participación. Beatriz había administrado el perfil desde varios dispositivos. Uno coincidía con una conexión utilizada habitualmente en el domicilio de Iván. Otro, con su propio teléfono. Los mensajes de voz procedían de ella.

—¿Y las publicaciones antiguas?

—Las copió de diferentes cuentas.

—¿Cómo consiguió fotos que Silvia dice que solo estaban para amigos?

—Iván las tenía. O alguien se las facilitó. No todas estaban restringidas de la misma manera.

La imagen de una familia guardando fotografías durante años y esas mismas imágenes convertidas después en material para una identidad falsa me inquietó.

—¿Nerea sabe que fue Beatriz?

—Sí.

—¿Cómo reaccionó?

—Eso debería preguntárselo a ella cuando quiera contárselo.

Otra frontera. La respeté.

Cuando Nerea llamó días después, no empezó por Beatriz. Habló de un examen, de Raquel y de un dibujo. Solo al final dijo:

—La voz era de ella.

—Sí.

—La reconocí cuando me pusieron un audio.

—¿Te había hablado antes?

—Sí. En casa de mi padre. Pocas veces.

—¿Y no la reconociste como Silvia?

Nerea se enfadó.

—Hacía meses que no la oía y no estaba pensando en Beatriz. Además, cambiaba un poco la voz.

—No te estoy culpando.

—Ya.

—A mí también me engañó.

—A ti más.

—Gracias.

Se rio. Después se puso seria.

—Lo peor es que algunas cosas que me dijo sí las pensaba ella.

—¿Qué cosas?

—Que era injusto que no pudiera hablar con mi padre. Que la gente estaba usando lo de mi madre para decidir por mí. Beatriz siempre pensó eso.

—Entonces no estaba interpretando un personaje todo el tiempo.

—No.

—Eso lo hace más fácil de creer.

—Y más difícil de odiar.

Me quedé callada.

—¿Quieres odiarla? —pregunté.

—Un poco.

—Te concedo cinco minutos.

—Gracias.

—Después matemáticas.

—Te odio a ti también.

La conversación me confirmó algo que ya empezaba a entender: descubrir una mentira no destruye automáticamente todas las verdades que llevaba alrededor. Precisamente por eso cuesta tanto salir de ella.

Cuando Beltrán reprodujo las muestras de voz, no me dijo cuántas pertenecían a Beatriz. Eran fragmentos neutros, frases tomadas de llamadas intervenidas o declaraciones con permiso judicial. La primera mujer hablaba rápido.

La segunda dijo: «No sé a qué hora llegó.» La tercera tenía una voz más aguda. La cuarta apenas pronunció seis palabras.

—La segunda —dije.

Beltrán no confirmó inmediatamente. Volvió a reproducirla.

—La segunda.

—¿Qué le hace estar segura?

—La forma de alargar «hora». Y la respiración antes de empezar.

La inspectora tomó nota.

—Coincide con otras identificaciones.

No sentí satisfacción. Me preguntó si quería escuchar la conversación completa en la que aparecía esa frase. Dije que no. Ya había aprendido que conocer más no siempre me ayudaba.

Nerea reaccionó de manera distinta cuando supo que Beatriz estaba implicada.

—Ella me caía bien —dijo.

—¿La habías visto mucho?

—Cuatro o cinco veces.

—¿Cómo era contigo?

—Normal.

La palabra podía significar cualquier cosa.

—Una vez me llevó a comprar unas zapatillas porque mi padre tenía una reunión. Me dejó elegir las más feas.

—Eso es amor verdadero.

Nerea se rio.

—Mi madre la odiaba.

—Sorprendente.

—No por ser la nueva novia. Bueno, también. Decía que se metía en cosas que no eran suyas.

Nos miramos a través de la pantalla.

—No digas nada —advirtió.

—No he dicho nada.

—Tu cara.

Era injusto que todo el mundo pudiera leer mi cara tan bien.

—¿Te ha pedido perdón? —pregunté.

—A través de su abogado.

—¿Y?

—No quiero leerlo.

—Vale.

—Raquel dice que lo guarde por si algún día quiero.

—Me parece buena idea.

—Ana quiere romperlo.

—También la entiendo.

Nerea bajó la vista.

—Todo el mundo entiende a todo el mundo ahora. Es agotador.

—Podemos volver a odiar a alguien cinco minutos.

—A mi profesor de matemáticas.

—Perfecto.

Hablamos de ecuaciones durante un rato. Fue la conversación más útil de toda la tarde.

Beatriz Mena, cuarenta y dos años, pareja de Iván desde el año anterior. Beltrán no me explicó cómo habían llegado hasta ella; solo me llamó para pedirme que reconociera formalmente la voz de varias grabaciones autorizadas. Entre cuatro muestras, identifiqué la segunda sin dudar.

Era la voz que me había hablado de Nerea, de las denuncias y de lo injusto que podía ser un procedimiento familiar.

—¿Está detenida? —pregunté.

—Ha prestado declaración.

—¿Qué dice?

—No puedo darle el contenido completo.

—¿Reconoce la cuenta?

Beltrán eligió las palabras.

—Admite haber colaborado en algunas comunicaciones. Sostiene que pensaba que ayudaba a un padre a recuperar contacto con su hija y que la situación legal estaba siendo utilizada de manera abusiva.

La explicación me irritó.

—Se hizo pasar por otra mujer.

—Sí.

—Usó fotos robadas.

—Sí.

—Me pidió horarios.

—También.

—¿Y dice que pensaba que ayudaba?

Beltrán me miró.

—¿Le parece imposible?

La pregunta me dejó callada. No. No podía parecerme imposible sin aplicarme a mí una norma distinta.

—¿Iván la engañó también?

—No he dicho eso. Solo le recuerdo que la gente puede participar en algo dañino sin describírselo a sí misma de esa manera.

Esas palabras me acompañaron al salir.

Aquella tarde Nerea pidió hablar conmigo por videollamada. Raquel estaba presente, fuera de cámara, y una profesional había autorizado el contacto.

—¿Sabes lo de Beatriz? —preguntó Nerea.

—Sí.

—La conozco.

—Ya imaginaba.

—No mucho. Mi padre empezó a salir con ella cuando ya estábamos mal.

Nerea hablaba más despacio que antes.

—Me escribió como si fuera Silvia.

—Sí.

—Eso es una mierda.

—Sí.

—Pero no significa que todo lo demás sea mentira.

Tuve que contener la respuesta automática.

—No.

Nerea levantó la vista, sorprendida.

—¿No?

—Que Beatriz te engañara no demuestra por sí solo que tu padre no te quiera. Demuestra que alguien cercano a él aceptó engañarte para llegar hasta ti.

—Raquel dice lo mismo.

—Últimamente coincidimos demasiado.

La chica sonrió apenas.

—Quiero que cuando hables con la policía digas que yo quería verlo.

—Ya te dije que lo haré.

—Y que no me obligó a poner el cartel.

—También.

—Me dijo que pidiera ayuda, pero fui yo quien escribió eso.

—Lo sé.

Nerea se quedó callada.

—¿Te arrepientes? —pregunté.

—¿Del cartel?

—Sí.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—¿Aunque haya pasado todo esto?

—Si no lo hubiera hecho, nadie habría sabido que yo seguía queriendo hablar con él.

—Tus profesionales lo sabían.

—Saberlo no es escucharme.

No podía valorar si tenía razón. Podía aceptar que, desde su lugar, la diferencia existía.

—¿Y de haberme elegido a mí? —pregunté.

Nerea miró fuera de cámara.

—Un poco.

—Gracias por la sinceridad.

—Tú preguntaste.

Nos reímos las dos. Duró poco, pero alivió algo.

Antes de terminar, Nerea dijo:

—Mi padre sigue sin aparecer.

—Eso me ha dicho Beltrán.

—¿Crees que vendrá otra vez?

La pregunta no era la de una chica esperando una visita. Tampoco era solo miedo.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

—Si vuelve, ¿qué quieres que pase?

Nerea tardó bastante.

—Quiero verlo.

Esperé.

—Pero no quiero que decida él cómo.

Era la primera vez que la escuchaba introducir una condición. No dije que me alegraba. Habría sonado a que por fin estaba pensando correctamente. Me limité a asentir.