CAPÍTULO 20
Pasé la noche en casa de Clara, en Zamora.
La casa estaba igual que siempre: juguetes bajo una silla, una chaqueta infantil colgada donde no correspondía y una televisión demasiado grande para el salón.
Esa normalidad me produjo una mezcla de alivio y vergüenza.
Mientras yo había pasado semanas observando una vivienda ajena hasta convertirla en el centro de mis días, mi hermana había seguido viviendo una vida llena de problemas corrientes que no necesitaban investigación.
A las once, después de acostar a los niños, Clara se sentó conmigo en la cocina.
—Ahora sí —dijo—. Cuéntamelo todo desde el principio.
—Ya te lo he contado.
—Me has contado versiones parciales cada vez que cambiaba la historia.
Tenía razón. Empecé por el primer día: Nerea junto a la ventana, Andrés detrás, el gesto del brazo, la búsqueda en internet. Clara no interrumpió hasta llegar a la publicación de Silvia.
—¿Qué sentiste cuando encontraste la foto de Nerea?
La pregunta me sorprendió.
—Que había tenido razón.
—Eso.
—¿Eso qué?
—Que no sentiste «pobre chica». Sentiste también «yo sabía que pasaba algo».
Me molestó.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
—Claro. Pero la segunda te enganchó.
—No soy una adicta a tener razón.
Clara levantó una ceja.
—No siempre.
—Gracias.
—Elena, no te lo digo para fastidiarte. Cuando encuentras una respuesta que confirma una sospecha te cuesta mucho volver atrás. Te pasa desde pequeña.
—Pon ejemplos.
—A los catorce estabas convencida de que papá escondía que iban a separarse porque lo viste dormir dos noches en el sofá.
—Se habían peleado.
—Sí. Pero tú encontraste una carpeta del banco, una conversación a medias y una llamada de la abuela y montaste una mudanza completa.
Lo recordaba. También recordaba registrar el cajón del escritorio de mi padre buscando papeles.
—Eso no es comparable.
—No en gravedad. Sí en mecanismo.
Clara bebió agua.
—Tú detectas una rareza, buscas, encuentras algo que encaja y a partir de ahí todo lo demás empieza a ordenarse alrededor de esa explicación.
Pensé en Raquel sonriendo, Andrés cocinando, Nerea saliendo sola. En todas las veces que había encontrado una forma de hacer que esos datos cupieran en la historia del secuestro.
—Puede ser.
—¿Ves? Progreso.
—No te emociones.
Seguimos reconstruyendo los mensajes. Clara escribió en una hoja cada información que yo había dado.
Nombre de Raquel. Horarios. Fotografía. Calle. Información de que Nerea estaba sola algunas mañanas. Verlo en lista me produjo náuseas.
—No le di el portal —dije.
—No.
—Y no sabía que era falsa.
—No.
—Y Nerea me pidió ayuda.
—Sí.
Esperé el reproche. No llegó.
—¿Qué quieres que diga? —preguntó Clara.
—No sé.
—Pues quizá no necesitas que diga nada.
Aquello me enfadó más que una bronca.
—Podrías decir que cualquiera habría caído.
—No sé si cualquiera habría caído.
—Gracias.
—También podría haber caído yo. Lo que no voy a hacer es inventar una estadística para tranquilizarte.
Nos quedamos en silencio.
—¿Crees que soy responsable de que la encontraran?
Clara tardó.
—Eres responsable de la información que diste. Ellos son responsables de lo que hicieron para conseguirla y usarla. Nerea es responsable de algunas decisiones suyas. Raquel de las suyas. No entiendo por qué necesitas que toda la culpa quepa en una sola persona.
Aquello me hizo pensar en cómo había intentado entender a Iván: o víctima de un sistema injusto o hombre peligroso. A Beatriz: manipuladora o engañada. A Raquel: protectora o carcelera. Siempre buscaba una casilla principal.
—La culpa se lleva mejor cuando tiene nombre —dije.
—Eso ya suena a terapia cara.
Sonreí. Nos fuimos a dormir cerca de la una.
Antes de apagar la luz, Clara se asomó a la puerta del salón.
—Por cierto, si mañana intentas volver sola a Salamanca sin que Beltrán lo autorice, te escondo las llaves.
—No soy una menor.
—Y yo no soy Raquel.
—Muy graciosa.
—Buenas noches.
Dormí mal de todos modos, pero por primera vez el insomnio no consistió en reconstruir la casa de enfrente. Consistió en reconstruirme a mí.
No era exactamente una medida policial. Beltrán dijo que no había indicios de que Iván quisiera hacerme daño, pero tampoco tenía sentido que permaneciera sola en un domicilio cuya ubicación él conocía y desde el que podía observar la casa que le interesaba.
Mi hermana condujo hasta Salamanca y me recogió en una calle distinta después de que la Policía revisara el entorno.
Durante el viaje hablamos poco. Los niños estaban dormidos cuando llegamos. David me preparó una tortilla francesa sin hacer preguntas y Clara dejó una manta en el sofá, aunque había una habitación de invitados. Me quedé allí porque no quería subir y despertar a nadie.
A las dos de la madrugada seguía despierta. Abrí las conversaciones con la falsa Silvia desde el principio. Esta vez no las leí buscando confirmar que Nerea estaba en peligro. Las leí sabiendo que alguien intentaba localizarla. La diferencia era brutal.
«¿Está sola?»
«¿Con un hombre y una mujer?»
«¿Suele pasar tiempo sola?»
«Solo necesito que me ayudes a saber cuándo está sola.»
Frases que yo había interpretado como preocupación familiar eran preguntas operativas.
No todas, quizá. La manipulación no funcionaba porque cada palabra fuera falsa, sino porque muchas podían ser sinceras.
Beatriz o quien estuviera detrás del perfil podía preocuparse realmente por Nerea.
Iván podía estar desesperado. Nada de eso cambiaba para qué servían los datos que me pedían.
Encontré una conversación que había olvidado.
Después de la visita policial, Silvia escribió: «No queremos asustarla ni acercarnos hasta estar seguros.» No decía que no fueran a acercarse. Decía que esperarían.
A las tres bajó Clara. Llevaba pijama y una botella de agua.
—Sabía que estarías despierta.
—Tienes una confianza enorme en mis peores hábitos.
Se sentó al otro extremo del sofá.
—¿Quieres hablar?
—No mucho.
—Perfecto. Yo tampoco a estas horas.
Permanecimos en silencio. Al cabo de un rato dije:
—Nerea tenía razón en una cosa.
—¿Cuál?
—Yo quería sentirme útil.
Clara no respondió enseguida.
—Eso no explica todo.
—No. Pero explica por qué seguí cuando ya no sabía qué estaba haciendo.
—También viste a una chica pidiendo ayuda.
—Y decidí qué ayuda necesitaba antes de saberlo.
Mi hermana se acomodó la manta sobre las piernas.
—La gente no suele equivocarse por una sola razón.
—Gracias, terapeuta.
—Son cincuenta euros.
Sonreí. La mañana en casa de Clara transcurrió con una normalidad agresiva. Mateo apareció a las siete y media preguntando por qué dormía en el sofá. Le dije que había llegado tarde y no quería despertarlos.
—Mamá nos despierta igual cuando llega tarde —respondió.
—Gracias por la información.
Julia quiso que la llevara al colegio. Clara estuvo a punto de negarse y después decidió que un trayecto de diez minutos por Zamora probablemente no formaba parte del plan de Iván Vidal.
Caminé con mi sobrina de la mano mientras me explicaba un conflicto entre dos amigas de su clase que, según ella, había empezado porque una copiaba dibujos de la otra.
La seriedad con la que describía alianzas y traiciones me recordó que los problemas de los niños siempre son grandes cuando les pertenecen.
—¿Y tú de quién eres amiga? —pregunté.
—De las dos.
—Complicado.
Julia se encogió de hombros.
—Pues que se arreglen ellas.
Su respuesta me hizo reír.
Al volver, Clara había preparado café.
—Te vendría bien dormir —dijo.
—También resolver la vida copiando la filosofía de una niña de ocho años.
Le conté la conversación.
—Julia es la más lista de esta familia.
—Sin duda.
Después revisamos mis mensajes otra vez, pero de una forma distinta. Ya no buscábamos señales de si Silvia era real. Intentábamos entender cómo había conseguido que yo avanzara. Clara señaló una secuencia.
«No quiero que tengas problemas.»
Dos días después:
«Solo dime si está sola.»
—Primero te colocaba como alguien a quien quería proteger —dijo—. Luego pedir algo parecía menos agresivo.
—No creo que lo hiciera todo conscientemente.
—Eso no cambia el efecto.
Seguimos.
«Si quieres salir de esto, lo entenderé.»
Después:
«Solo necesito que me ayudes a saber cuándo está sola.»
—Esto es casi perfecto —dijo Clara.
—No empieces a admirarla.
—No la admiro. Me da miedo lo reconocible que es.
—A mí también.
Nos quedamos calladas.
—¿Sabes qué es lo peor? —dije—. Que algunas veces me preocupaba de verdad por Silvia.
—Beatriz.
—Ya. Pero yo pensaba en Silvia. Pensaba que había una mujer llevando meses sin saber de su sobrina.
—La persona que imaginabas también hizo el trabajo.
Exactamente. No había sido solo Beatriz manipulándome. Yo había creado una Silvia con emociones, noches sin dormir, recuerdos familiares y una necesidad desesperada de saber. Cada mensaje entraba en ese personaje.
A mediodía Pablo escribió para preguntar si todo iba bien. Le respondí que sí. Clara vio el nombre.
—¿Pablo?
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de montar otra trama.
—Después de todo esto, no me atrevo.
—Bien.
Pablo y yo intercambiamos tres mensajes y nada más. Me gustó que algunas relaciones pudieran ser exactamente lo que parecían.
A la mañana siguiente Beltrán llamó a las nueve. Habían detenido a un hombre que colaboraba con Iván y que había dejado la bolsa de la pulsera. Iván seguía sin localizar. El perfil falso de Silvia se había cerrado durante la noche.
—¿Y Beatriz? —pregunté.
—Estamos comprobando su participación.
—¿Nerea está fuera de Salamanca?
—No voy a contestar eso.
—Vale.
—Hay algo que sí puedo decirte. Hemos hablado con la verdadera Silvia y con la madre.
El perfil falso tenía fotografías obtenidas de cuentas familiares antiguas.
La voz con la que hablaste no era la de Silvia.
Estamos trabajando para identificarla formalmente, pero hay indicios de que la pareja de Iván participó en las comunicaciones.
—¿Nerea sabe todo?
—Sabe lo necesario.
—¿Y cómo está?
Beltrán guardó silencio.
—Enfadada con todos.
—Eso suena a Nerea.
—Y asustada.
Miré hacia la ventana de Clara. Fuera, mis sobrinos discutían en el jardín por una pelota.
—¿Puedo hacer algo?
—Ahora mismo, no.
Fue la primera respuesta clara que recibí en semanas. Y también la más difícil de aceptar.