CAPÍTULO 21
Regresé a Salamanca dos días después. El trayecto desde Zamora se me hizo más largo que de costumbre.
Clara insistió en que me llevara comida, como si dos noches fuera de casa me hubieran dejado incapaz de comprar yogures.
Mi madre añadió una bolsa con mandarinas y terminó pareciendo que regresaba de una estancia hospitalaria.
Al entrar en el piso lo primero que hice fue mirar al edificio de enfrente. Vacío.
La ausencia me produjo una sensación extraña. Durante semanas había deseado que Nerea saliera de aquella casa. Ahora que ya no estaba, el silencio del piso me parecía la prueba material de que algo había ocurrido por mi intervención.
Dejé las bolsas en la cocina y abrí las ventanas. La farmacia seguía encendiendo el mismo rótulo rojo. Berta seguía sacando el correo. El ascensor seguía haciendo un ruido metálico al arrancar. Mi calle no había cambiado.
Yo sí. No de una manera solemne. Simplemente ya no podía sentarme delante del ordenador sin recordar cuánto había visto desde allí.
Durante el primer día de permiso que Óscar me había obligado a tomar, limpié la casa entera.
Lavé las cortinas, ordené armarios y encontré cosas que llevaba años guardando sin razón: entradas de cine, cargadores de teléfonos que ya no tenía, una llave que probablemente pertenecía al piso de Madrid con Pablo. Le mandé una foto.
«¿Esto era nuestro?»
Respondió diez minutos después.
«Creo que del trastero. Puedes tirarla.»
«¿Seguro?»
«Elena, ya no vivimos allí ninguno.»
Aquello me hizo reír. Yo conservaba objetos mucho después de que perdieran su función. Información también.
Abrí el cajón donde había guardado los folios de Nerea. El primero seguía siendo el más fuerte.
NO SOY SU HIJA.
Lo coloqué junto a los demás y traté de leer la secuencia como si fuera de otra persona. No podía.
Sabía demasiado sobre mis propias decisiones. A media tarde Berta llamó a la puerta.
—He hecho lentejas.
—Tengo comida.
—No te he preguntado.
Entró con un táper. Se acercó a la ventana, miró el piso vacío y luego a mí.
—Se han ido.
—Sí.
—¿Por tu cosa?
—En parte.
Berta no preguntó qué era «mi cosa».
—La chica parecía maja.
—Lo es.
—¿Está bien?
—Sí.
—Pues ya está.
La sencillez me irritó y alivió a la vez.
—No está «ya está».
—Para ti quizá no. Para ella espero que sí algún día.
Berta dejó las lentejas y se marchó. Me quedé pensando en esa diferencia.
Yo necesitaba cerrar la historia porque la había vivido como un misterio. Nerea necesitaría seguir viviendo después de que el misterio estuviera resuelto.
Beltrán me dijo que podía volver a casa, aunque recomendó que no siguiera rutinas demasiado previsibles durante un tiempo. La frase me habría parecido exagerada una semana antes. Ahora pregunté si debía cambiar de supermercado.
—No convierta esto en una obsesión —respondió.
—Difícil equilibrio.
—Lo sé.
Clara quiso acompañarme. Conseguí convencerla de que no. Necesitaba entrar sola en mi piso, abrir las persianas y comprobar qué quedaba de la vida que había tenido antes de empezar a mirar hacia enfrente.
La primera sorpresa fue que no quedaba nadie en la casa de Nerea.
Las cortinas estaban abiertas. El salón aparecía parcialmente vacío: faltaban unas cajas que antes había junto al mueble de la televisión, las plantas de la ventana y la cámara que Andrés instaló días atrás. No vi movimiento en toda la tarde. No pregunté adónde habían ido.
Me costó más de lo que esperaba. El trabajo también me esperaba. Tenía treinta y seis correos sin responder y dos incidencias que Óscar había terminado resolviendo por mí. A las once me llamó por videoconferencia.
—Necesito saber si estás en condiciones de trabajar —dijo después de saludar.
—Sí.
—Eso dijiste la semana pasada y mandaste tres facturas con un código de cliente incorrecto.
Me quité las gafas.
—He tenido un problema personal serio.
—No necesito detalles.
—Ya.
—Pero sí necesito saber si vas a pedir días o si puedo contar contigo.
Durante años había despreciado a la gente que convertía una crisis personal en una escena laboral.
Yo era la que seguía contestando correos desde un tanatorio, la que llevaba el portátil a casa de mi madre si tenía gripe y la que se conectó el día después de terminar una relación de seis años porque «total, iba a estar dando vueltas por casa».
Aquella forma de funcionar me había parecido responsabilidad.
A veces solo era incapacidad para reconocer que algo me desbordaba.
—Quiero dos días —dije.
Óscar asintió.
—Tómatelos.
—Los recuperaré.
—No he dicho eso.
—Ya.
—Elena, desaparece del chat hasta el lunes.
Cerró la llamada antes de que pudiera discutir. Me quedé mirando la pantalla negra.
Al mediodía ordené el salón. Recogí los folios que había usado para hablar con Nerea. Había guardado casi todos, quizá porque desde el principio una parte de mí trataba aquello como una investigación que necesitaba documentación. Los extendí sobre la mesa.
NO SOY SU HIJA.
SÍ.
NO LLAMES A LA POLICÍA.
NO LO SÉ.
NEREA. NO MARINA.
QUIERO HABLAR CON MI PADRE.
DILE QUE NO ME HE OLVIDADO.
Leídos en orden, contaban una historia distinta de la que yo había recordado. La palabra secuestro no aparecía. Tampoco «me retienen» ni «sácame de aquí». La mayor parte de la narración había ocurrido en mi cabeza.
Hice una foto de todos los papeles y los guardé en una carpeta. No quería conservarlos como reliquias, pero podían formar parte de la investigación.
El piso me pareció más pequeño al volver.
Durante los días en casa de Clara había imaginado el salón como un lugar lleno de pruebas: los folios, la ventana, el ordenador, el reflejo de la farmacia.
En realidad solo era una habitación de treinta metros cuadrados con una planta que necesitaba agua y una taza que había dejado en el fregadero antes de marcharme. Abrí las ventanas.
No porque quisiera mirar enfrente, sino porque olía a cerrado. Berta apareció antes de que terminara de deshacer la bolsa.
—Ya era hora.
—He estado fuera dos días.
—Parecían más.
—Qué dependencia.
—No te emociones.
Me abrazó de todos modos.
—¿La chica está bien?
—Sí.
—¿Y tú?
—También.
Berta me miró con la misma cara que Clara ponía cuando mentía mal.
—Vale.
No preguntó más.
Después de que se fuera, encendí el ordenador y encontré un correo de Pablo.
«Solo para comprobar que no te has unido a una secta de detectives.»
Respondí:
«Todavía no.»
No necesitaba contarle todo. Me bastaba con tener personas en mi vida que existían antes y después de Nerea.
Aquel fue uno de los motivos por los que acepté los dos días de permiso que Óscar prácticamente me impuso.
Fui al mercado. Llevé ropa a la tintorería.
Compré una lámpara nueva porque la anterior llevaba meses parpadeando y yo había preferido acostumbrarme.
Hice cosas que no servían para resolver nada. El segundo día bajé hasta el río.
No llegué al Puente Romano. Todavía no sabía que acabaría teniendo tanta importancia. Caminé por la ribera y me senté con un café en un banco desde el que apenas se veía el centro. Pensé en Nerea, pero también en mi propia vida antes de ella.
Había elegido Salamanca porque quería quietud.
Después, cuando la quietud llegó, una parte de mí la confundió con vacío.
Trabajaba, hablaba con Clara, veía a mi madre, quedaba de vez en cuando con dos amigas de la universidad que aún vivían allí.
No estaba sola en el sentido dramático. Simplemente pasaba muchas horas sin que nadie interrumpiera mi manera de pensar. La ventana había llenado ese espacio.
Eso no convertía mi interés en Nerea en una fantasía ni borraba su petición de ayuda. Pero explicaba por qué cada detalle había encontrado tanto sitio en mi cabeza.
Al regresar me llamó Óscar.
—Te he dicho que no trabajaras.
—No estoy trabajando.
—Estás conectada.
Miré el icono de la aplicación, que se había iniciado automáticamente.
—Eso no cuenta.
—Desconecta.
—Qué autoritario.
—Presenta una queja a Recursos Humanos.
—No tenemos Recursos Humanos de verdad.
—Entonces estás atrapada.
Me reí.
Antes de colgar dijo:
—Elena, en serio. Las cosas que no dependen de ti también siguen ocurriendo si apagas el ordenador.
No sabía de qué hablaba realmente, pero me servía.
Aquella tarde guardé los folios de Nerea en una carpeta y la metí en el cajón inferior del escritorio. No los tiré porque podían ser necesarios. Tampoco los dejé a la vista. Fue un gesto pequeño.
Durante semanas habían ocupado la mesa como si el misterio tuviera derecho a estar presente incluso cuando yo intentaba hacer otra cosa. Ya no.
A las cuatro llamó Raquel.
—¿Estás en Salamanca?
—Sí.
—Nerea quiere mandarte algo.
Me llegó una fotografía unos segundos después. Era una hoja escrita a mano.
«No quiero que le digas a nadie que yo no quería ver a mi padre. Sí quería. Sigo queriendo. Lo que hicieron con Silvia está mal, pero eso no cambia lo otro.»
Debajo había añadido:
«Y no digas que me engañaron para pedir ayuda. La pedí yo.»
La letra se inclinaba hacia arriba al final, como si la última frase hubiera sido escrita con más presión.
—¿Qué quiere que haga con esto? —pregunté.
—Que no conviertas lo que pasó en una historia donde ella no decidió nada.
Me senté.
—No pensaba hacerlo.
—Todos pensamos que no hacemos ciertas cosas hasta que las hacemos.
Raquel no sonó agresiva. Sonó cansada.
—¿Cómo está?
—Mal.
—¿Sabe algo de Iván?
—No.
—¿Y Ana?
Hubo un silencio.
—Ana está segura.
—No necesito saber dónde.
—Me alegro.
La pulla era merecida.
—Raquel, de verdad, lo siento.
—Lo sé.
—No parece que me hayas perdonado.
—No te conozco lo suficiente como para tener que perdonarte. Estoy enfadada. No es lo mismo.
La precisión me gustó, aunque doliera.
—¿Puedo contestar a Nerea?
—Sí. Me lo mandas y yo se lo doy.
Tardé casi una hora en escribir tres líneas.
«Diré la verdad: tú querías hablar con tu padre y me pediste ayuda. También diré que yo interpreté cosas que no me habías dicho. No voy a quitarte tu parte de la historia para que la mía sea más fácil.»
Raquel respondió solo con «se lo doy».
Aquella noche no miré la casa de enfrente hasta casi las doce. Seguía vacía.
Por primera vez desde que Nerea había levantado el cartel, su ausencia no me pareció un misterio que tuviera que resolver.