La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 19
50%

CAPÍTULO 19

El traslado no llegó a producirse por la mañana.

A las siete y diez, antes de que yo hubiera preparado café, alguien dejó una bolsa de papel en el portal de Raquel.

La vio primero uno de los policías que vigilaban la zona. Dentro había una pulsera de cuentas azules y una fotografía de Nerea con unos doce años. En el reverso, escrito a bolígrafo, una sola frase:

«Para que no olvides quién eres.»

Beltrán me lo contó horas después, cuando ya habían cambiado el plan.

—¿Era de Iván? —pregunté.

—La pulsera era de Nerea. La perdió o dejó en casa del padre antes de la separación.

—Entonces ha estado aquí.

La frase salió más baja de lo que esperaba. Beltrán no confirmó.

—Sabemos que alguien ha estado cerca de la vivienda y de la suya. No sabemos quién en todos los casos.

—La primera madrugada vi a un hombre.

—Sí.

—Y después el coche.

—Sí.

—Y la foto de mi portal.

—También.

Cada «sí» convertía algo que yo había vivido como una sospecha aislada en una secuencia.

—¿Por qué no hizo nada cuando lo vio la primera vez? —preguntó.

—Llamé al 091. Dije que había un hombre merodeando.

—¿Y contó lo demás?

Negué.

—¿Por qué?

Aquello me avergonzaba más ahora que entonces.

—Porque pensé que si decía que había una menor escondida podía provocar que fueran a la casa y empeorar las cosas.

Beltrán asintió sin juzgarme.

—Es importante que entienda una diferencia. Usted estaba intentando gestionar el riesgo sin conocerlo.

—Ya.

—La prudencia no consiste siempre en hacer menos. A veces consiste en poner la información en manos de quien puede valorar qué hacer.

No respondí.

—¿Ha trabajado alguna vez con procedimientos? —preguntó.

—Todo el día. Facturas, incidencias, auditorías.

—Entonces sabrá que un dato aislado puede parecer irrelevante y cambiar cuando se combina con otros.

La comparación me molestó porque era exactamente mi lenguaje.

—En mi trabajo, cuando algo no cuadra, sigo hasta encontrar el error.

—Aquí hizo lo mismo.

—Sí.

—La diferencia es que una persona no es una hoja de cálculo.

Aquello sonó a frase preparada y, aun así, me dolió.

—Todo el mundo parece tener una metáfora para mí.

Beltrán sonrió apenas.

—No era una metáfora. Era una observación.

Me enseñó después una reconstrucción parcial de las búsquedas de la cuenta falsa.

Cuando yo había escrito «Salamanca», alguien había consultado perfiles públicos asociados a mi nombre.

Una fotografía mía en la Plaza Mayor, otra cerca del mercado, una publicación de hacía meses que mencionaba una obra en mi calle.

Ninguna daba la dirección exacta. Después llegó mi foto de Nerea.

El reflejo rojo de la farmacia. Una esquina de edificio. Una señal.

—Esto permitió reducir mucho la zona —dijo Beltrán.

—Y la calle terminó de confirmarlo.

—Sí.

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Cuánto habrían tardado sin mí?

—No puedo saberlo.

—Pero más.

—Probablemente.

No dijo «fue culpa suya». No hacía falta. La responsabilidad podía existir sin ocuparlo todo.

—Alguien ha estado aquí.

—¿No hay cámaras?

—Estamos revisando las de la zona.

Miré hacia el edificio de enfrente. Había movimiento detrás de las cortinas, pero no podía distinguir a nadie.

—¿Qué vais a hacer?

—No puedo decírselo.

Beltrán me había llamado porque quería confirmar si Iván había vuelto a escribir. No lo había hecho.

A mediodía recibí un mensaje de Nerea desde el teléfono de Raquel.

«¿Has visto la pulsera?»

«Sé que ha aparecido.»

«Era mía.»

«Ya.»

«Me la hizo él.»

No supe qué contestar.

«¿Estás bien?»

Nerea tardó bastante.

«No.»

Aquella respuesta, por fin, no admitía una interpretación optimista.

«¿Tienes miedo?»

«No sé.»

Era la misma frase del primer día.

«Puedes querer verlo y tener miedo a la vez.»

Nerea dejó pasar casi diez minutos.

«Raquel dice lo mismo.»

«Pues por una vez hazle caso a las dos.»

No respondió.

A las tres me llamó mi madre. Clara debía de haberle contado algo porque empezó preguntando si estaba comiendo.

Le dije que sí, mentí sobre haber dormido y prometí ir a Zamora el fin de semana.

La conversación me devolvió durante un rato a una vida donde los problemas eran familiares en un sentido menos jurídico.

Cuando colgué, encontré un correo nuevo de Iván. No había texto. Solo una fotografía.

Era mi portal. Tomada desde la acera de enfrente. La imagen debía de tener pocos minutos porque, junto a la puerta, estaba la bicicleta roja que el hijo de Berta había dejado al mediodía. Llamé a Beltrán.

—No salgas de casa —dijo, tuteándome por primera vez—. Cierra y aléjate de las ventanas.

—¿Está aquí?

—Haz lo que te digo.

Obedecí. Cerré las persianas del salón, algo que no había hecho ni cuando creía que al otro lado había una chica secuestrada. Me metí en la cocina con el móvil y esperé.

Durante veinte minutos escuché coches, pasos en el rellano y el ascensor. Después llamaron a mi puerta.

—Policía.

Comprobé por la mirilla antes de abrir. Beltrán entró con otro agente.

—¿Ha respondido?

—No.

Le enseñé la fotografía.

—¿Qué quiere de mí?

—Que sepa que puede acercarse.

—¿Por qué?

—Porque cree que usted puede volver a servirle.

Me senté.

—No voy a hacerlo.

—Ya lo sé.

Beltrán miró hacia las persianas cerradas.

—Necesitamos trasladarte unas horas por seguridad mientras revisamos la zona.

—¿Y Nerea?

—Está protegida.

—¿La han sacado?

La inspectora no contestó. No insistí. Mientras preparaba una bolsa pequeña recibí otro mensaje. Esta vez era un SMS desde un número que no conocía.

«No te estoy amenazando. Necesito que ella decida.»

Se lo enseñé a Beltrán.

—Eso también es una amenaza —dijo—, aunque él necesite escribir la frase anterior para convencerse de que no.

La observación me recordó algo que Nerea había dicho: mi padre me quiere.

Tal vez Iván también necesitaba construir una versión de sí mismo en la que todo lo que hacía seguía siendo amor.

Cuando Beltrán y el agente entraron en mi casa después de la fotografía del portal, revisaron primero el rellano, las ventanas y el patio interior. Berta abrió su puerta antes de que nadie llamara.

—¿Pasa algo? —preguntó.

—Vuelva dentro, por favor —dijo el agente.

—Vivo aquí.

—Precisamente.

Berta me vio detrás de ellos.

—Elena.

—Estoy bien.

La frase no la convenció, pero regresó a su piso. Beltrán se acercó a la ventana del salón sin abrir la persiana por completo. Miró por una rendija.

—¿Hay acceso al edificio por el patio?

—Desde el local de abajo, creo. Y un portal lateral comunica con los trasteros.

—¿Llaves?

—Los vecinos.

El agente salió para revisar con otro equipo.

—¿Creéis que ha entrado?

—No hay indicios —respondió Beltrán.

—La foto está tomada a cinco metros de mi puerta.

—Desde la acera.

—Ya.

Me pidió que preparara documentación, medicación si la necesitaba y ropa para una noche. El gesto práctico me produjo más alarma que cualquier frase.

Mientras metía cosas en una mochila encontré, al fondo de un cajón, una copia de la primera nota donde había escrito NEREA VIDAL, 16 AÑOS, SILVIA MONTALBÁN. La arrugué y la tiré.

—No borre ni destruya nada relacionado con mensajes —advirtió Beltrán desde el pasillo.

—Es una nota mía.

—Aun así.

La saqué de la papelera.

—Perfecto. Ahora también conservo basura.

Beltrán no sonrió. A los pocos minutos llamó Clara.

—Hay un policía en tu portal —dijo sin saludar.

—¿Cómo lo sabes?

—Berta tiene mi número desde que se rompió una tubería el año pasado.

—Traición vecinal.

—¿Qué pasa?

Le conté lo de la fotografía.

—Voy para Salamanca.

—Beltrán dice que me vaya de casa unas horas. Puedo ir yo a Zamora.

—No vas a conducir así.

—Estoy perfectamente.

Beltrán, que escuchaba desde el salón, dijo:

—No parece buena idea que conduzca.

—Te odio a las dos —respondí.

Clara salió de Zamora. Mientras esperaba, Beltrán recibió una llamada. Se apartó junto a la ventana, habló en voz baja y regresó.

—Han visto a un hombre compatible con la descripción en una cámara cercana, pero todavía no podemos identificarlo.

—¿Iván?

—He dicho compatible.

—Ya.

—También aparece un coche que podría ser el mismo de la matrícula parcial.

La calle que yo había compartido meses atrás se convirtió de pronto en algo físico: un hombre caminando por ella, mirando mi portal, levantando un teléfono.

—¿Por qué mi casa? —pregunté—. Nerea ya no está enfrente.

—Puede querer saber qué información ha dado usted. Puede querer asustarla. Puede pensar que usted conoce la nueva ubicación. O puede simplemente estar intentando generar contacto.

—No la conozco.

—No se lo diga a nadie fuera de la investigación.

—No pensaba hacerlo.

Beltrán me sostuvo la mirada.

—Hace dos meses tampoco pensaba enviar horarios.

No había malicia en su tono. Aun así, dolió.

—Vale.

Antes de salir, llamé a Berta.

—Me voy unas horas.

—Ya lo veo.

—No abras a nadie que pregunte por mí.

—Elena, tengo setenta y uno, no siete.

—Lo sé.

—Y si aparece ese hombre, llamo a la Policía. No voy a bajar con una sartén.

—Gracias por aclararlo.

—Aunque la tengo buena.

Sonreí. Bajé acompañada por los agentes. Clara me esperaba en una calle cercana.

Cuando subí a su coche, me miró y dijo:

—No pienso decir «te lo dije».

—Gracias.

—Hasta mañana.

—Eres horrible.

Arrancó. Salí de casa acompañada por la Policía. Al cruzar el portal miré hacia el edificio de enfrente. La ventana de Nerea estaba vacía.

En el cristal seguía pegado un pequeño resto de celo de los folios que había usado para hablar conmigo. Eso fue lo único que vi.