CAPÍTULO 18
El dispositivo policial convirtió mi teléfono en algo que ya no sentía del todo mío.
Cada vibración me obligaba a mirar primero el nombre, después a recordar si debía responder y, por último, a reenviar el contenido.
Durante dos días apenas recibí nada relacionado con Iván, pero la espera ocupaba espacio.
Trabajé desde la mesa de la cocina porque el salón me ponía nerviosa. Óscar me llamó para revisar un cierre mensual y, a mitad de la conversación, preguntó por qué llevaba tres días con una pared blanca detrás.
—He cambiado de sitio.
—¿Te has mudado?
—No.
—Bien. No podría soportar otra migración de tus plantas en mitad del cierre.
Le dije que estaba pasando una situación familiar complicada. No era exactamente familiar, pero me pareció menos absurdo que explicar que una menor de enfrente había usado mi ventana para iniciar una cadena de acontecimientos que ahora implicaba a la Policía.
—Si necesitas días, pídelos —dijo.
—Ya me lo has dicho.
—Y tú sigues fingiendo que no.
—Me ayuda trabajar.
—Eso también lo dices siempre.
Me quedé callada.
—Elena, no te estoy echando —añadió—. Solo quiero que si estás mirando el móvil cada treinta segundos no seas tú quien valide pagos de cien mil euros.
Miré la hoja abierta.
—Punto para ti.
Me pasó parte del trabajo a otra compañera.
Aquella pequeña pérdida de control me fastidió más de lo razonable.
Había pasado semanas interviniendo en la vida de Nerea porque creía que nadie la escuchaba, y ahora me costaba aceptar que mi jefe decidiera que no estaba en condiciones de hacer una tarea concreta.
La ironía era demasiado evidente incluso para mí.
Por la tarde Berta llamó a mi puerta con una fuente de croquetas.
—Has adelgazado.
—No.
—Tienes peor cara, que es casi lo mismo.
—Gracias.
Entró sin esperar invitación.
—¿Qué pasa en el edificio de enfrente?
Me tensé.
—¿Por qué?
—Hay coches de policía de paisano. No soy ciega.
—¿Cómo sabes que son de paisano?
—Uno de los hombres enseñó placa al del bar porque quería ver la cámara exterior.
Berta había nacido para sobrevivir a cualquier intento de confidencialidad.
—No sé gran cosa.
—Eso es mentira.
—No puedo contártelo.
Se quedó mirándome.
—Entonces no me cuentes.
La facilidad con la que aceptó el límite me sorprendió.
—¿Ya está?
—¿Qué quieres? ¿Que te torture?
—Un poco sí.
Berta colocó las croquetas en la cocina.
—Solo dime si la chica está bien.
—Sí.
—Pues lo demás ya me lo contarás si puedes.
Antes de irse añadió:
—Y deja de pensar que todos los vecinos mayores somos cotillas profesionales. Algunos sabemos cuándo cerrar la boca.
—No he dicho nada.
—Tu cara habla demasiado.
Me quedé con las croquetas y una gratitud que no supe expresar.
Aquella noche, mientras esperaba un posible mensaje de Iván, comprendí que llevaba semanas clasificando a la gente con demasiada rapidez.
Berta era indiscreta y sabía guardar un secreto.
Raquel mentía sobre el instituto y protegía a Nerea.
Nerea me había manipulado y también me había pedido ayuda de verdad.
Beatriz podía haber creído que ayudaba mientras participaba en una suplantación.
Las contradicciones no anulaban las acciones.
Quizá ese era el aprendizaje más incómodo: entender a alguien no lo volvía inocente, y desconfiar de alguien no lo convertía en culpable.
A las once y veintisiete llegó el correo de Iván.
No utilizó el perfil de Silvia. El mensaje llegó a mi correo personal desde una dirección creada con un nombre genérico y una combinación de números.
«Elena, no soy el monstruo que te han contado.»
No respondí. Hice una captura y se la envié a Beltrán. La inspectora contestó cinco minutos después: «No interactúe. Mañana hablamos.»
A las once y cuarenta llegó otro.
«Gracias por ayudar a mi hija cuando nadie quería escucharla.»
Aquello me produjo una reacción que me avergonzó. Durante un instante, muy breve, sentí el alivio de que alguien validara lo que yo había intentado hacer.
Después recordé que aquel hombre había utilizado una identidad falsa y había convertido mi ayuda en una ruta hasta una menor protegida. Tercer mensaje:
«Nerea quiere verme. Eso también es verdad.»
Sí. Era verdad. Y por eso funcionaba. A medianoche recibí un audio. No lo abrí hasta hablar con Beltrán por teléfono. Ella me pidió que se lo reenviara antes de escucharlo. Después me autorizó a hacerlo sin responder.
La voz de Iván era más suave de lo que esperaba.
«No sé qué te habrá dicho Raquel. No sé qué te habrá enseñado la Policía.
Solo te pido que recuerdes lo que viste con tus propios ojos: una chica pidiendo ayuda.
Yo cometí errores con Ana. Muchos. Pero nunca le he hecho daño a mi hija.
Nerea tiene edad para decir si quiere hablar conmigo.
No quiero llevármela. No quiero montar una escena.
Quiero verla cinco minutos y que después decida ella. »
Duraba cuarenta y nueve segundos. Lo escuché dos veces. La segunda me preocupó más porque ya sabía qué frases iba a esperar.
«No quiero llevármela.»
«Que después decida ella.»
«Lo que viste con tus propios ojos.»
Iván utilizaba mi propia experiencia para sostener su versión.
A la mañana siguiente Beltrán me citó otra vez. Esta vez había un agente de la unidad que llevaba el caso desde Madrid conectado por videollamada. No me dieron detalles, pero sí una instrucción: si Iván volvía a escribir, podía responder únicamente lo que ellos acordaran.
—¿Queréis localizarlo? —pregunté.
—Queremos evitar que se acerque a Nerea y documentar el contacto.
—¿Sabéis dónde está?
—No con precisión.
Acepté colaborar. Me pareció irónico. Durante semanas había hecho lo que quería sin consultar a nadie y ahora, cuando por fin debía responder, cada palabra pasaría por otras personas.
Iván tardó hasta las cuatro de la tarde.
«¿Podemos hablar?»
Beltrán me dictó una respuesta breve:
«No quiero meterme más. La Policía sabe que me has contactado.»
La envié. Iván contestó:
«Lo imaginaba. No te culpo.»
Luego:
«Solo dime una cosa. ¿Nerea está bien?»
Beltrán negó con la cabeza. No respondí. A los diez minutos llegó un último mensaje.
«Dile que sigo aquí.»
Nada más. No había amenaza. No había una petición de dirección ni un intento de convencerme de quedar. Eso lo hacía más difícil de colocar en la imagen que yo empezaba a construir de él.
Por la noche Raquel me llamó.
—Han encontrado algo en el teléfono de Nerea.
—¿Qué?
—Mensajes que borró.
Se me tensó el cuerpo.
—¿Con Silvia?
—Con la cuenta falsa. Le dieron otra dirección de correo por si perdía el móvil.
—¿Qué le dijeron?
Raquel tardó.
—Que, si quería ver a su padre, no confiara en la Policía porque volverían a moverla. Que esperara a que él pudiera acercarse.
—¿Nerea respondió?
—Sí.
—¿Qué dijo?
—Que quería verlo.
La voz de Raquel se rompió ligeramente en la última palabra.
—¿Dónde está ella?
—Con nosotros.
—¿Está bien?
—Está enfadada. Asustada. Y sigue queriendo a su padre.
La frase resumía algo que yo llevaba días intentando convertir en una sola verdad.
—Raquel, lo siento.
Hubo un silencio.
—Ya.
No dijo que no fuera culpa mía. Tampoco me insultó. Preferí lo segundo.
Antes de colgar añadió:
—Mañana nos movemos.
No pregunté adónde. Por primera vez entendía por qué no debía saberlo.