La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Beltrán me citó en comisaría a la mañana siguiente.

Dormí menos de dos horas. Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma secuencia: el cartel de Nerea, el perfil de Silvia, la calle que yo había escrito, los horarios, la foto con el reflejo de la farmacia.

Ninguno de esos actos había parecido decisivo cuando lo hice. Juntos formaban una dirección.

La inspectora me recibió en una sala pequeña y me pidió que repitiera la cronología desde el principio. Esta vez no omití nada.

Le expliqué cómo había encontrado la publicación, la fotografía tomada desde la calle, la conversación con la supuesta Silvia, el encuentro con Nerea, el teléfono y los horarios. Cuando terminé tenía la garganta seca.

—¿Voy a tener problemas? —pregunté.

Beltrán apoyó el bolígrafo.

—Mi prioridad ahora mismo es la seguridad de la menor. Usted ha actuado de forma imprudente, pero también nos está facilitando todo lo que tiene. Si surge alguna cuestión jurídica distinta, se le informará.

No era un consuelo. Tampoco lo merecía.

—¿Qué le hizo Iván?

La inspectora no respondió de inmediato.

—No puedo contarle un expediente completo.

Sí puedo decirle lo suficiente para que entienda por qué no debe volver a actuar con información parcial.

Hay una resolución judicial que limita el contacto.

Hubo episodios de violencia contra la madre, incumplimientos de medidas y un episodio en el que se llevó a Nerea sin autorización.

Después intentó localizar a ambas en más de una ocasión.

—Nerea dice que con ella nunca fue violento.

—Puede ser verdad.

Aquello me sorprendió.

—¿Entonces?

—Una persona puede no golpear a su hija y utilizarla para llegar a otra persona. Puede quererla y, al mismo tiempo, ponerla en riesgo. Las relaciones no se vuelven sencillas porque un juzgado dicte una medida.

Pensé en las tortitas de los domingos.

—¿Dónde está la madre?

—Protegida.

—¿Por eso Nerea vive con Raquel?

—Existe una medida temporal de guarda en familia extensa, supervisada por los servicios correspondientes. Raquel es prima de Ana. Andrés forma parte de la unidad familiar. No secuestraron a Nerea.

No hacía falta que pronunciara la última frase. Aun así, me golpeó.

—¿Por qué utiliza el nombre Marina?

—No es una identidad oficial falsa. Es un nombre que acordaron utilizar de forma informal en determinados contextos para reducir la posibilidad de que alguien la identificara mientras se estabilizaba la situación. En documentación, centros y profesionales consta su identidad real.

—Raquel me dijo que estudiaba en casa.

—Le mintió a una vecina sobre la escolarización de una menor protegida.

El tono no fue acusatorio. Precisamente por eso entendí lo absurdo que era haber tomado aquella mentira como prueba de algo oscuro.

—¿Va al instituto?

—No voy a detallarle su rutina.

Asentí. Beltrán abrió una carpeta.

—Hay otra cosa. El perfil que se hizo pasar por Silvia Montalbán se creó hace cuatro meses. Las primeras publicaciones sobre Nerea aparecieron después de que se perdiera el contacto clandestino entre padre e hija.

—¿Iván lo creó?

—Estamos trabajando con esa hipótesis, posiblemente con ayuda de su pareja. Se utilizaron fotografías reales de la familia para dar credibilidad.

—¿Y la gente que compartía las publicaciones?

—Personas que pensaban que ayudaban a localizar a una menor desaparecida.

Igual que yo.

—Pero Nerea reconoció a Silvia.

—Reconoció el nombre y las fotos de una persona real. No a quien escribía.

La sencillez de la explicación me produjo náuseas.

—La foto de la calle llegó a las tres de la madrugada. ¿Era Iván?

—No lo sabemos. El coche que fotografió después corresponde a un vehículo de alquiler recogido en Madrid por una persona vinculada a él.

—¿Quién?

—No puedo darle más detalles.

No hacía falta. Había alguien en Salamanca antes de que yo enviara la calle exacta. Eso reducía mi culpa durante unos segundos, hasta que Beltrán añadió:

—Sabían la ciudad. No tenían el domicilio.

Me quedé callada.

—¿Cómo sabían Salamanca?

—Creemos que Nerea dejó una pista en una conversación anterior al traslado. No necesariamente de forma consciente. Iván llevaba meses intentando acotar la zona.

—Y yo terminé el trabajo.

Beltrán no dijo que sí. Tampoco dijo que no. Beltrán no terminó ahí. Me pidió que abriera en mi teléfono la conversación con la cuenta falsa y fuimos revisando juntos varios momentos.

—Aquí —dijo señalando un mensaje—. Cuando le pregunta si Nerea está sola, ¿qué había ocurrido antes?

Recordé la escena.

—La había visto en la ventana.

—¿La cuenta sabía ya en qué ciudad estaba?

—Sí. Porque mi perfil decía Salamanca.

—Y porque Nerea había dejado pistas previas. Pero no sabían la zona exacta.

Seguimos.

—Después usted menciona que la mujer se llama Raquel Leal.

—Sí.

Beltrán abrió otra pantalla donde aparecían búsquedas asociadas a una investigación que no me explicó del todo.

—En las horas siguientes alguien consultó perfiles y registros públicos vinculados a ese nombre. La información profesional de Raquel incluía referencias a Madrid y a entidades de protección, pero no su domicilio actual.

—Eso fui yo también.

—Probablemente no fue la única.

Me enseñó después el mensaje donde yo había escrito que Andrés salía antes de las ocho y Raquel alrededor de las nueve.

—¿Ve el problema?

—Sí.

—No se lo pregunto para culpabilizarla. Necesito que entienda el patrón.

No me gustaba la palabra «patrón». Convertía mis decisiones en algo más ordenado de lo que habían sido.

—Cada vez que dudaba, ella retrocedía —dije.

—¿La cuenta?

—Sí. Si yo no quería mandar una foto, decía que lo entendía. Si no quería dar la dirección, pedía perdón.

Beltrán asintió.

—Eso reduce la resistencia. Es una técnica bastante corriente en manipulación interpersonal, aunque quien la use no tiene por qué estar aplicando un manual consciente.

—Beatriz podía hacerlo sin pensar «voy a manipular a Elena».

—Exacto.

La idea me molestó porque yo necesitaba que al menos alguien hubiera sido plenamente consciente de cada paso. Era más fácil enfadarse con una persona que ejecutaba un plan que con varias personas justificándose mientras avanzaban.

—¿Y la videollamada?

—Estamos analizando el material. Si se utilizó una imagen estática o un vídeo breve, no sería especialmente sofisticado.

—Clara lo vio.

—Su hermana parece bastante sensata.

—No se lo digas. Ya es insoportable.

Beltrán sonrió por primera vez. Después me preguntó por la primera fotografía que Silvia me había enviado del edificio.

—¿La conserva?

La busqué. La imagen seguía en la conversación. A plena luz y sabiendo lo que buscábamos, se veía más de lo que había notado aquella madrugada: el borde de una señal, parte del rótulo de una tienda y una sombra reflejada en una ventanilla.

—¿Puede ser Iván? —pregunté.

—No podemos identificar a nadie por esto.

—Pero si él hizo la foto ya estaba aquí antes de que yo dijera la calle.

—Sí.

Sentí una pequeña necesidad de agarrarme a ese dato.

—Entonces no fui yo quien lo trajo.

Beltrán me miró.

—No.

Esperé.

—Pero ayudó a confirmar que estaba buscando en el lugar correcto.

Ahí estaba la parte que no quería escuchar. La inspectora no necesitó decir nada más.

Salí de la comisaría y caminé sin rumbo durante casi una hora.

Bajé hacia el río, crucé calles que llevaba dos años recorriendo y que nunca había observado desde la perspectiva de alguien que intentara localizar una vivienda.

Una foto mía en una terraza dejaba ver una esquina de la Plaza Mayor.

Otra, tomada durante una nevada, mostraba el nombre de una tienda.

Una publicación en la que me quejaba de unas obras incluía, sin pensarlo, la calle.

Yo había creído que la privacidad era decidir quién podía leer mis pensamientos.

Nunca había pensado que también consistía en controlar los fondos de mis fotografías.

Me senté en un banco cerca de los jardines y llamé a Pablo.

No porque pudiera resolver nada. Precisamente por eso.

—¿Otra vez la cafetera? —contestó.

—No.

—Entonces me preocupas.

Le conté una versión reducida: había ayudado a una menor de forma equivocada y había compartido información con alguien que no era quien decía ser.

Pablo no preguntó por detalles que no debía saber.

—¿Está bien la chica?

—Sí.

—¿Y tú?

—No sé.

—Respuesta muy tuya.

—Todo el mundo se ha puesto de acuerdo para decirme eso.

Se hizo un silencio.

—¿Te acuerdas de cuando buscaste durante tres días por qué el vecino de arriba movía muebles a las cinco de la mañana?

—Era una cinta de correr.

—Exacto.

—No compares.

—No comparo el peligro. Comparo tu necesidad de saber.

Me molestó.

—Una chica me pidió ayuda.

—Ya.

—No fue curiosidad.

—No solo.

Quise discutir y no encontré una frase que me convenciera.

—Tú siempre necesitas cerrar las historias —añadió—. Hasta nuestra ruptura la convertiste en una lista de razones para decidir cuál era la principal.

—Eso no tiene nada que ver.

—Probablemente no. Pero me has llamado tú.

Pablo tenía esa forma desesperante de no insistir cuando sabía que una idea iba a seguir trabajando sola.

—¿Qué hago ahora? —pregunté.

—Lo que te digan quienes saben más que tú.

La respuesta era tan poco heroica que casi me reí.

—Gracias.

—De nada. Y duerme.

—También me lo dicen todos.

—Será por algo.

Al salir llamé a Clara. Le conté lo esencial desde un banco de la plaza de la Constitución. Mi hermana escuchó sin interrumpir.

—Voy para allá —dijo.

—No hace falta.

—No te lo estoy preguntando.

—Clara, estoy bien.

—Ya. Y yo tengo experiencia con tu definición de «bien».

Sonreí por primera vez en más de un día.

Antes de colgar me preguntó por Nerea.

—No sé nada desde ayer.

—No la busques.

—No pensaba hacerlo.

—Te conozco.

Guardé el móvil. Al levantar la vista vi a Andrés al otro lado de la plaza. Venía hacia mí.

Durante un segundo no supe si detenerme o marcharme. Él resolvió la duda.

—Nerea quiere hablar contigo.