La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

La verdadera Silvia Montalbán no había publicado ninguna búsqueda de Nerea.

Tampoco había creado una segunda cuenta, ni había vuelto a España, ni había hablado conmigo.

Cuando Raquel le enseñó por videollamada el perfil, reconoció fotografías que había subido años atrás y otras que solo había compartido en un grupo familiar. No sabía quién las había copiado.

—Esa foto del cumpleaños la tenía Iván —dijo desde la pantalla—. Se la mandé cuando todavía hablábamos.

El nombre cayó en la habitación de una forma distinta. Raquel me miró.

—¿Iván sabe que estás hablando con este perfil?

—Nerea también habla con él.

—¿Desde cuándo?

—Desde el domingo.

Raquel se llevó una mano a la frente.

—Joder.

La verdadera Silvia se quedó pálida.

—¿Con mi nombre?

—Sí.

—¿Y qué le han dicho?

No lo sabía. Yo había dado a Nerea el enlace y luego había confiado en que me contaría lo importante. De pronto comprendí lo poco que controlaba una comunicación que yo misma había hecho posible.

La llamada con la verdadera Silvia duró catorce minutos.

Al principio casi no pude hablar. Raquel explicó lo esencial: una cuenta con su nombre estaba publicando fotografías de Nerea, alguien había contactado conmigo y Nerea también había escrito a ese perfil.

Silvia dejó de hacer preguntas durante unos segundos.

—Voy a abrir Facebook —dijo.

Escuchamos teclear.

—No encuentro la cuenta.

Raquel le pasó el enlace por mensaje. Silencio.

—Es mi foto.

—Sí.

—Y esa de la playa la subí yo hace años.

La voz de Silvia cambió.

—¿Quién coño está haciendo esto?

Nadie respondió. Entró en el perfil desde su teléfono y fue reconociendo imágenes. Algunas eran públicas. Otras, según ella, habían estado visibles solo para amigos.

—Esta la tiene Ana. Esta se la mandé a Iván. Esta estaba en un grupo familiar.

Raquel me miró al escuchar el nombre. Silvia siguió.

—La de la tarta... esa la hizo Beatriz, creo.

—¿Beatriz? —pregunté.

—No, espera. Me estoy liando. Beatriz no estaba entonces. La hizo Ana.

Su confusión me tranquilizó de una forma extraña. La mujer real no tenía una explicación perfecta para cada fotografía. Recordaba mal. Dudaba. Era humana.

—¿Has hablado conmigo alguna vez? —pregunté.

—No sabía que existías hasta hace diez minutos.

La vergüenza me subió por el cuello.

—Yo sí pensaba que te conocía.

—Ya.

Silvia no sonó acusadora.

—¿La voz era de mujer?

—Sí.

—Entonces puede ser cualquiera.

Raquel dijo:

—Iván vive con Beatriz.

Silvia guardó silencio.

—¿La has oído hablar? —me preguntó.

—No que yo sepa.

—Yo sí. Un par de veces. Tiene la voz grave.

No era una identificación. Solo una posibilidad.

Raquel llamó a Beltrán mientras Silvia seguía conectada.

La inspectora pidió que nadie contactara con la cuenta falsa y que guardáramos capturas, enlaces y fechas.

Me dijo por teléfono que no borrara nada del móvil y que dejara de utilizarlo si era posible hasta que un agente pudiera revisarlo.

—Nerea tiene otro teléfono —dije.

—¿Qué teléfono?

Raquel cerró los ojos. Tuve que explicarlo. La inspectora guardó un silencio profesional que resultó peor que un insulto.

—¿Está registrado a su nombre?

—Sí.

—Necesitamos recuperarlo cuanto antes.

Raquel se levantó.

—Lo tengo aquí.

Sacó el aparato del bolsillo y lo dejó sobre la mesa. Silvia, todavía en videollamada, preguntó:

—¿Se lo diste tú?

—Sí.

—¿Por qué?

La pregunta de una desconocida me irritó.

—Porque me pidió ayuda.

—Ya.

Solo dijo eso. Era insoportable que todo el mundo tuviera la misma palabra disponible.

Antes de colgar, Silvia pidió hablar con Nerea cuando los profesionales lo consideraran apropiado.

—No quiero escribirle desde mi cuenta real ahora y liarla más —dijo—. Solo decidle que yo no he hablado con ella y que siento que hayan usado mis fotos.

Raquel prometió hacerlo.

Cuando la llamada terminó, miré la pantalla negra del portátil. La fotografía de perfil falsa seguía allí, congelada en una pestaña. La cara era real.

La relación familiar era real. Los recuerdos que las fotos mostraban eran reales.

Solo era falsa la persona al otro lado. Por eso había funcionado. Beltrán llegó a mi casa cuarenta minutos después con otro agente. Esta vez no hubo recomendaciones suaves. Me pidió el teléfono, capturas de todas las conversaciones y el móvil que había usado Nerea. Raquel lo entregó.

—Necesito que me cuente exactamente qué información ha facilitado —dijo la inspectora.

—Ya le dije que había visto publicaciones.

—No le pregunté qué me dijo entonces. Le pregunto qué ha enviado desde el primer contacto.

Sentí una vergüenza infantil y absurda. Como si admitir cada mensaje fuera confesar que había ignorado una norma que conocía.

—Dije que la había visto.

—Eso ya lo sé.

—Que estaba con un hombre y una mujer. Luego el nombre de Raquel.

Raquel cerró los ojos.

—Horarios aproximados —añadí.

Beltrán dejó de escribir un segundo.

—¿Qué horarios?

—Cuándo suelen salir.

—Continúe.

—La calle.

—¿Número?

—No.

—¿Fotografías?

—Una de Nerea desde mi ventana.

—¿Se veía el edificio?

—Muy poco. La recorté.

—Necesito el original y lo que envió.

Busqué en el móvil. La fotografía seguía allí. Nerea estaba junto al cristal. En la esquina derecha aparecía parte del marco de una ventana y el reflejo de un letrero rojo de la farmacia situada debajo de mi edificio. Nunca me había fijado. Beltrán sí.

—¿Ese reflejo corresponde a su calle?

—Sí.

—Con esto, más su nombre y que vive en Salamanca, no hacía falta mucho más.

Me senté.

—¿Quién es la persona del perfil?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Iván?

—Puede estar relacionado.

—La voz es de mujer.

—Iván no vive solo.

Raquel me miró.

—Está con Beatriz.

—¿Quién es Beatriz?

—Su pareja desde hace algo más de un año.

La fotografía de perfil de Silvia, la llamada de seis segundos y aquella voz cansada se reorganizaron dentro de mi cabeza.

—¿Creéis que ella se ha hecho pasar por Silvia?

Beltrán no respondió directamente.

—Vamos a comprobarlo.

Le conté también lo del hombre que había visto de madrugada y el coche gris. Clara tenía la fotografía de la matrícula. La llamé delante de la inspectora. Mi hermana no hizo preguntas hasta que le pedí que enviara la imagen.

—¿Qué ha pasado? —dijo después.

—Tenías razón.

Se hizo un silencio.

—Elena...

—Luego te llamo.

Beltrán amplió la matrícula. Dos caracteres no se distinguían.

—¿Ha vuelto a ver el vehículo?

—Una vez.

—¿Y no nos llamó?

—No estaba segura.

La inspectora respiró despacio. No me reprendió. Habría preferido que lo hiciera.

—A partir de ahora, cualquier contacto de esa cuenta, cualquier número o cualquier persona que pregunte por Nerea, nos lo comunica. No responde sin indicación.

—¿Está en peligro?

Beltrán miró a Raquel antes de contestar.

—La ubicación de Nerea era confidencial por una razón.

Esa frase fue el principio de la verdad, no toda la verdad. Raquel quiso llevarse a Nerea aquella misma noche. Beltrán le pidió que esperara instrucciones. Un traslado precipitado podía ser más visible que permanecer unas horas con vigilancia.

—Hay una patrulla en la zona y se reforzará el control —explicó.

Yo miré hacia la ventana. La casa de enfrente tenía las cortinas cerradas.

Por primera vez, no imaginé a una chica atrapada dentro. Imaginé a alguien fuera intentando llegar hasta ella.

Y una parte del camino se la había dibujado yo.