CAPÍTULO 14
Nerea escondía el teléfono dentro de una funda de cojín que guardaba al fondo de su armario.
Me lo contó el jueves porque necesitaba un cargador más corto. El que venía con el aparato era demasiado largo y, según ella, Raquel podía notar si faltaba uno de los enchufes del salón.
—No te voy a comprar accesorios como si estuviéramos montando una oficina clandestina —le dije por teléfono.
—Solo es un cable.
—Ese es el tipo de frase que me ha traído hasta aquí.
Nerea se rio.
—¿Hasta dónde?
No supe qué contestar. Hasta mentir a mi hermana. Hasta ocultar información a la Policía. Hasta conocer los horarios de una casa en la que no vivía. Hasta hablar con una adolescente de madrugada mientras los adultos responsables de ella creían que no tenía acceso a un móvil.
—Raquel me ha pedido que deje de ayudarte a escondidas —dije.
El silencio fue inmediato.
—¿Has hablado con ella?
—Sí.
—¿Qué le has contado?
—Nada tuyo.
—No me fío.
—Nerea, ella sabe que nos vimos.
—Eso ya lo sabía.
—También me ha dicho que ya han intentado localizarte antes.
—Mi padre.
Lo dijo sin sorpresa.
—¿Cuántas veces?
—No sé.
—¿Y no te preocupa?
—Me preocupa no poder hablar con él.
—No es lo mismo.
—Para mí sí.
Se produjo un silencio largo.
—¿Silvia te ha dicho algo de la dirección? —pregunté.
—Que el abogado sigue esperando.
—No se la voy a dar.
—Ya.
—No te enfades.
—No estoy enfadada.
Sonaba exactamente como alguien enfadado.
Durante aquella semana, Nerea empezó a contarme cosas que no tenían relación aparente con su padre. Al principio pensé que era una forma de llenar el silencio. Luego comprendí que quizá necesitaba que alguien la conociera fuera del expediente que todos parecían llevar sobre ella.
Me habló de una amiga de Madrid llamada Irene a la que no había visto desde primavera y con la que solo podía comunicarse a través de mensajes supervisados.
Me contó que odiaba historia pero sacaba buenas notas porque memorizaba fechas con una facilidad que consideraba completamente inútil.
Quería estudiar diseño gráfico, aunque su padre insistía en que tenía «cabeza para una carrera de verdad» y su madre decía que eligiera lo que quisiera siempre que terminara Bachillerato.
—¿Y qué quieres tú? —le pregunté.
—Que dejen de preguntarme qué quiero como si tuviera que decidir toda mi vida este año.
—Buena respuesta.
—No es una respuesta. Es que no sé.
Me mandó una fotografía de un dibujo suyo: una portada inventada para una novela que no existía. Una casa con todas las ventanas iluminadas menos una.
—Esto sí que es preocupante —escribí—. Te estás contagiando del barrio.
—La hice antes de conocerte.
—Entonces eres culpable por tu cuenta.
Aquellas conversaciones hicieron que dejara de pensar en ella únicamente como «la chica de enfrente».
Empecé a conocer sus cambios de humor, su manera de responder «ya» cuando no quería discutir y la rapidez con la que podía pasar de una reflexión sorprendentemente madura a mandar cinco vídeos absurdos seguidos.
También me contó que Raquel le preparaba cacao por las noches aunque ella insistía en que ya no era una niña, y que Andrés cocinaba fatal salvo una lasaña que repetía demasiado.
—Parece que te caen fatal —bromeé una vez.
—A veces.
—No lo parece.
—Puedo quererles y querer irme.
Aquello me dejó quieta.
—Claro.
—Todo el mundo cree que si digo que Raquel me cuida entonces tengo que aceptar estar con ella. Y si digo que quiero a mi padre, creen que estoy negando lo demás.
—La gente lleva mal que dos cosas sean verdad a la vez.
—Tú también.
No había reproche en su tono, lo cual hizo que me doliera más.
—Sí.
Una tarde me habló de Marina. El nombre no había sido elegido por Raquel, como yo había supuesto, sino por Nerea.
—Era el nombre que quería ponerle a una hija cuando tenía doce años —explicó.
—Muy práctico reutilizarlo.
—Raquel quería usar mi segundo nombre, pero me pareció horrible.
—¿Cuál es?
—No te lo voy a decir.
—Ahora necesito saberlo.
—Pues te aguantas.
El nombre informal era una idea de seguridad, pero también una decisión en la que Nerea había participado.
Ese dato desmontaba otra de mis interpretaciones.
No significaba que le gustara usarlo después ni que no se sintiera atrapada por la situación.
Solo que la historia había empezado de una forma menos simple.
Le pregunté por qué se lo había ocultado cuando nos vimos.
—Porque si empezaba a explicar todo, ibas a acabar como los demás.
—¿Cómo?
—Diciendo que era complicado.
—Es complicado.
—Ya.
Nerea odiaba esa palabra porque, según ella, los adultos la utilizaban para aplazar cualquier decisión.
—«Es complicado» significa «no vamos a hacer lo que quieres y no tenemos ganas de discutirlo».
—A veces significa que es complicado.
—Frase de adulta.
Empecé a guardar una lista mental de esas acusaciones.
A medida que la conocía, mi impulso de ayudarla crecía y, al mismo tiempo, se volvía más difícil definir en qué debía consistir esa ayuda.
Si hubiera sido una desconocida retenida por dos adultos peligrosos, todo habría sido más fácil.
Policía, salida, protección. Pero Nerea cenaba con ellos, se reía con Andrés, discutía con Raquel, escondía un móvil y hablaba con una supuesta tía para llegar a un padre al que un juzgado había apartado.
El peligro, si existía, no estaba en una habitación cerrada. Estaba en las versiones que cada uno defendía sobre qué era protegerla.
Aquella tarde Nerea no apareció en la ventana. Tampoco el viernes por la mañana. Me concentré en el trabajo y, por primera vez en semanas, conseguí pasar casi tres horas sin mirar enfrente.
A las doce y media recibí un mensaje desde su teléfono.
«Me han pillado.»
Me levanté de la silla.
«¿Qué ha pasado?»
No respondió. Llamé. Apagado. Cinco minutos después sonó mi puerta. Raquel estaba en el rellano con el teléfono negro en la mano. No parecía furiosa. Parecía agotada.
—¿Es tuyo?
La pregunta no admitía una mentira razonable.
—Lo compré yo.
Raquel cerró los ojos un instante.
—¿Está a tu nombre?
—Sí.
—Dios.
—¿Qué pasa?
—¿Con quién ha hablado?
—Conmigo.
—¿Con quién más?
—Con su tía.
Raquel abrió los ojos.
—¿Qué tía?
La pregunta me desconcertó.
—Silvia Montalbán.
No reconocí inmediatamente lo que vi en su cara. Después entendí que era miedo.
—¿Dónde has encontrado ese nombre?
—En internet.
—Enséñame el perfil.
—Raquel...
—Por favor.
La urgencia de su voz hizo que entrara. Abrí Facebook en el portátil y mostré la publicación. Raquel leyó en silencio. Se sentó sin pedírmelo.
—¿Qué pasa?
—Silvia vive en Francia.
—Me dijo que volvió el año pasado.
Raquel negó con la cabeza.
—Hablamos con ella hace dos semanas. Sigue en Lyon.
Sentí una presión incómoda en el pecho.
—Puede haber vuelto después.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Ana habla con ella.
Miró las fotografías.
—Estas son suyas. Pero este perfil no es el que usa.
—He hablado con ella por voz.
—¿La conocías de antes?
—No.
Raquel se levantó y sacó su móvil.
—Voy a llamar a Beltrán.
—Espera.
Se giró.
—¿Le has enviado nuestra dirección?
—No exactamente.
Esas palabras me salieron antes de pensarlas.
—¿Qué significa «no exactamente»?
—La calle.
Raquel se quedó completamente quieta.
—¿La calle?
—No el número.
—Elena, ¿has mandado fotografías?
—No de la casa.
—¿De Nerea?
No respondí lo bastante rápido. Raquel apoyó una mano en la mesa.
—Dime todo lo que has enviado.
Su tono me molestó. Todavía había una parte de mí resistiéndose a que me tratara como si hubiera hecho algo malo cuando yo había intentado ayudar a la chica que ella mantenía aislada.
—Antes quiero saber qué está pasando.
Raquel me miró con una incredulidad cansada.
—Está pasando que una persona desconocida ha utilizado el nombre y las fotos de una familiar de Nerea para contactar contigo. Y que tú acabas de decirme que le has dado la calle donde vivimos.
—No sabemos que sea desconocida.
—Yo sí sé que no es Silvia.
—¿Y si Silvia tiene otra cuenta?
—Llamaremos ahora mismo a Silvia si quieres.
La seguridad con la que lo dijo hizo que algo se moviera dentro de mí.
Raquel marcó un número y activó el altavoz. Contestó una mujer con acento español después de tres tonos.
—¿Sí?
—Silvia, soy Raquel. Perdona. Estoy con una persona que necesita preguntarte algo.
—¿Ha pasado algo con Nerea?
La voz no se parecía a la que yo había escuchado. No se parecía en absoluto. Raquel me miró. Yo no conseguí hablar.
—¿Quién está ahí? —preguntó la mujer.
La pantalla del portátil seguía mostrando la fotografía de Silvia sonriendo junto a Nerea. Era la misma cara.
Otra voz. Por primera vez desde que todo había empezado, una pieza no admitía dos explicaciones cómodas.