La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 13
34%

CAPÍTULO 13

La fotografía que Nerea me envió terminó produciendo el efecto contrario al que pretendía.

No porque dudara de que la mujer rubia fuera Silvia.

La imagen era demasiado antigua y demasiado doméstica para parecer preparada: una mesa con vasos de plástico, una tarta torcida, Ana riéndose con la boca abierta y Nerea enseñando dos dientes recién caídos.

En una esquina se veía una fecha impresa por una cámara compacta.

La mujer del perfil de Facebook estaba allí. Lo que me inquietó fue otra cosa.

Si Silvia era hermana o pariente cercana de Ana, ¿por qué la publicación sobre Nerea decía «la familia lleva meses sin saber dónde está» y no explicaba que existía un procedimiento judicial?

¿Por qué buscaba a una menor a través de grupos públicos si sabía que estaba bajo una medida de protección?

Se lo pregunté. Silvia tardó casi una hora.

«Porque al principio no sabíamos que la habían trasladado. Pensábamos que Ana se la había llevado por su cuenta. Después supimos que habían intervenido servicios sociales, pero nadie nos decía dónde estaba.»

«¿Tú eres hermana de Ana?»

«Prima. Nerea me llama tía desde pequeña.»

Me quedé mirando la respuesta. Nerea me había dicho que Raquel era prima de su madre. En la fotografía, Silvia tenía suficiente parecido con Ana como para que yo hubiera asumido otra relación, pero nunca lo había preguntado hasta ese momento.

«¿Y Montalbán?»

«Es el apellido de mi padre. En mi familia hay varios apellidos distintos porque somos primos por parte de madre.»

La explicación podía ser perfectamente cierta.

También podía estar improvisada. Busqué otra vez a Silvia fuera de Facebook.

Encontré un documento de una clínica privada en Lyon, publicado tres años atrás, donde aparecía una enfermera llamada Silvia Montalbán.

No había fotografía. En una red profesional figuraba una mujer con ese nombre, española, residente en Francia.

El perfil no tenía actividad reciente. Le envié una captura.

«¿Eres tú?»

Silvia respondió con un emoticono de sorpresa.

«Sí. Trabajé allí. Veo que investigas bien.»

Aquello podía ser una broma. No me gustó.

«¿Cuándo volviste a España?»

«El año pasado.»

«¿Dónde vives?»

Tardó.

«Prefiero no decirlo por aquí. Iván tiene gente que le hace capturas de todo y Ana también. No quiero convertirme en parte del procedimiento.»

Aquello era incoherente: llevaba meses publicando fotos de Nerea en grupos abiertos y, al mismo tiempo, temía convertirse en parte del procedimiento. Se lo señalé.

«Lo sé. Lo de las publicaciones fue una desesperación. Después me arrepentí.»

Podía entenderlo. Ese era el problema. Casi todo podía entenderse si se buscaba la historia adecuada.

A mediodía recibí una llamada de un número desconocido. Contesté pensando que sería trabajo.

—¿Elena Soto?

—Sí.

—Soy Raquel Leal.

Miré automáticamente hacia su ventana. El salón estaba vacío.

—Hola.

—¿Podemos hablar?

No preguntó por qué. No hacía falta.

—Claro.

—Preferiría en persona.

Quedamos a las seis en una cafetería cerca de la plaza del Mercado. Llegó antes que yo. Tenía dos cafés sobre la mesa y unas ojeras que no le había visto en la panadería.

—No sé exactamente qué relación tienes con Nerea —empezó—, pero sé que habéis hablado.

No respondí.

—Andrés os vio el otro día. Y desde entonces ella está distinta.

—Me pidió ayuda.

Raquel asintió despacio.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Nerea lleva meses pidiendo ayuda para cosas distintas. A veces para llamar a su padre. A veces para irse. A veces porque nos odia. Tiene dieciséis años y está viviendo una situación horrible.

No sonaba enfadada. Eso me descolocó.

—¿Por qué no la dejáis hablar con él?

Raquel bajó la vista hacia su café.

—Porque no depende de nosotros.

—Ella cree que sí.

—Ella cree muchas cosas. Algunas son verdad.

—¿Y las otras?

Raquel me miró.

—No puedo contarte la historia de una menor para defenderme delante de una vecina.

La palabra «vecina» me colocó de golpe en el lugar que ocupaba realmente.

—No quiero que te defiendas. Quiero saber si está segura.

—Sí.

—¿Y su madre?

Raquel se tensó.

—No voy a hablar de Ana.

—¿Está en un recurso protegido?

Su reacción fue mínima, pero suficiente. Había acertado algo.

—Elena, escucha. Si Nerea te pide un teléfono, dinero, una dirección o que contactes con alguien, por favor, no lo hagas sin avisarnos o sin hablar con la Policía.

—¿Por qué?

—Porque ya ha habido intentos de localizarla.

—¿De quién?

Raquel no respondió.

—De su padre —dije.

—No puedo hablar de esto.

—Entonces es difícil que espere que te crea.

Raquel se levantó.

—No necesito que me creas. Necesito que no pongas a Nerea en riesgo por intentar ayudarla.

La frase se quedó conmigo mucho después de que se marchara.

Aquella noche se la repetí a Clara por teléfono.

—¿Ves? —dijo mi hermana.

—También puede estar intentando asustarme.

—Claro. Todo puede ser algo distinto si le das suficientes vueltas.

—Gracias por la sutileza.

—No quiero ser sutil. Quiero que dejes de mandar información.

Le prometí que no enviaría nada más. Duré dos días.