CAPÍTULO 12
Clara apareció en mi casa el sábado a las diez de la mañana con una bolsa de cruasanes, una mochila y la expresión de quien había conducido desde Zamora no para visitar a su hermana, sino para intervenirla.
—Vengo sola porque David se ha quedado con los niños —dijo mientras dejaba las cosas en la cocina—. Y no pienso irme hasta que me enseñes todo.
—Buenos días para ti también.
—El café primero. El secuestro después.
—No sé si hay un secuestro.
Clara me miró.
—Progreso.
Le enseñé los mensajes, las fotografías del perfil de Silvia, los folios que había guardado y el correo del abogado. No le mostré al principio los horarios que yo había enviado ni que había comprado un teléfono a Nerea. Se enteró porque vio la caja en un cajón cuando buscaba una cuchara.
—¿Qué es esto?
No contesté.
—Elena.
—Le di un móvil.
Clara cerró los ojos.
—Dime que no está a tu nombre.
—Las tarjetas prepago se identifican.
—Estupendo.
—No estoy intentando ocultar nada.
—Excepto a la policía, a Raquel, a Andrés y hasta hace treinta segundos a mí.
—No la estoy ayudando a escapar.
—No hace falta llegar al aeropuerto para que sea una mala idea.
Discutimos diez minutos. Después Clara dejó de insistir y se sentó frente al ordenador.
—Enséñame a Silvia.
Abrí el perfil. Mi hermana revisó las fotografías con más paciencia que yo. Entró en comentarios, fechas y perfiles de personas etiquetadas. Me pidió que buscara el nombre completo fuera de Facebook.
Encontramos pocas cosas. Una antigua mención en una carrera popular, una lista de participantes en un congreso de enfermería y un perfil profesional sin fotografía que situaba a una Silvia Montalbán trabajando en Francia varios años atrás.
—¿Te dijo que vivía fuera? —preguntó Clara.
—No.
—Hay comentarios en francés en fotos antiguas.
—Puede haber vuelto.
—Puede.
Siguió bajando.
—¿Has hecho videollamada?
—No.
—Hazla.
—He hablado por voz.
—Haz una videollamada.
—Ahora mismo va a quedar rarísimo.
—Más raro es darle información sobre una menor a alguien a quien nunca has visto en directo.
Tenía razón. Escribí a Silvia:
«¿Podemos hacer una videollamada un minuto? Mi hermana está conmigo y quiero quedarme tranquila.»
La respuesta tardó doce minutos.
«Estoy trabajando. No puedo ahora. Esta tarde, si quieres.»
Clara levantó las cejas.
—Qué casualidad.
—La gente trabaja los sábados.
—También la gente que finge ser otra persona.
—No empieces.
—No he empezado nada. Tú ya has montado una investigación entera.
Me reí a pesar de mí misma.
—Muy graciosa.
Pasamos el resto de la mañana reconstruyendo la historia en una hoja. Clara insistió en separar hechos de interpretaciones. HECHOS, escribió arriba.
Nerea no vive con sus padres. Nerea quiere hablar con Iván.
Existe alguna medida que impide el contacto.
Raquel es familiar de la madre. La Policía ha comprobado la documentación y no se ha llevado a Nerea.
Iván se llevó a Nerea del colegio sin permiso meses atrás.
Nerea se comunicaba con él a escondidas. En otra columna puso:
LO QUE CREES.
Raquel y Andrés controlan demasiado a Nerea. Silvia quiere ayudarla. Iván no es peligroso para ella. La Policía no está escuchando lo que Nerea quiere.
—No he dicho que Iván no sea peligroso —protesté.
—Actúas como si pudiera no serlo.
—Eso es diferente.
—Sí. Pero está en esta columna.
Me molestó ver la historia reducida de aquella manera. Parecía más frágil. Clara no se limitó a mirar el perfil. Lo trató como si fuera una de las reclamaciones de seguros con las que trabajaba y empezó a comprobar fechas.
—Mira esto —dijo.
La publicación más antigua visible de Silvia tenía cuatro meses. Sin embargo, varias fotografías aparecían fechadas años atrás.
—Facebook permite subir una foto antigua y poner la fecha que quieras —dijo.
—También permite ocultar publicaciones anteriores.
—Sí. No demuestra nada.
Había aprendido de mí lo de no convertir una duda en una certeza, aunque lo utilizara contra mi hipótesis.
Abrimos una de las fotos donde aparecía Nerea en la playa. En los comentarios figuraba una mujer llamada Maite que había escrito «qué mayores están». Entramos en su perfil. La misma fotografía aparecía allí, publicada cinco años antes, con Silvia etiquetada.
—La foto es real —dije.
—Nunca he dicho que no.
—Y Silvia existe.
—Tampoco he dicho que no.
—Entonces ¿qué intentas demostrar?
Clara cerró la pestaña.
—Nada. Eso es exactamente lo que intento que hagas tú.
Fuimos a otra foto, la del restaurante. Encontramos una versión más antigua en una cuenta de Ana que no permitía ver casi nada. El nombre de Silvia aparecía etiquetado, pero al pulsar llevaba a un perfil distinto, prácticamente vacío, con ubicación en Lyon. Me incliné hacia la pantalla.
—Puede ser una cuenta vieja.
—Puede.
—La foto del perfil actual es la misma mujer.
—Sí.
—Entonces...
—Elena, no termines todas las frases con «entonces».
Me eché hacia atrás.
—Eres insoportable.
—He venido para eso.
Buscamos el nombre en directorios profesionales franceses. Aparecía una Silvia Montalbán en una clínica de Lyon. El documento era reciente, de hacía nueve meses.
—Me dijo que volvió el año pasado —recordé.
—Nueve meses no encaja muy bien.
—Puede haber seguido contratada.
—Puede.
Aquella palabra empezó a irritarme.
—¿Quieres que le pregunte directamente?
—Quiero que hagas una videollamada.
—Ya se la he pedido.
—Y ahora casualmente no puede.
—Esta tarde sí.
Clara se levantó a por más café.
—¿Sabes qué me preocupa de todo esto? —dijo desde la cocina—. Que cada vez que aparece algo raro, en lugar de sumar dudas, buscas una explicación que permita seguir.
—Porque también hay explicaciones razonables.
—Claro. Pero una explicación razonable no es una prueba de que sea la correcta.
La frase se parecía a lo que Berta había dicho sobre la ventana. Empecé a sospechar que el universo estaba organizando una campaña educativa demasiado coordinada. Después revisamos mis propios mensajes.
Clara se detuvo en una conversación que yo ya casi no recordaba. Silvia: «¿La has visto hoy?» Yo: «Sí.» Silvia: «¿Está sola?» Yo: «No.» Silvia: «¿Con un hombre y una mujer?»
—Esto es una pregunta de localización —dijo.
—También puede ser una tía desesperada.
—Sí.
Seguimos.
«¿Suele pasar tiempo sola?»
«¿Sabes sus nombres completos?»
«¿Podrías mandar una foto?»
«¿Tienes la impresión de que saben que alguien los ha localizado?»
Leídos uno detrás de otro parecían distintos.
—No me gusta —admití.
Clara no celebró haber ganado.
—A mí tampoco.
—Pero Nerea reconoce a Silvia.
—Reconoce el nombre y las fotos.
—Y su tía existe.
—Sí.
—Entonces alguien tendría que haber robado una identidad familiar entera y estar esperando justo a que una vecina encontrara la publicación.
—Eso suena complicado —dijo Clara—. Pero también me parece complicado que una mujer que sabe que hay una orden judicial busque públicamente a una menor protegida y luego pida horarios a una desconocida.
Nos quedamos calladas.
A mediodía salimos a comer. Elegimos un sitio cerca de la Plaza Mayor porque yo necesitaba estar unas horas fuera de casa. Hablamos de los niños, de mi madre y de una reforma absurda que Clara quería hacer en su cocina. Durante casi cuarenta minutos no mencionamos a Nerea. Me vino bien.
Al regresar, pasamos por la calle de la casa de enfrente. Clara levantó la vista.
—¿Cuál es?
Se lo señalé.
—Se ve muy bien desde tu ventana.
—Ya.
—Y tu casa desde la suya también.
—También.
Clara se quedó mirando el portal, la farmacia y las cámaras de una tienda cercana.
—Si alguien supiera que tú vives aquí, no tardaría mucho en localizar qué edificio observas.
—No he dicho el número.
—No hace falta que lo digas todo para decir demasiado.
Aquella frase, meses después, sería una de las que más recordaría. En ese momento me pareció un exceso de prudencia. Volvimos a casa para hacer la videollamada.
A las cuatro Silvia aceptó la videollamada. Duró seis segundos. Apareció una imagen congelada de una mujer rubia en una habitación mal iluminada. Dijo «hola, Elena», la pantalla se pixeló y la llamada se cortó. Luego escribió:
«La cobertura aquí es horrible. Lo siento.»
Clara negó con la cabeza.
—Eso no prueba nada.
—He visto a una mujer.
—Has visto una imagen de una mujer durante seis segundos.
—Y he oído la misma voz.
—Elena, deja de buscar verificaciones que solo sirvan para confirmar lo que ya quieres creer.
No contesté.
A las cinco Nerea me escribió.
«Silvia dice que el abogado necesita el portal.»
Miré a Clara. Ella leyó el mensaje por encima de mi hombro.
—No se lo des.
«No voy a dárselo», escribí.
Nerea tardó.
«Entonces no sirve de nada.»
«La policía sabe dónde estás. El abogado puede usar los cauces oficiales.»
«Eso dicen todos.»
Clara tomó su abrigo a las siete. Antes de marcharse me abrazó en la entrada.
—No te estoy diciendo que abandones a Nerea.
—Ya lo sé.
—Te estoy diciendo que ayudarla puede significar hacer lo contrario de lo que ella te pide.
Después bajó. Me quedé sola en el salón.
A las ocho menos cuarto miré hacia enfrente. Nerea no estaba.
A las ocho y cinco me llegó un mensaje suyo.
«He encontrado una manera de demostrarte que Silvia es mi tía.»
Debajo había una fotografía antigua. Nerea tendría ocho o nueve años. Estaba sentada entre Ana, su madre, y la misma mujer rubia del perfil de Silvia. Detrás, de pie, aparecía Iván.
«¿Ves?» escribió.
Sí. Veía que la mujer existía. Lo que todavía no veía era quién estaba utilizando su nombre.