La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Silvia me pidió la dirección exacta dos días después.

La petición llegó después de una conversación larga sobre abogados y medidas provisionales.

Hasta ese momento yo había logrado convencerme de que dar nombres, horarios aproximados y fotografías recortadas no equivalía a revelar una ubicación. Una dirección sí.

«No puedo», escribí.

Silvia tardó en responder.

«Lo entiendo.»

Esperé un segundo mensaje. No llegó. Me levanté del escritorio y fui a hacer café. Cinco minutos después seguía sin escribir.

Aquella ausencia de presión empezó a trabajar en mí de la misma manera que sus disculpas anteriores. Si quisiera llegar a Nerea por la fuerza, pensé, insistiría. Si aceptaba mi negativa, quizá de verdad solo necesitaba un dato formal para un abogado. Volví al chat.

«¿Para qué la necesita exactamente?»

La respuesta llegó rápido.

«Para acreditar que la menor está en un domicilio concreto y pedir revisión. El abogado no puede presentar “una chica que quizá está en Salamanca”.»

«La Policía ya lo sabe.»

«Sí, pero no comparte el domicilio con la familia paterna por la medida de protección.»

Aquello era lógico. Y, precisamente por ser lógico, explicaba por qué no debía darlo.

«Entonces será porque no debe tenerlo.»

Silvia tardó.

«Tienes razón.»

Después:

«Perdona. Estoy cruzando límites porque llevo meses viendo a mi familia destrozada. No es justo ponerte en medio.»

Dejé el móvil. Al rato llegó otro mensaje, esta vez de Nerea.

«Silvia dice que puede mover papeles si sabe dónde estoy.»

«No voy a darle la dirección.»

«¿Por qué?»

«Porque hay una medida y porque no sé suficiente.»

«Entonces para qué me ayudas.»

Aquello me dolió.

«Ayudarte no significa hacer todo lo que me pidas.»

«Eso lo dice Raquel.»

«Puede que tenga razón en algunas cosas.»

Nerea no respondió durante horas.

Esa tarde fui a trabajar desde una cafetería. Necesitaba dejar de tener la casa de enfrente visible en cada pausa. Llevé el portátil y me senté al fondo. Durante dos horas conseguí concentrarme.

Al regresar encontré una nota de Berta debajo de mi puerta.

«Ha venido un hombre preguntando por el número del edificio de enfrente. Le he dicho que mire las placas como todo el mundo.»

La llamé de inmediato.

—¿Qué hombre?

—Uno normal.

—Eso no ayuda.

—Cincuenta, quizá menos. Pelo oscuro. Chaqueta gris.

El hombre de la madrugada.

—¿Qué quería exactamente?

—Preguntó si el número doce era el edificio de la esquina o el de al lado.

—¿Qué le dijiste?

—Que aprendiera a leer.

—Berta.

—Elena, los números están puestos en la pared. No le he dado ningún secreto de Estado.

Tenía razón. Una dirección incompleta podía terminar de completarse caminando por la calle.

«Un abogado puede solicitar que se revise la medida si tenemos un domicilio actual. Hasta ahora solo sabíamos que estaba en Salamanca.»

Leí el mensaje en el móvil mientras esperaba turno en el supermercado.

«La policía ya sabe dónde está.»

«Sí, pero nosotros no podemos pedir una actuación concreta sobre un domicilio que no consta en nuestro expediente.»

La explicación sonaba burocrática y por eso resultaba creíble.

«Que lo pida el abogado a la policía.»

Silvia tardó.

«Lo estamos intentando. El problema es que la información de protección está restringida.»

«Entonces será por algo.»

No respondió durante una hora.

Cuando lo hizo, no discutió.

«Tienes razón. Perdona. Olvida que te lo he pedido.»

Otra retirada. Otra vez el efecto fue el contrario.

Esa noche Nerea me llamó desde el baño. Hablaba muy bajo.

—Silvia dice que podría conseguir que un juez me escuche.

—¿Te ha dicho cómo?

—Con el abogado de mi padre.

—¿Has hablado con él?

—No.

—No lo hagas sin que lo sepa alguien de protección.

Nerea soltó aire.

—¿Ahora también estás de su lado?

—No estoy de ningún lado.

—Todo el mundo está de algún lado.

—Yo estoy intentando que no hagas algo que luego no puedas deshacer.

—Eso también lo dice Raquel.

—A lo mejor porque a veces es verdad.

Hubo un silencio incómodo.

—Elena, yo no quiero irme a escondidas.

—Ya lo sé.

—Solo quiero que me dejen elegir si hablo con él.

—Eso lo entiendo.

—Pues ayúdame.

La petición dejó de parecer la de una chica secuestrada. Era la de una menor atrapada en un conflicto que yo no entendía y que, aun así, seguía tratando de resolver con información parcial.

—Puedo ayudarte a que te escuchen —dije—. Pero no voy a darte la dirección a nadie.

—Ya saben que estoy aquí.

—No exactamente dónde.

Nerea guardó silencio.

—¿Cómo sabes que no?

No supe qué responder. Recordé al hombre de la madrugada y la fotografía tomada desde la calle. Alguien había estado allí. Podían haber reconocido el edificio. Si ya conocían la fachada, mi negativa a facilitar el número exacto parecía casi simbólica.

Al día siguiente Silvia me envió un correo electrónico reenviado. El remitente figuraba como un despacho de abogados de Madrid. En el texto se hablaba de «localización actual de la menor» y «posible revisión urgente de medidas». Los nombres estaban ocultos salvo las iniciales de Iván y Nerea.

No había nada que yo pudiera verificar sin llamar al despacho. Lo hice.

Una secretaria contestó. Pregunté por el abogado que aparecía en la firma.

—¿De parte de quién?

—De Elena Soto. Es por un asunto de familia.

Me puso en espera. A los dos minutos volvió.

—El letrado está en una vista. ¿Quiere dejar recado?

—¿Lleva un asunto de Iván Vidal?

Hubo una pausa.

—No puedo facilitar información sobre clientes.

Era la respuesta correcta y, paradójicamente, me sirvió como confirmación. Escribí a Silvia:

«He comprobado que el abogado existe.»

«Claro que existe.»

«No he dicho que no.»

«Perdona. Estoy nerviosa.»

Me preguntó si podía darle al menos la calle para trasladarla al letrado. Dijo que no necesitaba portal ni piso. Me resistí durante media hora.

Luego escribí el nombre de la calle. No el número. Solo la calle. Silvia respondió:

«Gracias. No haré nada sin avisarte.»

Me dije que el número podía averiguarlo cualquiera. Fue una de las peores justificaciones de toda la historia: había convertido el límite entre no dar una dirección y facilitarla casi por completo en una diferencia que me convenía.

A los diez minutos me arrepentí. A los quince busqué si era posible borrar un mensaje para el destinatario. La aplicación no lo permitía.

Aquella noche vi el coche gris por segunda vez. Estaba aparcado al final de la calle, casi en el mismo lugar.

No pude ver al conductor. Fotografié la matrícula desde mi ventana usando el zoom. La imagen salió borrosa, pero se distinguían cuatro números y dos letras.

No se la envié a Silvia. Se la mandé a Clara.

«Si mañana te llamo diciendo que me he metido en un lío, recuérdame que llevas una semana diciéndomelo.»

Mi hermana respondió:

«No hace falta esperar a mañana.»