CAPÍTULO 10
El teléfono cambió la relación entre Nerea y yo más deprisa de lo que esperaba.
Hasta entonces todo había pasado a través de una ventana y el propio esfuerzo de escribir en folios limitaba la cantidad de cosas que podíamos decirnos.
Con el móvil aparecieron las conversaciones a deshoras, las preguntas incompletas, los mensajes borrados y esa forma de intimidad engañosa que produce tener a alguien disponible en un bolsillo.
Nerea me escribió el martes a las dos y media de la madrugada.
«¿Estás despierta?»
No lo estaba. Vi el mensaje al levantarme.
«Ahora sí. ¿Ha pasado algo?»
Contestó a los pocos minutos.
«He soñado con mi casa.»
«¿La de Madrid?»
«La de antes.»
No sabía si se refería a antes de Raquel o antes de la separación de sus padres.
«¿Quieres hablar?»
«No.»
Después, como si no hubiera dicho lo contrario:
«Mi padre hacía tortitas los domingos.»
Aquella mañana llegué tarde a una reunión porque me quedé leyendo una sucesión de mensajes sobre desayunos, un perro que habían tenido y una casa con una terraza donde Nerea cultivó fresas durante dos veranos. Nada de aquello encajaba con la palabra «peligroso».
Por supuesto, las personas peligrosas también hacen tortitas. Intenté recordármelo.
A mediodía Nerea me contó por primera vez cómo había perdido el contacto con su padre.
«Mamá se fue de casa en enero. Yo me quedé con ella.»
«¿Por qué se fue?»
«Porque discutían.»
«¿Solo discutían?»
Tardó.
«Hubo una noche mala.»
No pregunté todavía.
«Después papá tenía que vernos con otra gente delante. Luego pasó lo del colegio.»
«¿Qué pasó?»
«Vino a buscarme.»
«¿Podía hacerlo?»
«No sé.»
«Nerea.»
«No. Creo que no.»
Me levanté del escritorio y fui a la cocina. Necesitaba alejarme de la pantalla para no responder demasiado rápido.
Cuando regresé había escrito más.
«Solo estuvimos juntos unas horas. Fuimos a comer. Me dijo que mi madre estaba haciendo que todos pensaran que él era un monstruo. Luego me llevó a casa de mi abuela. Vino la policía.»
Eso no era un detalle menor.
«¿Te llevó sin permiso?»
«Yo quería ir.»
«No te he preguntado eso.»
Pasaron varios minutos.
«Sí.»
Me quedé mirando la palabra.
«¿Después suspendieron las visitas?»
«Sí.»
«¿Y seguiste hablando con él?»
Silencio.
«A veces.»
«¿Cómo?»
«Por un juego.»
Me explicó que utilizaban una cuenta vinculada a una plataforma donde antes jugaban juntos. Iván escribía desde nombres nuevos. A veces eran mensajes breves. Otras hablaban durante horas. Nerea borraba las conversaciones.
«¿Tu madre lo sabía?»
«No.»
«¿Raquel?»
«Lo descubrió en mayo.»
La fecha encajaba con el traslado a Salamanca en junio.
«¿Y por eso te quitaron el móvil?»
«Y el portátil. Me dejan uno para estudiar pero tiene control.»
De pronto, la imagen de una chica aislada de cualquier comunicación empezó a parecer distinta. No necesariamente correcta. Distinta.
«¿Qué te decía tu padre en esos mensajes?»
La respuesta llegó casi de inmediato.
«Que me quería.»
«Algo más.»
«Que no me creyera todo.»
«¿Qué más?»
Nerea dejó pasar un rato.
«Que podían moverme.»
Me incorporé.
«¿Antes de que te trajeran aquí?»
«Sí.»
«¿Cómo lo sabía?»
«No sé. Supongo que por abogados.»
«¿Y qué te dijo?»
Esta vez tardó casi diez minutos.
«Que si me llevaban a otro sitio y conseguía hablar con alguien, dijera la verdad. Que no eran mi familia.»
Leí la frase varias veces. Ahí estaba el cartel.
NO SOY SU HIJA.
No se le había ocurrido a Nerea delante de la ventana. La idea existía desde antes.
«¿Te dijo que pidieras ayuda?»
«Sí.»
«¿Te dijo que dijeras que estabas secuestrada?»
«No.»
«¿Que llamaras a alguien concreto?»
«No.»
«Entonces ¿por qué el cartel?»
Nerea se enfadó.
«Porque era verdad.»
«Ya sé que era verdad.»
«Pues eso.»
«Pero sabías que yo podía entender otra cosa.»
No contestó. La llamé. Rechazó la llamada. Volví a escribir:
«No te estoy acusando. Solo necesito entender.»
Pasaron veinte minutos.
«Si hubiera puesto “no me dejan ver a mi padre”, habrías pensado que era una pelea familiar.»
No pude negarlo.
«¿Querías que pensara que estabas retenida?»
«Quería que me ayudaras.»
Había una diferencia. Pequeña, pero real. No volví al trabajo de inmediato. La conversación había abierto una puerta a una vida que hasta entonces solo conocía por frases sueltas y fotografías ajenas.
«¿Tu padre siempre fue así contigo?», escribí.
Nerea tardó.
«¿Así cómo?»
«Cercano.»
«Sí.»
Después empezó a contar cosas sin que yo tuviera que preguntar demasiado.
Iván sabía hacer una tortilla francesa sin romperla, algo que, según Nerea, su madre consideraba inexplicablemente admirable.
La acompañó durante años a baloncesto. Cuando ella dejó el equipo porque odiaba al entrenador, él dijo que nadie debía pagar por una actividad que la hacía miserable, mientras Ana insistía en que abandonar a mitad de curso era una mala costumbre.
Nerea recordaba aquella discusión como una de las pocas veces en que su padre la defendió y su madre fue la estricta. También contó historias menos cómodas.
«Cuando mamá salía con amigas él llamaba mucho.»
«¿Cuánto es mucho?»
«No sé. Mucho.»
«¿Se enfadaba?»
«A veces.»
«¿Con ella o contigo?»
«Con ella.»
Nerea añadió enseguida:
«Pero mi madre también le ocultaba cosas.»
La rapidez con la que defendió a Iván me llamó la atención.
«¿Qué cosas?»
«Dónde estaba. Con quién.»
«Eso no es necesariamente ocultar.»
«Si estás casado sí.»
Leí la frase y pensé en si la había formulado ella o la había oído tantas veces que ya pertenecía a su vocabulario. No se lo pregunté. Nerea siguió.
«Una vez él rompió un vaso.»
«¿Se lo tiró?»
«No.»
«¿Estabas allí?»
«Sí.»
«¿Qué pasó?»
«Discutían. Él lo golpeó contra la encimera.»
Me quedé mirando la pantalla.
«¿Te asustaste?»
«Un poco.»
Después:
«Pero no iba a hacernos nada.»
La certeza con la que una persona interpreta el pasado siempre me había parecido más sólida de lo que realmente era.
Yo también tenía recuerdos de mis padres discutiendo y había decidido, años después, cuáles eran importantes y cuáles no.
Una puerta cerrada con fuerza. Mi madre llorando una tarde por algo que nunca supe.
Mi padre durmiendo en el sofá dos noches.
Ninguno de aquellos hechos había terminado en una separación ni en una denuncia, pero si alguien me hubiera pedido reconstruir el matrimonio de mis padres solo con esas escenas, habría fabricado algo irreconocible.
«¿Qué pasó la noche mala?», pregunté.
Nerea dejó de responder. Pensé que había ido demasiado lejos. Casi media hora después apareció un mensaje.
«Mamá estaba en el baño cuando llegué.»
Esperé.
«Tenía el labio mal.»
Esas palabras me produjeron un frío inmediato.
«¿Qué te dijo?»
«Que se había golpeado.»
«¿La creíste?»
«No.»
Nerea tardó unos minutos.
«Papá dijo que ella le había empujado primero y que intentó apartarla.»
No escribí nada.
«No sé qué pasó porque yo no estaba.»
«Está bien no saberlo.»
«Todo el mundo quiere que sepa.»
«¿Quién?»
«Mi madre quiere que entienda por qué se fue. Mi padre quiere que entienda que no fue como ella dice. Raquel quiere que entienda que puedo quererlo pero no verlo. Los psicólogos quieren que diga cómo me siento.»
«¿Y cómo te sientes?»
«Te odio.»
Sonreí.
«Pregunta de psicóloga, lo sé.»
«Mucho.»
La conversación cambió de tono. Nerea me contó que después de la separación su padre empezó a enviarle audios larguísimos explicando su versión. Su madre le pedía que no los escuchara. Aquello, naturalmente, conseguía que los escuchara todos.
«¿Te pedía que le contaras dónde estaba tu madre?»
Nerea tardó tanto que supe la respuesta antes de leerla.
«A veces preguntaba.»
«¿Le decías?»
«Alguna vez.»
«¿Y qué pasó?»
«Mamá se enteró.»
«¿Se enfadó contigo?»
«No. Eso fue peor.»
Entendí lo que quería decir. Un adulto que grita permite que un adolescente se defienda. Uno que llora en silencio deja menos espacio.
«¿Tu padre sabía que podía ponerte en medio?»
«Decía que yo tenía derecho a saber la verdad.»
Aquella frase se parecía demasiado a otras que yo había leído en la cuenta falsa de Silvia.
«Nerea, que tengas derecho a saber cosas no significa que tengas que servir de mensajera.»
No respondió. Me arrepentí de haber usado una frase que sonaba a manual. Después llegó:
«Ya.»
Fue uno de los primeros momentos en que la historia dejó de parecerme un enfrentamiento simple entre una chica y unos adultos que la silenciaban.
Nerea podía estar siendo controlada por Raquel y, al mismo tiempo, haber sido colocada durante meses en una posición injusta por su padre.
Podía extrañarlo y tener motivos para mantenerse lejos.
Podía decir la verdad con el cartel y utilizar esa verdad para provocar una interpretación.
Todas esas posibilidades cabían a la vez.
El problema era que yo seguía queriendo elegir una.
Aquella tarde no escribimos más.
A las seis Silvia me preguntó si todo estaba bien con Nerea. Contesté que sí y no le conté la conversación sobre el juego ni el consejo de Iván. No sabía por qué lo omití. Quizá porque, por primera vez, un detalle me había hecho desconfiar de él sin que nadie tuviera que explicármelo.
A las ocho miré hacia la casa de enfrente. Raquel estaba sentada junto a Nerea en el sofá. No hablaban. Veían una serie o una película. En un momento determinado Nerea apoyó la cabeza en su hombro.
Raquel no se movió. Permanecieron así durante casi diez minutos. No sabía qué hacer con aquella imagen. La cerré detrás de las cortinas.