La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Compré el teléfono el viernes después de trabajar.

Durante todo el trayecto hasta la tienda fui construyendo argumentos que sonaban peor cuanto más intentaba ordenarlos.

Nerea necesitaba una vía de comunicación.

Si tenía un teléfono podía llamarme en caso de peligro.

También podía contactar con una persona de su familia sin depender de mensajes a través de una ventana.

Yo no iba a darle dinero, ni a ayudarla a escapar, ni a esconderla.

Solo un aparato barato con una tarjeta prepago registrada a mi nombre porque en la tienda me pidieron el DNI.

Ese último detalle debería haberme frenado.

En vez de eso pensé que, si ocurría algo, al menos habría un rastro.

Elegí el móvil más sencillo que tenían, una funda negra y una tarjeta con saldo suficiente para llamadas y datos. El dependiente me preguntó si era para un niño.

—Más o menos.

Me miró un segundo y siguió con el trámite.

Aquella noche no pude dárselo. Raquel permaneció en casa y Nerea apenas apareció en el salón. El sábado tampoco. El domingo por la tarde la vi durante cinco minutos y conseguimos acordar el lugar mediante tres folios.

PLAZA.

BANCO FUENTE.

18:15. No escribimos el nombre de la plaza. Era una pequeña zona peatonal a dos calles, con cuatro bancos y una fuente de piedra que casi siempre estaba rodeada de niños. La habíamos mencionado cuando nos vimos junto a la panadería.

A las seis dejé el teléfono dentro de una bolsa de tela en el hueco entre el banco y una papelera.

Me sentí ridícula. Parecía estar participando en un intercambio clandestino de una película barata y, al mismo tiempo, sabía que cualquier persona que viera lo que hacía podía interpretarlo de la misma manera. No esperé allí.

Regresé a casa por otra calle y observé desde mi ventana.

Quince minutos después Nerea salió del portal con Raquel.

Llevaban bolsas de basura. Hablaron un momento.

Nerea señaló hacia la esquina y Raquel negó.

Discutieron. Finalmente la chica se llevó dos bolsas y caminó sola hasta los contenedores.

No fue hacia la plaza. Pensé que el plan había fracasado.

A las seis y treinta y dos alguien llamó al telefonillo.

—¿Sí?

—Soy yo.

La voz de Nerea. Abrí por reflejo y luego me arrepentí. No subió. Un minuto después sonó mi móvil desde un número desconocido.

—¿Elena?

—¿Dónde estás?

—En el portal de al lado. He cogido el teléfono.

—¿Cómo?

—He dicho que bajaba a tirar la basura y luego he rodeado.

—Raquel te va a buscar.

—Ya lo sé.

Se oyó tráfico al fondo.

—Escúchame —dije—. No quiero que uses esto para irte con nadie.

—No voy a irme.

—Ni para quedar con tu padre.

Silencio.

—Solo quiero hablar con él.

—Nerea.

—Has dicho que me ayudarías.

—Te estoy ayudando a poder pedir ayuda si la necesitas. No a saltarte una orden judicial.

—Todo el mundo dice «ayuda» cuando quiere decir «haz lo que yo digo».

Esas palabras me dolieron porque entendí de dónde venían.

—¿Dónde vas a guardar el móvil?

—Tengo un sitio.

—¿Cuál?

—Si te lo digo deja de ser un sitio.

—Muy graciosa.

Por primera vez la oí reírse. Fue un sonido pequeño, casi normal. Me recordó que, detrás de toda la historia que yo estaba construyendo, había una adolescente que probablemente debería estar preocupándose por exámenes, amistades y gente que le gustaba, no por órdenes de alejamiento.

—Te mando mi número —dije—. Y el de emergencias ya lo sabes.

—Sí.

—Si ocurre algo raro, me llamas. Y si no me coges, a la Policía.

—No.

—No es negociable.

—Claro. Otra adulta decidiendo.

—En esto sí.

Nerea resopló.

—Tengo que colgar.

Antes de hacerlo, añadió:

—Gracias.

Aquella noche recibí su primer mensaje a las once y seis.

«Funciona.»

Le respondí con un pulgar.

A las once y doce llegó otro.

«¿Me pasas el perfil de Silvia?»

Me quedé mirando la pantalla. No había previsto eso, lo cual era absurdo. Claro que lo pediría.

«Prefiero hablar yo con ella.»

«No es tu tía.»

«Nerea.»

«Quiero escribirle.»

No respondí durante varios minutos. Al final copié el enlace del perfil.

Antes de enviarlo escribí:

«No quedes con nadie. No mandes ubicación. No hagas nada sin decírmelo.»

La respuesta fue inmediata.

«Vale.»

Le envié el enlace.

A las doce menos cuarto Silvia me escribió.

«Nerea acaba de contactar conmigo.»

No pregunté cómo sabía tan rápido que era ella.

«Dice que tú le has dado un teléfono.»

«Sí.»

«No sé si ha sido buena idea.»

Aquello me irritó.

«Tú querías hablar con ella.»

«Sí. Pero una cosa es querer saber que está bien y otra ponerla en una situación que pueda empeorar todo.»

Me quedé mirando el mensaje con incredulidad.

Durante días yo había temido que Silvia me empujara a hacer cosas. En ese momento me estaba frenando.

«¿Quieres que le diga que te bloquee?»

«No. Ya que podemos hablar, intentaré que esté tranquila. Pero no voy a pedirle que salga ni que haga nada.»

Volví a sentir que la había juzgado injustamente.

A la mañana siguiente Nerea me mandó una fotografía del techo de su habitación.

«He hablado con ella hasta las dos.»

«¿De qué?»

«De mi padre.»

«¿Y?»

Pasaron varios minutos.

«Silvia dice que él nunca dejó de buscarme.»

Luego otro mensaje.

«Yo tampoco dejé de esperar.»