La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

La Policía llamó al timbre de la casa de enfrente el miércoles a las siete y veinte de la tarde.

Antes de decidirme había pasado casi una hora caminando de una habitación a otra. El mensaje de Nerea —NO PUEDO MÁS— estaba extendido sobre mi escritorio. Lo había fotografiado, aunque no sabía para qué. Llamé primero a Clara.

—Voy a llamar —dije.

—Bien.

—No digas «te lo dije».

—Ni se me había ocurrido.

—Mentira.

—Un poco.

Le expliqué lo que acababa de ver: el intento de coger el móvil, el llanto, el mensaje.

—Ahora sí tienes algo concreto —dijo—. No sabes qué significa, pero tienes algo que contar.

—Si van y luego ella paga las consecuencias...

—Elena, no eres tú quien va a decidir cómo intervienen.

Ese era el punto que más me costaba aceptar. Llamar significaba ceder el control de la historia a personas que no conocía.

—¿Y si no hacen nada?

—Entonces por lo menos ya no eres la única adulta que sabe que una menor está pidiendo ayuda.

Eso fue lo que me decidió. Marqué el 091. La operadora no sonó alarmada ni escéptica. Hizo preguntas. Edad aproximada. Dirección. Si había armas. Si había agresión. Si la menor estaba sola. Si conocía a los adultos.

Cada pregunta me obligaba a distinguir entre hechos e interpretaciones.

—¿Ha dicho que la retienen contra su voluntad?

—Ha dicho que no puede salir siempre que quiere.

—No le he preguntado eso.

—No. No lo ha dicho exactamente.

—¿Ha dicho que teme por su vida?

—No.

—¿Ha pedido expresamente ayuda?

—Sí.

—¿Cómo?

—Con un cartel.

—¿Qué decía?

Me quedé en silencio. No decía «ayúdame» aquella primera vez. El mensaje «AYÚDAME» había llegado después.

—Hoy ha escrito «AYÚDAME». Antes puso «NO SOY SU HIJA».

La operadora tomó nota.

Cuando colgué sentí alivio y miedo a la vez. La patrulla tardó menos de lo que esperaba. Vi los coches desde la ventana y me aparté. No quería que Nerea me viera mirando cuando llamaran. Duré treinta segundos. Regresé al cristal.

La agente uniformada habló primero con Raquel en el portal. Después subieron. Andrés llegó diez minutos más tarde, aparentemente avisado por teléfono. No hubo gritos.

Los agentes permanecieron dentro cuarenta y cinco minutos. En ese tiempo Silvia me escribió cuatro veces preguntando si había ocurrido algo porque Nerea llevaba horas sin aparecer «en línea».

No sabía a qué se refería con «en línea». Le pregunté.

«Nada importante. A veces mira una cuenta antigua desde un ordenador. Hoy no lo ha hecho.»

Me quedé mirando el mensaje.

«¿Cómo sabes eso?»

No respondió.

A las ocho y cuarto los policías salieron. Una de las agentes hablaba con Raquel en el rellano. Andrés estaba detrás. No vi a Nerea. Nadie fue detenido.

No sacaron a la chica. No ocurrió nada de lo que yo había imaginado.

Diez minutos después sonó mi telefonillo. Me sobresalté.

—¿Sí?

—Policía Nacional. ¿Elena Soto?

Les abrí. Subieron los dos agentes de paisano, un hombre de unos cincuenta años y una mujer algo más joven que se presentó como inspectora Beltrán. Me enseñaron la identificación y nos sentamos en el salón. Tuve que hacer un esfuerzo consciente para no mirar hacia la ventana.

—Hemos comprobado la situación de la menor —dijo Beltrán—. La documentación es correcta y no hay indicios de que esté privada de libertad de forma ilícita.

Aquello me desconcertó.

—¿Han hablado con ella sola?

—Sí.

—¿Y qué ha dicho?

—No puedo darle detalles de una menor.

—Me pidió ayuda.

—Lo sabemos.

—Entonces algo pasa.

Beltrán entrelazó las manos.

—Pueden pasar muchas cosas sin que estemos ante un secuestro.

—¿Quiénes son esas personas?

—No puedo facilitarle información familiar protegida.

—¿Y su padre?

La inspectora me miró con atención.

—¿Qué sabe usted del padre?

La pregunta me puso a la defensiva.

—Que se llama Iván Vidal.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo encontré por internet.

No era toda la verdad. Beltrán no insistió todavía.

—¿Ha hablado con él?

—No.

—¿Con alguien de la familia paterna?

La pregunta llegó demasiado cerca.

—He visto publicaciones.

—Le recomiendo que no contacte con nadie relacionado con la menor y que no facilite ubicación, fotografías ni rutinas. Si la chica vuelve a pedirle ayuda, llámenos. No gestione usted el problema.

—Pero ella no quiere que llame a la Policía.

—Eso puede formar parte precisamente del problema.

Me acompañó hasta la puerta. Antes de salir se detuvo.

—¿Le ha dado algún dispositivo para comunicarse?

—No.

En ese momento era verdad.

Cuando se marcharon, escribí a Silvia.

«Ha venido la policía.»

La respuesta tardó dos minutos.

«¿Has llamado tú?»

«Sí.»

No escribió durante un rato. Después:

«Entiendo por qué lo has hecho.»

Esperaba reproche. Su serenidad me alivió y, al mismo tiempo, me hizo sentir peor.

«No se la han llevado. Dicen que todo es legal.»

«Claro que dicen eso. Hay medidas provisionales. Ya te lo expliqué.»

«La inspectora me ha dicho que no contacte con familiares.»

Silvia tardó un poco.

«Entonces hazle caso. No quiero que tengas problemas por nuestra culpa.»

Otra vez me daba permiso para irme. Otra vez conseguía que quisiera quedarme.

A las diez y cinco se abrieron las cortinas de enfrente. Nerea apareció sola.

Tenía la cara hinchada de llorar. Levantó un folio.

NO VUELVAS A LLAMAR.

Sentí una punzada de culpa. Escribí:

LO SIENTO.

Ella negó con la cabeza y volvió a escribir.

NO CONFÍO EN ELLOS.

Después cerró las cortinas. No supe si «ellos» significaba la Policía, Raquel y Andrés o todos los adultos que habían tomado decisiones por ella. Yo elegí una respuesta sin preguntárselo.