La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Silvia respondió a mi mensaje sobre el encuentro con Nerea con una llamada.

No fue por teléfono. Me pidió hablar a través de una aplicación de mensajería que permitía ocultar el número.

Hasta entonces había evitado cualquier conversación de voz y, precisamente por eso, acepté.

Clara llevaba días repitiéndome que una fotografía no demostraba quién escribía.

Escucharla me pareció una forma de verificar algo.

La voz era de mujer. Eso me tranquilizó más de lo razonable.

—Perdona por no haber hablado antes —dijo—. Estoy en una situación familiar bastante complicada y no quería meter a nadie más.

Sonaba cansada. Tendría cuarenta y tantos, quizá cincuenta. No se parecía a la voz que yo había imaginado mirando sus fotos, pero nadie se parece a una voz imaginada.

—Nerea quiere un teléfono —dije.

Silvia guardó silencio.

—Ya.

—¿Qué significa «ya»?

—Que no me sorprende.

—¿Crees que debo dárselo?

—No puedo pedirte eso.

La respuesta estaba bien construida. No me pedía nada. Tampoco decía que no.

—Hay una orden de alejamiento contra Iván.

—Temporal.

—Sigue siendo una orden.

—Sí.

—¿Por qué existe?

Al otro lado escuché una respiración lenta.

—La separación con Ana, la madre de Nerea, fue muy mala. Hubo una discusión, una denuncia y después otras cosas. Iván cometió errores. No te voy a decir que no. Pero una cosa es cometer errores y otra que te aparten de tu hija como si fueras un delincuente peligroso.

—¿Hubo violencia?

Silvia tardó.

—Hubo una discusión física.

—Eso es una forma rara de decirlo.

—Porque no estaba allí y no quiero contarte una versión como si fuera un hecho.

Agradecí la precisión.

—Nerea dice que con ella nunca fue violento.

—Nunca.

Silvia pronunció la palabra sin dudar.

—La adora.

—También ha dicho que su madre decidió que se fuera con Raquel.

—Ana está muy influida por su entorno desde hace tiempo.

Algo en esa frase me recordó conversaciones antiguas con una amiga que había tardado años en dejar una relación. Su exmarido decía que «su entorno» la había puesto en su contra. No comenté la asociación.

—Quiero saber qué ocurrió de verdad —dije.

—Yo también.

La respuesta casi me hizo reír.

—Tú eres su tía.

—Ser familia no te convierte en testigo de todo.

Tenía razón.

Durante los dos días siguientes empecé a prestar atención a la casa con una disciplina que me habría avergonzado reconocer en voz alta.

No me quedaba sentada con una libreta junto a la ventana, pero tampoco hacía falta.

Mi jornada tenía suficientes pausas pequeñas como para que las rutinas se fijaran solas.

Andrés salía temprano tres días a la semana y otros días trabajaba desde casa.

Lo supe porque una mañana apareció en la ventana del despacho con auriculares y permaneció allí casi cuatro horas.

Raquel no tenía un horario regular. A veces se marchaba antes de las ocho; otras volvía al mediodía y salía de nuevo.

Nerea estaba sola menos de lo que yo había supuesto.

También hacía cosas que no encajaban bien con la imagen de una chica permanentemente vigilada.

Bajaba la basura. Recogía paquetes en el portal.

Una tarde salió con Raquel y volvió cargando una bolsa de una librería.

Otro día las vi discutir porque Nerea quería llevar una chaqueta distinta.

La escena podía haber ocurrido en miles de casas. Precisamente por eso me desconcertaba.

Una amenaza evidente habría sido más fácil. Cerraduras. Gritos. Una mano levantada. Algo que permitiera decir: esto es lo que ocurre.

En cambio, veía a Raquel dejar un plato de fruta en la mesa junto a Nerea, a Andrés reparar la rueda de una bicicleta y a los tres cenar en el salón con una serie puesta. Después recordaba el cartel y todo volvía a deformarse. Berta ayudó sin saberlo.

Coincidimos en el portal el martes por la mañana. Llevaba una bolsa del mercado y dos barras de pan.

—La chica de enfrente es muy educada —dijo.

Intenté que mi interés no se notara.

—¿La has tratado?

—Ayer coincidí con ella en la farmacia.

—¿Sola?

Berta me miró.

—¿Por qué no iba a estar sola?

—Por nada.

—Compró ibuprofeno y una crema.

—El ibuprofeno no se lo venderían sin más si es menor.

—Pues igual era paracetamol. Yo no estaba auditando la compra.

Tuve que contener una sonrisa.

—Pensaba que no salía mucho.

—Tú trabajas. No sabes quién sale.

Aquello me pinchó.

—Desde la ventana se ve bastante.

—Ahí está el problema de las ventanas. Parece que se ve más de lo que se ve.

Berta dijo aquello mientras buscaba las llaves en el bolso, sin ninguna intención filosófica. Yo me quedé quieta.

—¿Te pasa algo con esa familia? —preguntó.

—No.

—Mientes fatal.

—Solo me resultan curiosos.

—Pues como todos al principio.

Berta abrió el buzón.

—La chica no va siempre al instituto a la misma hora. La he visto dos veces con una mujer joven que no es Raquel. Igual tiene clases especiales o algo. Y él recibe paquetes de informática. Por si estás haciendo una ficha policial.

—No estoy haciendo una ficha policial.

—Todavía.

Aquella palabra, la misma que había utilizado Clara con los prismáticos, me acompañó hasta casa.

Busqué durante un rato información sobre escolarización flexible, aulas hospitalarias y apoyo educativo. No llegué a ninguna conclusión. Había demasiadas situaciones posibles, especialmente si existían medidas de protección o un problema de salud que Raquel no tenía por qué contar a una vecina.

Ese razonamiento chocaba de frente con el otro: si había medidas de protección, ¿de quién necesitaba protegerse Nerea?

De Iván, decía el auto que Silvia me había enseñado. Pero Silvia insistía en que la medida era injusta.

A las cinco de la tarde recibí un mensaje suyo.

«¿Has podido saber si Raquel trabaja fuera toda la semana?»

No respondí. Pasaron veinte minutos.

«Perdona. No debería preguntarte eso.»

Miré la conversación. Otra retirada antes de que yo tuviera que negarme.

«No tiene horario fijo», escribí.

Tardó menos de un minuto.

«Gracias.»

No había dado horas concretas. Aun así, después de enviar el mensaje fui a la cocina y dejé el móvil allí como si la distancia física pudiera corregirlo.

Esa noche llamé a Pablo. No lo había hecho por el tema de Nerea. O eso pensé hasta que contestó.

—Qué milagro.

—Hola a ti también.

—¿Se ha roto la cafetera?

—No.

—Entonces es grave.

Le pregunté por un recibo de una cuenta antigua que, en realidad, podía haber resuelto por correo. Después hablamos de amigos comunes y del trabajo. Estuve a punto de contarle lo de la familia de enfrente. No lo hice.

—Estás rara —dijo.

—Estoy cansada.

—Eso también lo decías cuando querías convencerte de algo.

Me molestó que me conociera lo suficiente para acertar sin contexto.

—Gracias por el diagnóstico.

—De nada. Son seis años de formación.

Colgamos bien. Al dejar el teléfono sobre la mesa pensé que tenía alrededor demasiada gente diciéndome, de maneras distintas, que quizá estaba viendo solo una parte.

Aun así, a la mañana siguiente, cuando Andrés salió a las siete y cuarenta y tres y Raquel a las nueve y ocho, anoté las horas en una nota del móvil.

Silvia me envió después de la llamada tres imágenes.

La primera era una captura de un auto judicial donde aparecían borrados casi todos los datos.

Se alcanzaba a leer «suspensión provisional del régimen de comunicación» y «valoración del riesgo».

La segunda era un intercambio de mensajes entre Ana e Iván de meses atrás.

Él pedía hablar con Nerea; Ana respondía que debía hacerlo a través del procedimiento establecido.

La tercera era una fotografía de padre e hija en un partido de baloncesto. No demostraban que Iván fuera inocente.

Tampoco demostraban que fuera el hombre que yo empezaba a temer.

—¿Por qué está Nerea con Raquel y no con su madre? —pregunté por mensaje.

«Ana está recibiendo tratamiento y apoyo. No puedo decirte más.»

Era la segunda vez que aparecía la idea de que la madre estaba en algún lugar cuya ubicación debía protegerse.

Aquella tarde, mientras trabajaba, vi a Raquel discutir con Nerea en el salón.

No podía oír nada, pero los gestos eran claros.

Raquel señalaba un móvil. Nerea cruzaba los brazos.

En un momento determinado la chica intentó coger el aparato y Raquel lo apartó.

Después Andrés entró y la discusión terminó.

A las siete recibí otro mensaje de Silvia.

«Sé que ya te estoy pidiendo demasiado solo con hablar. Si quieres salir de esto, lo entenderé.»

Me quedé mirando la frase. Podía salir. Cerrar las cortinas, bloquear el perfil y llamar a la Policía contando lo que sabía. Era exactamente lo que Clara quería que hiciera. Miré enfrente.

Nerea estaba sentada en el sofá, con la cabeza apoyada en las manos. Escribí:

«No voy a desaparecer ahora.»

Silvia respondió:

«Gracias.»

Pasaron unos minutos.

«Solo necesito que me ayudes a saber cuándo está sola. Nada más. Si podemos conseguir que hable con Iván sin que nadie la presione, quizá podamos resolver esto por la vía correcta.»

Dejé el móvil sobre la mesa. Esa era la primera petición concreta que me hacía.

Horarios. Pensé en Andrés saliendo cada mañana. En Raquel. En las horas en que Nerea permanecía sola.

No envié nada durante media hora. Después escribí:

«Él suele salir antes de las ocho. Ella alrededor de las nueve. No siempre.»

La respuesta fue inmediata.

«Entendido.»

Volví a mirar el mensaje que acababa de enviar. No había dado una dirección.

No había compartido una matrícula. Solo había descrito una rutina que ya conocía cualquiera que observara el edificio varios días.

Fue la primera vez que crucé una línea y me convencí de que seguía en el mismo sitio.