La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Nerea me citó en la calle un lunes.

A las once y cuarenta levantó un folio que decía:

Debajo había dibujado una flecha hacia la esquina donde yo había conocido a Raquel.

Me quedé mirando el mensaje hasta que Nerea lo bajó.

Era la primera vez que proponía un contacto fuera de las ventanas y, también, la primera vez que aquello dejaba de parecer una serie de decisiones pequeñas.

Bajar a hablar con ella suponía aceptar que estaba ayudándola a escondidas de los adultos que vivían con ella.

A las doce y diez le dije a Óscar que saldría a comer antes porque tenía una cita médica. La mentira me salió con una facilidad que me incomodó. Bajé a las doce y veinticinco.

Compré una barra de pan que no necesitaba y esperé junto a un escaparate de una tienda cerrada.

A las doce y treinta y ocho vi aparecer a Nerea por la esquina.

Venía sola, caminando deprisa, con una mochila pequeña y una gorra que nunca le había visto.

Miró hacia atrás dos veces antes de reconocerme. Se acercó. De cerca parecía más joven.

—¿Elena?

—Sí.

Su voz me sorprendió. Después de tantos folios, oírla convertía la historia en algo mucho menos abstracto.

—Tenemos poco tiempo —dijo.

—¿Saben que has salido?

Negó con la cabeza.

—Raquel está trabajando. Andrés ha ido a comprar una cosa.

—¿Puedes salir cuando quieras?

—No.

—Pero acabas de hacerlo.

—Porque sé dónde dejan una llave.

Miró hacia la esquina otra vez.

—Nerea, antes de nada necesito saber si estás en peligro.

Ella apretó las correas de la mochila.

—Ya te dije que no lo sé.

—¿Te han hecho daño?

—No.

—¿Te amenazan?

—No como tú dices.

—¿Cómo lo digo?

—No sé. Como si fueran malos de una película.

Su respuesta me desarmó un poco.

—Entonces explícame qué pasa.

Nerea se mordió el interior de la mejilla. Tardó varios segundos.

—¿Qué significa exactamente que no son tus padres? —pregunté.

Me miró como si hubiera formulado la pregunta peor posible.

—Eso. Que no lo son.

—Ya sé. Pero Raquel es familia de tu madre.

—Prima.

—¿La conocías antes?

—Sí.

—¿Mucho?

Nerea se encogió de hombros.

—Venía a casa algunas veces. Navidad, cumpleaños, algún fin de semana. Andrés también.

—Entonces no son desconocidos.

—Nunca he dicho que lo fueran.

La precisión me incomodó porque desmontaba otra pieza que yo había añadido por mi cuenta.

Desde la ventana había pensado en dos adultos que se hacían pasar por sus padres.

Nerea no había dicho eso. Raquel había hablado de «su hija» en la panadería y yo había dado por hecho que se refería a una relación biológica.

Quizá fuera una forma práctica de evitar explicaciones.

Quizá una mentira deliberada. Seguía sin saberlo.

—¿Te obligaron a venir a Salamanca?

—Yo no quería venir.

—No es exactamente lo mismo.

—Para mí bastante.

Miró hacia la esquina otra vez.

—¿Cómo fue?

—Me dijeron que iba a estar con Raquel una temporada. Que mamá necesitaba arreglar cosas y que yo no podía quedarme en Madrid.

—¿Quién te lo dijo?

—Una trabajadora social. Luego mi madre. Raquel también.

—¿Y tú qué dijiste?

—Que no.

—¿Y qué pasó?

—Que vine.

No lo dijo como una denuncia teatral. Era una constatación. Un adulto había tomado una decisión que ella rechazaba y la decisión se había ejecutado igualmente.

—¿Te explicaron por qué?

—Demasiado.

—Eso no suena a que no te explicaran nada.

—Explicar no significa que yo esté de acuerdo.

Tenía razón.

—¿Y el nombre de Marina?

Nerea resopló.

—Eso fue idea mía al principio.

La miré.

—¿Tuya?

—Raquel dijo que sería mejor que no usara mi nombre real con gente que no necesitaba saberlo. Yo elegí Marina porque me gustaba cuando era pequeña.

—Pero ahora lo odias.

—Ahora odio todo lo que tenga que ver con estar escondida.

El dato cambió otra vez lo que yo creía saber. Raquel no le había impuesto una identidad completa. Nerea había participado en una medida que después empezó a vivir como una cárcel. Las dos cosas podían ser ciertas sin anularse.

—¿Vas al instituto? —pregunté.

Nerea me miró con prevención.

—Sí.

—Raquel me dijo que estudiabas en casa.

—Porque no tenía por qué contarte dónde voy.

Aquello me dejó sin réplica.

—Vale.

—Tengo un horario raro. Me llevan y me recogen. No puedo quedar con gente de antes. No puedo tener redes. No puedo usar mi móvil. Y si quiero hablar con mi padre, todo el mundo decide que es una idea horrible.

—¿Tus amigas saben dónde estás?

—Dos. Más o menos.

—¿Y has hablado con ellas?

—A veces con supervisión.

—¿Eso también te molesta?

—¿A ti te gustaría que alguien supiera siempre con quién hablas?

Pensé en las semanas anteriores, en la cantidad de veces que yo misma había intentado averiguar con quién hablaba Nerea, qué hacía, cuándo salía.

—No.

—Pues eso.

Durante unos segundos se oyó el ruido de una persiana metálica al otro lado de la calle. Nerea se puso tensa.

—Tengo que volver.

—Todavía no me has dicho qué quieres que haga.

—Quiero hablar con mi padre.

—Ya.

—No quiero que me saques de casa. No quiero que llames a nadie para venir a buscarme. Solo quiero un teléfono que no controlen.

—¿Y si tu padre te pide que vayas con él?

—No lo hará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me conoce.

La seguridad con la que lo dijo fue absoluta.

—No son mis padres.

—Eso ya lo sé.

—Me obligan a decir que me llamo Marina cuando hay gente que no conocemos.

—Raquel me lo dijo a mí.

—Porque no quiere que nadie sepa quién soy.

—¿Por qué?

—Porque no me dejan hablar con mi padre.

Su respuesta me llegó con demasiada normalidad.

—¿Quiénes son ellos?

—Raquel es prima de mi madre. Andrés es su marido.

No eran extraños. Aquello cambió una pieza importante, aunque no la historia completa.

—¿Y por qué vives con ellos?

Nerea apartó la mirada.

—Porque mi madre decidió que era mejor.

—¿Dónde está tu madre?

—No lo sé exactamente.

—¿Está viva?

Nerea me miró con irritación.

—Claro que está viva.

La pregunta debía de haberle parecido absurda. Para mí no lo era: llevaba días rellenando huecos con versiones que nadie me había dado.

—Perdona. ¿Y tu padre?

—En Madrid, creo.

—Silvia me dijo eso.

Su expresión cambió.

—¿Has hablado mucho con ella?

—Un poco.

—¿Te ha dicho algo de él?

—Que quiere encontrarte.

Nerea bajó la cabeza. Durante unos segundos pareció a punto de llorar, pero no lo hizo.

—Yo también quiero verlo.

—¿Por qué no puedes?

—Porque dicen que es peligroso.

Aquello me obligó a callar.

—¿Lo es?

Nerea levantó los hombros.

—Conmigo no.

—Eso no es lo mismo.

—Ya lo sé.

La respuesta fue tan adulta que me recordó que, aunque tuviera dieciséis años, llevaba meses escuchando a personas hablar sobre cosas que probablemente nadie debería tener que ordenar a esa edad.

—¿Hay una orden que le impide acercarse?

—Creo que sí.

—¿Y sabes por qué?

—Por mi madre.

—¿Qué pasó con ella?

Nerea endureció la cara.

—No quiero hablar de eso.

No insistí.

—¿Qué quieres de mí?

—Un teléfono.

La petición me sorprendió menos de lo que debería.

—¿Para llamar a tu padre?

—Sí.

—Nerea, si hay una orden...

—No quiero escaparme con él. Solo quiero hablar.

Me miró directamente.

—Todo el mundo decide por mí. Mi madre decide que no puedo verlo. Raquel decide qué nombre uso. Los servicios sociales deciden dónde vivo. La policía decide si él puede llamarme. Yo digo que quiero hablar con mi padre y parece que no cuenta.

Entendí su rabia. Eso fue lo peligroso. No significaba que supiera si darle un teléfono era correcto, pero entendía la sensación de que una decisión tomada «por tu bien» pudiera seguir sintiéndose como algo hecho contra ti.

—No puedo darte uno ahora.

Nerea apretó los labios.

—Entonces ¿para qué dijiste que me ayudarías?

—No he dicho que vaya a hacer cualquier cosa.

—Silvia sí me ayudaría.

—Silvia no está aquí.

Aquello hizo que Nerea me mirara con una mezcla de enfado y decepción.

—¿Puedes al menos decirle que estoy bien?

—Eso ya lo sabe.

—Y que quiero hablar con mi padre.

—También.

—Pues dile que encuentre la forma.

Un coche frenó en la esquina. Nerea se puso rígida. Andrés apareció caminando deprisa desde la otra acera.

No corrió. No gritó. Pero la forma en que miró primero a Nerea y luego a mí me hizo comprender que sabía que aquello no era un encuentro casual.

—Marina —dijo.

Nerea dio un paso atrás.

—No me llames así.

Andrés se detuvo a dos metros.

—Vamos a casa.

—No.

—Raquel te está buscando.

—Me da igual.

—A ella no.

Andrés me miró.

—¿Eres Elena?

Mi nombre en su boca me produjo una alarma instantánea.

—Sí.

—La vecina de enfrente.

No era una pregunta. Nerea se interpuso ligeramente.

—No le digas nada.

Andrés no me pidió explicaciones. Tampoco intentó coger a la chica. Se limitó a esperar.

—Nerea, por favor.

Fue la primera vez que le oí utilizar su nombre real. Ella bajó la cabeza.

—Cinco minutos.

—Raquel está de camino.

Nerea soltó una palabrota en voz baja. Se volvió hacia mí.

—No les creas todo.

Luego echó a andar hacia el portal. Andrés la siguió a cierta distancia.

Antes de entrar se giró hacia mí.

—No sé qué te ha contado —dijo—, pero te agradecería que no volvieras a quedar con ella a escondidas.

—Quizá deberías preguntarte por qué necesita hacerlo.

Su expresión cambió. No a enfado. A cansancio.

—Créeme, nos lo preguntamos todos los días.

Entró. Me quedé en la acera con una barra de pan bajo el brazo y la sensación incómoda de que aquella respuesta no pertenecía a la persona que yo había imaginado.