CAPÍTULO 5
Conseguí el apellido de Raquel y, poco después, el nombre completo de su marido gracias a un paquete mal entregado y a la memoria imposible de Berta.
Berta llamó a mi puerta el jueves por la tarde con el paquete en las manos y una expresión de ofensa personal.
—Estos repartidores no leen —dijo—. Lo han dejado en el segundo y es del edificio de enfrente.
—¿Y por qué lo tienes tú?
—Porque Emilio lo ha recogido pensando que era mío y luego ha visto que no. Yo iba a salir y se lo llevo.
En la etiqueta se leía RAQUEL LEAL y, debajo, el número del edificio que yo llevaba una semana evitando escribir en cualquier conversación. El apellido me quedó grabado sin esfuerzo.
—Déjamelo, si quieres —dije—. Voy a bajar ahora.
Berta me miró con interés.
—¿Los conoces?
—A ella de la panadería.
—Son muy reservados.
—Acaban de llegar.
—Eso no quita para saludar.
El concepto de privacidad de Berta tenía bordes muy flexibles.
—¿Sabes cómo se llama él? —pregunté como quien no quiere la cosa.
—Andrés. Cifuentes, creo. Lo ponía en una carta certificada que vino mal a mi buzón.
—Claro.
Berta frunció el ceño.
—¿Por qué preguntas?
—Por nada. Para no llamarle «el marido de Raquel» si me lo encuentro.
La explicación la satisfizo lo suficiente.
Bajé con la caja, crucé la calle y me detuve delante del portal de enfrente.
Era la primera vez que me acercaba desde que todo había empezado.
La piedra clara de la fachada, las macetas del primero y el interfono de metal no tenían nada de amenazante.
Pulsé el botón del piso. Raquel contestó.
—¿Sí?
—Soy Elena, la vecina de enfrente. Han dejado un paquete vuestro en mi edificio.
Hubo una pausa breve.
—Ahora bajo.
No me abrió. Esperé en la acera. A través del cristal del portal vi bajar el ascensor. Raquel salió con una chaqueta ligera y recogió la caja.
—Perdona. Últimamente los paquetes hacen turismo.
—No pasa nada.
Me dio las gracias. Yo miré hacia arriba por puro reflejo.
—¿Todo bien con Marina?
Raquel se tensó apenas un poco.
—Sí.
—Como dijiste que se estaba adaptando...
—Poco a poco.
Me sonrió, pero la conversación había terminado.
Hasta entonces no había pensado demasiado en lo fácil que era obtener información doméstica sin hacer nada ilegal. Una etiqueta mal entregada. Una carta en un buzón equivocado. Un nombre en el interfono. Una conversación de portal.
Aquello me dio una sensación de poder que no reconocí como peligrosa.
Cuando regresé a casa busqué su nombre. Raquel Leal Salamanca.
La primera coincidencia útil era de hacía cuatro años.
Una jornada organizada por una asociación de apoyo a mujeres en Madrid.
«Raquel Leal, educadora social». Abrí el programa.
Aparecía en una mesa sobre intervención con familias y menores. Busqué más.
Había trabajado casi una década en entidades relacionadas con violencia familiar, acogimiento y acompañamiento a mujeres. No encontré nada reciente. Su perfil profesional llevaba más de un año sin actualizarse.
La información debería haberla hecho más fiable. En vez de eso pensé que una persona que conocía el sistema sabría exactamente qué decir, qué documentos presentar y cómo moverse sin dejar rastro.
Esa idea me avergonzó incluso antes de terminar de formularla.
Busqué a Andrés Cifuentes. Había demasiados.
Añadí Salamanca, Madrid, informática. Apareció un perfil de técnico de sistemas con fotografías antiguas que podían corresponder al hombre de enfrente.
Trabajaba por cuenta propia. Ninguna información familiar.
No encontré fotos de hijos. No encontré a Nerea.
No conocía a esas personas y ya estaba asociando sus nombres con delitos en un buscador. El teléfono sonó. Era Pablo.
—¿Qué tal la vida de jubilada en Salamanca? —preguntó.
—Trabajo más que tú.
—Eso siempre.
Hablamos de un trámite bancario que todavía compartíamos por una cuenta antigua. Cuando terminó, Pablo preguntó:
—¿Te pasa algo?
—¿Por qué?
—Porque llevas tres minutos respondiendo «sí», «no» y «ya».
—Estoy distraída.
—¿Con alguien?
La pregunta me hizo reír.
—No.
—Qué decepción.
Estuve a punto de contarle lo de Nerea. Pensé que una opinión más podía ayudar. No lo hice porque tendría que explicar demasiadas cosas y porque, en el fondo, sabía qué me diría: ve a la Policía y deja de jugar a detective.
—Solo trabajo —mentí.
—Eso sí me lo creo.
Después de colgar regresé al perfil de Raquel. Encontré una entrevista breve sobre acompañamiento a mujeres y menores. En una respuesta decía: «La protección no puede convertirse en otra forma de quitarle voz a la persona protegida.»
Me quedé mirando la frase. Era exactamente lo que Nerea denunciaba.
Durante unos segundos aquello me pareció una contradicción. Después pensé que quizá Raquel sabía muy bien cómo utilizar el lenguaje correcto mientras hacía otra cosa en privado. Otra interpretación que mantenía mi teoría intacta.
Cerré el ordenador de golpe. Me preparé café y, mientras esperaba, miré hacia enfrente.
Raquel estaba en el salón con Nerea. No discutían. La chica enseñaba algo en una tableta y Raquel se inclinaba para verlo. En un momento determinado las dos se rieron. No parecía una escena de cautiverio.
Tampoco probaba que todo estuviera bien. Por primera vez conseguí dejarla sin conclusión.
A las cinco y media Silvia me escribió.
«¿Sabes sus nombres completos?»
No contesté de inmediato. La pregunta me pareció distinta a las anteriores. Hasta entonces ella había dicho conocer a «las personas» con las que estaba Nerea. Si realmente sabía quiénes eran, ¿por qué necesitaba sus nombres? Escribí:
«¿No los sabes?»
Tardó unos minutos.
«Sé quiénes son en relación con el caso, pero no todos los datos que están utilizando ahora. Han cambiado de ciudad y de entorno varias veces.»
La explicación era posible.
«Ella se llama Raquel Leal.»
Dejé el nombre de Andrés fuera. Silvia respondió con un simple «gracias». Aquella prudencia me alivió otra vez. No pedía más de lo que yo quería dar.
Por la noche Clara me envió un enlace sobre estafas sentimentales y perfiles falsos. Le respondí con un emoticono de fastidio.
«No es lo mismo», escribí.
«Ya lo sé. Es para que recuerdes que una foto no demuestra quién escribe.»
No le contesté. Entré en el perfil de Silvia.
Revisé otra vez las fotografías. Había una de Nerea con ella en una feria, otra en un restaurante y una tercera en una terraza.
No parecían montajes. En los comentarios de publicaciones antiguas aparecían personas llamándola Silvia.
Una amiga le felicitaba el cumpleaños. Otra hablaba de un viaje a Lyon.
Todo encajaba. Seguí bajando hasta una foto de hacía seis años. Nerea tendría diez u once. A su lado aparecía un hombre que no había visto antes: alto, pelo oscuro, barba corta, la mano apoyada en el hombro de la niña. El texto decía:
«Mis dos pesados favoritos.»
Pregunté a Silvia quién era.
«Iván.»
Amplié la imagen. El hombre de la madrugada había estado demasiado lejos para reconocerlo. Aun así, la forma del cuerpo me produjo una inquietud inmediata.
«¿Vino él a Salamanca la otra noche?»
Silvia tardó casi media hora en responder.
«No.»
Una sola palabra. Le creí. Si el padre hubiera estado realmente cerca, pensé, Silvia no tendría motivo para negarlo con tanta seguridad.
Al día siguiente Andrés salió de casa a las siete y cuarenta y dos. Raquel, a las nueve y seis. Nerea quedó sola.
A las nueve y veintitrés me llegó un mensaje de Silvia.
«¿Suele pasar tiempo sola?»
Miré la ventana de enfrente. Escribí:
«A veces por las mañanas.»
No añadí horarios. Todavía.