CAPÍTULO 4
Durante dos días hablamos por la ventana.
Llamarlo hablar era exagerado. Intercambiábamos preguntas de cuatro o cinco palabras porque cualquier frase más larga necesitaba letras pequeñas y terminaba siendo imposible de leer desde el otro edificio.
Yo trabajaba con una carpeta de folios al lado del teclado y Nerea parecía haber encontrado un rotulador mejor.
A veces pasaban horas entre un mensaje y otro.
Si Raquel estaba en el salón, no ocurría nada.
Si el marido de Raquel aparecía, Nerea ni siquiera miraba hacia mi casa.
La primera tarde le pregunté si podía salir sola.
A VECES.
¿TE ENCIERRAN?
NO CON LLAVE.
¿TE HAN PEGADO?
NO.
Aquella respuesta debería haberme aliviado. En cambio, me obligó a reformular el peligro en términos menos evidentes. No hacía falta una puerta cerrada para retener a alguien, pensé. Tampoco una paliza.
¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?
Nerea tardó casi diez minutos en responder.
QUIERO HABLAR CON MI PADRE.
Esas palabras me hicieron sentarme. No «quiero irme». No «sácame de aquí». Ni siquiera «llama a mi familia». Quería hablar con su padre. Escribí:
¿IVÁN?
Al ver el nombre, Nerea dejó caer el rotulador. Se volvió hacia la puerta, luego hacia mí, y levantó un folio.
¿CÓMO SABES?
No podía explicarle lo de Facebook a través de una ventana. Escribí:
TU TÍA SILVIA.
Nerea frunció el ceño. Después su expresión cambió.
¿SILVIA?
SÍ.
La chica escribió algo, lo tachó, volvió a escribir.
¿HAS HABLADO CON ELLA?
SÍ.
Esta vez Nerea sonrió de una manera distinta. No de alivio completo, pero sí con una alegría que me confirmó lo que yo necesitaba confirmar: Silvia existía para ella. La conocía. No estaba hablando con una desconocida que se había inventado un parentesco. Nerea escribió:
DILE QUE ESTOY BIEN.
Luego, debajo:
Y QUE QUIERO A MI PADRE.
Aquella tarde le copié el mensaje a Silvia palabra por palabra. Tardó varios minutos en responder.
«Gracias. No sabes lo que significa leer esto.»
Luego me pidió que no le contara todavía a Nerea demasiadas cosas porque podía ponerse nerviosa e intentar escapar por su cuenta.
«Iván está desesperado. Lleva meses intentando que alguien escuche lo que ella quiere.»
«¿Por qué no puede hablar con ella legalmente?»
La respuesta tardó más de una hora.
Cuando llegó yo ya había cenado.
«Hay un conflicto familiar muy feo. Su madre y su padre se separaron mal.
Después hubo denuncias, acusaciones cruzadas y servicios sociales.
La gente con la que está ahora consiguió una medida provisional.
No puedo entrar en detalles por escrito porque hay una menor, pero Iván no es el monstruo que han pintado. »
Me quedé mirando la pantalla. La palabra «denuncias» alteraba la historia.
«¿Hay una orden de alejamiento?»
Silvia escribió y borró varias veces antes de contestar.
«Hubo una. Está recurrida y se basó en hechos que no ocurrieron como se contaron.»
No respondí. A los pocos minutos llegó otro mensaje.
«Entiendo que esto te eche para atrás. A mí también me asustó al principio. Pero Nerea quiere hablar con él. Eso es lo único que te pido que tengas presente.»
Era difícil discutir esa parte. Yo acababa de leerlo con mis propios ojos.
A la mañana siguiente llamé a Clara antes de empezar a trabajar. Le había mandado mensajes la noche anterior y no contestó hasta las siete porque uno de los niños tenía fiebre.
—No me gusta —dijo después de escucharme.
—¿Qué parte?
—Ninguna.
—Eso es muy concreto.
—Una tía de Facebook te dice que una orden de alejamiento está basada en hechos mal contados. ¿Qué esperas que te diga?
—Nerea quiere hablar con su padre.
—Los hijos quieren a sus padres incluso cuando sus padres son un desastre.
—No he dicho que él no lo sea.
—Estás buscando una manera de que la historia siga siendo la que tú pensabas.
Aquello me molestó.
—La historia empezó con una chica enseñándome un cartel diciendo que no es hija de esas personas.
—Y resulta que no lo es.
—Exacto.
—No, Elena. Escúchate. Que una frase sea verdad no significa que la conclusión que has sacado sea verdad.
Me quedé callada. Clara aprovechó.
—Ve a la policía y cuéntalo todo.
—Nerea me ha pedido que no lo haga.
—Nerea tiene dieciséis años.
—Precisamente.
—Eso no significa lo que crees que significa.
Terminamos discutiendo. No mucho, pero lo suficiente para que yo pasara la primera reunión del día con una irritación que no tenía nada que ver con facturas.
Después de colgar, intenté volver al trabajo y terminé abriendo por tercera vez la misma factura.
Había un descuadre de ciento ochenta y seis euros que, en cualquier otro momento, habría encontrado en cinco minutos.
Aquella mañana sumé tres veces la misma columna y en las tres obtuve resultados distintos.
Me levanté y fui al balcón interior a tender una lavadora. Era una de las cosas que más me gustaban de trabajar desde casa: cuando la cabeza dejaba de servir para números, podía hacer algo que no exigiera interpretar a nadie. Camisetas, toallas, dos vaqueros. Nada escondía una segunda versión.
Pablo solía reírse de esa costumbre. Vivimos juntos seis años en Madrid y durante los dos primeros yo insistía en tender por colores, como si una camiseta roja pudiera contaminar emocionalmente una sábana blanca.
Cuando nos separamos, él se quedó con el piso de alquiler y yo con una cafetera demasiado grande, media biblioteca y una certeza incómoda: llevaba años diciendo que quería una vida más tranquila sin haber hecho nada por construirla.
Salamanca apareció como una solución práctica.
Había estudiado allí, estaba a poco más de una hora de mi familia en Zamora y podía trabajar a distancia.
Encontré el piso por internet, lo visité un jueves y lo alquilé el viernes.
Durante meses pensé que aquella rapidez demostraba que sabía tomar decisiones.
Con el tiempo entendí que algunas decisiones resultan sencillas precisamente porque no quieres mirar demasiado lo que dejas atrás.
Pablo y yo seguíamos hablando de vez en cuando.
Cumpleaños, alguna noticia de amigos comunes, el mensaje inevitable cuando Netflix volvía a cobrar una suscripción antigua que ninguno recordaba haber cancelado.
No había una tragedia sentimental que explicara mi vida sola.
Él quería hijos con una seguridad que yo no tenía y, al final, dejamos de discutir sobre el momento adecuado para admitir que queríamos futuros diferentes.
Si hubiera seguido viviendo conmigo, pensé mientras colgaba una toalla, habría visto a Nerea el primer día y probablemente habría dicho algo parecido a Clara: «No sabes qué está pasando».
Pablo tenía una paciencia que a mí me parecía pasividad cuando estábamos juntos.
Esperaba. Dejaba que la gente terminara de explicar.
A veces tardaba tanto que yo sentía la necesidad de empujar la conversación para que llegara a alguna parte.
Volví al salón y miré la ventana de enfrente. Nerea ya no estaba.
Abrí una página oficial sobre desapariciones de menores.
No buscaba necesariamente su nombre; quería saber cómo se difundían los casos, qué información solía hacerse pública y por qué algunos tenían carteles mientras otros apenas dejaban rastro.
Leí durante casi media hora y terminé con más dudas.
La ausencia de una alerta pública no demostraba que no existiera una denuncia.
La intervención de servicios sociales tampoco significaba que una menor estuviera segura con cualquier adulto.
Cada dato que esperaba usar para cerrar una hipótesis abría otras dos.
Encontré un teléfono de una fundación que orientaba a familias de menores desaparecidos. Marqué y colgué antes de que contestaran.
No podía llamar fingiendo ser familiar. Tampoco podía pedir información sobre un caso concreto a una organización que, si realmente conocía a Nerea, no debía contarme nada.
Me serví otro café y regresé al trabajo.
A las once y veinte Óscar me escribió por el chat interno.
«¿Te pasa algo?»
«No.»
«Has validado una factura de Murcia como si fuera de Navarra.»
La abrí. Tenía razón.
«Lo arreglo.»
«Eso espero, porque Murcia se nos va a enfadar.»
Sonreí pese a mí misma. Óscar era de esas personas capaces de hacer una broma justo antes de ponerse serio.
«En serio. Si necesitas parar, paras.»
«He dormido mal.»
«Pues duerme esta noche. Ahora revisa lo que mandes.»
Cerré el chat con cierta irritación, aunque no había dicho nada injusto.
Me obligué a trabajar hasta las dos sin mirar enfrente.
Fue más difícil de lo que me gustaba admitir.
Cada vez que algo se movía en mi visión lateral, el cuerpo reaccionaba antes que la cabeza. Una sombra. Una cortina. Un reflejo.
A las dos y cuarto preparé pasta y comí en la cocina, donde no se veía la calle.
Fue allí donde comprendí algo que debería haberme tranquilizado: si Nerea estaba realmente en una situación de peligro grave, yo no podía resolverla mediante folios desde una ventana. Necesitaba adultos responsables, profesionales, policía, alguien con autoridad real.
El pensamiento duró hasta que recordé su segundo mensaje.
NO LLAMES A LA POLICÍA.
Había muchas razones por las que una adolescente podía no querer a la Policía cerca. Algunas inocentes. Otras no.
Volví al salón antes de terminar de comer.
A media mañana, Nerea apareció en la ventana. Antes de que yo levantara un folio, ella mostró el suyo.
NO PUEDO USAR MÓVIL.
Debajo había añadido:
ME LO QUITARON.
Escribí:
¿POR QUÉ?
Nerea se encogió de hombros y levantó otro.
POR MI PADRE.
Aquello admitía dos lecturas. Le habían quitado el móvil para impedir que hablara con él. O se lo habían quitado por algo relacionado con él. Elegí la primera sin darme cuenta.
¿QUIERES QUE LE ESCRIBA?
Nerea asintió antes incluso de terminar de leer. Su respuesta fue:
DILE QUE NO ME HE OLVIDADO.
Transcribí la frase a Silvia. La contestación llegó acompañada de un corazón roto.
Por primera vez me pareció un gesto demasiado obvio. Después pensé que yo no tenía derecho a decidir cómo debía escribir una mujer que llevaba meses intentando encontrar a su sobrina.
Aquella noche, cerca de las once, vi al marido de Raquel colocar una pequeña cámara en la parte interior de una de las ventanas del salón. No apuntaba hacia dentro. Apuntaba a la calle.
Lo observé ajustar el ángulo, conectar un cable y comprobar el móvil.
Cuando terminó, cerró parcialmente la cortina.
Durante unos segundos pensé que la cámara podía captar mi propia ventana. Me aparté del cristal.
A los pocos minutos recibí un mensaje de Silvia.
«¿Sigues ahí?»
Respondí que sí.
«Necesito preguntarte una cosa. ¿Tienes la impresión de que ellos saben que alguien los ha localizado?»
Miré la cámara recién instalada y respondí: «Puede». Silvia escribió: «Entonces hay que ir con cuidado». Era razonable; aun así, aquella noche dormí con las cortinas cerradas.