La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

El hombre permaneció junto al coche menos de cinco minutos.

A oscuras, detrás de mi ventana, me convencí de que podía observarlo sin que él me viera, aunque no tenía ninguna razón para creerlo.

Estaba a unos cincuenta metros, parcialmente oculto por un árbol y por una furgoneta de reparto aparcada en doble fila.

Llevaba una cazadora oscura y pantalones claros.

De vez en cuando levantaba la cabeza hacia el edificio de Nerea y después consultaba el móvil.

No parecía borracho ni perdido. Tampoco hacía nada que, contado en voz alta, justificara la alarma que me produjo.

—Policía Nacional, dígame.

Durante un segundo estuve a punto de contar lo de la chica, el papel y la mujer de Facebook.

En lugar de eso dije que había un hombre merodeando por mi calle y observando un edificio.

La operadora me hizo varias preguntas: si llevaba armas, si había intentado entrar en algún portal, si estaba amenazando a alguien. Respondí que no a todo.

—¿Puede describirlo?

Lo intenté. La descripción resultó tan inútil que me dio vergüenza: varón de mediana edad, altura media o algo más, ropa oscura. Mientras hablaba, el hombre abrió la puerta del coche.

—Se está marchando.

—¿Puede ver la matrícula?

Me pegué al cristal, pero el vehículo estaba mal orientado y un contenedor tapaba la parte trasera.

—No.

—¿Color y modelo?

—Gris. No sé el modelo.

La operadora me pidió la calle y me dijo que, si el hombre regresaba o intentaba acceder al inmueble, volviera a llamar. Colgué justo cuando el coche se alejaba. No le conté lo de Nerea.

Me quedé con el teléfono en la mano, pensando en esa omisión con una incomodidad que intenté justificar de inmediato.

No había ocultado un secuestro. Había evitado mezclar una sospecha todavía sin comprobar con un hombre que podía no tener nada que ver.

Si la Policía acudía preguntando por una chica desaparecida y las personas que estaban con ella descubrían que alguien la había visto pedir ayuda, la situación podía empeorar.

La explicación me permitió volver a la cama. No me permitió dormir.

A las siete y media ya estaba delante del ordenador. Tenía cuatro correos urgentes, una reunión a las nueve y el café tan cargado que sabía peor que de costumbre. Lo primero que hice no fue abrir el trabajo, sino Facebook.

Silvia me había escrito a las cuatro y siete.

«Gracias por avisarme. La persona que hizo la foto ya se ha marchado. No queremos asustarla ni acercarnos hasta estar seguros.»

Leí la frase dos veces.

«¿Quién era?»

La respuesta llegó cuando yo estaba en mitad de una videollamada. Vi la notificación aparecer en una esquina de la pantalla y durante varios minutos apenas escuché a Óscar explicar un problema con una remesa. Al terminar abrí el mensaje.

«Un amigo de la familia. Vive relativamente cerca.»

Madrid no estaba relativamente cerca. Valladolid sí. Zamora también. León, incluso. No sabía desde dónde había ido aquel hombre, y el dato tampoco tenía por qué significar nada.

«¿Por qué no fue a la policía si cree que la ha encontrado?»

Silvia tardó casi veinte minutos.

«Porque ya hubo una intervención que salió mal y Nerea terminó todavía más aislada. No quiero volver a cometer ese error.»

La respuesta encajaba demasiado bien con mi miedo de la noche anterior. No le dije que había llamado.

A las diez y media se abrieron las cortinas del piso de enfrente. Raquel apareció con una taza, dejó algo sobre la mesa y regresó hacia el pasillo. El marido de Raquel —todavía no sabía cómo se llamaba— no estaba. Nerea apareció unos minutos después.

No miró hacia mi ventana al principio. Llevaba el pelo recogido y una sudadera blanca. Se sentó en el sofá con un cuaderno abierto sobre las rodillas. Durante casi media hora leyó o fingió leer. Yo intenté trabajar.

A las once y nueve levantó la cabeza. Nuestras miradas se encontraron a través de la calle. Se quedó quieta. Yo también.

Después Nerea señaló con un gesto pequeño hacia la mesa donde el día anterior había colocado el folio.

Comprendí lo que quería antes de decidir si debía hacerlo. Cogí una hoja de la impresora y un rotulador negro. Escribí con letras grandes:

¿NECESITAS AYUDA?

Me pareció una pregunta tan obvia que estuve a punto de romperla. No podía escribirle veinte cosas. Tampoco podía hacerle gestos desde una ventana como si jugáramos a una película muda. Levanté el folio.

Nerea lo leyó. Miró hacia la puerta del salón. Después cogió su cuaderno y escribió algo. Tardó un poco porque el rotulador no debía de marcar bien. Se acercó al cristal.

SÍ.

No tuve tiempo de pensar la siguiente pregunta. Ella bajó el papel, escribió de nuevo y volvió a mostrarlo.

NO LLAMES A LA POLICÍA.

Sentí que el estómago se me cerraba. Escribí:

¿ESTÁS EN PELIGRO?

Nerea dudó. La pausa duró lo suficiente para que yo imaginara todas las respuestas. Finalmente levantó otro folio.

NO LO SÉ.

Aquello me desconcertó más que un sí.

Antes de que pudiera reaccionar, Raquel apareció al fondo del salón. Nerea cerró el cuaderno y se sentó. Yo bajé mi papel tan deprisa que se golpeó contra el escritorio.

Raquel cruzó la habitación, dejó una bolsa sobre una silla y habló con la chica. No pude oírla. Nerea respondió sin mirarla.

La escena, vista sin contexto, era normal. Una mujer hablaba con una adolescente que parecía estar de mal humor. Lo que yo acababa de leer convertía cada gesto en otra cosa.

A las doce recibí un mensaje de Silvia.

«¿La has vuelto a ver?»

No contesté. Me preparé algo de comer y dejé el móvil en el dormitorio para no mirarlo. A la una y cuarto tenía siete mensajes.

Los seis primeros eran prudentes. Preguntaba si todo estaba bien, si me había molestado, si prefería que no volvieran a contactar conmigo. El séptimo decía:

«Elena, si ella te pide ayuda, por favor, no la dejes sola.»

No había ninguna presión explícita. Solo una frase construida para que negarme pareciera abandono.

Le respondí que Nerea había confirmado que necesitaba ayuda. La contestación llegó casi enseguida.

«¿Ha podido decirte algo más?»

«Ha pedido que no llame a la policía.»

Silvia escribió durante bastante tiempo.

«Eso me preocupa. Lleva meses escuchando que la policía está contra su padre. No sé qué le habrán dicho ahora.»

Era la primera vez que mencionaba al padre.

«¿Cómo se llama?»

«Iván Vidal.»

«¿Dónde está?»

«En Madrid.»

Pensé en el coche gris alejándose de mi calle a las tres y veinte.

«¿Seguro?»

Silvia tardó.

«Sí. ¿Por qué?»

Escribí que por nada y borré el mensaje antes de enviarlo.

Durante el resto de la tarde intenté concentrarme en el trabajo. A las cinco, Óscar me preguntó por chat si estaba enferma porque había enviado una hoja de cálculo sin dos pestañas. Le dije que había dormido mal. Era verdad.

A las seis y cuarto Nerea apareció otra vez en la ventana. Yo ya tenía un folio preparado.

¿CÓMO TE LLAMAS?

Lo levanté. Ella lo leyó y, por primera vez desde que habíamos empezado aquella conversación absurda, sonrió. Fue una sonrisa breve, casi sorprendida. Escribió:

NEREA.

Después añadió algo debajo.

NO MARINA.

Miré el papel de mi mesa donde había escrito el nombre el día anterior. NEREA VIDAL. La publicación de Facebook era ella.

Esta vez no tuve que convencerme de nada.