La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 2
5%

CAPÍTULO 2

La publicación tenía cuatro meses. La había compartido una mujer llamada Silvia Montalbán en un grupo de personas desaparecidas y, desde allí, había pasado a otras páginas. El texto era breve.

«Seguimos buscando a Nerea. Si alguien la ha visto o tiene cualquier información, por favor, que se ponga en contacto conmigo por privado. La familia lleva meses sin saber dónde está.»

Debajo aparecían dos fotografías. En la primera, Nerea sonreía sentada en el borde de una fuente. Tenía el pelo más corto y llevaba gafas de sol sobre la cabeza. En la segunda estaba de perfil, abrazando a un perro.

Me acerqué tanto a la pantalla que terminé aumentando la imagen. Era ella.

O podía ser ella. Tenía la misma forma de la mandíbula, el mismo pelo oscuro, las cejas muy marcadas. La fotografía parecía tomada al menos un año antes y la chica de enfrente estaba más delgada, pero no dudé mucho. Leí los comentarios.

«Compartido en Toledo.»

«Difundo en Madrid.»

«Ojalá aparezca pronto.»

«¿Hay denuncia puesta?»

Silvia había respondido a esa última pregunta.

«Sí, todo está en manos de quien corresponde. Gracias.»

No había teléfono. Tampoco una referencia oficial ni un cartel policial. Entré en el perfil de Silvia.

Era una mujer de unos cuarenta años, rubia, con muchas fotografías de viajes y muy pocas publicaciones personales recientes. Algunas eran públicas. En una aparecía con Nerea en un restaurante.

«Mi niña», decía el texto.

La foto tenía tres años. En otra estaban en una playa. En otra, delante de un árbol de Navidad. La relación parecía evidente.

Busqué el nombre de Nerea unido al apellido Montalbán. Nada. Probé variantes. Nerea desaparecida Madrid.

Nerea 16 años desaparecida. Nerea Montalbán. No encontré ninguna noticia de periódico ni aviso oficial. Eso me generó la primera duda seria.

Una menor desaparecida durante meses debería dejar más rastro.

O quizá no. No conocía cómo funcionaban esos casos.

No todas las desapariciones salían en televisión.

No todas las familias querían prensa. Y si la policía sospechaba una fuga voluntaria, podía haber pocos artículos. Volví a la publicación.

Abrí el cuadro para escribir un mensaje. Lo cerré. Fui a la cocina y bebí agua.

Cuando regresé al salón, las cortinas del piso de enfrente seguían cerradas. Me senté. Escribí:

«Hola. Perdona que te contacte sin conocerte. Creo que podría haber visto a la chica de las fotos.»

No lo envié. Eliminé «creo».

«Hola. Perdona que te contacte sin conocerte. Podría tener información sobre Nerea.»

Tampoco. Me pareció peligroso. ¿Y si Silvia no era realmente familia? ¿Y si estaba compartiendo las fotos sin permiso? ¿Y si yo acababa de identificar a una chica que no tenía ninguna relación con la publicación? Pensé en llamar a la Policía.

Eso parecía lo correcto. También pensé en lo que tendría que contar. Una chica me había enseñado un papel diciendo que no era hija de las personas con las que vivía. Había encontrado en Facebook una fotografía parecida de otra adolescente llamada Nerea. Era suficiente para preguntar.

Cogí el móvil. Marqué el 091. No llegué a pulsar llamada. Me acordé de Marina —Nerea— escondiendo el papel bajo la camiseta al entrar el hombre.

Si estaba realmente retenida contra su voluntad y yo provocaba que apareciera una patrulla en la puerta sin saber qué ocurría, podía empeorar la situación. Aquella conclusión tenía sentido.

Al menos en ese momento me lo pareció. Volví a Facebook. Envié el mensaje a Silvia. Contestó once minutos después.

«¿Dónde?»

La rapidez me puso nerviosa. Escribí:

«Prefiero no decirlo todavía. ¿Qué relación tienes con ella?»

Aparecieron los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron.

«Soy su tía.»

Miré las fotografías otra vez.

«¿La chica se llama Nerea Montalbán?»

«Nerea Vidal. Montalbán es mi apellido.»

«¿Cuántos años tiene?»

«16.»

Coincidía.

«¿Desde cuándo falta?»

Esta vez tardó más.

«Desde febrero.»

Febrero. Siete meses. La familia de enfrente había llegado en junio.

«¿Sabes con quién puede estar?»

Silvia escribió:

«Elena, ¿puedo llamarte?»

Me quedé mirando mi nombre. No se lo había dado. Abrí mi perfil. Claro.

Mi nombre estaba allí. También una fotografía de perfil tomada hacía dos años en Lisboa y, aunque tenía la mayor parte de las publicaciones privadas, seguramente aparecía suficiente información para saber que vivía en Salamanca. Sentí la primera punzada de arrepentimiento. Respondí:

«Prefiero hablar por aquí de momento.»

«Lo entiendo. Perdona. Estoy muy nerviosa.»

Después escribió:

«¿La has visto hoy?»

No contesté inmediatamente. Silvia añadió:

«Por favor.»

Miré la ventana. Las cortinas seguían cerradas.

«Sí.»

Pasaron unos segundos.

«¿Está bien?»

La pregunta cambió algo. Hasta entonces Silvia había sido una desconocida detrás de una pantalla. Aquellas tres palabras consiguieron que imaginara a una mujer llevando siete meses sin saber dónde estaba su sobrina.

«Parece estar bien físicamente.»

«¿Está sola?»

«No.»

«¿Con un hombre y una mujer?»

Me quedé quieta.

«Sí.»

La respuesta de Silvia llegó casi de inmediato.

«Dios mío.»

Después:

«Son ellos.»

Esas palabras me pusieron en alerta, pero también me hicieron sentir que por fin alguien sabía algo que yo no. Hasta ese momento había sido yo quien reunía piezas. De pronto existía una persona con un mapa completo.

«¿Quiénes?»

La respuesta tardó más.

«Gente de la familia de Ana. No deberían tenerla sin que ella pudiera hablar con nosotros.»

«¿Ana es su madre?»

«Sí.»

«¿Dónde está?»

Silvia escribió y borró varias veces.

«No puedo contarte eso. Ella también está protegida.»

La palabra me produjo un vuelco.

«¿Protegida de quién?»

No respondió de inmediato. Mientras esperaba, busqué el nombre de Ana Vidal, Ana Montalbán y varias combinaciones.

Encontré perfiles cerrados, una vieja clasificación de una carrera popular y un documento escolar donde aparecía una Ana Montalbán como madre de una alumna.

No podía saber si era la misma. Silvia volvió a escribir.

«De Iván.»

Aquello debería haber cambiado mi lectura de todo. En lugar de eso, me limité a preguntar:

«¿El padre de Nerea?»

«Sí.»

«¿Por qué?»

«Hay una orden y un procedimiento abierto. La versión oficial dice que él es peligroso. La realidad es bastante más complicada.»

La expresión «la versión oficial» me incomodó un instante, aunque el resto de la frase sonaba a alguien cansado de que un conflicto familiar hubiera terminado reducido a expedientes y medidas.

«¿Ha hecho daño a Nerea?»

«Nunca.»

La seguridad me alivió.

«¿A Ana?»

Tardó.

«Hubo una pelea muy fea. Iván no estuvo bien. Ana tampoco. No quiero minimizarlo, pero tampoco fue como después se contó.»

Había algo convincente en que no lo negara por completo. Si Silvia hubiera escrito que todo era mentira, quizá habría desconfiado. Admitir una parte parecía dar peso al resto.

«¿Entonces por qué busca a Nerea?»

«Porque ella quiere hablar con él y no se lo permiten.»

Miré la ventana cerrada del piso de enfrente.

«¿Cómo sabes lo que quiere?»

«Porque habló con él durante meses a escondidas.»

Ese dato no lo había dado yo.

«¿Cuándo?»

«Hasta mayo, creo. Lo descubrieron y después la movieron.»

La familia había llegado en junio. El calendario encajó con tanta limpieza que sentí que acababa de encontrar una prueba.

«¿Y tú cómo sabes que está en Salamanca?»

«No lo sabía hasta que me escribiste.»

Volví a mirar mi propio perfil y las fotografías antiguas que podían situarme en la ciudad.

La historia que Silvia acababa de contarme no encajaba con la palabra «secuestro», pero tampoco la descartaba. Necesitaba saber qué estaba afirmando exactamente.

«Si está secuestrada, voy a llamar a la Policía.»

«Claro. Y debes hacerlo si crees que está en peligro.»

Eso me tranquilizó. No intentaba impedírmelo. Después llegó otro mensaje.

«Solo te pido que antes me digas si estás completamente segura de que es ella. Hemos recibido avisos falsos. Uno nos llevó hasta Portugal.»

«Creo que sí.»

«¿Puedes mandarme una foto?»

Me aparté del ordenador. Ahí estaba la frontera. Hasta ese momento solo había hablado. Una fotografía era otra cosa.

Podía demostrar una dirección, un edificio, una ventana. Incluso sin decir dónde estaba, cualquier persona con suficientes datos podía localizar un lugar a partir de una imagen. Escribí:

«No.»

Silvia respondió:

«Lo entiendo.»

Nada más. Aquella respuesta volvió a tranquilizarme.

Un manipulador habría insistido, pensé. Hoy sé que esa idea decía bastante más de mí que de Silvia.

Imaginaba que la gente peligrosa se comportaba de una manera reconocible: presionaba, amenazaba, exigía.

No había entendido todavía que la forma más eficaz de conseguir algo de alguien consiste muchas veces en dejar que crea que ha decidido entregártelo.

Cerré Facebook. Clara me llamó a las ocho.

—¿Qué pasa?

—Ahora sí pasa algo.

Le conté todo. Esta vez no se rio.

—Llama a la Policía.

—Eso he pensado.

—Pues hazlo.

—La mujer dice que hay denuncia.

—Me da igual lo que diga una señora de Facebook.

—Es la tía.

—Eso dice ella.

—Hay fotos juntas.

—Yo tengo fotos con Shakira en un museo de cera.

—Clara.

—Estoy hablando en serio. No sabes quién es.

Me levanté y caminé hasta la cocina.

—La chica me enseñó un cartel.

—Eso sí importa. Lo demás todavía no sabes qué es.

—¿Qué hago?

—Llama.

—¿Y digo la dirección de esa familia?

—Sí.

—¿Y si la chica se mete en un problema porque descubren que ha pedido ayuda?

Mi hermana guardó silencio.

—Puedes explicar eso también.

—Van a presentarse allí.

—No sabes qué harán.

—Precisamente.

Clara suspiró.

—Elena, no intentes investigar tú.

—No estoy investigando.

—Has buscado durante una hora a una adolescente desaparecida y estás hablando con una mujer que dice ser su tía.

—Vale.

—Eso es investigar.

Me apoyé en la encimera.

—Solo quiero asegurarme de que es ella antes de montar algo.

—¿Y cómo piensas asegurarte?

No respondí.

—Exacto —dijo Clara—. Porque para asegurarte necesitas empezar a averiguar cosas que no te corresponden.

Me molestó la frase. Quizá porque tenía razón.

Después de colgar escribí en una hoja: NEREA VIDAL 16 AÑOS DESAPARECIDA DESDE FEbrERO SILVIA MONTALBÁN — TÍA «NO SOY SU HIJA» Debajo puse: Llamar mañana.

No sé por qué escribí mañana en lugar de ahora. Quizá necesitaba dormir con la información antes de convertirla en un asunto policial. Quizá me daba miedo equivocarme. Quizá una parte de mí quería disponer de unas horas para entender qué estaba ocurriendo sin que nadie tomara decisiones por mí.

A las diez y media cené.

A las once comprobé Facebook. Silvia no había vuelto a escribir.

A las once y veinte miré la ventana. Las cortinas de enfrente estaban abiertas otra vez, pero el salón estaba vacío.

A las doce me fui a la cama. Dormí mal.

A las tres y trece me despertó una notificación. Era un mensaje de Silvia.

«Perdona la hora. Acaban de mandarme esto. ¿Es la misma casa?»

Debajo había una fotografía. La imagen estaba tomada desde la calle. Se veía una fachada de piedra, parte de un balcón y una ventana iluminada.

Reconocí el edificio inmediatamente. Era el de enfrente. Pero la foto no estaba hecha desde mi casa. Estaba tomada desde abajo.

Desde Salamanca. Me incorporé en la cama. Escribí:

«¿Quién te ha mandado eso?»

Silvia empezó a responder. Los tres puntos aparecieron durante casi un minuto. Finalmente llegó una frase.

«Alguien que también la está buscando.»

«¿Quién?»

«Un amigo ha ido a comprobar si podía ser el edificio. Nada más.»

Nada más. Alguien había ido hasta mi calle de madrugada para fotografiar un edificio donde podía estar una menor protegida. Sin embargo, como Silvia lo presentaba como una comprobación prudente, yo lo interpreté como prueba de cuidado.

«No quiero que nadie se acerque a ella sin policía.»

«Yo tampoco.»

Aquella respuesta fue otra pieza decisiva. Si la persona con la que hablaba quisiera hacer algo ilegal, pensé, no estaría aceptando que interviniera la Policía.

Me levanté. Fui al salón y me acerqué a la ventana sin encender la luz.

La calle estaba prácticamente vacía. Un taxi pasó despacio. Más lejos, junto a un coche aparcado, había un hombre. No pude verle la cara.

Estaba mirando hacia el edificio de Nerea. Y sostenía un teléfono en la mano.