La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2) CAPÍTULO 1
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La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2)

La familia de enfrente (Secretos tras la puerta 2)

Por Luis Sanchez Estevez

© inepub.com

CAPÍTULO 1

La primera vez que vi a la chica del edificio de enfrente pensé que estaba castigada.

Llevaba casi veinte minutos de pie junto a la ventana del salón, sin móvil, sin libro y sin ninguna de esas cosas que normalmente justifican que una adolescente permanezca tanto tiempo en el mismo sitio.

Tendría quince o dieciséis años. Quizá alguno más.

A cierta distancia resulta difícil calcular la edad de la gente, sobre todo cuando uno empieza a observarla sin haber decidido todavía que la está observando.

Yo esperaba una llamada de Madrid que no llegaba.

Eran las seis y diez de una tarde de septiembre y llevaba desde las ocho y media delante del ordenador, corrigiendo incidencias de facturación para una empresa de material sanitario cuya oficina central no había pisado desde hacía casi tres años.

En teoría, trabajar desde casa me había dado libertad.

En la práctica, había aprendido que la libertad consistía en poder poner una lavadora durante una reunión y descubrir que nadie se da cuenta de que llevas zapatillas mientras discutes una devolución de once mil euros.

Mi escritorio estaba pegado a la ventana porque el piso era pequeño y porque, cuando me instalé allí dos años antes, decidí que mirar los tejados de Salamanca sería menos deprimente que mirar una pared.

No pensé entonces en la gente que también tendría ventanas.

La familia de enfrente había llegado a principios de verano.

Antes vivía allí un matrimonio mayor al que conocía de vista.

Él sacudía un mantel por la ventana después de comer y ella cultivaba geranios que conseguían sobrevivir incluso en febrero.

Un día desaparecieron los geranios; una semana después apareció un cartel de una empresa de mudanzas y, poco más tarde, entraron los nuevos.

Un hombre de unos cuarenta y tantos. Una mujer algo más joven. La chica. No sabía cómo se llamaban.

Mi vecina Berta sí. Berta sabía cómo se llamaba todo el mundo en un radio de cien metros y, cuando no lo sabía, inventaba una versión provisional hasta conseguir la correcta.

—Son de Madrid —me había explicado en agosto mientras esperábamos el ascensor—. Él trabaja en algo de informática. O de seguros. La mujer creo que es profesora.

—¿Y la chica?

—La hija.

—Eso ya lo había supuesto.

Berta me miró con cierta decepción, como si acabara de desperdiciar un dato valioso.

—Se llama Marina.

No pregunté cómo lo sabía.

Aquella tarde de septiembre, Marina estaba delante de una de las ventanas del salón.

La vivienda quedaba un piso por encima de la mía y ligeramente a la derecha.

Entre ambos edificios había una calle estrecha y una distancia suficiente para no distinguir detalles pequeños, pero no tanta como para impedir reconocer gestos. Me levanté a preparar café.

Cuando regresé, seguía allí. Tenía el pelo oscuro, liso, un poco por debajo de los hombros. Llevaba una camiseta gris demasiado grande y apoyaba las manos en el cristal. No parecía mirar hacia abajo, a la calle. Miraba enfrente. Hacia mi edificio. Me senté.

Podría haberme visto. A aquella hora mi ventana reflejaba parte del salón, pero las luces estaban encendidas y, si uno se fijaba, era fácil distinguirme. Levanté la taza por puro reflejo, un saludo absurdo que me hizo sentir inmediatamente ridícula. La chica no reaccionó.

Un hombre apareció detrás de ella. El padre, supuse. Le dijo algo. Marina se volvió. El hombre señaló hacia el interior del piso y ella se apartó de la ventana. Eso fue todo.

Dos minutos después me llamó Óscar desde Madrid y dejé de pensar en ellos.

—Elena, tenemos otra incidencia con Iberclínica.

—Qué sorpresa.

—No te pongas contenta todavía. Esta es grande.

Compartió pantalla y durante la hora siguiente hablamos de facturas duplicadas, referencias que no coincidían y un pedido cuyo importe parecía haberse multiplicado porque alguien había añadido un cero. Cuando terminamos eran casi las siete y media. Estiré la espalda.

Volví a mirar enfrente. La ventana estaba vacía.

Durante la semana siguiente vi a Marina varias veces. No porque la buscara. O eso me dije.

Yo trabajaba en el mismo sitio ocho o nueve horas al día y su casa estaba delante.

Era inevitable acabar aprendiendo determinadas rutinas.

El hombre salía aproximadamente a las ocho menos cuarto.

Algunas mañanas llevaba una mochila negra; otras, una cartera.

La mujer se marchaba después, casi siempre a las nueve.

Marina no tenía un horario que yo pudiera identificar.

A veces salía con ellos. Otras permanecía en casa hasta media mañana.

Eso me extrañó porque septiembre ya había empezado y los institutos estaban funcionando.

Luego pensé que podía estudiar a distancia, tener un problema de salud o simplemente contar con un horario que yo desconocía.

La facilidad con la que construimos una explicación para lo que no sabemos es bastante cómoda. Evita que cada detalle se convierta en una pregunta.

El viernes, a las doce y veinte, vi a Marina salir sola. Llevaba vaqueros, una sudadera verde y una mochila pequeña. Cerró el portal y caminó hacia la esquina. El hombre apareció menos de un minuto después.

No salió corriendo. No parecía nervioso. Miró hacia ambos lados, localizó a la chica y fue tras ella.

Alcanzó a Marina antes del paso de peatones. Desde mi ventana no podía escuchar nada. Solo vi la conversación.

Él la cogió del brazo. Ella intentó soltarse. El gesto duró quizá dos segundos. Después Marina dejó de resistirse y regresaron juntos al edificio.

Me quedé de pie frente a la ventana con el móvil en la mano, aunque no recordaba haberlo cogido.

Una parte de mí quiso llamar a alguien. La otra me preguntó exactamente qué iba a decir.

«He visto a un padre coger del brazo a su hija cuando intentaba marcharse.»

No sabía siquiera si era su padre. Tampoco sabía si ella intentaba marcharse.

Podía haberse olvidado algo. Podía haber discutido con él por cualquier motivo. Podía haberse alejado sin permiso después de una pelea familiar. Podía haber ocurrido una docena de cosas que no incluyeran nada ilegal. Aun así, anoté la hora.

12:20. Lo hice en un papel junto al teclado.

Después lo rompí. El problema de vivir sola no es la soledad.

Al menos no siempre. Es que determinadas ideas no encuentran resistencia.

Cuando compartes casa con alguien puedes decir: «He visto una cosa rara» y otra persona responde «no es para tanto», «pues sí que es raro» o «deja de mirar por la ventana y termina de comer».

Sola, una idea puede crecer durante horas sin tropezarse con nadie.

Llamé a mi hermana. Clara vivía en Zamora y tenía dos hijos, un marido, un perro y la capacidad de mantener una conversación conmigo mientras hacía otras cinco cosas.

—¿Qué pasa? —contestó.

Escuché agua.

—¿Estás duchándote?

—Estoy bañando a Mateo. Habla.

—Nada. Quería saludarte.

—Mentira.

—¿Por qué tiene que pasar algo para que te llame?

—Porque ayer hablamos cuarenta minutos.

La oí decirle a mi sobrino que dejara de beber agua de la bañera.

—Hay una familia nueva enfrente —dije.

—Ajá.

—Tienen una hija adolescente.

—Elena, como esta historia termine en que estás vigilando a unos vecinos con prismáticos, te bloqueo.

—No tengo prismáticos.

—Todavía.

Le expliqué lo del brazo. Clara tardó unos segundos.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»?

—Que qué pasó.

—Volvieron a casa.

—¿Él la pegó?

—No.

—¿Le hizo daño?

—No lo sé.

—¿Ella pidió ayuda?

—No podía oírla.

—Entonces no sabes nada.

Aquello me molestó porque coincidía con la mía.

—Ya.

—Elena, no digo que no pueda pasar algo. Digo que has visto diez segundos desde otro edificio.

—Lo sé.

—Pues eso.

Mateo empezó a protestar al fondo.

—Tengo que sacarlo antes de que decida convertirse en pez. Te llamo luego.

—No hace falta.

—¿Vas a seguir mirando?

—No estoy mirando.

Mi hermana se rio.

—Claro.

Colgó. Cerré las cortinas. Duraron cerradas hasta las cuatro y diez.

A las cuatro y once las abrí porque el salón estaba oscuro.

El lunes siguiente conocí a la mujer. Coincidimos en una panadería de la calle Zamora. Yo había bajado durante mi descanso para comprar pan y café; ella estaba delante de mí y tardé varios segundos en reconocerla fuera del marco de la ventana.

Era más baja de lo que parecía desde mi casa. Tendría alrededor de cuarenta años, el pelo castaño recogido y una expresión amable. Llevaba una bolsa reutilizable y consultaba una lista en el móvil.

Pidió dos barras, unas magdalenas y pan de molde. Nada en ella parecía inquietante. Eso también me hizo sentir estúpida.

Cuando salió, la dependienta me dijo:

—Te toca.

Compré lo mío. Fuera, la mujer estaba guardando el pan en la bolsa. Se le cayó un paquete de pañuelos y lo recogí.

—Gracias.

—De nada.

Me sonrió.

—Tú vives enfrente, ¿verdad?

La pregunta me sorprendió.

—Sí.

—Te he visto en la ventana.

Sentí una incomodidad difícil de justificar. Yo llevaba semanas observando su casa, pero descubrir que alguien podía hacer exactamente lo mismo conmigo parecía infringir alguna regla.

—Trabajo ahí —expliqué—. Bueno, desde casa.

—Ya decía yo que siempre estabas con el ordenador.

Se rio.

—Soy Raquel.

—Elena.

Nos dimos dos besos.

—Nosotros llegamos en junio —dijo—. Todavía estamos acostumbrándonos a Salamanca.

—¿Sois de Madrid?

—De muchos sitios últimamente.

La respuesta fue ligera, casi una broma.

—Mi marido trabaja por proyectos y nos hemos movido bastante.

—Debe de ser cansado.

—Lo es.

Guardó el móvil.

—Pero queríamos algo más tranquilo.

Pensé en la chica.

—¿Tu hija también se está adaptando?

La sonrisa de Raquel cambió apenas un poco.

—Sí.

—Es una edad complicada.

—Mucho.

Hubo una pausa. Me habría gustado no haber hecho la siguiente pregunta.

—¿Va a algún instituto por aquí?

Raquel me miró. No fue una mirada hostil. Precisamente por eso me sentí peor.

—Este año estudia en casa.

—Ah.

—Tuvo algunos problemas en el colegio anterior y estamos haciendo la transición poco a poco.

—Claro. Perdona. No quería meterme.

—No te preocupes.

Su tono seguía siendo amable. Después añadió:

—Marina necesita bastante tranquilidad.

Aquello podía significar cualquier cosa. Yo decidí escuchar demasiadas. Raquel se despidió y caminó hacia su edificio. No la seguí con la mirada. Esperé hasta que dobló la esquina.

Aquella tarde busqué su nombre en internet. Raquel. Salamanca. Madrid. No tenía apellido. Por supuesto, no encontré nada útil. Cerré el navegador y regresé al trabajo.

A las seis y veinte Marina apareció en la ventana. Me obligué a no mirar. Duré menos de un minuto. Estaba sola.

Esta vez no apoyaba las manos en el cristal. Llevaba algo blanco entre ellas. Un folio. Lo levantó. Me incliné hacia delante.

Había letras escritas con rotulador negro. No conseguí leerlas. Me levanté y me acerqué a la ventana. Marina miraba directamente hacia mí.

Levantó más el papel. Las letras ocuparon todo el folio. Tres palabras.

NO SOY SU HIJA.

Me quedé inmóvil. La chica bajó el papel.

Durante unos segundos ninguna de las dos hizo nada. Después señaló hacia el interior de su casa y negó con la cabeza.

Una puerta se abrió detrás de ella. Marina dobló el folio tan deprisa que casi se le cayó. Lo escondió debajo de la camiseta.

El hombre entró en el salón. Ella se volvió. Yo retrocedí de la ventana. El corazón me golpeaba con una fuerza ridícula. Esperé. Uno, dos, tres minutos.

Cuando volví a asomarme, las cortinas del piso de enfrente estaban cerradas. Llamé a Clara. No contestó. La volví a llamar.

Nada. Miré el móvil, luego la ventana y después el buscador abierto en el ordenador. Esta vez no escribí «Raquel». Escribí:

adolescente desaparecida Salamanca Marina

Aparecieron noticias, redes sociales, avisos de asociaciones, casos antiguos y resultados que no tenían ninguna relación. Modifiqué la búsqueda y probé con Marina 16 años desaparecida Madrid . Después, con Marina adolescente desaparecida familia .

Luego escribí buscan a Marina menor desaparecida 2026 . Pasaron veinte minutos. No encontré a la chica. Eso debería haberme tranquilizado. No lo hizo.

A las siete y cinco recibí un correo del trabajo. No lo abrí. Seguí buscando.

A las siete y diecisiete encontré una publicación en una página de Facebook. No aparecía «Marina».

La chica de la fotografía se llamaba Nerea.