La falsa novia del CEO CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El Rechazo

El salón entero se quedó en silencio cuando Nate subió al estrado.

No fue un silencio pedido, ni anunciado por ningún maestro de ceremonias.

Fue el tipo de silencio que se produce cuando doscientas personas perciben, al mismo tiempo, que algo no va según el guion.

Claire lo sintió desde su lugar cerca de una de las columnas, medio escondida entre el brillo de los vestidos de gala y el destello ocasional de una cámara, con el corazón latiéndole tan fuerte que le sorprendió que nadie más pudiera oírlo.

Había llegado quince minutos antes, sin invitación, con la evidencia que Priya le había conseguido doblada dentro del bolso como un arma que no sabía todavía si iba a tener el valor de usar.

Había estado buscando un ángulo para acercarse a Nate sin montar una escena, para hablar con él antes de que el compromiso se anunciara oficialmente, para darle —por fin— la oportunidad de explicarse que dos días atrás se había negado a darle.

No había llegado a tiempo para eso. Pero, viéndolo ahora, con el micrófono en la mano y el rostro pálido bajo las luces del salón, entendió que quizás no había hecho falta.

—Buenas noches —dijo Nate, y su voz, amplificada, sonó extrañamente tranquila para un hombre que Claire sabía, incluso desde la distancia, que estaba a punto de hacer algo irreversible—. Sé que todos esperan un anuncio esta noche. Y va a haber uno. Solo que no el que estaban esperando.

Un murmullo recorrió el salón. Cerca del centro, Gerald Ashford, impecable en su esmoquin, se inclinó hacia adelante con una expresión que pasaba, en tiempo real, de la expectativa a algo más parecido a la alarma.

A su lado, Victor Hale sonreía todavía, esa sonrisa suya que nunca terminaba de ser una sonrisa, aunque algo en sus ojos ya había empezado a endurecerse.

—Durante las últimas semanas —continuó Nate—, muchos de ustedes han seguido, con más interés del que hubiera imaginado, mi vida personal.

Han visto fotografías. Han leído titulares.

Algunos de esos titulares eran ciertos. Otros no lo eran en absoluto.

Y esta noche quiero ser el único responsable de contarles cuál es cuál.

Claire sintió que el bolso, con la carpeta doblada dentro, le pesaba de pronto como si estuviera hecho de piedra.

No sabía qué estaba a punto de decir Nate.

No había hablado con él, no en los últimos dos días, no desde el titular que le había roto algo por dentro.

Y sin embargo, mirándolo ahí arriba, algo en su postura —la espalda recta, la mandíbula tensa, pero sin el barniz calculado que solía usar en sus apariciones públicas— le dijo que lo que fuera que estuviera a punto de pasar no iba a ser otra actuación.

—Mi padre —dijo Nate, y buscó a Gerald con la mirada, sin esquivarla— me pidió, hace algunas semanas, que considerara un compromiso con Natalie Hale como condición para asegurar el futuro de esta empresa.

Una empresa que mi madre construyó, no sobre acuerdos convenientes, sino sobre la confianza de las personas que trabajaron con ella.

Le dije que lo pensaría. No fue del todo honesto.

Ya sabía, desde el principio, que no era el camino que quería tomar.

Pero tampoco tuve el valor de decírselo directamente, así que en su lugar busqué maneras de comprar tiempo.

Contraté a alguien para que apareciera como mi pareja.

Firmé un contrato. Le pedí a una mujer que no me conocía de nada que fingiera, en público, sentir algo que en ese momento yo no estaba dispuesto ni a nombrar en privado.

El murmullo del salón subió un grado. Claire vio cabezas girarse, buscándola quizás, aunque nadie supiera todavía exactamente a quién buscar.

—Esa parte del contrato terminó siendo el error más afortunado de mi vida —continuó Nate, y por primera vez algo se quebró en su voz, algo que no sonaba a discurso ensayado—, porque en algún punto durante esas seis semanas dejé de fingir.

No puedo decir exactamente cuándo. Solo puedo decirles que para cuando me di cuenta, ya era demasiado tarde para que fuera mentira.

Claire sintió que se le cerraba la garganta.

Había escuchado a Nate decir muchas cosas en las últimas seis semanas —cosas estratégicas, cosas encantadoras, cosas dichas para cámaras y para inversores— pero nunca lo había escuchado hablar así, sin ninguna de sus defensas habituales, frente a doscientas personas que podían usar cada palabra en su contra.

—Hace dos noches —dijo Nate, y ahora su mirada se movió, deliberadamente, hacia Victor Hale—, recibí una amenaza.

El señor Hale, aquí presente, me dio veinticuatro horas para confirmar públicamente mi compromiso con su hija, o él se encargaría de exponer el arreglo con la señorita Bennett a la prensa, y de asegurarse, personalmente, de que el negocio familiar de ella no sobreviviera a la semana.

La sonrisa de Victor Hale desapareció por completo.

—Esto es absurdo —dijo, dando un paso al frente, su voz cortando el silencio del salón con una furia apenas contenida—. Nathaniel, no sé qué crees que estás haciendo, pero...

—Tengo los mensajes —dijo Nate, sin alzar la voz, sin necesitar hacerlo.

Levantó su teléfono, y en las pantallas cercanas que retransmitían el evento, la imagen se proyectó lo suficientemente clara para que quienes estaban cerca pudieran leer las palabras—.

Tengo la grabación de nuestra llamada de esa noche.

Y tengo la documentación que mi equipo legal ha estado reuniendo desde entonces sobre las prácticas del señor Hale con al menos otros dos socios comerciales en los últimos tres años, prácticas que, estoy seguro, a la Comisión de Valores le interesará revisar con detalle.

El salón entero pareció contener la respiración al mismo tiempo. Claire, desde su columna, vio a Gerald Ashford ponerse de pie despacio, su expresión indescifrable, mientras Victor Hale abría la boca para hablar y no encontraba, por primera vez en la noche, ninguna palabra lista.

—Así que no —continuó Nate, volviendo la mirada hacia el frente, hacia la sala entera, hacia las cámaras que ahora grababan cada palabra con una intensidad renovada—.

No voy a confirmar ningún compromiso esta noche.

No con Natalie Hale, a quien respeto y que no merece ser usada como moneda de cambio en ninguna negociación, la mía o la de su padre.

Y ciertamente no bajo la amenaza de un hombre que decidió que el chantaje era una estrategia de negocios aceptable.

Se detuvo un momento. Cuando volvió a hablar, algo en su voz cambió por completo, se volvió más bajo, más vulnerable, y Claire sintió que el corazón se le detenía un instante, como si supiera lo que venía antes de que las palabras llegaran.

—Lo que sí voy a hacer esta noche es decir la verdad, en público, sobre lo único que en las últimas seis semanas dejó de ser una estrategia. —Su mirada barrió la sala una vez más, y esta vez, cuando encontró la columna donde Claire estaba de pie, no la dejó ir—. Claire.

Todo el salón giró para seguir su mirada.

Claire sintió doscientos pares de ojos posarse sobre ella al mismo tiempo, el peso de las cámaras, de los flashes, de la atención que había pasado seis semanas fingiendo tolerar y que ahora, en este momento exacto, se sentía como estar completamente expuesta sin ningún guion que la protegiera.

—No sé si todavía quieres escuchar esto de mí —dijo Nate, y su voz, aunque amplificada, sonó de pronto como si le estuviera hablando solo a ella, como si el resto de la sala hubiera desaparecido—.

Sé que te fallé. Sé que decidí, otra vez, protegerte a mi manera en vez de confiar en que podíamos enfrentar esto juntos, y sé que eso es exactamente el patrón que me prometiste que ya no ibas a tolerar.

Tenías razón en estar furiosa. Tenías razón en irte.

Lo único en lo que te equivocaste fue en la razón por la que me fui yo esa noche.

Claire sintió que las lágrimas le quemaban los ojos, y no hizo nada por contenerlas.

—No fui a comprometerme con Natalie —continuó Nate—.

Fui a ganar tiempo para protegerte de un hombre que estaba a punto de destruir todo lo que tu madre construyó, y lo hice sin decírtelo porque tuve miedo de que, si te lo contaba todo, no tendría tiempo de detenerlo antes de que el daño ya estuviera hecho.

Fue un error. No el de intentar protegerte.

El de creer que protegerte significaba decidir por ti.

El salón entero estaba en absoluto silencio ahora, doscientas personas convertidas, sin proponérselo, en testigos de algo que no tenía nada que ver con fusiones ni con acciones de bolsa.

—Así que esto es lo que sé con certeza —dijo Nate, y bajó el teléfono, dejó caer las manos a los lados, sin nada ya que sostener entre él y la verdad—.

Sé que te amo. Sé que lo supe desde antes de admitírmelo a mí mismo, quizás desde el primer beso que se suponía tenía que ser una actuación y dejó de serlo en el instante en que nuestras bocas se tocaron.

Y sé que preferiría perder esta empresa, perder la aprobación de mi padre, perder cualquier cosa que este salón represente, antes que perderte a ti por haber elegido, otra vez, el silencio en lugar de la verdad.

Claire no se dio cuenta de que había dado un paso adelante hasta que sintió el mármol frío bajo sus zapatos, alejándose de la columna, hacia el centro de una sala que la miraba entera, con el bolso todavía apretado contra su costado y el corazón latiéndole tan fuerte que temió que se le notara desde el estrado.

No dijo nada todavía. No sabía, en ese momento exacto, qué palabras existían para lo que sentía.

Pero se quedó ahí, de pie, visible, sin esconderse detrás de ninguna columna, y por la manera en que Nate exhaló al verla —un alivio tan crudo que se le notó incluso desde la distancia— supo que ese gesto, por ahora, decía suficiente.

Fue Victor Hale quien rompió el momento.