CAPÍTULO 30 #2
—Esto es una farsa —dijo, avanzando hacia el estrado con el rostro descompuesto de furia, la máscara de cortesía completamente caída—. Fabricaste esa grabación. Cualquier abogado decente podría...
—No hace falta un abogado —dijo una voz, más tranquila que la de Victor, pero no menos firme.
Claire, junto con el resto del salón, giró para ver a Natalie Hale ponerse de pie desde su mesa, con el vestido de compromiso que se suponía debía llevar esa noche como protagonista de una historia distinta a la que estaba a punto de contar.
—Yo estaba ahí cuando hiciste esa llamada, papá —dijo Natalie, y su voz, aunque temblorosa al principio, se fue afirmando con cada palabra—.
La escuché desde la habitación de al lado.
Y llevo semanas escuchándote hablar de este compromiso como si fuera un contrato de negocios, porque para ti eso es exactamente lo que es.
Nunca me preguntaste si yo quería esto. Ni una sola vez.
—Natalie —dijo Victor, con una advertencia clara en la voz—, no es el momento.
—Es exactamente el momento —respondió ella, y caminó hacia el frente del salón, deteniéndose a una distancia respetuosa de Nate, pero lo suficientemente cerca para que quedara claro, ante todos los presentes, de qué lado estaba parada—.
Nunca quise este matrimonio, papá. Lo he estado diciendo de todas las maneras que se me ocurrieron durante meses, y tú nunca escuchaste ninguna.
Así que voy a decirlo aquí, donde no puedas fingir que no lo oíste: no me voy a casar con Nathaniel Ashford.
No esta noche, no nunca, y no por decisión tuya.
El salón estalló en un murmullo que esta vez nadie intentó contener. Claire vio a Gerald Ashford acercarse despacio al estrado, su expresión todavía indescifrable, pero algo en el modo en que miraba a su hijo había empezado, visiblemente, a cambiar.
Victor Hale abrió la boca para responder, pero antes de que pudiera decir una palabra, dos hombres de traje oscuro —seguridad del evento, o quizás algo más, Claire no estaba segura— se acercaron desde los lados del salón con una discreción que no lograba ocultar del todo su propósito.
—Señor Hale —dijo uno de ellos, en voz baja pero audible para quienes estaban cerca—, hay algunos representantes de la Comisión de Valores que quisieran hablar con usted. Esta misma noche, si es posible.
—Esto es ridículo —dijo Victor, retrocediendo un paso, la furia en su rostro empezando a mezclarse, por primera vez, con algo que se parecía al miedo—. Nathaniel, esto no termina aquí. Voy a...
—Ya terminó, Victor —dijo Gerald Ashford, y su voz, aunque más tranquila que la de su rival, llevaba un peso que silenció al instante lo que quedaba del murmullo en el salón—. La fusión está muerta. Y con ella, sospecho, bastante más que eso.
Victor Hale se quedó de pie un momento más, mirando alrededor del salón como si buscara algún aliado, algún apoyo, alguna manera de recuperar el control de una noche que se le había escapado de las manos por completo.
No encontró ninguno. Los hombres de traje oscuro se acercaron un poco más, sin tocarlo todavía, pero con una firmeza que dejaba claro que esperar más no era ya una opción.
—Esto no se queda así —dijo, con la voz cargada de una furia que ya no tenía adónde ir, y se dejó guiar, finalmente, hacia una salida lateral, seguido de cerca por los dos hombres, mientras doscientas personas observaban en un silencio que tenía más de fascinación que de sorpresa.
Claire se quedó de pie en medio del salón, con el corazón todavía latiéndole con fuerza, viendo cómo Natalie Hale se acercaba a su padre que se alejaba, no para detenerlo, sino simplemente para asegurarse, con la mirada, de que realmente se estaba yendo.
Cuando se giró de nuevo hacia Nate y hacia Claire, había algo en su expresión —cansancio, alivio, una libertad recién descubierta— que Claire reconoció de inmediato, porque ella misma la había sentido, semanas atrás, la primera vez que se permitió creer que quizás no todo hombre rico terminaba eligiendo el poder por encima de las personas.
—Gracias —le dijo Natalie a Nate, en voz baja, aunque lo suficientemente cerca del micrófono para que algunos alcanzaran a oírlo—. Por dejarme decir eso en voz alta.
—Gracias a ti —respondió Nate— por tener el valor de decirlo antes que yo.
Natalie asintió, y se apartó unos pasos, dándoles, con una discreción que Claire no esperaba de alguien a quien apenas conocía, el espacio que claramente necesitaban.
Nate bajó del estrado. Cruzó el salón despacio, sin prisa, como si de pronto las doscientas personas que los rodeaban hubieran dejado de existir, hasta quedar de pie frente a Claire, lo suficientemente cerca para que ella pudiera ver, con total claridad, que las manos le temblaban.
—No sabía si ibas a venir —dijo, en voz baja, solo para ella.
—Tampoco yo lo sabía —respondió Claire, con la voz todavía quebrada por las lágrimas que no había logrado contener—. Pero Priya no me dejó otra opción.
Algo parecido a una sonrisa cruzó el rostro de Nate, frágil y real al mismo tiempo.
—Voy a tener que agradecerle eso.
—Vas a tener que hacer bastante más que agradecerle —dijo Claire, y sintió, por primera vez en dos días, que algo dentro de ella se aflojaba, aunque todavía no supiera del todo qué hacer con lo que sentía—. Pero eso podemos hablarlo después.
Se quedaron ahí, de pie en medio de un salón que los observaba entero, sin saber todavía qué decirse a continuación, mientras a su alrededor la noche que había empezado como el anuncio de un compromiso terminaba convertida en algo completamente distinto: el final público de una mentira, y el comienzo, apenas visible todavía, de algo que por primera vez en seis semanas no necesitaba ningún contrato para ser real.