La falsa novia del CEO CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El Beso

—Treinta segundos —dijo Danielle por el auricular, con esa voz de cronómetro humano que llevaba semanas acompañando cada aparición pública—. Cuando bajen del escenario, se detienen junto a la alfombra roja, posan para el panel de fotógrafos, y ahí es donde ocurre. No antes.

Claire asintió, aunque nadie podía verla asentir desde donde estaba, oculta tras la cortina lateral del salón de baile del Hotel Ambrose.

A través de una rendija en la tela veía el resplandor blanco de los flashes ya calentando motores, el murmullo educado de doscientos invitados con copas de champán, la hilera de fotógrafos apostados como francotiradores con teleobjetivos.

Era la gala anual de la Fundación Ashford.

La primera vez que ella y Nate aparecerían juntos ante la prensa especializada en sociedad, no solo ante un par de curiosos con teléfonos.

Todo estaba coreografiado: la entrada, el recorrido por la alfombra, el saludo a los patrocinadores principales, y —al final, como colofón— el beso.

El beso.

Llevaban tres días ensayándolo. No físicamente —eso Claire se había negado a hacer, con una firmeza que hasta a ella misma la sorprendió—, sino logísticamente.

Ángulo de cámara. Duración exacta: dos segundos, ni uno más, lo suficiente para una fotografía nítida sin parecer excesivo.

Quién inclinaba la cabeza hacia qué lado, para evitar el choque incómodo de narices que arruinaba tantas fotos de famosos.

Danielle incluso había mostrado ejemplos en una pantalla, como si fuera una clase de anatomía aplicada a las relaciones públicas.

—Es un beso de dos segundos —le había dicho Nate la noche anterior, por teléfono, con ese tono suyo que pretendía sonar despreocupado y no del todo lo lograba—. Nada que no hayamos hecho antes frente a una cámara.

No era del todo cierto. Habían fingido cercanía, sí.

Una mano en la espalda baja, dedos entrelazados en una acera concurrida, una mirada sostenida el tiempo justo para que un fotógrafo la capturara.

Pero nunca esto. Nunca la promesa explícita, calendarizada, coreografiada, de que sus bocas se tocarían frente a doscientas personas y un enjambre de cámaras.

Claire se llevó la mano al collar prestado —otra pieza del vestuario que Danielle había insistido en aprobar personalmente— y respiró hondo.

—¿Lista? —La voz de Nate, justo a su lado, la sobresaltó.

Había aparecido sin que lo notara, con el esmoquin oscuro que le sentaba con esa perfección irritante de la ropa hecha a medida, el cabello peinado hacia atrás, la expresión compuesta en ese gesto suyo de calma corporativa que Claire ya sabía distinguir del verdadero sosiego.

Estaba nervioso. Lo delataba la forma en que sus dedos se cerraban y abrían junto al muslo, un tic que ella había aprendido a reconocer en las últimas semanas.

—Tan lista como se puede estar para besar a alguien con cronómetro —respondió, con más ligereza de la que sentía.

Algo cruzó el rostro de Nate. No llegó a ser una sonrisa completa, pero se le acercó.

—Danielle dice que es la parte más importante de la noche.

—Danielle dice muchas cosas.

—Danielle no se equivoca casi nunca.

—Eso es lo que más me preocupa de ella.

Él soltó un sonido que casi fue una risa, breve, apagado, y por un instante la tensión pareció aflojarse un grado. Claire se aferró a ese instante como quien se aferra a la baranda antes de bajar una escalera a oscuras.

—Diez segundos —anunció Danielle en el auricular—. Posición.

Nate le ofreció el brazo, y Claire lo tomó, y juntos salieron de detrás de la cortina hacia la luz.

El resto sucedió como había sucedido tantas veces antes: la ovación tibia de reconocimiento cuando la gente los vio, el clic acelerado de los obturadores, la sonrisa que Claire había practicado tanto que ya no sabía si era falsa o si simplemente era la sonrisa que usaba en público.

Caminaron por la alfombra tomados del brazo, se detuvieron a saludar al presidente de la fundación, posaron con la copa de champán que ninguno de los dos pensaba beber.

Y luego llegó el punto marcado. El lugar exacto —Claire lo sabía porque lo habían medido con cinta en el ensayo— donde los fotógrafos tendrían el ángulo perfecto, la luz perfecta, el fondo perfecto de la pancarta de la fundación detrás de ellos.

Nate se giró hacia ella.

Fue un giro idéntico al que habían practicado. La misma inclinación de cabeza, el mismo ángulo de la mandíbula. Claire sintió el peso familiar de la coreografía, el guion invisible desplegándose exactamente como debía.

Y entonces sus ojos se encontraron.

No fue nada especial, en teoría. Habían cruzado miradas cientos de veces en las últimas semanas, en la panadería, en la Torre Ashford, en el asiento trasero de demasiados coches negros idénticos.

Pero esta vez algo en la mirada de Nate se quebró, apenas, una fisura minúscula en la fachada compuesta, y Claire sintió que el guion se le escapaba de las manos como arena.

La mano de él encontró su mejilla —no en la espalda baja, como marcaba el ensayo, sino en la mejilla, un gesto que nadie había coreografiado— y el mundo alrededor de Claire se redujo, con una velocidad que no tuvo tiempo de cuestionar, al espacio diminuto entre su boca y la de él.

El beso comenzó como debía: breve, medido, dos segundos de duración calculada.

No terminó así.

En el instante en que sus labios se tocaron, algo en el pecho de Claire se abrió de golpe, como una puerta que llevaba semanas atascada y cediera de pronto ante una presión que ni siquiera sabía que estaba ejerciendo.

El mundo se ralentizó de una forma que no tenía sentido físico: el murmullo de la sala se volvió distante, el resplandor de los flashes se difuminó en los bordes de su visión, y todo lo que quedó fue la calidez inesperada de la boca de Nate, la mano que ya no sostenía su mejilla con la delicadeza calculada del ensayo sino con algo más parecido a la necesidad, el modo en que ella misma —sin decidirlo, sin permitírselo conscientemente— se inclinó hacia él en vez de alejarse.

Dos segundos se convirtieron en tres. En cuatro.

Claire sintió el instante exacto en que dejó de fingir. Fue un cambio tan sutil como decisivo, como el clic de un interruptor en la oscuridad: un segundo estaba actuando, y al siguiente ya no había actuación en absoluto, solo la certeza aterradora de que quería que aquello continuara.

Nate se apartó primero.

Fue apenas un centímetro, un movimiento tan pequeño que probablemente ningún fotógrafo lo captó como algo distinto de la conclusión natural de un beso planeado.

Pero Claire lo sintió como una sacudida: la respiración de él, entrecortada contra su mejilla, el modo en que sus ojos —muy abiertos, muy grises, muy lejos del control habitual— se clavaron en los de ella con algo que solo podía describirse como pánico.

Ninguno de los dos dijo nada.

No hacía falta. La misma pregunta silenciosa flotaba entre ambos, tan evidente como si alguien la hubiera pronunciado en voz alta: ¿qué acaba de pasar?

Los flashes seguían disparando. La gente aplaudía —un aplauso genuino, cálido, el tipo de reacción que solo provoca una pareja que parece, de verdad, enamorada—, y Claire comprendió, con una claridad helada, que acababan de dar la actuación más convincente de toda la campaña, precisamente porque había dejado de ser una actuación.

—Sonríe —murmuró Nate, apenas moviendo los labios, la voz tensa bajo la superficie compuesta que ya estaba reconstruyendo a toda prisa—. Nos están mirando.

Claire sonrió. No supo de dónde sacó la fuerza para hacerlo, pero lo hizo, con la misma sonrisa entrenada de siempre, mientras por dentro sentía que el suelo se había movido bajo sus pies sin que nadie se lo advirtiera.

Los siguientes veinte minutos transcurrieron en una especie de niebla eficiente.

Más saludos. Más fotografías, aunque ninguna con la misma carga que la primera.

Una conversación breve y cortés con un patrocinador que Claire no lograría recordar ni cinco minutos después.

Todo el tiempo, sintió la presencia de Nate a su lado como una corriente eléctrica de bajo voltaje, constante, imposible de ignorar, aunque ninguno de los dos volvió a mirarse directamente a los ojos.

Cuando por fin subieron al coche que los esperaba en la entrada trasera del hotel, la puerta se cerró con un chasquido que sonó, a los oídos de Claire, absurdamente fuerte.

El silencio que siguió fue distinto a cualquier otro silencio que hubieran compartido antes.

Claire miró por la ventanilla. Las luces de la ciudad pasaban en franjas borrosas de color, el conductor mantenía la vista fija al frente con la discreción profesional de quien ha aprendido a no ver ni oír nada de lo que ocurre en el asiento trasero.

Nate estaba sentado a su lado, a una distancia cuidadosamente correcta, las manos entrelazadas sobre el regazo, la mirada fija en algún punto indefinido más allá del cristal.

Ninguno habló.

Claire pensó en decir algo. Cualquier cosa.

Un comentario ligero sobre lo bien que había salido la velada, una broma sobre la cara de horror del presidente de la fundación cuando alguien derramó vino sobre su esmoquin, cualquier frase que pudiera devolverlos al terreno seguro y familiar del sarcasmo compartido.

No encontró ninguna.

Porque cualquier cosa que dijera en voz alta corría el riesgo de convertirse en la primera admisión real, y una parte de ella —una parte asustada, cautelosa, que llevaba mucho tiempo protegiéndose de exactamente este tipo de momento— sabía que decir la verdad en voz alta cambiaría algo que ya no podría deshacerse.

De reojo, vio que Nate tragaba saliva. Vio la tensión en su mandíbula, la forma en que sus dedos se apretaban levemente entre sí, como si estuviera conteniendo físicamente algo que quería decir.

No lo dijo.

Claire tampoco.

El coche avanzó por las calles de Meridian City, cada uno mirando hacia un lado distinto de la ventanilla, ambos demasiado conscientes del espacio vacío entre ellos en el asiento —un espacio que, dos horas antes, no habría significado nada, y que ahora se sentía cargado de todo lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar.