La falsa novia del CEO CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Bajo La Mirada De Todos

Los flashes empezaron antes de que Claire terminara de bajar del coche.

Una mano —la de Nate, cálida y firme en la parte baja de su espalda— la guio entre la fila de fotógrafos apostados a ambos lados de la alfombra, y por un instante todo lo que Claire pudo procesar fue luz: destellos blancos, uno tras otro, tan rápidos que le costaba parpadear entre ellos.

Se había preparado para el primer evento, semanas atrás, con la torpeza de quien memoriza un guion la noche anterior.

Esta vez sentía algo distinto, algo más parecido a la calma extraña de saber exactamente dónde poner los pies.

—Sonríe menos —murmuró Nate junto a su oído, sin mover apenas los labios.

—¿Qué?

—Pareces demasiado feliz. Va a parecer sospechoso.

Claire soltó una risa genuina, la clase de risa que no había planeado, y sintió cómo él la miraba de reojo con algo parecido a la satisfacción.

—Perfecto —dijo Nate—. Eso sí sirve.

La gala benéfica de la Fundación Meridian ocupaba el salón de baile completo del hotel Calloway, con arañas de cristal que goteaban luz sobre doscientas mesas cubiertas de mantelería blanca, y un vestíbulo tan lleno de prensa que Claire tuvo la sensación de que la mitad de la ciudad había decidido presentarse esa noche solo para verlos.

No era el pequeño cóctel corporativo de su primera aparición pública.

Esto era otra categoría de escrutinio: cámaras de televisión, micrófonos con logotipos de cadenas nacionales, reporteros de sociedad que llevaban años cubriendo a la familia Ashford y sabían exactamente qué preguntas hacer para desestabilizar a cualquiera.

—Señorita Bennett, ¿cómo se conocieron usted y el señor Ashford?

—¿Es cierto que planean asistir juntos a la gala de Cape Loran el mes próximo?

—¿Alguna vez pensó que terminaría siendo la novia de uno de los solteros más codiciados de Meridian City?

Claire respondía cada pregunta con la misma naturalidad que había ido puliendo semana tras semana: una anécdota inventada pero creíble sobre un encuentro casual en un evento benéfico anterior, una sonrisa que ya no necesitaba fabricar del todo, una mano que encontraba la de Nate sin pensarlo, como un reflejo.

Lo que la sorprendió, mientras avanzaban entre el enjambre de micrófonos, fue lo poco que tuvo que actuar.

Las respuestas salían solas. La comodidad con la que se apoyaba contra el costado de Nate cuando un fotógrafo pedía "una más, juntos, por favor" no era algo que hubiera ensayado frente al espejo.

Eso debería haberla asustado más de lo que lo hizo.

—Están coordinados —comentó una reportera de la revista Meridian Society , bajando el micrófono un instante, con la expresión de alguien que anota algo mentalmente—. La mayoría de las parejas de conveniencia se nota a la legua. Ustedes no.

Claire sintió que la sonrisa se le congelaba una fracción de segundo antes de recomponerla.

—No sé si tomar eso como un cumplido o como una acusación —dijo, con un tono ligero que le costó más de lo que dejó ver.

—Como lo que usted prefiera —respondió la reportera, y siguió adelante hacia otra pareja, sin darle más importancia de la que aparentemente merecía.

Nate no dijo nada, pero Claire sintió cómo su mano se tensaba brevemente alrededor de la suya antes de relajarse de nuevo.

Ninguno de los dos comentó el momento mientras cruzaban las últimas filas de prensa y entraban por fin al salón, donde el ruido de las conversaciones y el tintineo de copas ahogaba cualquier necesidad de seguir actuando frente a un micrófono.

—Eso ha sido más cerca de lo que me gusta —dijo Nate, en voz baja, cuando por fin encontraron un rincón relativamente tranquilo junto a una de las columnas.

—¿El comentario sobre lo coordinados que estamos?

—Sí. —Tomó dos copas de champán de la bandeja de un camarero que pasaba y le entregó una—. La gente de sociedad tiene buen instinto para detectar lo que no encaja. Es su trabajo.

—¿Y crees que no encajamos?

Nate la miró entonces con una atención que no tenía nada que ver con la actuación de hacía unos minutos.

—Creo que encajamos demasiado bien —dijo—. Eso es lo que me preocupa.

Claire no supo qué responder a eso. Se llevó la copa a los labios para no tener que hacerlo, y dejó que la burbuja de tensión se disolviera lentamente entre el ruido de la gala a su alrededor: la orquesta afinando en el escenario, las risas superpuestas de cien conversaciones distintas, el brillo de las joyas bajo las arañas de cristal.

La velada avanzó con una fluidez que sorprendió a Claire.

Bailaron —él la guiaba con una precisión que delataba años de clases obligatorias en algún internado, ella improvisaba con el instinto de quien ha bailado en cocinas de panadería más que en salones de baile, y de algún modo funcionaba, sus pasos encontrando un ritmo que no necesitaba coreografía—.

Charlaron con inversores cuyos nombres Claire olvidaba en cuanto se alejaban, con la esposa de un senador que se deshizo en elogios sobre lo "refrescante" que resultaba ver a Nathaniel Ashford "por fin relajado", con un chef reconocido que insistió en hablar con Claire durante quince minutos enteros sobre las virtudes del pan de masa madre, ajeno por completo a que estaba ante la dueña de una panadería al borde de la quiebra.

Fue, en muchos sentidos, la primera vez que Claire disfrutó de verdad uno de estos eventos.

No como una actuación que había que sobrevivir, sino como algo parecido a una noche real, con un hombre que —para su propia inquietud creciente— empezaba a sentirse menos como un cliente y más como alguien cuya mano buscaba de forma automática cuando la multitud se cerraba demasiado a su alrededor.

Fue también, notó Claire mucho después, la noche en que Victor Hale empezó a mirarlos de verdad.

Lo vio por primera vez cerca de la barra, un hombre de complexión sólida y cabello plateado peinado con precisión quirúrgica, vestido con la clase de traje que no llamaba la atención por ser discreto, sino por ser exactamente lo contrario: tan perfectamente cortado que resultaba imposible no notarlo.

No hablaba con nadie en ese momento. Solo observaba, con una copa de whisky que apenas había tocado, el rincón del salón donde Nate reía por algo que había dicho el chef, con una mano apoyada en la cintura de Claire.

Claire no supo entonces quién era. Fue Nate quien, siguiendo su mirada, se puso rígido durante una fracción de segundo antes de recomponer la expresión.

—Victor Hale —dijo, en voz tan baja que Claire tuvo que inclinarse para oírlo—. El padre de Natalie.

El nombre no significaba nada para Claire en ese momento —solo una pieza más del laberinto de apellidos y alianzas empresariales que Nate mencionaba de vez en cuando y que ella nunca terminaba de memorizar del todo—, pero la tensión repentina en los hombros de Nate le dijo todo lo que necesitaba saber sobre la importancia de aquel hombre.

—¿Es un problema? —preguntó ella.

—Todavía no —dijo Nate, y algo en su tono sugería que la palabra todavía pesaba más de lo que quería admitir.

Victor Hale no se acercó en ese momento.

Se limitó a observarlos un instante más, con una expresión que Claire no supo interpretar del todo —no era hostilidad exactamente, sino algo más frío, más calculado, la mirada de alguien que archiva información para usarla después— y luego se alejó hacia un grupo de hombres mayores junto a las puertas del balcón, dejando tras de sí una inquietud que Claire no lograba nombrar del todo.

La inquietud regresó, con más fuerza, hacia el final de la velada.

Claire se había alejado un momento hacia el tocador, dejando a Nate enfrascado en una conversación con dos miembros de su junta directiva, y cuando volvió, lo encontró de pie junto a una de las puertas laterales que daban al balcón, con Victor Hale a su lado.

No estaban discutiendo, al menos no de forma visible.

Desde la distancia, cualquiera habría dicho que era una conversación cordial entre dos empresarios en una gala benéfica: posturas relajadas, ningún gesto brusco, las voces demasiado bajas para que nadie a su alrededor pudiera oírlas.

Pero Claire conocía ya lo suficiente el lenguaje corporal de Nate como para notar la rigidez apenas perceptible en su mandíbula, la manera en que sus manos, normalmente sueltas, permanecían ahora entrelazadas frente a él con una quietud demasiado deliberada.

Se acercó despacio, sin saber si debía interrumpir.

—…y estoy seguro de que todos estarán encantados de saberlo —estaba diciendo Victor Hale cuando Claire llegó lo bastante cerca para oír—. Una relación como esta, tan pública, genera muchas expectativas, Ashford. Mucha gente estará observando de cerca cómo se desarrolla.

—Aprecio el interés —dijo Nate, con un tono cortés que a Claire, que había aprendido a distinguir sus registros, le sonó completamente vacío.

Victor Hale se giró entonces, como si acabara de notar la presencia de Claire, aunque algo en la fluidez del movimiento sugería que llevaba ya un rato consciente de ella.

—Y usted debe de ser la señorita Bennett. —Le tendió la mano con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos—. He oído mucho sobre usted esta noche. Todo el mundo habla de lo… convincentes que resultan juntos.

—Gracias, supongo —dijo Claire, estrechándole la mano brevemente. La palma de Victor Hale estaba seca y fría, y su apretón se prolongó un segundo más de lo estrictamente necesario.

—Panadera, ¿verdad? Una historia encantadora. El hijo de una gran familia empresarial y la dueña de una pequeña panadería familiar. —Hizo una pausa calculada—. Casi demasiado perfecta.

—La vida real a veces lo es —dijo Nate, con una sonrisa que no alcanzó a disimular del todo la tensión debajo.

—Sin duda. —Victor Hale sostuvo la mirada de Nate un instante más de lo cómodo, algo brillando detrás de sus ojos que Claire no supo nombrar, y luego inclinó la cabeza hacia ella con una cortesía que resultaba, de algún modo, más inquietante que cualquier hostilidad abierta—.

Ha sido un placer conocerla, señorita Bennett.

Espero verla de nuevo pronto. En Cape Loran, tal vez, si la invitación se confirma.

Se alejó entonces, con el mismo paso mesurado con el que había llegado, dejando tras de sí un silencio que Claire sintió instalarse en el pecho de Nate antes incluso de que él dijera una palabra.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella, en cuanto Victor Hale estuvo lo bastante lejos.

—Nada —dijo Nate, demasiado rápido.

—Nate.

Él suspiró, pasándose una mano por el cabello en un gesto que Claire no le había visto hacer antes, uno que desmentía toda la calma que había mantenido durante la conversación.

—Victor Hale es… complicado —dijo finalmente—. Tiene intereses en la fusión con Hale Holdings. Le conviene que todo salga exactamente como está planeado.

—¿Y nosotros no estamos saliendo como está planeado?

Nate no respondió de inmediato. Miró hacia el salón, hacia las luces y las conversaciones y las cien versiones distintas de la misma noche que se desarrollaban a su alrededor, y cuando volvió a hablar, su voz tenía algo que Claire no había oído antes: no era exactamente miedo, pero se le acercaba.

—Vámonos de aquí —dijo—. Ya hemos cumplido con lo que veníamos a hacer.

Claire quiso insistir, quiso preguntar qué significaba exactamente esa mirada que Victor Hale les había dedicado antes de alejarse, qué había querido decir con lo de "demasiado perfecta", pero algo en la expresión de Nate le dijo que esta no era la noche para esa conversación.

Asintió, y dejó que él la guiara de nuevo hacia la salida, entre las últimas filas de invitados que empezaban a despedirse.

Fue en el vestíbulo, mientras esperaban a que el coche llegara, cuando Claire vio a Victor Hale una última vez.

Estaba a unos metros de distancia, junto a las puertas giratorias, hablando por teléfono en voz baja con alguien que Claire no podía identificar.

Pero fue el momento en que colgó, justo antes de que su propio coche llegara, cuando se giró hacia Nate —que en ese instante estaba mirando hacia otro lado, buscando al chófer entre la fila de vehículos— y le dedicó unas últimas palabras, tan bajas que solo Claire, que estaba lo bastante cerca por casualidad, alcanzó a oírlas con claridad.

—Asegúrese de que sea real, Ashford —dijo Victor Hale, con esa cortesía fría que ya empezaba a resultarle familiar, y en su tono no había ninguna pregunta, sino algo que sonaba mucho más parecido a una advertencia—. Por el bien de todos.

Nate se giró de golpe, pero Victor Hale ya se alejaba hacia su propio coche, sin mirar atrás, dejando la frase suspendida en el aire frío del vestíbulo como algo que Claire no lograba terminar de entender del todo, pero que sintió instalarse en el pecho con el peso inconfundible de una amenaza.

Miró a Nate. Él no dijo nada. Se quedó mirando el punto por donde Victor Hale acababa de desaparecer, con una expresión que Claire no le había visto antes —ni en la sala de conferencias el día de la firma, ni en ninguna de las semanas que llevaban fingiendo, entre risas ensayadas y manos entrelazadas frente a las cámaras, ser algo que no eran.

Por primera vez desde que había accedido a todo aquello, Claire tuvo la certeza incómoda de que el juego en el que se había metido tenía reglas que ella todavía no conocía del todo.

Y de que Victor Hale, fuera lo que fuera exactamente lo que sabía o sospechaba, ya había empezado a jugarlo.