La falsa novia del CEO CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

La Negación

La manga pastelera cedió bajo la presión de sus dedos con más fuerza de la necesaria, y una cresta de glaseado de vainilla se desbordó sobre el borde de la bandeja de pastelillos.

Claire se quedó mirando el estropicio blanco como si el propio glaseado la hubiera traicionado, y después, con un suspiro que le salió más brusco de lo que pretendía, raspó el exceso con la espátula y volvió a empezar.

—Como sigas así —dijo Priya desde el otro lado del mostrador, sin levantar la vista de la caja registradora—, vas a decorar cuarenta magdalenas con la delicadeza de alguien apuñalando un colchón.

—Estoy concentrada.

—Estás furiosa con un pastelillo. Son cosas distintas.

Claire no respondió. Llevaba tres días evitando exactamente esa conversación, y Priya, que la conocía desde los catorce años, desde antes de que ninguna de las dos supiera lo que era pagar un alquiler o perder a una madre, tenía el don insoportable de esperar el momento exacto en que Claire bajaba la guardia para colarse por la grieta.

El local estaba casi vacío a esa hora de la tarde, entre el ajetreo del almuerzo y la clientela de después del trabajo que pasaba por pan para la cena.

Afuera, la luz de octubre entraba oblicua por el escaparate, cayendo sobre las mismas baldosas desgastadas que Claire recordaba fregando de niña, mientras su madre canturreaba algo desafinado detrás del horno.

Rivermill no había cambiado en quince años.

Claire, en cambio, sentía que había cambiado más en las últimas tres semanas que en toda una vida.

—Bueno —dijo Priya, cerrando la caja con un golpe deliberado—. Se acabó el tiempo de espera. Cuéntame qué pasó en Cape Loran.

—Ya te lo conté. El retiro salió bien. Firmaron una prórroga con los inversores, Nate está contento, todo el mundo cree que somos la pareja más aburridamente estable de Meridian City. Misión cumplida.

—Eso me lo contaste por mensaje, en tres frases, con el entusiasmo de quien reporta el clima.

—Priya rodeó el mostrador y se apoyó junto a ella, brazos cruzados, con esa mirada que Claire llevaba años intentando esquivar sin éxito—.

Te conozco, Claire. Y sé que algo pasó, porque llevas evitando mirarme a los ojos desde que volviste.

—No pasó nada.

—Mentira número uno.

Claire clavó la espátula en el bol de glaseado con más fuerza de la necesaria.

—Nos besamos —dijo finalmente, en el mismo tono que habría usado para admitir haber quemado una hornada, algo molesto y menor, un contratiempo—. En la fiesta del retiro. Delante de todo el mundo, porque Victor Hale estaba mirando y necesitábamos que pareciera real.

—¿Y pareció real?

—Ese es el trabajo, Priya. Se supone que tiene que parecer real.

—No te he preguntado si pareció real para los demás. —Priya ladeó la cabeza, con la paciencia exasperante de quien ha decidido no dejar pasar nada—. Te he preguntado si lo pareció para ti.

Claire abrió la boca para responder algo rápido, algo que cerrara la conversación, pero las palabras se le quedaron atascadas en algún punto entre la garganta y la lengua.

Porque la verdad —la verdad que llevaba tres días enterrando bajo turnos dobles y glaseados violentos— era que no había sido una actuación.

Había sido la clase de beso que le vaciaba la cabeza de cualquier pensamiento estratégico, que le hacía olvidar que había público, que había un contrato, que había una cláusula de terminación esperando, silenciosa, a que alguno de los dos dijera la palabra equivocada en voz alta.

—Fue un beso —dijo al fin, con más cuidado del que hubiera querido—. Fue un buen beso técnico. Convincente.

—Claire.

—¿Qué?

—Llevas glaseando la misma bandeja durante diez minutos y ya está sobre el límite de lo comestible.

—Priya le quitó la manga pastelera de la mano con suavidad, y por un instante el gesto tuvo algo de maternal, algo que a Claire se le clavó más hondo que cualquier pregunta—.

No tienes que contármelo todo ahora. Pero no me digas que fue solo técnico, porque entonces sí que voy a preocuparme, porque significaría que ya no confías en mí lo suficiente para ser sincera.

El silencio que siguió no fue cómodo, pero tampoco fue hostil. Era el silencio de dos personas que se conocían demasiado bien para fingir durante mucho más tiempo.

—Me asusté —admitió Claire finalmente, en voz baja, mirando el glaseado desperdiciado en lugar de a su amiga—.

No por el beso. Por lo que sentí después.

Como si durante un segundo hubiera olvidado por completo que todo esto es un trabajo.

Como si hubiera olvidado que ya he estado aquí antes, confiando en un hombre con más dinero del que voy a ganar en toda mi vida, y ya sabes cómo terminó eso.

—Daniel no es Nate.

—Daniel tampoco parecía Daniel hasta que dejó de serlo.

Priya no discutió el punto, porque no había forma de discutirlo sin minimizar lo que Claire había vivido, la humillación pública de ser cambiada por alguien con un apellido más grande, el año entero que había tardado en volver a confiar en su propio juicio.

En cambio, le puso una mano en el hombro, firme.

—Solo te pido una cosa —dijo—. Que cuando llegue el momento de decidir qué es real y qué no, no decidas desde el miedo. Decide desde lo que realmente ves, no desde lo que Daniel te enseñó a temer.

—Es más fácil decirlo que hacerlo.

—Nunca dije que fuera fácil. Dije que valía la pena intentarlo.

Claire soltó una risa breve, sin humor, y se limpió las manos en el delantal.

—¿Cuándo te volviste tan sabia?

—Desde que dejé de intentar arreglar tu vida y empecé simplemente a escucharte estropear pastelillos en silencio. Es un método muy efectivo.

Un cliente entró entonces, la campanilla sobre la puerta rompiendo el momento, y Claire se obligó a sonreír, a preguntar en qué podía ayudar, a volver al ritmo seguro y familiar del mostrador.

Pero mientras atendía el pedido, con las manos ocupadas en algo tan simple como envolver una barra de pan, una parte de ella seguía en Cape Loran, en el segundo exacto en que los labios de Nate habían dejado de actuar y ella no había tenido tiempo, ni ganas, de notar la diferencia hasta que ya era demasiado tarde.

La oficina de Nate en el último piso de la Torre Ashford tenía la ventaja, entre otras muchas, del silencio.

A esa hora, pasadas las nueve de la noche, el edificio entero parecía respirar más despacio, reducido a un puñado de luces encendidas y el zumbido distante del sistema de climatización.

Nate se había quedado solo, como hacía cada vez con más frecuencia últimamente, con la excusa de revisar proyecciones de la fusión que en realidad ya conocía de memoria.

La verdadera razón por la que seguía ahí, mirando la ciudad a través del cristal en lugar de irse a casa, era mucho menos profesional que cualquier hoja de cálculo.

Llevaba tres días diciéndose que Cape Loran había sido, simplemente, un movimiento necesario.

Una decisión táctica frente a la mirada de Victor Hale, nada distinto de firmar un documento o estrechar la mano correcta en el momento correcto.

Se lo había repetido tantas veces que casi había empezado a sonar convincente, si no fuera porque cada vez que cerraba los ojos —en el coche, en la ducha, en las reuniones donde debería haber estado pensando en cifras de adquisición— volvía a sentir la mano de Claire cerrándose sobre la solapa de su chaqueta, atrayéndolo hacia ella con una urgencia que no tenía nada de actuado.

Se sirvió un whisky que no tenía intención de terminar y se sentó frente al escritorio, donde una carpeta con el logo de Hale Holdings esperaba, sin abrir, junto al teléfono. Su padre lo había llamado dos veces esa tarde. No había contestado ninguna.

El problema —Nate se obligó a nombrarlo con la misma precisión clínica con la que resolvía cualquier otro problema de la empresa— no era el beso en sí.

El problema era que, durante los segundos que había durado, no había pensado ni una sola vez en Gerald, ni en el merger, ni en Victor Hale observando desde algún ángulo estratégico del salón.

No había pensado en absolutamente nada, y para un hombre que llevaba quince años construyendo su vida entera sobre la base de pensarlo todo, de anticipar cada variable antes de que se convirtiera en una amenaza, esa ausencia de cálculo resultaba más aterradora que cualquier cifra en rojo.

Se levantó, dejó el vaso sin tocar sobre el escritorio, y caminó hasta el ventanal.

Meridian City se extendía abajo, un mapa de luces que normalmente le producía la satisfacción tranquila de quien contempla algo que controla.

Esa noche, en cambio, solo conseguía pensar en una panadería a varios kilómetros de distancia, con las luces probablemente ya apagadas, y en la mujer que la llevaba, que le hablaba sin ningún respeto por su cargo ni por su fortuna, y que se había convertido, sin que él lo planeara ni lo autorizara, en la única persona con la que no sentía la necesidad constante de controlar cada palabra.

Eso era lo que el contrato no había previsto.

La cláusula de terminación hablaba de admisiones, de confesiones explícitas, como si el peligro real residiera en las palabras y no en lo que ya había cambiado por dentro mucho antes de que ninguno de los dos dijera nada en voz alta.

Nate podía pasar meses sin pronunciar la frase prohibida y aun así, en algún punto entre Cape Loran y esa oficina vacía, la verdad ya se había instalado, silenciosa e innegable: esto había dejado de ser una estrategia para ganar tiempo frente a su padre.

Se había convertido en algo que él, Nathaniel Ashford, quería de verdad, y quererlo lo aterraba más que cualquier amenaza de Victor Hale.

Su instinto, el mismo instinto que lo había hecho exitoso en cada negociación de su vida, le decía que la solución era simple: contener el daño, restablecer los límites, tratar a Claire con la profesionalidad estricta que debería haber mantenido desde el principio.

Un problema aislado, resuelto antes de que se propagara.

Ya había empezado, de hecho, esa misma tarde, respondiéndole por mensaje con una brevedad casi hostil sobre horarios y logística que no requería ningún calor humano, y notando, con una punzada de culpa que no esperaba, la respuesta igualmente cortante de ella.

Los dos estaban jugando el mismo juego, entonces.

Retirada estratégica. Reconstrucción de muros.

Y sin embargo, mientras Nate volvía al escritorio y abría, casi sin proponérselo, la carpeta con las fotografías oficiales del retiro de Cape Loran que el departamento de comunicación había preparado para la prensa, se descubrió deteniéndose en una sola imagen, distinta de todas las demás: no la del apretón de manos con los inversores, ni la del brindis protocolario, sino una fotografía tomada un segundo antes del beso, donde Claire lo miraba con una expresión que ningún fotógrafo profesional podría haber dirigido, y él la miraba a ella con una que Nate no reconocía en su propio rostro, porque nunca antes se había visto mirar a nadie de ese modo.

Apartó la mirada. Volvió a mirar.

Sabía que debería cerrar la carpeta, servirse el resto del whisky, irse a casa y dejar que el asunto se resolviera solo, como se resolvían la mayoría de los problemas cuando uno se negaba a alimentarlos.

Sabía, con la misma certeza clínica con la que evaluaba cualquier riesgo corporativo, que mirar esa fotografía durante más tiempo del estrictamente necesario era exactamente el tipo de comportamiento que su padre calificaría de imprudente, de indisciplinado, de todo lo que Gerald Ashford había pasado una vida entera enseñándole a evitar.

Y sin embargo no apartó la mirada. Se quedó ahí, en el silencio de su oficina vacía, con el teléfono de su padre en silencio sobre el escritorio y la ciudad entera brillando abajo sin que le importara en absoluto, mirando la fotografía de un momento que ya no sabía —ni quería saber, ni podía permitirse averiguar todavía— si había sido actuación o si había sido, sencillamente, la primera cosa verdadera que había sentido en años.